Georg Trakl o la hipotiposis de la melancolía y la muerte

Georg Trakl 1.jpgResulta muy complicado definir el Expresionismo alemán sin caer en denominaciones artificiosas de tan ecléctico movimiento literario y artístico que se desarrolló durante las primeras décadas del siglo XX. Las profundas divergencias entre los autores que han sido agrupados por la historia de la literatura en este movimiento suponen un escollo para poder aportar una definición unitaria. El poeta y ensayista Jenaro Talens, por ejemplo, propone como característica fundamental del Expresionismo alemán “el ataque a las mismas raíces del proceso artístico”. Importante, pero insuficiente.

Para comprender el Expresionismo alemán hay que tener muy en cuenta que el autor relacionado con este movimiento va a buscar ante todo en la realidad y en la obra creada una proyección de sí mismo. Sin duda, se trata de una concepción estrechamente vinculada al Romanticismo, según la cual se abandona la mímesis para desarrollar una actividad artística que no refleje al objeto, sino al sujeto. Ahora bien, el Expresionismo alemán se basa en buscar una proyección del yo a través de un lenguaje genuinamente personal y extremadamente innovador en relación a su construcción y, sobre todo, significación.

Georg Trakl (1887-1914) es uno de los autores más destacados de tal movimiento pese a ser austriaco, pues el Expresionismo alemán aglutina toda obra escrita en alemán adscrita a esta vanguardia. En este caso, se prima la lengua y no la nacionalidad. Trakl desarrolla una poesía en la que su particular uso del lenguaje le lleva a generar vívidas imágenes que contienen un extraordinario simbolismo, a través de las cuales muestra las mayores inquietudes de su ser. La presencia de gamas cromáticas concretas y su lenguaje asombrosamente visual le permiten crear paisajes donde veladamente se presenta el autor. Trakl es uno de los principales exponentes de la hipotiposis en el Expresionismo alemán y sus poemas no describen paisajes ficticios, sino que más bien los dibujan.

Habitualmente se destaca de la poesía de Trakl su intenso efecto visual. La hipotiposis que desarrolla el poeta austriaco a través de paisajes compuestos por elementos y colores simbólicos y redundantes es uno de los principales medios de Trakl para exponer su sentir. Mediante imágenes poéticas que conforman un entramado simbólico caleidoscópico y muy personal, Trakl desarrolla en Sebastian en el sueño una intensa melancolía descrita pictóricamente con gran maestría.

De la primera parte de esta obra, a la cual nos vamos a limitar en este caso, recuperamos para su análisis el poema titulado “Junto al pantano”:

Caminante por el negro viento; el seco cañaveral

susurra suavemente en el silencio del pantano.

Una bandada de pájaros silvestres cruza por el cielo gris;

en línea transversal sobre las aguas tenebrosas.

Tumulto. En la cabaña negra en ruinas

bate sus alas negras la putrefacción:

deformes abedules suspiran en el viento.

Atardecer en la taberna abandonada. La dulce melancolía

de los rebaños que pacen tiñe el camino de regreso al hogar,

aparición de la noche: sapos emergen entre las aguas plateadas.

georg-trakl.jpg

Escenas o más bien instantes de podredumbre y muerte presentados a partir de una serena melancolía. La poesía de Trakl no es un alarido desaforado, sino un grito sordo ante los abismos de su tiempo. Alejandro Peña expone que su poesía “consiste en el lamento de un hombre de comienzos del siglo XX que experimenta del modo más desgarrador la decadencia y destrucción de la cultura occidental en términos de lo que Nietzsche llamó ‘muerte de Dios’“. Exactamente, esta decadencia y destrucción es lo que encontramos en el agua muerta de Junto al pantano.

En la primera estrofa, el viento negro y el cielo gris acompañan la imagen del agua corrompida del pantano. Son aguas estancadas, muertas por lo tanto, y yermas, algo en lo que redunda la sequedad del cañaveral. Los pájaros se mueven sobre el agua que yace protagonizando este paisaje oscuro y que sólo sugiere una mortalidad sin esperanza.

Del movimiento alado de los pájaros llegamos así a las únicas alas que en el pantano se pueden encontrar: las de la putrefacción, de nuevo caracterizadas con el color negro. La figura de las ruinas en Trakl es común, siendo símbolo del declive y la inexorable muerte material ante el mismísimo espíritu del devenir contenido en el tiempo mortal. Una cabaña, quizás hogar en el pasado, afronta el abandono y su pronta desaparición. Todo muere en el pantano, en esa agua estancada que es igual a un tiempo que resulta siempre lo mismo y refleja una historia que no apunta a ninguna esperanza, tal y como percibió Trakl. Mientras tanto, los abedules mordidos por la podredumbre, al igual que el cañaveral, también testimonian esta escena estática.

El poema finaliza con el declive de la naturaleza que representa el ocaso. También aparece una taberna olvidada, lugar de socialización por excelencia abandonado a su suerte. Se dibuja el camino que permite regresar al hogar y justo en ese momento cae la noche, pues ella misma es el hogar. La noche representa la muerte y es la única morada posible. El fin se encuentra en ese mismo pantano en el que los sapos, hijos de la corrupción acuática, atestiguan tan lamentable final bajo la luz de la luna.

La muerte y la desesperanza ante ella también aparecen en la parte titulada “El otoño del solitario”, y un excelente ejemplo de ello es el poema “Alma de otoño”:

Voces de cazadores y ladridos sangrientos;

tras de la cruz y la colina parda

cegado poco a poco el estanque en espejo

el azor grita duro y claro.

Sobre el sendero y los rastrojos

se cierne ya un silencio negro;

puro, el cielo entre las ramas; sólo

el arroyo corre ligero y silencioso.

Muy pronto habrán huido peces y venados.

Alma azul, deambular oscuro

pronto nos apartó del amor, de los otros.

El atardecer cambia la imagen y el sentido.

El pan y el vino de una vida justa,

Dios, en tus manos benignas

pone el hombre el fin oscuro,

toda la culpa y el rojo dolor.

Ruinas Friedrich

Los cazadores, sus perros y el azor. Elementos todos ellos estrechamente vinculados a la caza. Los ladridos, identificados con la sangre, nos llevan inevitablemente al color rojo que en Trakl es símbolo de la culpa. Todo ello presidido por la cruz, tras la que se oculta un espejo acuático que no nos permite eludir dicha culpa, pues al reflejarnos en el agua nos obliga a enfrentarla. Para Trakl, el ser humano es culpable, y “aunque el poeta asume la herencia de la tradición cristiana, es consciente también de la ausencia de la divinidad”. Por lo tanto, sólo el individuo puede ocuparse de su culpa, de la cual es completamente responsable, ya que no puede delegar su salvación en Dios o en cualquier otra trascendencia.

A la voz de Dios le sustituye un silencio negro y el cielo se presenta sólo como una vasta extensión distante que nada puede resolver para el individuo. La segunda estrofa no presenta movimiento en las alturas, pues allá sólo habita el muerto vacío y la nada. En cambio, es en lo terrenal donde se puede encontrar algo que se mueve, en este caso un arroyo que en su movimiento demuestra la posibilidad de cambio. Si bien el individuo no puede esperar mejora alguna de su condición en una ilusoria trascendencia, sí puede al menos transformar aquello que le rodea y es susceptible de cambiar, como el curso del agua que se nos presenta.

Pero entonces aparece el alma, identificada con el color azul, lo que resulta muy significativo. El azul es el color que en el Romanticismo alemán se identifica con la infinitud y la suprema trascendencia, como lo demuestran las obras de Friedrich Hölderlin o Novalis, entre otros. No hace falta extenderse en la profunda influencia que posee el Romanticismo en todo el ámbito germano. Ahora bien, Trakl utiliza este color, pero subvierte su significado, ya que el azul será en su poesía el color del vacío. No hay trascendencia, no hay ya un plano divino al que dirigirse y el azul es símbolo precisamente de esa ausencia y ese vacío de Dios, tal y como lo interpretaba también Stéphane Mallarmé.

Empeñado el ser humano en la concepción del alma y errando acorde a ella, se olvidó de sus semejantes y el verdadero amor, según Trakl. Así se condenó a seguir buscando en la trascendencia vacía lo que debía buscar en la tierra. He ahí la culpa del género humano a la que no podrá escapar Trakl y que refleja en su poesía con resignada melancolía.

De este modo finaliza el poema, exponiendo cómo se ha dejado siempre en manos de Dios nuestro final mortuorio, la culpa y nuestro suplicio, en vez de buscar soluciones a ello en nuestra vida terrenal. Todo designado por la oscuridad de la nada y el color rojo de la culpabilidad.

A continuación, el libro da paso a la sección titulada “Septeto de la muerte”, y en el poema “A los enmudecidos” tiene lugar la presentación de una escena urbana. La ciudad va a ser para el Expresionismo alemán centro de la decadencia y la podredumbre humana. Allí se concentran todos los vicios que llevan a la sociedad a la enfermedad, pero Trakl añade una intensidad siniestra que resulta distintiva.

Ah, la locura de la gran ciudad cuando al anochecer,

junto a los negros muros, se levantan los árboles deformes

y a través de la máscara de plata se asoma el genio del mal;

la luz, con látigos magnéticos, ahuyenta la pétrea noche.

Oh, el hundido repique de las campanas del crepúsculo.

Ramera que entre escalofríos alumbra una criatura

muerta. La ira de Dios con rabia afronta la frente del poseso,

epidemia purpúrea, hambre que rompe verdes ojos.

Ah, la odiosa carcajada del oro.

Pero una humanidad más silenciosa sangra en oscura cueva

forjando con metales duros el rostro redentor.

Georg Trakl

La ciudad padece una enfermedad que es tanto física como mental. Aquejada de una insania que se agudiza por la noche, la ciudad se separa de todo a través de unos muros negros. Su desagradable vegetación, como los abedules o el cañaveral de Junto al pantano, parecen despertar en la oscuridad. La luna se representa como un ente maligno capaz de llevar a la perdición a los que allí habitan y la única luz que puede confrontar esta oscuridad es la luz urbana y artificial, no la luz de Dios. Oscuridad de una noche de piedra, que en su inmovilidad demuestra la ausencia de vida en ella y que se ve acompañada por el sonido de las campanas fúnebres. Toda una escena desarrollada, como se puede apreciar, a través de matices oscuros.

La segunda estrofa redunda en el carácter estéril de la noche con la figura de la ramera, cuyo reino es el mundo nocturno. De ella, como de la noche, sólo procede la muerte. Después aparece la ira de Dios, pero no una ira que procede de un plano más allá de la tierra, sino una ira que no es sino la locura y su frenesí. Aparece el color púrpura, importantísimo en toda la obra de Trakl y que es símbolo de la enfermedad. El púrpura es degradación, tal y como aparece en la gran ciudad porque su sociedad, sobre todo por la noche, está enferma y condenada a la podredumbre existencial. Y esa insania urbana destruye la armonía y la vida de esos ojos verdes bajo el regocijo del dinero.

Ante esto sólo queda la última imagen que compone la estrofa final y que no está exenta de ironía. Individuos que movidos por la culpa y apartados de ese mundo corrompido se refugian mientras construyen un nuevo ídolo. No sólo están los que se han perdido en la noche de la ciudad, sino también este otro grupo que se dedica a buscar la redención de su sangrante culpa en una trascendencia a la que pretenden llegar a través de falsos ídolos.

La única solución ante esta desoladora situación en la que el individuo debe afrontar su inevitable presencia en una realidad hostil y que no puede buscar esperanza alguna en Dios o en cualquier otro elemento trascendente, es la misma poesía melancólica que desarrolla Trakl. “El nihilismo que ha apagado al mundo sólo puede ser transformado por la melancolía, pero no por medio de la evasión, sino nombrándolo, emitiendo una queja ante ese imperfecto estado de cosas, tomando conciencia de la falta”, escribe Alejandro Peña-Arroyave. Trakl sólo puede dar testimonio de aquello que ocurre a su alrededor, pero a su vez se proyecta en ello. El yo lírico apenas aparece en su poesía por innecesario, ya que lo que nos presenta constantemente es a sí mismo. Los mismos dilemas y la decadencia que él expone en sus paisajes son los que se encuentran en su interior. Nombrar ese mundo es nombrarse a sí mismo y testimoniar su circunstancia se convierte así en el único remedio, que es una compleja resignación.

Como se ha expuesto, aunque serían muchísimos los poemas que nos permitirían seguir confirmando las dinámicas hasta aquí expuestas, su empleo de la hipotiposis se caracteriza por el desarrollo de una gama cromática amplia en la cual encontramos algunos colores con un marcado simbolismo (púrpura, negro, azul, rojo) e imágenes de una extraordinaria visualidad desarrolladas a modo de metáforas o símbolos. Todo ello contribuye a que la poesía de Trakl alcance con facilidad los ojos del espíritu de su lector, ante los cuales despliega su ser proyectado en paisajes que son un reflejo de sus más profundos abismos personales.

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