El arte de asesinar: la muerte queda retratada

Hermann Hesse pone en boca de los protagonistas de -su poco leída novela- Narciso y Goldmundo las siguientes palabras: “-Más tarde me hablarás de esto con pormenor. Pero dime, ¿qué fue lo que el arte te trajo y significó para ti? -El vencimiento de la caducidad. Advertí que de este carnaval y esta danza de la muerte que es la vida humana, quedaba y pervivía algo, a saber, las obras de arte. También ellas desaparecen alguna vez, se queman, se deterioran o las destrozan. Pero siempre sobreviven a varias vidas humanas y forman, más allá del momento actual, un reino sereno de imágenes y cosas santas. Y el colaborar en eso se me antoja bueno y consolador porque es casi perpetuar lo transitorio”.

Con la intención de aunar historia y arte, y para hacer patente su relación -en ocasiones implícita, pero siempre interesante-, escribo en esta ocasión sobre tres obras que, sin la conexión mítico-histórica que mantienen con el relato que encierran, quedarían quizás reducidas a lo que suele llamarse “el arte por el arte”.

Gerome_Death_of_CaesarEl asesinato de Julio César

En el año 45 a.C. Julio César era nombrado dictador perpetuo tras suprimir la oposición de Pompeyo (el que un día fuera su mayor aliado) en Hispania. Su intención era proclamarse rey para modificar la estructura del gobierno romano; por ello, lejos de algunas interpretaciones parciales que tildan la actitud de César como una mera megalomanía, su intención no sólo era dirigida por su vanidad, sino también por cálculo político. Sin embargo, se enfrentaba a un problema social: los ciudadanos romanos se decantaban por un sistema republicano -más que por la instauración de una monarquía-, y además, contaba con la oposición del Senado y los patricios. Éstos se negaban a ver encumbrado a un igual a régimen casi divino. Tales circunstancias derivaron pronto en una conspiración contra César y sus adeptos. En el año 44 a.C., poco tiempo antes de acudir a una reunión convocada con ocasión de los idus de marzo por el Senado, el máximo dirigente era avisado mediante diversos vaticinios proféticos de lo que más tarde ocurriría. Pero César, seguro de su dominio, selló sus oídos… y la confabulación tuvo lugar con éxito.

caligula alma tademaCalígula: de gobernante a loco

El gobierno de Calígula (Cayo Julio César Augusto Germánico) daba comienzo en el año 37. El emperador cautivó a todos desde el principio con una actitud amable, tolerante; llegó incluso a explicar que compartiría su poder con el Senado. Los miembros de las altas esferas no fueron los únicos en sucumbir al encanto de este joven gobernante: Calígula organizó espectáculos públicos muy costosos que entretenían por igual a ciudadanos y patricios, haciendo olvidar el precario reinado de Tiberio. Todo se vio truncado cuando el emperador sufrió una enfermedad muy grave que modificó su equilibrio mental. Comenzó entonces a materializar la que, desde aquellos días, sería su máxima, “Que me odien… con tal de que me teman”: relaciones incestuosas con su hermana Drusila, instauró una tiranía del terror, hizo que se le adorase como un dios, e incluso ordenó matar por insulsas razones a familiares y amigos. Tanto quebranto de la ley hizo surgir una conjura que, finalmente y de manos de uno de los jefes de la cohorte pretoriana (Casio Querea), dio con la muerte del joven emperador…

davmarat

J.-L. David – La muerte de Marat

Marat: cuchillos y revoluciones

Jean-Paul Marat ejerció como firme detractor de los enemigos de la Revolución Francesa (1789), trabajando en el periódico Ami du Peuple y actuando como portavoz del grupo popular denominado sans-coulottes. Marat encontró sus más atentos aliados en Danton y Roberspierre; la fama de este trío revolucionario fue en aumento hasta el punto de verse con la suficiente influencia como para pedir la ejecución del rey. Tras la muerte del monarca y la creación del Comité de Salvación Pública, hubo intentos de procesar a Marat, pero finalmente fue absuelto y la multitud más afín a su doctrina extremista le aclamó como a un héroe. Finalmente, el Terror fue instaurado; fueron días convulsos en París: muchos girondinos fueron detenidos, e incluso, llevados al patíbulo. Entonces apareció una joven de la nobleza convencida de que los verdaderos artífices de la revolución habían sido los girondinos: el Terror no cesaría hasta que Marat muriera. La joven (Charlotte Corday) adquirió un cuchillo de cocina y sorprendió al héroe jacobino metido en la bañera a causa de una enfermedad cutánea que le obligaba a pasar varias horas al día sumergido en el agua -desde donde escribía sus controvertidos artículos. Tras ganarse la confianza del jacobino, Charlotte le asesinó a sangre fría con el arma mencionada cerca del cuello. El final de la historia resulta conocido gracias a la obra de David.


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