Simone de Beauvoir: “No quiero la indiferencia”

simone-de-beauvoir.jpgEl 9 de enero de 1908 nacía en París, en el seno de una familia de clase media, una de las pensadoras y escritoras más relevantes del siglo XX: Simone de Beauvoir (1908-1986). Desde el principio, fue voluntad de los padres que Simone se convirtiera en profesora, y, en este sentido, fue férreamente educada en una escuela católica, mientras en casa recibía una formación de aires conservadores: nada escapaba de la estrecha vigilancia de los progenitores, de los goznes previstos en el hogar, y cualquier salida de tono, por mínima que fuera, era catalogada como una suerte de desacato a la autoridad y al orden debido. El temor de Dios era la máxima a seguir.

Sin embargo, esta aventajada y muy espabilada niña pierde la fe a los doce años, cuando comienza a rebelarse en casa frente a los dictados que le habían sido impuestos. Su constatación era clara: el movimiento de la vida, el vigor y fuerza con que la existencia se desarrolla, no tienen nada que ver con la enteca y asfixiante moral cristiana en que la joven Simone había sido educada. Desde muy temprano comienza a destacar entre sus compañeras por su avidez intelectual, que la hace ocupar siempre los primeros puestos en calificaciones, mientras no deja de soliviantar a sus padres explicándoles que la moral cristiana no es más que una manera de esclavizar la natural libertad del ser humano.

El estigma de la religión la persiguió durante toda su vida. Es de reseñar que, en España, su obra filosófico-histórica cumbre, El segundo sexo (1949), fue señalada y vilipendiada por el régimen dictatorial franquista (para cuyas autoridades el libro representaba una clara amenaza para las conciencias por su contenido subversivo); una opinión compartida por el Vaticano, que no dudó en incluir el escrito de Simone en el “Índice de libros prohibidos”.

Además de la religión, es su condición de mujer la que marca igualmente su adolescencia y juventud, que marca asimismo el inicio de su pensamiento feminista. El padre de Simone, Georges Bertrand, nunca tuvo reparos en afirmar abiertamente que había deseado con todas sus fuerzas el nacimiento de un hijo varón, lo que marcó para siempre el corazón de la niña, a quien, como cuenta en sus memorias, su padre le aseguraba que contaba con “un cerebro de hombre”. A pesar de estos rasgos estrechos y machistas, también es cierto que Simone se educó, a pesar de las desavenencias y apuros económicos por los que pasó la familia, en un entorno en el que la educación, la cultura, los estudios, el valor de la escritura y los libros resultaban fundamentales, lo que propició el desarrollo de la innata tendencia de Simone hacia el saber.

A un hombre no se le ocurriría escribir un libro sobre la situación particular que ocupan los varones en la humanidad. Si me quiero definir, estoy obligada a declarar en primer lugar: “Soy una mujer”; esta verdad constituye el fondo sobre el que se dibujará cualquier otra afirmación.

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Tras algunos tempranos coqueteos con las matemáticas, en las que se mostró especialmente interesada y aplicada, Simone se decanta en la universidad por los estudios humanísticos y culmina, así, la titulación de Letras con especialidad en Filosofía. Es durante estos años, concretamente en 1928, cuando conoce a una de las figuras clave en su vida, Jean-Paul Sartre (1905-1980), con quien desde entonces mantendrá una particular relación sentimental, en la que la libertad y el desprecio por los prejuicios y las convenciones sociales eran el signo distintivo. Consideraban su amor mutuo como algo necesario, y prometieron que ninguna de las relaciones paralelas que mantuvieran podrían destruir o modificar aquel sentimiento que los unió hasta la muerte de Sartre en 1980.

La mujer tiene ovarios, útero; son condiciones singulares que la encierran en su subjetividad; se suele decir que piensa con las glándulas. El hombre olvida olímpicamente que su anatomía también incluye hormonas, testículos. Percibe su cuerpo como una relación directa y normal con el mundo, que cree aprehender en su objetividad, mientras que considera el cuerpo de la mujer lastrado por todo lo que lo especifica: un obstáculo, una prisión.

SImone Sartre

Simone de Beauvoir impartió clase de filosofía en varios institutos de enseñanza media entre 1931 y 1936. Aunque, con el objetivo de no tener que separar sus camino, Sartre le propuso en varias ocasiones la posibilidad de contraer matrimonio, ella se mostró reacia, al igual que decidió no tener hijos: pensaba firmemente que ambas circunstancias le robarían gran parte de su libertad e independencia. Durante aquella enriquecedora etapa, Simone y Jean-Paul conocen a otro de los grandes pensadores de la época, Albert Camus (1913-1960). Su compleja trayectoria biográfica y su fuerte personalidad influyeron hondamente en el pensamiento de Simone, sobre todo en lo tocante a las condiciones económico-materiales que se precisan para poder formarse, para alcanzar una educación de altura (como es sabido, los orígenes del autor de El mito de Sísifo fueron muy humildes; sólo pudo estudiar gracias a las becas recibidas, una situación muy distinta de la que Simone vivió en su infancia).

Segundo sexo Beauvoir.jpgTras haber viajado por todo el mundo, fundar junto con otras autoridades culturales del momento la influyente revista Les Temps Modernes y haber conocido a importantes personajes de la época (Raymond Aaron, Che Guevara y Fidel Castro, Mao Zedong, Nelson Algren…), Simone publica en 1949 la obra que la catapulta definitivamente a la fama: El segundo sexo, de la que se vendieron miles de ejemplares a las escasas semanas de ser publicada. Como escribe Teresa López Pardina en la introducción de la traducción española canónica de Alicia Martorell (publicada en Cátedra), “El segundo sexo no sólo ha nutrido a todo el feminismo que se ha hecho en la segunda mitad del siglo, sino que es el ensayo feminista más importante de toda la centuria. Todo lo que se ha escrito después en el campo de la teoría feminista ha tenido que contar con esta obra, bien para continuarla en sus planteamientos y seguir desarrollándolos, bien para criticarlos oponiéndose a ellos”.

A juicio de Simone, el pensamiento siempre ha de mirar hacia adelante, a la vez que se hace cargo del presente, del campo de acción del ser humano. Hay que tener en cuenta que es una pensadora existencialista y que, en este sentido, otorga un valor fundamental al concepto de “proyecto”, muy relacionado con el de “libertad” y “autonomía”. Aunque, como apunta muy certeramente López Pardina, Simone recoge igualmente la tradición más cosmopolita y emancipatoria de la Ilustración: “ante todo, una concepción igualitaria de los seres humanos según la cual la diferencia de sexos no altera su radical igualdad de condición“, leemos en la introducción de la edición de Cátedra. Simone de Beauvoir denuncia sin tapujos la situación de la mujer:

La mujer siempre ha sido, si no la esclava del hombre, al menos su vasalla; los dos sexos nunca han compartido el mundo en pie de igualdad; incluso en nuestros días, aunque su condición esté evolucionando, la mujer sufre grandes desventajas. En casi ningún país del mundo tiene un estatuto legal idéntico al del hombre, y en muchos casos su desventaja es considerable. […] Económicamente, hombres y mujeres constituyen casi dos castas.

simone-de-beauvoir.jpgY apuntala: “En el momento en que las mujeres empiezan a participar en la elaboración del mundo, sigue siendo un mundo que pertenece a los hombres“. Una situación que, peligrosa y flagrantemente, se toma como natural: “El hombre soberano protegerá materialmente a la mujer súbdita y se encargará de justificar su existencia: además del riesgo económico evita el riesgo metafísico de una libertad que debe inventar sus propios fines sin ayuda”. Una libertad que Simone acogió y practicó desde su más temprana niñez y que, después, desarrolló en su vida adulta. La independencia económica, social y de pensamiento fueron su adalid.

De carácter apasionado y difícil, Simone llegó a confraternizar con muy pocas personas a lo largo de su vida. Sartre fue una de esas contadas excepciones. En 1971, el filósofo francés sufre un ataque al corazón (causado por su inextinguible pasión por el tabaco y su afición por el alcohol) que le deja muy débil hasta su muerte, acaecida en 1980. Durante aquellos años en los que Sartre precisó de asistencia permanente, Simone escribió uno de sus escritos más personales, La ceremonia del adiós, relato en el que asistimos al declive físico de su compañero y donde se concentra el germen de la filosofía de la pensadora parisina: es en nuestras acciones, en los hechos singulares y particulares de nuestra vida, donde forjamos nuestro ser. Nada es real, y en particular el ser humano, hasta que (se) hace, precisamente porque es a través de la acción como llegamos a los otros, a la alteridad. Es mediante nuestras acciones como quedamos convertidos, irremisiblemente, en seres sociales.

Y es a la vez por esta razón, por este compromiso con lo humano, por lo que Simone de Beauvoir no pudo dejar escapar su vida sin expresar, públicamente, sus convicciones más hondas, que llevaban anejas denuncias que hirieron al establishment político, social y religioso. Nada ni nadie consiguió tapar su boca. Su existencialismo nos aboca a la responsabilidad de tomar en serio nuestras propias acciones y saber, en definitiva, que la auténtica autonomía reside en un ejercicio consciente y comprometido de nuestra libertad. La moral no es asunto de Dios: es asunto nuestro, asunto del ser humano, llamado, siempre, a intervenir en la realidad.

No quiero [la indiferencia]. Llaman indulgencia y sabiduría a esta inercia del corazón: es la muerte que se instala en nosotros. No todavía, no ahora.

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4 comentarios en “Simone de Beauvoir: “No quiero la indiferencia”

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