Nietzsche y la política

NietzscheA pesar de que Friedrich Nietzsche suele ser estudiado como autor eminentemente fragmentario, literario, creador de una corriente crítica y novedosa que pretendía cuestionar buena parte de la corriente metafísica occidental, lo cierto es que, si escarbamos en sus obras, encontramos numerosos fragmentos en los que aquél se hace cargo de un asunto en principio insólito: la política y la teoría del Estado.

Los pormenores políticos y sociales de su época nunca resultaron indiferentes a Nietzsche, y desde luego se puede hablar de un curioso perfil antidemocrático al recorrer diversos puntos de sus escritos. Una democracia a la que no dudó en tildar de “introducción de la imbecilidad parlamentaria” y a la que culpaba de nivelar a los espíritus aristocráticos o superiores con los más adocenados y vulgares, un proceso que denominó “degeneración fisiológica”. La democracia no es más que el más funesto de los sistemas políticos, al permitir la decadencia del Estado en pos de conseguir una suerte de igualdad del todo quimérica.

Es conveniente recordar que la afinidad y amistad con el músico Richard Wagner, a quien Nietzsche idolatró durante buena parte de su vida, influyó en la visión de éste sobre la necesidad de una regeneración de la nación alemana. Aunque el compositor transitó en un comienzo los senderos de un moderado liberalismo, con el paso de los años se afincó en una dura postura reaccionaria y, por tanto, conservadora. En toda la obra musical de Wagner predomina lo filoteutón, un gusto exacerbado por los valores norteños y, finalmente, un descarnado antisemitismo (sobre el que nunca se mordió la lengua). Wagner deseaba, en fin, que Alemania fuera “limpiada” de elementos contaminantes, para recuperar, así, la más pura “alemanidad”. Un influjo del que sin duda Nietzsche se dejó impregnar. En misiva a su amigo Gersdorff, asegura que en dos años “verás extenderse una nueva concepción de la Antigüedad que determinará un nuevo espíritu en la educación científica y moral de Alemania”.

Son los años del Nietzsche más pujante, más conflictivo, los años de entrada en la Universidad de Basilea, los años en los que redacta El origen de la tragedia y de su idilio intelectual con Wagner. En este período, tras haber dejado atrás muchos de sus prejuicios infantiles y adolescentes sobre la religión cristiana, Nietzsche aboga por una vuelta a la cultura griega más agónica, entendida, precisamente, como cultura trágica. El más odioso de los errores griegos fue el abandono de este ideal trágico: lo plebeyo, lo cotidiano, lo normalizado se impuso sobre lo egregio y distinguido, la mediocridad se aburguesó, se hizo moneda de curso corriente. La introducción del elemento “socrático” no fue, a ojos de Nietzsche, más que el suicidio del ideal trágico, que pujaba, al contrario, por generar lumbreras y hombres de altura en el mundo. Nacía de esta forma el imperio de la masa, el esclavismo propiciado por Sócrates. Así se expresaba el filósofo alemán: “la Humanidad debe siempre trabajar para dar individuos de genio, tal es su misión, sin que tenga ninguna otra”.

Ningún hombre tendría inclinación por formarse si supiera lo increíblemente pequeño que es el número de personas que poseen una auténtica formación cultural y que por fuerza tiene que ser así. A pesar de ello, no será posible ni siquiera a ese número pequeño de personas verdaderamente cultas desarrollarse si se dedica la formación cultural a la gran masa, decidida a ello exclusivamente por un engaño seductor y, en el fondo, impulsada a ello contra su propia naturaleza.

Friedrich Nietzsche

La gran masa (große Masse) ha terminado por equipararse, de manera cotidiana y sin tapujos, a los espíritus más distinguidos. La educación ha degenerado, se ha corrompido, y quienes se encuentran auténticamente empujados al estudio y la creación deben luchar contra seres que sólo ponen obstáculos y se ven llenos de envidia por la desigualdad natural que media entre ellos y aquéllos. Así, sentencia Nietzsche: “el verdadero secreto de la formación cultural ha de encontrarse […] en el hecho de que un sinnúmero de hombres aspiran a la formación cultural y trabajan con vistas a ella, aparentemente, pero en realidad sólo para hacer posibles a algunos pocos hombres”. Un pensamiento que sorprende por lo elitista y aristocrático.

Nietzsche deseaba fundar una nueva Esparta, combativa, brillante intelectualmente y pertinaz, en contraposición a los presuntos valores de la democracia ateniense, donde no sólo parece democratizarse el poder y su ejercicio, sino también y sobre todo la inteligencia… aunque a fuerza de ser dividida. Las grandes personalidades sólo pueden forjarse en el seno de un Estado presidido por un gobierno fuerte y autoritario, un gobierno que defienda, ante todo, la formación y emergencia del genio.

La “dignidad del trabajo” es una idea moderna ilusoria de lo más idiota. Es un sueño de esclavos. Todos se atormentan por seguir vegetando miserablemente […]. El Estado surge de la manera más cruel mediante la sumisión y la generación de una especie de zánganos, [pero] el Estado ha de preparar la generación y la comprensión del genio.

Y de nuevo se mostraba inflexible al referirse a la creación de las masas: “las multitudes […] han nacido para servir, para obedecer, y cualquier instante en que se agitan sus pensamientos serviles o débiles o con las alas tullidas, confirma de qué arcilla los ha formado la naturaleza o qué marca de fábrica ha impreso en dicha arcilla”. El objetivo de Nietzsche es pues el de acabar con el imperio de estas multitudes, con la “cultura de masas”, en detrimento de una cultura dirigida a individuos específicos, de “hombres escogidos” que puedan llevar a cabo “obras grandes y duraderas”. La lucha del filósofo contra el llamado “populismo” de Bismarck se hace casi despiadada:

El Estado moderno más fuerte, Prusia, se ha tomado tan en serio el derecho a mantener una suprema tutela sobre la formación de las masas en la cultura y en la escuela que ese peligroso principio así adoptado, dada la osadía que caracteriza a dicho Estado, adquiere un significado universalmente amenazador y peligroso para el verdadero espíritu alemán.

F Nietzsche

Tesis que Nietzsche no sólo toma de Wagner y de la Antigüedad clásica, sino también y sobre todo de su maestro Schopenhauer (antes de que renegara de él para siempre). Arthur Schopenhauer, conocido reaccionario, aseguraba en su obra magna que:

El Estado, esa obra maestra del egoísmo bien entendido, razonable, de todo en general, ha puesto la protección de los derechos individuales en manos de un poder que, muy superior a las fuerzas de cada individuo, los obliga a respetar los derechos de todos los demás. El egoísmo ilimitado de casi todos, la maldad de muchos y la crueldad de algunos, no puede abrirse paso aquí: ha sometido a todos.

Un fragmento schopenhaueriano que guarda muchas correspondencias con este otro de Nietzsche:

La esperanza reside en que al asegurar la conservación de muchos fracasados, también sean protegidos aquellos pocos hombres en los que culmina la humanidad. De lo contrario no tiene ningún sentido mantener a tantos hombres miserables. La historia de los Estados es la historia del egoísmo de las masas y del ciego deseo de querer vivir: sólo por los genios se justifica en alguna medida esta aspiración, en cuanto que les permite existir.

Siempre de fondo, observamos una clara raigambre platónica en cuanto a las tesis políticas aristocratizantes de Nietzsche. La pregunta que finalmente se hace el pensador de Röcken no es otra que la de “¿Quién ha de ser el Señor de la Tierra? Esta cuestión es el ritornello de mi filosofía práctica”, leemos en sus fragmentos póstumos. Aunque Platón, a juicio de Nietzsche, fue víctima igualmente del socratismo más dogmático, reconoce al filósofo ateniense su esfuerzo por “convertirse en el supremo legislador filosófico y fundador de Estados”. Y es que fue ya el propio Platón quien reconoció que no existe para la muchedumbre posibilidad de adquirir arte alguno.

En definitiva, Nietzsche plantea una suerte de Estado presidido por una aristocracia natural, la del genio (o espíritu artístico, expresión que debemos tomar en sentido amplio), en el que la masa queda supeditada a las intenciones y necesidades de aquél.

¿Por qué necesita el Estado ese número excesivo de escuelas y profesores? ¿Con qué objeto son esa “cultura popular” y esa “educación popular” tan ampliamente difundidas? Porque odia al espíritu alemán auténtico, porque se teme la naturaleza aristocrática de la cultura auténtica, porque propagando y alimentando las pretensiones de formación de la “multitud” se quiere incitar a los grandes líderes a buscar un exilio voluntario, porque se intenta escapar a la severa y dura disciplina, haciendo creer a las “masas” que encontrarán por sí solas el camino, guiadas por el Estado como su auténtica estrella polar.

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