Friedrich Hölderlin: divina locura

Poeta inmortal, símbolo de la más alta cultura alemana del XIX y contemporáneo de Hegel, Schiller o Schelling, Hölderlin vivió recluido los últimos treinta y seis años de su vida víctima de una prolífica locura

Friedrich Hölderlin (1770-1843) es considerado, no sin razón, uno de los poetas cuyas ideas, a caballo entre el Romanticismo y el Clasicismo, más hondo calaron en la tradición filosófica y literaria que le siguió. Aunque su obra no solo se compone de poesía, podemos afirmar que todo cuanto escribió se encuentra repleto de una fuerza poética en la que los conceptos de tiempo, belleza y espíritu cobran una especial importancia.

Hay un olvido de toda existencia, un callar de nuestro ser, que es como si lo hubiéramos encontrado todo.

HölderlinCon apenas catorce años es enviado por su familia al seminario de Denkendorf para estudiar Teología, con la esperanza de que dedique su vida al servicio divino. Será allí donde comience a redactar sus primeros poemas y donde, además, descubre los libros de Schiller y Klopstock. Paulatinamente, a través de tan egregias lecturas, encontrará su auténtica vocación.

Y es que, como escribía en uno de sus ensayos (“El punto de vista desde el cual tenemos que contemplar la Antigüedad”), parece que no tenemos otra elección que aceptar aquello que somos si no queremos ultrajarnos, falsear nuestro más íntimo yo. A este respecto, caben dos opciones: “ser oprimido por lo adoptado y positivo o, con brutal arrogancia, ponerse a sí mismo, como fuerza viviente, frente a todo lo aprendido, dado, positivo”.

Hölderlin culmina sus estudios teologales en 1793, aunque nunca ejercerá el ministerio sagrado. Al menos, el que se podría esperar de él… Sus contactos con las esferas superiores será muy distinto del dictado por la ortodoxia. “Ser uno con todo, esa es la vida de la divinidad, ese es el cielo del hombre”, escribía Hölderlin en los primeros compases de su Hiperión.

La plenitud del mundo infinitamente vivo nutre y sacia con embriaguez mi indigente ser.

Cuando, algunos años antes, en 1788, es trasladado al seminario de Tübingen, y tras sus primeras experiencias amorosas (con Louise Nast y Elisa Lebret, esta última hija de uno de sus profesores), funda junto a su colega Neuffer la “Liga de los Poetas”, mientras afianza su relación con dos futuros gigantes del pensamiento alemán: Hegel y Schelling.

Por aquel entonces, nuestro protagonista tiene puesta toda su atención en Kant y Rousseau, la Revolución francesa y los antiguos griegos. Como explica Felipe Martínez Marzoa, por lo que toca al desarrollo de la filosofía, “Hölderlin no va a la cola de Schelling y Hegel”, como podría pensarse en un primer momento, “más bien va por delante de ellos; pero ya está dicho que Hölderlin no será filósofo, sino poeta”. De él diría más tarde Luis Cernuda: “Hölderlin, con fidelidad admirable, no fue sino aquello a que su destino le llamaba: un poeta. Pero ahí nadie le ha superado en su país, ni en otro país cualquiera”.

¿Qué sería la vida sin esperanza? Una chispa que salta del carbón y se extingue, o como cuando se escucha en la estación desapacible una ráfaga de viento que silba un instante y luego se calma, ¿eso seríamos nosotros?

En 1795, reunidos bajo la inspiración del propio Hölderlin -a quien acompañan Hegel y Schelling-, se forja un importante texto: el conocido como “El más antiguo programa de sistema del idealismo alemán”, en el que descubrimos las aspiraciones de tres mentes brillantes pero, más aún, de tres almas en busca de sentido. Esta llamativa tríada se pregunta en el programa: “¿Cómo tiene que estar constituido un mundo para una esencia moral?”, y responde, casi airada: “Solo lo que es objeto de la libertad se llama idea. ¡Tenemos que ir más allá del Estado! Pues todo Estado tiene que tratar a hombres libres como engranaje mecánico; y esto no debe hacerlo; por lo tanto, debe cesar”. Más tarde, en su Hiperión, Hölderlin escribiría: “No sabe cuánto peca el que quiere hacer del Estado una escuela de costumbres. Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno”.

Friedrich luna

En el texto, además, se da un papel fundamental a la poesía, ensalzada como “maestra de la humanidad” y como el único arte que sobrevivirá a las demás. “El filósofo -concluyen- tiene que poseer tanta fuerza estética como el poeta” con el fin de constituir una “mitología de la Razón” para que, al fin, “ninguna fuerza sea ya oprimida”: “¡entonces reinará universal libertad e igualdad de los espíritus!”.

Hay un dios en nosotros que dirige el destino como si fuera un arroyuelo, y todas las cosas son su elemento.

Hölderlin mantendrá siempre, en todas sus obras, una curiosa relación con la palabra, en ocasiones incapaz de mostrar el fondo último de la realidad pero, a la vez, verdadero instrumento del que hizo su profesión. Los escritos del poeta suponen el desarrollo, como apunta José Ignacio Eguizábal en Hölderlin no estaba loco (La Isla de Siltolá, 2013), “del Uno y Todo”. El proyecto de Hölderlin parece claro: “ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza”. Una concepción a la que Hegel atribuiría también suma importancia en sus escritos de juventud: “la conexión de lo infinito y de lo finito es, sin duda, un misterio sagrado, porque esa conexión es la vida misma”.

En Hiperión, tal vez su obra más conocida, Hölderlin aclara a qué se refiere con la palabra “Todo”: “Su nombre es belleza”, es decir, la esencia de la belleza, de donde nace toda auténtica filosofía. Pero el Todo, a la vez, es “Una única, eterna y ardiente vida”. Una vida que nunca dudará en ensalzar incluso en los momentos más difíciles de su existencia. Y es que parece haber en nosotros una extraña ambición “irresistible a ser Todo, que, como el Titán del Etna, brota enojada desde las profundidades de nuestro ser”.

¡Qué cerca piensa el hombre en su juventud que está la meta! Esta es la más bella de todas las ilusiones con que la naturaleza ayuda a la debilidad de nuestro ser.

Cuando Hegel publica en 1807 su Fenomenología del espíritu, se produce la ruptura definitiva entre el filósofo y Hölderlin. Si Hegel consideraba que debía “contribuir a que la filosofía se aproxime a la forma de la ciencia, a la meta en que puede dejar de llamarse amor por el saber para llegar a ser saber real”, por su parte, nuestro poeta sigue haciendo uso de un concepto de filosofía muy cercano al entusiasmo y la inspiración, a lo sagrado, una actitud que Hegel no dudaría en tratar con cierto desprecio y bellaquería en el prólogo de su Fenomenología.

Muy al contrario, Hölderlin confesará que es esa ciencia tan ansiada por Hegel la que, en algún momento de su juventud, persiguió “a través de las sombras” con la esperanza de ver confirmadas sus “alegrías más puras”. Pero, nada más lejos de la realidad, fue la propia ciencia y la ambición por saber “la que me ha estropeado todo”. El poeta desea volver a unirse con la hermosura del mundo -de la que se confesaba expulsado por “vuestras escuelas”, donde “me volví tan razonable”- y disfrutar así en el “jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía”. Y todo ello porque, en frase célebre de Hölderlin en Hiperión, “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, ahí se queda, como un hijo pródigo a quien el padre echó de casa”.

Merece la pena reproducir un texto de Hölderlin, por el eco de nuestra época que en él encontramos, en el que damos con toda una crítica anticipada a la cada vez más peligrosamente rápida transición entre las etapas de niño y adulto:

Sí, el niño es un ser divino hasta que no se disfraza con los colores de camaleón del adulto. Es totalmente lo que es, y por ello es tan hermoso. La coerción de la ley y del destino no le andan manoseando; en el niño sólo hay libertad. En él hay paz; aún no se ha destrozado consigo mismo. Hay en él riqueza; no conoce su corazón la mezquindad de la vida. Es inmortal, pues nada sabe de la muerte”. Desde luego que la época del despertar también es hermosa, asegura Hölderlin, “con tal de que no se nos despierte antes de tiempo.

Tras ser “golpeado por Apolo”, como el propio Hölderlin escribía, y un periodo de actividad casi febril (1803-1804), la locura se apodera del poeta hasta mostrarlo, en tono y apariencia, prácticamente irreconocible frente a sus conocidos. Su amigo Sinclair, que más tarde se distanciará de él por problemas con la justicia, lo traslada en 1806 a una clínica de Tübingen, aunque no mucho tiempo después la abandonará para marchar a la casa del ebanista Ernst Zimmer, donde vivirá hasta 1843, año de su muerte.

Hölderlin aceptó su locura como una cuita más, aunque fatal, de su vida. En una de sus Odas (“Timidez”) confirmaba la necesidad de amoldarse a las exigencias del destino: “Entra, pues, genio mío, desnudo en la vida/ y no te preocupes de nada/ lo que ocurra, ¡todo será en buena hora!/ Armonízate con la alegría, pues, ¿qué podría/ afrentarte, corazón, qué podría/ sucederte donde debes ir?”.

Como indica José Ignacio Eguizábal, “la tentación natural parece considerar la locura como un don, una señal divina”, posición que mantuvieron los primeros descubridores del poeta. Por su parte, Karl Jaspers “fue más lejos -prosigue Eguizábal- y seguramente estuvo más acertado cuando supuso que el comienzo de la demencia en su estado grave turbó las facultades creativas del poeta para exaltarlas”, de manera que la locura de Hölderlin le habría permitido arriba a “lugares-límite” en los que se presiente lo sagrado, lo sobrenatural.

Incluso en estos años postreros, de convulsa creación, Hölderlin nunca abandonó su máxima convicción: sin poesía, nunca un pueblo podría haber sido filosófico. Una filosofía que, a fin de cuentas, no es más que llamamiento e inspiración íntimos: “Otorgado en su interior es a los hombres el sentido,/ hacia lo mejor él ha de guiarlos,/ esa es la meta, la verdadera vida,/ ante la cual más espiritualmente los años van contando”.

Aunque son numerosas las editoriales que se han esforzado por entregar al público español la traducción de las obras de Hölderlin, hay que alabar, sin embargo, la magnífica labor de Ediciones Hiperión en este sentido. Destacamos:

Hiperión o El eremita en Grecia: como explica Jesús Munárriz, es Hölderlin sin duda “uno de los casos más claros de entrega de un ser a esas fuerzas ocultas cuyos productos solemos denominar arte”. Hölderlin compuso su obra entre 1794 y 1795, y hay quien la cataloga como su escrito cumbre, en el que su lirismo y preocupaciones más hondas hacen acto de presencia de manera elocuente. Fue Hiperión la obra que llevó al ebanista Zimmer, entusiasmado con su lectura, a visitar al poeta en su internamiento y conducirlo a su casa, donde permanece hasta su muerte. El amor, fiel reflejo de los sentimientos que despertó en vida del poeta su amada Sussete Gontard, será la guía del libro: “Solo quien actúa con toda el alma no se equivoca nunca -escribe Hölderlin-. No necesita de argucias, pues ninguna fuerza se le opone”.

Soledad Friedrich

Poemas de la locura: cuando el estado de Hölderlin comienza a empeorar, su médico dicta el siguiente juicio: “su locura se está convirtiendo en frenesí, y es imposible comprender su lenguaje, que parece una mezcla de alemán, griego y latín”. Su amigo Sinclair le ingresará en 1806 en una clínica de Tübingen sin que su estado llegue a mejorar. Aunque siempre permanecerá fiel a su Hiperión, que recita en voz alta y del que lee pasajes a sus visitantes, Hölderlin nunca dejó de lado su labor poética en su postrero enclave: “Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo,/ sin esperanza, lleno de dudas el sentido de los hombres,/ mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días/ y lejana yace la oscura pregunta de la duda”.

Ensayos: Hölderlin nunca cultivó el ensayo como género, aunque sí nos legó en sus escritos algunos testimonios de su reflexión al respecto de la labor poética.El lector encontrará en estos escritos, casi todos bastante breves, materia suficiente para trabajar durante meses en las continuas referencias del autor a diversas personalidades literarias y filosóficas, así como a múltiples temas que fueron de su interés: Spinoza, Homero, los géneros poéticos, la tragedia, Aquiles, la religión, Empédocles, Edipo y Antígona, la verdad, lo infinito o la quietud.

También de recomendada lectura son Los himnos de Tubinga, Empédocles, El Archipiélago y Emilia en vísperas de su boda, así como su Correspondencia completa para conocer numerosos avatares de su vida y contexto cultural y personal.

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Un comentario en “Friedrich Hölderlin: divina locura

  1. Hay una editorial que se llama “La Oficina” y tiene una edición del Edipo donde incluye la traducción hecha por Hölderlin, la versión de la cual él tradujo del griego y la traducción de ambas versiones al español; además de eso incluye la película de Passolini, es una edición muy bonita e interesante de leer :)

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