Pío Baroja: la perversa llama(da) de la vida

Pío BarojaEn un artículo publicado el 24 de septiembre de 1900 en El País (bajo el título de “Las vidas tristes”), un Pío Baroja soliviantado con su pasado confesaba que, por fin, “yo salí de esos antros de imbecilidad llamados Universidades”, tras los reiterados suspensos (causados más por su desinterés que por su incapacidad) con los que algunos catedráticos le obsequiaban en Madrid. Cuando se traslada a Valencia, donde apenas conoce a nadie y comienza a sentirse por fin libre, declara en una carta fechada en 1893 el ideario que por aquel entonces no dudaba en poner en práctica: “vivir entontecido, como siempre, y estudiar poco. Comer bastante; digerir bien; dormir mucho; ensuciarse en todo. Ser un bruto. He aquí mi vida”.

Aunque pueda parecer llamativo, Baroja empezó a publicar sus primeros escritos de mayor repercusión en la Revista Nueva a cambio de veinticinco pesetas y algunos muebles que él mismo aportó para la redacción. A pesar de este singular trueque, no podía hacer caso omiso a su vocación. En sus memorias, explicaba que a finales de 1898 no sentía un verdadero apego por otra cosa que no fuera la escritura: “Quería ensayar literatura. Ya comprendía que ensayar la literatura daría poco resultado pecuniario, pero, mientras tanto, podía vivir pobremente, pero con ilusión. Y me decidí a ello”. Así empezaba la aventura literaria del autor de San Sebastián.

Muy pronto sus artículos llaman la atención del público y de sus compañeros de faena. Unamuno aseguraba en 1900 que “Baroja llega al corazón haciéndonos estremecer hasta en la más pequeña fibra. Pensador y artista, más lo primero que lo segundo, sus narraciones son notas delicadísimas, páginas arrancadas de la realidad”. Un año más tarde, Ramiro de Maeztu aclaraba en la revista Madrid que “lo que Baroja busca en el espíritu son las tendencias malsanas, las cobardías, las miserias, los indicios o residuos de la vida decadente que en esta época de seres indecisos se encuentran hasta en las individualidades más poderosas”.

Pío Baroja balcón

Y es que, como es sabido, la situación política y social que en el fin del XIX se vivía en España era, cuanto menos, delicada. La pérdida definitiva de algunas colonias y el desarrollo del pesimismo europeo (Schopenhauer, Leopardi, Kierkegaard, el recuerdo de Larra), que muy pronto fue acogido por el mismo Baroja, pero también por Unamuno, Azorín, Machado o Ganivet, ocasionaron la irrupción de un tipo de literatura intimista, que hacía hincapié más en las vicisitudes psicológicas e inquietudes metafísicas de los personajes de las obras de turno, que en sus circunstancias externas -contempladas como meros hechos coyunturales-.

Podemos rastrear estos rasgos en algunos de los escritos más tempranos de Baroja, por ejemplo, en  el relato “Melancolía” (de apenas dos páginas de extensión), publicado en 1893 en La Justicia. En él se exponen las breves pero intensas reflexiones de un “viejo pálido y haraposo”, de “mirada fría” y sonrisa de “amarga tristeza”, que nos relata muy concisamente algunos de los hallazgos más importantes de su vida. Aunque obtuvo no pocos éxitos, su incipiente satisfacción siempre desembocaba en una gran tristeza. Cuando cerca de su final recapacita sobre su vida, la conclusión es elocuente: “Deseo precisamente lo que no tengo, y, sin embargo, no hay en mi alma un ideal fijo y claro; siento ansias y anhelos de algo grande, de algo enorme, pero con ellos me moriré, y con ellos me enterrarán; ¿quién sabe?, quizá la muerte, al hacerlos desaparecer, los satisfaga”.

En estas últimas palabras encontramos definitivamente algunos de los rasgos principales que Baroja tomará de sus extensas y pausadas lecturas de Kant y, sobre todo, Schopenhauer. Del primero adopta una de sus enseñanzas antropológicas más célebres: la “insociable sociabilidad del hombre”, siempre en conflicto con sus semejantes, a los que, a la vez, necesita para poder existir. De Schopenhauer, por su parte, a quien Baroja tuvo siempre como uno de los espíritus más eminentes de la filosofía alemana, absorbe un pesimismo que podemos observar en todo el conjunto de la obra barojiana; en concreto, la fugacidad de la existencia de los seres humanos, el estrecho cerco que separa el ser y la nada, y la relación de los hombres con un deseo que nunca ceja en el empeño de ver satisfechas sus ambiciones. En otro de sus más tempranos y significativos relatos, “El bien supremo” (1894), nuestro autor presenta a un personaje que conversa con Budha, quien le da la oportunidad de escoger el don que más desee. Este elige la inmortalidad, pero enseguida cae en la cuenta de su fatídico error y suplica a Budha que, por favor, le permita traspasar las “puertas del reino de lo inconsciente, del sitio en que se es sin ser”. La nada, a fin de cuentas, es preferible al ser, a una vida en la que las generaciones se suceden unas a otras sin poder contemplar en ellas ningún viso de evolución espiritual.

Es sin duda en su artículo “Mi moral”, de 1902, donde asistimos al despliegue barojiano de las hondas influencias que Nietzsche despertó en él. En esta suerte de credo, teñido de un pesimismo siempre latente de corte darwinano, Baroja afirmaba que “Soy un individualista rabioso, soy un rebelde; la sociedad me parece defectuosa porque no me permite desarrollar mis energías, nada más que por eso”. Eso a lo que llamamos “moral”, explica nuestro protagonista, parece responder a un inconsciente social que se propone como meta una mejora más que dudosa y que, además, nunca acaba de llevarse a efecto. Impregnado del vitalismo biologicista de Nietzsche, Baroja asegura que “la humanidad se ha separado de la ley natural”, a la que hay que retornar; debemos liberaros de las “leyes y preceptos sociales y religiosos”, que tan solo dificultan la auténtica y posible evolución: “agotar todas las fuerzas vitales” sin renunciar artificialmente a ninguna de ellas. El imperativo del autor vasco es tajante: que los seres humanos “se sientan fuertes, a la conquista de la vida y del mundo”, pues la piedad es buena solo tras haber vencido.

pio barojaPero Baroja, gracias a sus lecturas de Baudelaire y Poe, es muy consciente de cómo nos las gastamos los unos con los otros. En su artículo “Perversidad” (1893) se refiere a una misteriosa “fuerza” que ni siquiera la filosofía puede explicar, una especie de “tendencia que determina a la voluntad a ejecutar actos reprobados” por las leyes naturales que años después, como hemos visto, ensalzaría a los cuatro vientos. Y es que en el mundo es posible hacer el mal por el mal, como ya adujo Poe (al que Baroja denomina “filósofo de la perversidad”): incluso quizás pueda hablarse de una maldad innata en los seres humanos, de una sugestión demoníaca en los hombres que puede llegar a conducir a su mutua destrucción y aniquilamiento. Una masa, la humana, a la que Baroja siempre temió y despreció, de la que emanan todos los malos impulsos que nos conducen a practicar el mal, aunque, acaso “lo único que podemos dar es lo que tenemos -escribía en “No nos comprendemos” (1903)-. Un ansia dolorosa, un anhelo inconcreto por un ideal también inconcreto, un deseo de algo grande, de algo terriblemente humano”.

¿Cómo conciliar, entonces, ambos polos: las desmedidas pretensiones de aquellas “leyes naturales” (nuestros más hondos deseos), a las que hay que dar rienda suelta, y la perversidad que parece residir en todo ánimo humano? Esta será una tensión a la que Baroja hará frente durante toda su carrera creativa y con la que nunca temerá toparse. Dos textos debemos comparar en este punto. En una de sus novelas más conocidas, Camino de perfección, don Pío hacía hablar de esta manera  al arriero Nicolás Polentinos: “Todos los hombres son insaciables, créalo usted, y como no se pueden saciar todos los deseos, porque el hombre es como un gavilán, pues vale más no saciar ninguno”. La vida, declara Nicolás con un deje marcadamente schopenhaueriano, “no es más que una ilusión”, y como declarara Rubén Darío en el poema “Lo fatal” (1905), “no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,/ ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. La ilusoria existencia de los hombres es precisamente dolorosa porque encierra la consciencia de su propia evanescencia y fragilidad. El ser humano intenta explicarse a sí mismo el funcionamiento de la vida tal y como se nos presenta (luchas, intrigas por doquier, pequeños atisbos de efímera felicidad, ansias de poder, sufrimiento, etc.), pero de nuevo se encuentra con el problema del egotismo, de la contemplación constante de su propio ombligo: “Todo lo vaciamos en el molde de nuestro espíritu; fuera de ese pequeño molde, no tenemos nada para asir y comprender las cosas que pasan por delante de nosotros”, escribía Baroja en Las inquietudes de Shanti Andía.

Aunque es un hecho que la mayor parte de las historias narradas por Baroja no poseen un final especialmente dichoso (como exigía el patrón de la tragedia dictado por Schopenhauer, tomado a su vez de Shakespeare), el autor vasco tampoco despreció indiscriminadamente los pequeños respiros que nos da en ocasiones la vida a través de la amistad y el amor… siempre que tengamos muy presente que, como reza uno de los títulos de una de sus obras maestras, El mundo es ansí: “Es verdad. Todo es dureza, todo crueldad, todo egoísmo. ¡En la vida de la persona menos cruel, cuánta injusticia, cuánta ingratitud!… El mundo es ansí”.

Baroja escritorio

La obra quizás más conocida de Baroja, El árbol de la ciencia (1911), inaugura el género de la literatura filosófica en el siglo XX español. En ella asistimos al desarrollo personal y científico de su personaje central, Andrés Hurtado, remedo del yo del autor. Baroja estudió medicina en su juventud, y producto de las esperanzas que al principio depositó en la ciencia, de la mano de sus inquietudes más específicamente filosóficas, escribió este libro que ha pasado a engrosar la lista de la literatura universal. Las ansias desaforadas de Andrés chocarán con las estrechas miras de una sociedad en decadencia y que dificultará el desarrollo intelectual y emocional del protagonista. Un clásico de inexcusable lectura. “Uno tiene la angustia -escribía Baroja-, la desesperación, de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, pensar sería una maravilla”.

En una obra anterior (1902), Camino de perfección, Baroja ya había ensayado este tipo de literatura que colinda con el pensamiento filosófico, aunque en este caso la fuerza narrativa del relato ostenta un primer respecto al de la reflexión crítica. El personaje central de esta novela, Fernando Ossorio, supone la personificación de un pesimismo mistificado que Baroja intenta superar a través de sus creaciones. En la historia observamos cómo Fernando, a través de una conducta siempre dubitativa que le impide en ocasiones actuar, deambula por la existencia en errante caminar. De nuevo, el tema de la vida como un sendero onírico se hace presente en la historia: “Pasar toda la vida durmiendo con un sueño agradable, ¡qué felicidad! ¡Y si el sueño no tuviera ensueños! Entonces, aún felicidad mayor. Pero el sueño está preñado de vida, porque en las honduras de esa muerte diaria se vive sin conciencia de que se vive”.

En El mundo es ansí (1912), una de las cumbres de la producción barojiana tanto por su trepidante estructura narrativa como por su contenido, el autor de San Sebastián acomete acaso el único camino posible en esta vida tan rapaz: el desengaño. Su páginas nos guían a través de las reflexiones de su protagonista, en este caso una mujer, la rusa Sacha Savarof, quien cansada de bregar con una existencia plagada de sinsabores y cargada de promesas siempre incumplidas, acaba por declarar que “la vida es esto; crueldad, ingratitud, inconsciencia, desdén de la fuerza por la debilidad, y así son los hombres y las mujeres, así somos todos”.

Por último, hay que destacar la trilogía de La busca (compuesta por este mismo título, Aurora Roja y Mala hierba), en la que Baroja nos presenta un maravilloso retrato de la ciudad de Madrid acompañado de una profunda reflexión sobre la política, la amistad y las relaciones humanas en general, inspeccionando los vericuetos del alma de los hombres con la esperanza de encontrar en ella, siquiera, un rastro de verdadera humanidad.

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