El cascarrabias vasco (Baroja) visitado por Ortega y Gasset

Sólo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez.

Pío Baroja

Sentencia del tremendo Baroja (1872-1956). ¿Y si habría que entenderla en un contexto social aherrojado por la hipocresía? Por no alargar el título no citamos en él a José Miguel Fernández Urbina, autor de un interesante Unamuno y Baroja frente a la cultura de masas. Nos centraremos en Ortega, aunque también añadiremos unas mínimas impresiones de Urbina.

Quizá medicina, enseñanza y sacerdocio sean tres de las ocupaciones más vocacionales. Baroja comenzó ejerciendo la primera. Médico rural (“de espuela”, como se decía)habría que haberlo visto a lomos de caballería por los angostos valles guipuzcoanos, de día y de noche, camino del último caserío montesino, con su maletín y unas alforjas tan vacías de vocación como infladas de enojo. Así que cambió de aires y oficio y marchó a Madrid a regentar junto con su hermano Ricardo una tahona de su tía Juana Nessi. Al poco, los quebraderos de cabeza de la panadería eran superiores a su intención de proseguir. En la literatura como dedicación sola se inicia en 1904 (con alguna incursión periodística con motivo de la Gran Guerra).

el-espectador-i-y-ii-de-ortega-y-gasset-jose-alianza-editori-D_NQ_NP_610972-MLU28528743101_102018-F.jpgOrtega y Gasset, en el tomo I de El Espectador ofrece unas originales reflexiones sobre el novelista. La fórmula “esto daría para una tesis doctoral” está más sobada que la pipa de un indio, pero la escribimos para avisar de que sólo haremos aflorar unos pocos pespuntes del lucido traje con que el filósofo viste al novelista. Aún mayor será nuestra contención con los trazos de Urbina. Es la economía de espacio a que nos ceñimos en este blog.

Comienza su Ideas sobre Pío Baroja con una descripción o pesimista en extremo o realista, un realismo reflector de la España gris de principios del XX, sobre todo la del ambiente de las ciudades provincianas difuntas (palabra nuestra), y dedica el ensayo a los pocos jóvenes reacios a dejarse entontecer por los vapores fétidos de la ciénaga, añadiendo que Baroja es “un hombre libre y puro que no quiere servir a nadie ni pedir a nadie nada”.

Palabras elogiosas hacia el novelista por alguien poco dado a lanzar perlas. Claro que también hubo pedradas, y Baroja respondió, pero ya hemos indicado que omitiremos mucha información y análisis.

Ortega tiene una idea del estilo distinta de la habitual. La elección del tema es el primer y primordial aspecto del mismo. Recurre, ya lo indicó el amigo Marañón en su evocación con motivo de la muerte del pensador, a las ciencias naturales:

Como la planta impulsada por una misteriosa apetencia crece, inclina o se contorsiona para buscar su luz, así el espíritu del escritor se orienta hacia su objeto, se enfronta con él, dejando a un lado y otro el resto de las cosas.

De manera que “el estilo del lenguaje, es decir, la selección de la fauna léxica y gramatical representa sólo la parte más externa y, por tanto, menos característica del estilo literario tomado íntegramente”. Esto, por raro que pueda resultar, pone el acento estilístico más en el contenido que en el continente.

Para Ortega, las novelas de Baroja son “una especie de asilo nocturno donde sólo se encuentra[n] vagabundos”. Algo que sorprende al madrileño, dada su idea de la extremada rigidez de la vida española, presidida por “una estabilidad plúmbea y una monotonía aldeana”. Ahora bien, aunque ésa es la realidad hispana vivida por Don Pío, la huye en sus novelas. Estamos ante una escritura de reacción: Baroja se desquita en sus novelas de su vida sedentaria. Sí, ese ambiente petrificado, el que circunda y atosiga al novelista, no le interesa para sus narraciones. Él siente la llamada de los desarraigados. Contra esa rigidez citada, contra el encauzamiento prefijado de las vidas, la figura del vagabundo la aprecia el vasco, nos refiere Ortega, porque significa lo contrario: el dinamismo.

Sí, los personajes barojianos, incluso los de obras de temática marcadamente social, no son obreros, no son proletariado, sino lumpen (“hampa”, en términos de Urbina). Ortega lo expresa diciendo que ha tenido el vasco que reclutar su nómina entre “eso que suele considerarse como el escombro social –los golfos, los tahúres, los extravagantes, los vividores, los suicidas”.

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Prosigue afirmando que Baroja ha dedicado una década a escribir “veinte tomos de vagabundaje”.

Pero no son sinónimos “vagabundo” y “aventurero”. Explica Ortega que mientras el primero representa la escala ínfima del dinamismo, el aventurero constituye su grado superior. Y aquí nos encontramos con el ineludible lejano familiar Aviraneta:

Y leal con su destino literario, Baroja pacta con la erudición, compra unos libros viejos y sin dejar el tema del vagabundo se dedica a perseguir el del aventurero.

Volvamos al estilo. Escribe un Ortega al que se le nota enojado esto:

¿Se prefiere que hable de gramática, de lo que, según dicen, no tiene Baroja? La corrección gramatical […] abunda hoy en nuestros escritores. Sensibilidad trascendente, en cambio, se encuentra en muy pocos. Tal vez en ninguno como en Baroja.

Es lo mismo señalado anteriormente: el estilo es algo más sutil que una epidérmica cuestión gramatical, trampolín usado por algunos autores para no decir nada de fuste. Lo que al filósofo madrileño le interesa sobremanera no es si el cascarrabias vasco flojea en la sintaxis, sino “la sobra de su espíritu, de su individual postura ante ese temblor ubicuo que llamamos la vida”.

Es muy jugoso el epígrafe “Baroja tropieza en Coria con la gramática”. Éste, el filósofo y algunos más han salido de excursión por aquellos andurriales. El vasco va a piñón fijo, entiéndase con un propósito definido: más que pasear, avizora el paisaje en pos de la localización de una hazaña de su lejano pariente Aviraneta. Intercalamos una de las crudas descripciones de aquellos pueblos espectrales españoles de principios del XX, a los que certeramente había definido Bécquer en su viaje inaugural del Ferrocarril del Norte, 1864, cuando hablaba, en la negra noche de entonces, de aquella sucesión de sepulcros que iban desfilando ante su mirada de cronista, queremos decir de aquella sucesión de pueblos, “donde yacen las glorias de España”. Pues bien, lo que escribe Ortega sobre Coria es similar: “- […] Coria, ciudad inverosímil, sombría, torva e inmóvil como un susto en medio de un camino-“.

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Volvemos al tropiezo gramatical del vasco en Coria. Un Ortega humorista nos presenta las cogitaciones de un Baroja desconcertado, o quizá también humorista:

-¿Lo ven ustedes? No hay cosa peor que ponerse a pensar en cómo se deben decir las cosas, porque acaba uno por perder la cabeza. Yo había escrito aquí: “Aviraneta bajó de zapatillas”. Pero me he preguntado si está bien o mal dicho, y ya no sé si se debe decir: “Avinareta [sic] bajó de zapatillas, o bajó con zapatillas, o bajó a zapatillas…”                 

Son interesantes los apuntes de Fernández Urbina (1951). Casi con levedad de gorjeo (tuit) diremos que en el individualismo de Baroja ve la influencia de Nietzsche, y un “pesimismo de ínfulas schopenhauerianas”. Hemos escrito en el título “cascarrabias”. Se ha ido viendo esta condición de Baroja, pero más ahora, con Urbina, que además afirma que la incapacidad de la medicina para salvar a su hermano Darío “estimuló la receptividad de Pío a la obra de uno de los grandes teóricos fatalistas, Schopenhauer,  que le marcaría para siempre”.

En el mismo sentido, indica Urbina que los altibajos biográficos del hosco Baroja “le predispusieron vitalmente a una intensa afinidad con las corrientes individualistas y nihilistas que habían apadrinado los pensadores germanos Nietzsche y Schopenhauer“.

Y señala también que el tono nietzscheano de varios personajes barojianos “era en general contrabalanceado por el pesimismo y abulia de raigambre “schopenhaueriana“. Ahí es nada.

4 comentarios en “El cascarrabias vasco (Baroja) visitado por Ortega y Gasset

    • Pues a unos cuatro kilómetros de la casa natal del “pelotari de Patmos” (Unamuno) escribo esto. Creo que fue Rubén Darío quien le endosó ese apelativo, pero no recuerdo el porqué.
      Me alegra que haya aprendido algo del artículo, a pesar de que suelo dejar sin enviar mayor número de líneas que las que presento como propuesta de publicación.
      Saludos

      Le gusta a 1 persona

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