Raymond Aron: recuperar la esencia de la historia

conciencia-historica raymond aronRaymon Aron (1905-1983), sociólogo, filósofo y politólogo, fue uno de los más francos opositores de los regímenes autoritarios del siglo XX y un defensor acérrimo de la libertad, la tolerancia y la moderación. Sus obras cayeron en un injustificado olvido debido a sus no escasas confrontaciones con los sectores políticos de la izquierda marxista más radical, que desprestigiaron sus escritos, y no alcanzaron su merecida fama hasta los últimos años de la vida de su autor.

Página indómita recupera en excelente edición y traducción (a cargo de Luis González Castro) una de las obras más representativas de este imprescindible pensador francés, Dimensiones de la conciencia histórica, en la que se propone reflexionar sobre la tarea y las aspiraciones de la historia; un conjunto de estudios que, en palabras de Aron, están motivados precisamente por “un solo e idéntico problema: el de la historia que vivimos y nos esforzamos en pensar“. La editorial barcelonesa ya había publicado otro de los títulos fundamentales de Aron, Introducción a la filosofía política.

Lejos de considerar la historia como un continente aséptico o indiferenciado de circunstancias, hechos y avatares diversos, Aron asegura que debemos tenerla por “la reconstrucción, por y para los vivos, de la vida de los muertos”, y que por tanto nace, y ha de nacer, “del interés actual en explorar el pasado por parte de los hombres que piensan, sufren, actúan“. Sobre todo actúan, como bien recalcaba Hannah Arendt. Y es que todos, queramos o no, pensamos históricamente. Aún más, toda nuestra conciencia política y comunitaria “es, y no puede dejar de ser, una conciencia histórica”. De ahí que la historia no deba plantearse como tarea central la de buscar un orden providencial, universal e inamovible al que nuestras acciones hayan de acoplarse: tal fue, a juicio de Aron (declarado socialista), el más funesto error del marxismo, que creyó ver en la lucha de clases un mecanismo impertérrito, siempre presente y necesario en el desenvolvimiento de los hechos humanos: “tengo la impresión de que el marxismo, sea cual sea la fuerza política que aún posea, pertenece ya al pasado. Por su optimismo, es del siglo XIX. En el fondo, no da respuesta a los interrogantes suscitados por su propio desarrollo o por el desarrollo de las formaciones históricas que se identifican con él”.

Ningún constructo conceptual puede convertirse, en términos absolutos, en el “símbolo” de la historia. Todo acontecer se pliega a unas circunstancias determinadas que es preciso estudiar y sobre las que se hace indispensable reflexionar. Es por eso uno de los objetivos prioritarios que se propone desarrollar Aron responder a la cuestión sobre qué busca el historiador, teniendo en cuenta que “la historia no es una crónica, persigue algo más que la enumeración de los hechos, más que la alineación de los acontecimientos a lo largo del tiempo”.

El hombre se apasiona por el conocimiento de su pasado, no se contenta con los resultados parciales de la ciencia, porque la sucesión de las sociedades afecta a su propia alma.

Raymond-Aron1

Cuatro son los elementos que, a juicio de Aron, componen ese plus que alejan a la historia de pasar por una mera disciplina aglutinante, recolectora de hechos. En primer lugar, que los hechos históricos son a la vez hechos humanos y, por tanto, sociales: “el historiador va al encuentro de otros hombres, de otras humanidades, quiere reconocerse en sus antepasados o, dicho de otro modo, tomar conciencia de lo que es descubriendo lo que otros han sido“. En segundo lugar, los hechos no se suceden de manera similar a las estaciones ni de forma tan incoherente como se pasa de la lluvia al buen tiempo: “el historiador quiere saber cómo sucedieron las cosas”. En tercer lugar, “el historiador no colecciona hechos”, sino que reconstruye conjuntos. Y, por último, en cuarto lugar, “el historiador, cuando se ha elevado hasta un cierto conjunto temporal, se siente tentado no sólo de comprobar los puntos de partida y de llegada, sino también de reconstruir las etapas intermedias”.

Cuatro factores diferenciadores que, al fin, pueden resumirse en cuatro interrogantes complementarios: ¿cómo han vivido los hombres?, ¿por qué y cómo ha sucedido lo que ha sucedido?, ¿cuáles son las unidades históricas? y, al fin, ¿cuáles son, si es que los hay, los patrones del cambio histórico? Cuatro cuestiones que Aron desarrolla por extenso en esta obra, repleta de digresiones filosóficas, históricas y políticas de gran altura, así como de numerosas alusiones a las personalidades más egregias de su tiempo, como Sartre, Einstein o Camus, mientras dialoga permanentemente con autores del pasado como Marx, Aristóteles, Nietzsche, Tucídides, Kant o Max Weber.

El descubrimiento o el redescubrimiento incesante del pasado expresa un diálogo que durará tanto como la misma humanidad y que define la esencia de la historia: las colectividades, al igual que los individuos, se reconocen y enriquecen mediante el contacto entre ellas.

Aron Sartre

Saludo cordial entre Sartre y Aron

Como ya sostuviera en su tesis doctoral, “el hombre está en la historia, el hombre es histórico; el hombre es una historia”. En la historia sólo se dan verdades parciales que no pueden adoptar un papel totalizador, bajo el fatal riesgo de que aparezcan regímenes impositivos. A la vez, discute con el relativismo, que en su opinión conduciría igualmente a la instauración de gobiernos totalitarios: “el relativismo histórico queda superado desde el momento en que el historiador deja de pretender un imposible desapego, reconoce su punto de vista y, por consiguiente, se dispone a reconocer las perspectivas de los otros”.

Tales perspectivas son, en definitiva, expresiones múltiples de la vida humana, rica en significaciones pero también en equívocos. La historia, junto a la filosofía, es la única disciplina en la que el hombre es a la vez sujeto y objeto del conocimiento. De ahí la imposibilidad de sellar una verdad inamovible: el ser humanos es lo por definición escurridizo y, en cierto sentido, impredecible. Por eso, asegura Aron en una muy bella expresión,

… querer que la historia tenga un sentido es invitar al hombre a dominar su naturaleza y a hacer razonable el orden de la vida en común. Pretender conocer con anticipación el sentido último y los caminos de la salvación es sustituir el progreso ingrato del saber y de la acción por unas mitologías históricas. El hombre aliena su humanidad tanto si renuncia a buscar como si imagina haber dicho la última palabra.

En Dimensiones de la conciencia histórica, magnífica y ya clásica obra, Aron aboga –en una línea existencialista muy cercana a la practicada por Sartre, con quien compartió amistad y disputas teóricas y políticas– por la libertad como única vía posible para superar el historicismo más determinista, rechazando cualquier influjo de una Providencia o de un Absoluto que hiciera avanzar, bajo su cuidado, al universo humano. La libertad se conquista a cada paso, nunca está dada de una vez por todas… y eso, y nada más, es lo que muestra precisamente la historia.

La humanidad tiene conciencia de estar embarcada en una aventura en la que se juega su alma y su existencia. Ya no sabría abandonarse de nuevo a los dioses ilusorios del progreso y de la historia. No alimenta su nostalgia la añoranza de cómodos esquemas, liquidados por los éxitos de la erudición. Acepta la paciencia y la lentitud de una exploración inacabada por esencia. No se resigna a no pensar más, a no querer un porvenir.

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