Nietzsche: las rutas de un dios mortal

Nietzsche-2_1024x1024.jpgLa filosofía trastorna su seguridad y su propia suficiencia cuando se pone en escena un pensar altamente corrosivo, marginado de las cohesiones a las que suele encasillarla el academicismo que rige sobre su ímpetu primigenio. Por ello, cada vez que en ella se desborda el ánimo de quien suministra un ámbito constitutivamente crítico, en su espacio se plasma ante todo un registro desde el cual puede nuevamente suministrar una actitud y una actividad libre. Por supuesto, lo dicho hasta el momento puede describir la tarea de muchos pensadores. No es necesario circunscribir esta condición a unos pocos iluminados que estén revestidos de una condición especial. Especificaciones de esta clase no sólo dan al traste con una condición que en realidad incorpora lo que de suyo es habitual y cotidiano en cada hombre (un pensamiento libre), sino que intentan revestir de extrema exclusividad una posición que, en tal caso, sería asequible a muy pocos. Si así fuese, el propósito de considerar un pensamiento crítico sería vano si éste estuviese disponible sólo para unos cuantos. Que nos movamos entre prejuicios, entre conceptos altamente arraigados que obstaculicen el acceso a una libertad interpretativa más amplia, no es necesariamente una condición en la que la alienación que se circunscribe allí haya de asumirse como absoluta. Siempre habrá grietas, espacios en los que, de alguna manera, el pensamiento resquebraje sus ataduras, y como tal, cobre vida.

La filosofía se mueve en estos espacios de resquebrajamiento. Y mucho más cuando a través de ellos se configura una opción de vida. Que la filosofía cobre mayor atractivo y sentido a partir de una constitución en la que se vincule la existencia, sus sentidos, sus problematicidades, sus contradicciones, es algo sobre lo cual hay que llamar la atención. No de otra manera puede hacerse esta pregunta: ¿adónde conduce la filosofía cuando converge en la experiencia vital que vibra en el pensamiento? A un proceso cuyo destino no logra concretarse, a una búsqueda que tiene en ella misma el único sentido. Lejos de especificar una configuración teórica, la praxis que se enfoca como modo de vida en el pensamiento y los caminos por los cuales se opta, precisa de una opción que se concreta en la actitud propia de un titán. Así nos topamos con Nietzsche.

Al margen de asimilarse como una construcción en la que quiera plasmarse una promulgación sistemática, el recorrido que Nietzsche construye se convierte en una ruta cuyos accesos son diversos, plurales, laberínticos, íntimos. En él, es posible rastrear un desplazamiento que se evidencia cada vez que se accede a una obra múltiple como la suya, una obra que rechaza cualquier ultimátum interpretativo. Si la filosofía ha de querer llegar a ser un propósito que involucre la vida misma, es decir, no una profesión sino una apreciación de la vida y la manera de vivirla, tiene en Nietzsche un referente que no puede pasarse por alto.

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Retrato de Nietzsche de Alessandro Lonati

Dentro del conglomerado de escritos nietzscheanos, tanto los publicados por el autor como los fragmentos póstumos, se evidencia el hecho de estar definidos por una alta exigencia crítica en la cual se destaca el manifiesto problemático de toda filosofía. Estos textos son pues un recorrido, no se posiciona una meta como tal sino el desplazamiento en el cual se acentúa la búsqueda y no el hallazgo. Legitimar una fundamentación sustancial en Nietzsche contradiría el ámbito en el que se mueve la vorágine de su pensamiento. No la hay, como tampoco hay principio ni fin en los énfasis que se destacan en sus intereses, en sus plurales influencias, en sus querellas, en sus interpretaciones. Un modo de establecer un manifiesto en el que se inquieren los dominios de un territorio que, en este caso, está siempre más allá de toda suficiencia.

Esta característica no sólo es corroborable en el contenido sino en el aspecto formal que demarca su escritura. El fragmento no es sólo un género escritural. Es una opción desde la cual se constituye una ruptura con la totalidad y con la férrea oclusión del sistema. El fragmento lo confronta y despliega multiplicidades. El fragmento fuga el pensamiento, lo extrae de la seguridad de la certidumbre. Desligarlo de la instantaneidad en la que aparece implica no reconocer su espacio concreto. El fragmento se desprende, como interpretación, de la temporalidad que lo circunda. Pero, además de esto, la de Nietzsche es una obra que, como ensayo, es decir, como proceso escritural desligado de la unidad, promulga una emancipación de la cohesión ideológica.

friedrich_nietzsche_by_outofname-d9k4mxr.jpgQue el hombre sea un dios, un dios mortal, se anuncia en el evangelio de quien ve en la tierra la nueva aurora al margen de lo transmundano. La sacralización de la existencia, la aceptación heroica y trágica del destino que en su madurez el autor establece en la concepción del amor fati, permite identificar un terreno en el que la filosofía no puede concebirse al margen de la existencia, al margen de la practicidad. La filosofía se hace así ejecución práctica en la que teoría y praxis no son una dualidad que se relaciona especularmente sino una conjunción indistinguible. Comprender esto implica consolidar el pensamiento nietzscheano en concordancia con la especificación de una filosofía como forma de vida.

La compleja relación que Nietzsche ejecuta entre pensamiento y vida no es un asunto menor dentro de la exégesis de su obra. A partir de este vínculo, la filosofía dista mucho de verse como un conjunto de presupuestos teóricos marginados de la problemática que emerge desde la actividad y la experiencia. En ese sentido, el epistolario de Nietzsche revela de manera muy vívida la íntima conexión que ata su filosofía con lo que vive, con lo que experimenta y ejecuta vitalmente. Desligar de sus textos los rasgos eminentemente prácticos, implica mutilar la raíz de una filosofía que tiene en la praxis el origen y meta de sus reflexiones, implica cerrar la esfera que el propio autor rescata cuando enfatiza en las fuentes vitales que derivan del sentido de la tierra, de la pertenencia del ser humano a la mortalidad, a su presencia intransferible dentro de la inmanencia como derrotero ético y estético.

Si con Nietzsche se escudriña siempre la posibilidad de sumergirse en la condición problemática de ser humanos, es porque con él la filosofía concentra sus preocupaciones en el carácter nunca preciso y definitivo que margina al hombre de una posición satisfactoria y plena. La filosofía así se torna eje problemático, molestia sintomática, estímulo que afronta las contradicciones. Con Nietzsche, como con tantos otros, por supuesto, la filosofía avanza entre senderos múltiples, caminos sin orillas.

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