“Adiós a la universidad. El eclipse de las Humanidades”, de Jordi Llovet

Portada de la obra de Jordi LlovetAunque el debate sobre la implantación del denominado “Plan Bolonia” en las universidades españolas se ha visto aquietado por novedades estructurales de mayor calado social (crisis económica y un muy reciente relevo en el Gobierno), da la impresión de que las tensiones vividas desde hace algunos años en numerosas facultades de nuestro país no han quedado resueltas definitivamente, sino más bien aplazadas, en previsión de la formación de un nuevo Ejecutivo que habrá de bregar con las medidas educativas instauradas por el PSOE y desarrolladas después por el PP, y que no responden sino a sucesivos desmanes cometidos a lo largo de aproximadamente dos lustros (desde que, en 1999, se firmara la Declaración de Bolonia en esta misma ciudad, mediante la cual los países allí reunidos, bajo la mano ejecutora –más que ejecutiva– de sus respectivos ministros de Educación, abogaban inocentemente por una homogeneización de la educación superior a nivel europeo).

Jordi Llovet (nacido en 1947, profesor barcelonés) relata de manera cercana y nítida las experiencias que vivió desde su entrada en la universidad como estudiante hasta llegar a convertirse en catedrático. En uno de los capítulos de esta obra, que supuso uno de los hitos ensayísticos de 2011, el autor pergeña una breve historia de las instituciones universitarias –logrando una objetiva orientación del lector–, siempre con el rumbo dirigido a un puerto bien visible: que las Humanidades reencuentren su lugar en ellas, donde parece lo han perdido al socaire del empleo –históricamente tan amenazante y peligroso– de la idea de progreso, lo que en paralelo ha facilitado la introducción en la universidad de intereses que pueden catalogarse, al menos, de sospechosos.

Los talentos de primer orden jamás serán especialistas. La existencia, en su conjunto, se ofrece a ellos como un problema a resolver, y a cada uno presentará la humanidad, bajo una u otra forma, horizontes nuevos. Solo puede merecer el nombre de genio aquel que toma lo grande lo esencial y lo general por tema de sus trabajos.

Arthur Schopenhauer, citado por Llovet en Adiós a la universidad

Pero Llovet no engaña –ni se engaña-. Ya nos avisa de que desde su fundación, “las universidades han sido más bien reacias a la forma de saber que corresponde propiamente a las Humanidades: un ‘campo del saber’ que presenta unos ‘excedentes’ extraordinarios, a lo largo de la historia, con respecto al marco tan circunscrito de archivo y repetición de competencias y saberes propios de la universidad como institución” (p. 37). Tales “competencias” y “saberes”, estrechamente delimitados con el objetivo de dotar a la sociedad de profesionales suficientemente preparados, han derivado en la contemporánea imposición del llamado Plan Bolonia en nuestras universidades españolas, donde los términos “destrezas” y “habilidades” han desbancado a las antiguas aspiraciones aristotélicas de la paideia griega, que Jordi Llovet glosa de este magnífico modo, y que acaso habrían de denotar las características principales de la formación universitaria:

… en el siglo IV a.C., Aristóteles había escrito que el propósito fundamental de toda educación debía ser el de crear hombres instruidos, educados en la virtud y capaces de satisfacer determinadas necesidades propias de toda sociedad.

Y es que la trampa de este cenagal se encuentra en aquella pretendida “suficiencia” de los conocimientos que los actuales grados y posgrados aportan a los estudiantes universitarios. No se ha mostrado hasta ahora que mediante la implementación en los programas de las diferentes asignaturas (pertenezcan a la carrera que sea) de ciertas competencias, habilidades y destrezas, el alumno se halle en condiciones de enfrentarse a la vorágine del mundo laboral; no se ha mostrado, desde luego, pero sí parece existir cierta unidad de criterio al respecto, sobre todo en facultades donde los estudios se encuentran claramente enfocados al desarrollo empresarial, y por tanto, donde se excluyen como de soslayo, es decir, con cierta indiferencia, las disciplinas humanísticas en general (filosofía, filología, historia, etc.): “los estudiantes del nuevo siglo –explica Llovet refiriéndose al XX–, deseaban, en gran medida, alcanzar una formación ‘provechosa’ sin duda encaminada a una vida profesional rentable, aunque fuera cada vez más especializada”, lo que nos recuerda asombrosamente a las palabras de Nietzsche en su tercera intempestiva (Schopenhauer como educador): “Ahí está, en primer lugar, el egoísmo de los propietarios, que necesita el auxilio de la cultura y que, por gratitud, la favorece a su vez, pero asimismo pretende prescribir su propósito y su medida. […] Formar el mayor número posible de hombres corrientes –en el sentido en que se aplica “corriente” a una moneda–, este sería el propósito; y según tal concepción, un pueblo será tanto más dichoso cuantos más hombres corrientes posea” (VI).

Como las partes aisladas del saber y por lo tanto todas las ciencias particulares, en la medida en que han perdido el espíritu universal, ya no pueden ser, en general, más que medios para el saber absoluto, la consecuencia necesaria de ese desmembramiento fue que, por dedicarse a los medios y a los procedimientos para el saber, se perdió el saber mismo.

Schelling, citado por Llovet en Adiós a la universidad

Este volumen se hace imprescindible para entender el enrarecido ambiente que en la actualidad se respira en cualquier universidad española –descrito, además, por alguien que ha pasado una gran parte de su vida en ella-. Se recogen al final de la obra, a modo de apéndice, tres documentos clave que nos acercan a la problemática en cuestión: un manifiesto de profesores de la Universidad de Barcelona a raíz del Plan Bolonia, una carta abierta que la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca (firmada por su entonces decano) dirigió a la exministra Cristina Garmendia y, por último, un artículo del filósofo y ensayista José Luis Pardo, publicado en 2008 en el diario El País –en el que colabora regularmente-.

Sirvan estas palabras de Jordi Llovet, insertadas en el capítulo en el que nos habla de sus primeras experiencias docentes, como preámbulo para presentar el problema, y como gancho para acercarnos a su ineludible ensayo:

La falta de referencias globales o quizá, simplemente, la falta de una información bien sazonada harán que todos los hechos de la cultura que no formen parte de su experiencia vital –se refiere a los estudiantes–, es decir, de sus años de vida, no alcancen a formar parte, tampoco, de sus categorías epistemológicas; de modo que, de aquí a pocos años, se convertirá en una tarea titánica, por no decir que imposible, hablar a los estudiantes de Humanidades de nada que no esté vinculado directamente a su experiencia cotidiana, que, como resulta obvio, solo posee una antigüedad que oscila entre los dieciocho y los veinticinco años. […] [L]a enseñanza en las facultades de Humanidades terminará pareciéndose a la información periodística de las últimas noticias que han acaecido en el mundo. Vamos por la senda de la espectacularidad y la noción de un tiempo-cero propio de las continuas novedades que divulgan los medios de comunicación masivos (pp. 92-93).

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