Eadem sed aliter: la eterna repetición de lo mismo

Apenas cumplidos los veinte años, Arthur Schopenhauer confesaba amargamente al poeta Wieland que la vida es un asunto deplorable: desde aquel momento concentraría su principal propósito en reflexionar sobre ella, desarrollando una explicación metafísica del mundo, ese gran jeroglífico. ¿Significa algo la realidad? ¿Por qué el ser humano –dotado de la pretendidamente omnipotente razón– ha de vivir “con las armas en la mano”, enfrentándose a terribles sufrimientos y tribulaciones constantes?

El carácter de las cosas de este mundo, particularmente del mundo de los hombres, no es tanto la imperfección, como se ha dicho a menudo, sino más bien la distorsión en lo moral, en lo intelectual, en lo físico, en todo (Schopenhauer, Senilia).

En respuesta a autores como Lessing (La educación del género humano) o Kant, defensores de un progreso paulatino hacia la moralidad de los hombres –si bien no exento de penosos intermedios–, Schopenhauer plantea la eterna repetición de los acontecimientos, año tras año y para toda la eternidad (“el círculo es el símbolo de la naturaleza”). Es imposible reconocer un objetivo final, una meta de las acciones del ser humano, que a pesar de albergar notables fuerzas corporales y sobresalientes disposiciones espirituales, no puede dejar de atormentar a sus congéneres como si sus fines tuvieran alguna importancia real.

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Nuestra existencia, como la del resto de los seres vivos, sólo representa la eterna repetición de lo mismo. Comemos para vivir y vivimos bajo la condición de encontrar alimento: cualquier existencia encuentra su base en una pulsión carente de sentido, un impulso irracional (grundlos, es decir, sin fundamento, sin suelo firme).

Llegará, llegará, por cierto, la época de la plenitud, puesto que el hombre […] hará el bien porque es el bien y no porque recompensas arbitrarias, que en otro tiempo auxiliaban y fortalecían a su voluble mirada, lo lleven a conocer las íntimas y mejores recompensas del mismo. Llegará, ciertamente, la época de un “Nuevo y Eterno Evangelio” que, incluso, nos ha sido prometida en los libros elementales del Nuevo Testamento (Lessing, La educación del género humano, §§ 85 y 86).

Por ello supone una ilusión y una notable cortedad de miras pensar en el perfeccionamiento del género humano: nuestros constantes esfuerzos por desterrar el sufrimiento no logran sino cambiar su apariencia, por todas partes vemos la imagen del retorno, desde el movimiento de los astros hasta la vida de todo ser orgánico o inorgánico. Es la esencia de la naturaleza.

Al contrario que Hegel, con el que Schopenhauer mantuvo duras discusiones a través de sus obras, éste considera que en la historia universal nunca ocurre nada razonable (lo que nos acerca al particular y en ocasiones indebidamente llamado irracionalismo de Unamuno –el sentir es anterior al pensar–).

En la esfera espiritual […] se descubre que la forma superior ha nacido de la transelaboración de la anterior e inferior. Esta, por tanto, ha dejado de existir; y si las variaciones espirituales acontecen en el tiempo, es porque cada una de ellas es la transfiguración de la anterior. La historia universal es el desenvolvimiento, la explicitación del espíritu en el tiempo; del mismo modo que la idea se despliega en el espacio como naturaleza (Hegel, Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal, Cap. III, 1).

OuroborosSchopenhauer declara la absoluta bancarrota de los ideales europeos que habían sido propugnados a lo largo de todo el período de la Ilustración: la razón queda supeditada a un impulso anterior, primigenio, a la voluntad que quiere, sin más, mantenerse en la existencia a cualquier precio.

El “tiempo de la consumación” del que Lessing nos habla, el estadio final de la verdad racional es sustituido por la imagen de un teatro en el que siempre se representan las mismas escenas, aun cuando los personajes sean distintos. Eadem, sed aliter: lo mismo, pero de otra manera.

La aspiración al progreso queda desmantelada en el sistema tejido por Schopenhauer, y con él, la oportunidad de ofrecer un sentido definitivo del mundo: nunca ocurre –ni ocurrirá– nada nuevo, nada mejor, recordando las incisivas palabras del Eclesiastés: nihil novum sub sole.

En “El lobo” (1903), uno de los más breves y concentrados relatos de Hermann Hesse, se nos cuenta la historia de una manada a la que los apuros propios del invierno empujaron a estrechar los vínculos de sus miembros, dándose calor unos a otros. Por su parte, Larra escribía en “La vida en Madrid” (1834) que “sólo un Dios y un Dios todopoderoso podía hacer amar una cosa como la vida”. ¿Bajo qué supuestos queda legitimada la creencia en el progreso? ¿Es éste posible sin la comparecencia de la necesidad?

Y luego proseguí: “¡Mira este instante! A partir del portón llamado Instante corre hacia atrás una calle sin fin: detrás de nosotros yace una eternidad. ¿Acaso no tendrá que haber recorrido alguna vez esta calle todo cuanto puede correr? ¿Acaso no tendrá que haber ocurrido ya alguna vez cada una de las cosas que pueden ocurrir? (Nietzsche, Así habló Zarathustra, III, “De la visión y del enigma”, II).

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