Hölderlin, el profeta de la redivinización del mundo

Hölderlin es un poeta iluminado y, seguramente, ese exceso de sensibilidad, esa exaltación y clarividencia, lo condujo a la locura. Grande entre los grandes, por su dominio del ritmo, la métrica, las imágenes y las ideas, se revela como un ser especial. De hecho, no se le puede incluir entre los escritores románticos, porque nunca participó en sus círculos. Vivía retirado en un pasado que permanece, atónito ante la belleza del mundo antiguo, como su Hiperión, el eremita. Y aunque fuera muy amigo de Hegel y de Schelling, a quienes conoció en el Seminario de Tubinga, tampoco puede decirse que haya pertenecido a ningún grupo. En verdad, Hölderlin fue un guía para todos ellos, el adelantado que vislumbra el camino a recorrer, el profeta del Hen kai Pan, quien anuncia el fin de una etapa dolorosa, aunque necesaria para el retorno a una época plena y feliz, a la mítica Edad de Oro:

Todo cuanto fue presa del tiempo

florecerá mañana más hermoso;

la primavera nacerá de la destrucción,

como Urania surgiendo de las olas.

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De las clases de Fichte infirió que la intuición intelectual es la puerta de entrada a lo absoluto y el inicio de una forma de pensar que supera la miseria de la razón teórica, la misma que, en su afán clasificatorio, prescinde de la originalidad de lo individual para uniformar la vida, mitigar sus riesgos, recortar los contornos imprecisos y terminar encasillándola según un criterio parcial:

El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.

Al complementar las enseñanzas de aquél con las de Schiller, reforzó la idea de que la transformación interior sirve de base para cualquier cambio externo y que en la libertad se encuentra el fin supremo de todo ser humano. La admiración ante la Revolución francesa hizo el resto. Velada por el encanto de la nostalgia y el esplendor de la naturaleza, la obra de Hölderlin es esencialmente política, encubre y a veces despliega abiertamente la incitación a un cambio profundo en la cultura universal y la protesta ante el anquilosamiento de una Alemania dividida, que se resiste a emprender la reforma drástica de sus instituciones:

¡Que cambie todo a fondo! ¡Que de las raíces de la humanidad surja un nuevo mundo! ¡Que una nueva deidad reine sobre los hombres, que un nuevo futuro se abra ante ellos! En el taller, en las casas, en las asambleas, en los templos, que cambie todo en todas partes.

Prendado de los ideales griegos transmitidos por Winckelmann, Hölderlin proclamó la vuelta a la polis, donde el ciudadano se integraba a la perfección, imbuido de los intereses generales, de un modo parecido a como la totalidad cósmica, hecha polvo de estrellas, reaparece en cada uno de sus miembros. Y por eso, lideró la recreación del mundo helénico y, a diferencia de sus amigos –casi sin pregonarlo–, se convirtió en fundador de una nueva mitología. Quiso encarnar lo divino en figuras individuales sin que por eso perdieran potencia, intentando mostrar la realidad bajo la forma de un panenteísmo.

¿Qué es esto que me encadena

a las divinas costas de la antigüedad

y me las hace amar

más que a mi patria misma?

Pues me siento vendido

en un tráfico celeste de esclavos…

Aunque en tiempo de los griegos lo divino hubiese alimentado con su energía hasta el último rincón de la naturaleza, Hölderlin era consciente de que ya se había retirado del mundo. Desde entonces, estamos sumidos en un tenebroso anochecer, iniciado con la inmolación de Cristo, el último dios, quien dejó martirizar su carne y resucitó para negar lo terrestre, augurando en su lugar el reino celestial del espíritu. Es la noche del dolor, la ausencia y el olvido de nuestro ser, frente a la cual huir resulta imposible. No hay otra alternativa que experimentarla en toda su intensidad porque prepara la llegada de lo que ha sido y lo que puede ser, precede ese futuro previsto en lo pasado. Inmóviles, despojados de todo. Ateridos, como si lo poseyéramos todo. Sabiendo que “allí donde está el peligro, crece también lo que salva”. A la espera, en medio de la oscuridad y el silencio, aguardamos el reencantamiento del mundo, cuando las huellas de Dionisos y la profecía cristiana se den la mano para que los poetas presagien la sagrada unidad. Entonces –como ansía Hölderlin– se podrá habitar el cosmos poéticamente, bautizándolo en la totalidad de sus aspectos y, con cada nombre pronunciado, se restaurará la relación entre lo divino y las cosas:

¡Pero, amigo! Llegamos demasiado tarde.

En verdad viven los dioses,

pero sobre la cabeza allá arriba en otro mundo.

Sin fin actúan allí y parecen no prestar atención.

Si nosotros vivimos, con mucho cuidado nos tratan los celestes.

Mientras tanto pienso a menudo

que mejor es dormir, que estar así sin compañeros,

que aguantar así. ¡Y qué hacer entre tanto y qué decir!

No lo sé, y ¿para qué poetas en tiempos de miseria?.

Pero ellos son –dices tú– como los sacerdotes sagrados del dios del vino,

los que fueron de un país a otro en la noche sagrada.

Y del dios tronador viene la alegría del vino.

Por eso pensamos también en los celestiales, los que

ya han estado y vuelven en tiempo oportuno.

16 Carl Julius von Leypold (1805–1874) - Wanderer in the Storm, 1835 - Oil on canvas

Mientras tanto, los poetas atisban el amanecer en su embriaguez para dar albricias a la comunión universal: con los demás hombres y con la naturaleza. Tal vez, si hay suerte, la llama del amor bendiga e ilumine al que se sentía ciego, indigente, expulsado del paraíso. Y a la vista de la amada, el árbol muerto renazca, broten sus ramas hasta alcanzar la floración en primavera. En todo caso, mientras tanto…

… que el hombre pruebe todo –dicen los Celestiales–

y que, nutrido de una rica savia,

aprenda a dar gracias por todo, y comprenda

que tiene la libertad de buscarse su destino.

También para Hölderlin llegó ese momento de encuentro con su destino y la ola de su pasión chocó, igual que contra un acantilado, levantando las más sublimes páginas de espuma. Cuando todavía estaba escribiendo su Hiperión, se enamoró de Susette Gontard, mujer casada con un banquero y madre de cuatro hijos, de quienes el poeta era preceptor. Bajo la figura de Diótima, la sacerdotisa que enseña todo sobre el verdadero amor al Sócrates de El Banquete platónico, Hölderlin le dedica los más bellos poemas y las páginas más líricas de Hiperión. Este amor correspondido pero imposible, tiene mucho en común con el destino de Werther, el personaje de la obra de Goethe, cuya solución ante la dificultad para enfrentar las convenciones sociales que se oponen a sus sentimientos es el suicidio. Pero la opción de Hölderlin dista bastante de la respuesta de los jóvenes de la generación anterior. Él sabía que el combate directo con lo infinito es un callejón sin salida que conduce a la aniquilación del individuo. En cambio, él amaba la vida. Por eso, como otros románticos, buscó mediaciones.

Sé que el cielo está muerto, despoblado,

y la tierra, que antes desbordaba de hermosa vida humana,

se ha vuelto casi como un hormiguero.

Pero aún hay un lugar donde el antiguo cielo

y la tierra antigua me sonríen.

En ti olvido a todos los dioses del cielo

y a todos los hombres divinos de la tierra.

Hölderlin-en-1792.El suicidio, que es tema central en La muerte de Empédocles, tiene para Hölderlin un significado muy diferente. Algunas tradiciones narran que el último presocrático se mató lanzándose al cráter del Etna con sesenta años cumplidos, cuando gozaba de la plena devoción de sus seguidores. Después de hacerse acompañar por algunos de ellos en un paseo por las laderas del volcán, simplemente desapareció para no volver. Según Hölderlin, ese “hombre embriagado de Dios” se arrojó al fuego para purificar su alma desprendiéndose del cuerpo decadente “antes de que no pudiera revelar ya la divina naturaleza a los hombres, sin convertirse en juego, burla y escarnio”. Y así, con su muerte, el filósofo puso de manifiesto el abismo que separa a los dioses de los hombres, a lo eterno de lo terreno, para retornar finalmente a la naturaleza como lugar de reconciliación entre ambos. Reconoció su finitud y la hizo palmaria, mostró que no era un dios como creían sus compatriotas y que sólo podía alcanzar la divinidad en conjunción con la naturaleza.

Igual que Novalis, Hölderlin intentó la transfiguración de la amada en la escritura quizás para retenerla y disfrutarla de una manera ideal. Incluso continuó con ella la relación clandestina de forma intermitente. Pero, al final, no logró alcanzar la paz y tal vez, por eso, terminó refugiado en la soledad de su interior, sumido en el delirio de un idealismo extremo, negando su identidad, desvariando consigo mismo tanto en la tristeza como en la alegría, rechazando el mundo y, en definitiva, dejándose arrastrar irremisible hacia la locura.

Y, a pesar de eso, aún en medio de semejante enajenación, Hölderlin nos dejó entonces algunos de sus más hermosos poemas:

Otorgado en su interior es a los hombres el sentido,

hacia lo mejor él ha de guiarlos,

ésa es la meta, la verdadera vida…

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