Reflexiones en torno a Schelling

Podemos distinguir dos tipos de memoria sobre la Historia: aquella que,en su permanente búsqueda de un cierto tipo de economía, opta por dejar enterrados algunos recuerdos, y que, por tanto, no cuenta todo lo que sabe, sino sólo aquello que a ella misma le parece relevante; y por otro lado, damos con una clase de memoria que, al margen de toda vicisitud y escorzo histórico, tiene la obligación de hacerse cargo de todo cuanto alguna vez ocurrió.

La primera de ellas la rastreamos de manera especial en institutos y universidades, donde el reducido tiempo de los cursos académicos invita a trazar planes de asignaturas que no siempre pueden reconocer el mérito y el contenido global de la disciplina de la que pretenden ocuparse, mientras que el segundo tipo de memoria ha de ser recuperada, digamos, a la fuerza, casi de manera violenta, por los interesados en desentrañar los hundimientos (en forma de olvido) que han sufrido ciertos sucesos y personajes.

Poussin

Aunque para los estudiosos de la Filosofía se trata de una personalidad de primera fila, no es muy habitual –en contextos menos especializados– reconocer a Schelling como uno de esos pensadores que ocupan no sólo un lugar en la Academia, sino también en el acervo cultural de cualquier persona mínimamente leída. Me refiero a autores como Nietzsche, Rousseau, Platón, Kant o el propio Ortega y Gasset, nombres que han traspasado las murallas que mantienen encerrado –acaso intencionadamente– cierto tipo de erudición.

Schelling jovenComo perpetuo estudiante de Filosofía, reconozco que algunos de los textos de Schelling ofrecen un alto nivel de complejidad. Sin embargo, existen obras de otros autores, también de los mencionados más arriba, cuyo nudo fundamental ha sabido eludir los –siempre incómodos– grilletes que son impuestos por los ambientes más especializados. Este paso, el que permite que un texto y su mensaje gordal pase de ser esotérico a exotérico, supone una nueva puerta abierta a la propia Filosofía, que nunca se abriría o que incluso permanecería invisible si aquellas murallas no fueran invadidas por bandidos y corsarios no dispuestos a encerrar la completa memoria histórica entre barrotes que, pese a quien pese, pueden ser superados.

Aun con miedo de que la Academia reniegue de mí como uno de sus legítimos componentes (de bastardos se halla repleto el universo filosófico), ensayaré un mínimo acercamiento a uno de los flancos del pensamiento de Schelling.

Si por algo se caracteriza la trayectoria de este bravo alemán es por su continuo acercamiento a la base incomprensible de la realidad, donde nuestro filósofo encontrará una oscuridad que incluso precede a Dios como “la noche de su esencia”. Este drama será soportado de manera única y particular en el hombre, donde hará acto de presencia esta suerte de caos –en forma de lo que carece de regla: “un bien, si no contiene en sí un mal superado, no es un bien real y vivo”.

Lo que hace tan atractivo el pensamiento de Schelling es su vuelta al problema del mal como constitutivo del ser humano; a través de éste la conciencia de la naturaleza da con un escenario en el que puede aparecer. Y no sólo eso: la libertad de la que somos portadores siempre incluirá, desde el principio, la opción de ejercer el mal, de introducir lo caótico en el mundo. Sin embargo, cuando intentamos pensar el origen de esta posibilidad, Schelling habla entonces de una “crisis”: nuestra razón llega a un punto –límite– en sus andanzas en el que se abisma, en el que es desbordado por lo ignoto.

Si se considera correctamente este ser en el espíritu, se descubren también en él nuevos abismos; y el hombre comprende, no sin una especie de horror similar a aquel con que se entera de que su apacible morada está construida sobre el hogar de un fuego antiquísimo, que también en el ser primigenio hubo que poner algo como pasado antes de que fuera posible el tiempo presente, que esto pasado sigue estando oculto en el fondo y que el mismo principio que en su inoperatividad nos porta y sostiene, en su operatividad nos consumiría y aniquilaría.

Schelling, Las edades del mundo, 12, 1811

Friedrich Wilhelm Joseph von SchellingPodemos hablar, de la mano de Safranski en su libro sobre El mal, de dos principios fundamentales en los que para Schelling se basaría cualquier tipo de vida: por un lado, la mismidad (o identidad), una tendencia a permanecer en sí y junto a sí (lo que, en paralelo, producirá para el filósofo lo tenebroso de cada ser); en segundo lugar, existe un principio expansivo en el que el ser material tiende a salir de sí, a rebasarse. Existe así una tensión constante entre ambas fuerzas, un tira y afloja entre la voluntad de expandirse y la voluntad de retraerse sobre sí. “Querer es el ser originario”, explicará Schelling (afirmación que calará hondo en el joven Arthur Schopenhauer).

Mientras que la voluntad propia se halla referida tan sólo a sí misma, lo que hace pensar a Schelling que se trata de un impulso destructor y absorbente, la voluntad que tiende al rebasamiento de sí hace referencia a un proceso por el que la propia voluntad deja de quererse en exclusividad a sí misma, iniciando un movimiento de trascendencia. Aquel primer impulso, que surge de manera especialmente voraz en el hombre, se instituye en el ser humano como un principio tenebroso; pero por otro lado, también existe en nosotros la posibilidad de la “luz”: “en el hombre […] está el abismo más profundo y a la vez el cielo más alto, o sea, los dos centros”.

A la mayor parte de las personas nada les parecería más natural que el hecho de que en el mundo todo existiera por pura dulzura y bondad, pero pronto se dan cuenta de lo contrario. Algo obstaculizador y opositor apremia por doquier: lo otro que (por decirlo así) no debería ser y sin embargo es y tiene que ser, el no que se contrapone al sí, las tinieblas que se contraponen a la luz, lo curvo que se contrapone a lo recto, lo izquierdo que se contrapone a lo derecho…

Schelling, Las edades del mundo, 13, 1815

De nosotros dependerá la superación de este amor de sí, de este egoísmo que tiende a la absoluta identidad (“todo ser es contracción, y la fuerza contractiva fundamental es la auténtica fuerza original y radical de la naturaleza”, escribía Schelling en la primera edición de Las edades del mundo, acaso su obra más enigmática y compleja). En nuestras manos se encuentra el poder para armonizar ambas tendencias a través de la libertad, diluyendo positiva y activamente la oposición. No estamos determinados para optar por uno u otro de estos principios; aquello que elijamos será nuestra acción libre. De ahí que, aun cuando Schelling hable de la oscuridad de los comienzos y de lo tenebroso de nuestro impulso a encerrarnos en sí mismos, quede abierta la posibilidad de desterrar el egoísmo, de llevar a la luz los más oscuros impulsos.

Teniendo en cuenta que esta entrada no tenía como uno de sus objetivos conservar el rigor propio de la Academia, a precio de dar a conocer y hacer atractivo a un pensador en numerosas ocasiones olvidado, terminamos por ahora con Schelling. En otro momento destriparemos la interesante relación que Schopenhauer mantuvo con sus obras.

Por último, les dejo un texto de Safranski en el que compendia con sumo acierto el acercamiento de Schelling al problema del mal y que, espero, empuje a más de uno a leer sus escritos:

La evolución de la naturaleza humana es un proceso dramático. Y este drama tiene que soportarse en el hombre, o sea, allí donde la naturaleza ha alcanzado la suprema conciencia. En él puede hacerse consciente y vonvertirse en acción libre el aspecto negativo de la potencia, lo carente de regla, lo caótico. Por eso en la libertad humana se da la opción de la nada, de la aniquilación, del caos. El hombre está metido en el ser, pero puede notar la tendencia a desgajarse de aquel, la tendencia a destruirlo. Y esto es el mal. Por medio de su libertad el hombre puede convertirse en cómplice del Dios inacabado. El abismo en Dios y el abismo del mal en la libertad humana están unidos entre sí. El hombre está unido con Dios y, sin embargo, pertenece a su dificultosa herencia también el estar enlazado con el principio nocturno de este Dios, con su inacabamiento caótico.

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