Rosa Luxemburgo: carácter y revolución

Rosa_LuxemburgRosa Luxemburgo (1871-1919) es quizás la más célebre de las luchadoras revolucionarias. Su asesinato, catalogado en ocasiones de auténtico martirio, la convirtió en un firme baluarte de los ideales marxistas. Mujer de avasallador carácter y sobresaliente intelecto, Luxemburgo es hoy reconocida como una de las más importantes teóricas marxistas de la socialdemocracia europea que, sin embargo, fue ferozmente atacada por todos los sectores políticos de su tiempo: los propios socialdemócratas, los leninistas más apegados a la letra dura del bolchevismo, etc.

Con motivo del centenario de la Revolución rusa, acaecida en 1917, Página indómita recupera un texto fundamental de Rosa Luxemburgo sobre este particular. Ya en sus primeras líneas, la autora observa que “la Revolución rusa constituye el acontecimiento más poderoso de la Guerra Mundial. Su estallido, su radicalismo sin precedentes y sus duraderas consecuencias”, así como “los poderosos cambios” que propició, mostraron cómo un pueblo puede forzar la más racional y fundamental de las revueltas: clamar -y luchar- por los derechos de una vida no sometida a una autoridad tiránica.

A juicio de Luxemburgo, hemos de considerar las determinaciones sociales como tendencias de la propia realidad. Aunque, como siempre sucede en el campo de los sucesos humanos, tales determinaciones se hallan, en múltiples ocasiones, en abierto conflicto y resultan contradictorias. En un giro que podríamos denominar gramsciano, Luxemburgo asegura que la posibilidad de que los cambios sociales se lleven a cabo consiste en el efecto real de la acción humana, es decir, en la praxis política y social. Así, no dudaba en asegurar en Reforma o revolución que “los hombres no hacen su historia de cabo a rabo. Pero la hacen ellos mismos. El proletariado depende en su acción del grado de desarrollo social de la época, pero la evolución social no se produce al margen del proletariado; éste es su impulso y su causa, tanto como su producto y su consecuencia”.

portada-luxemburgo-revolucion-rusa-altaLa revolución, a ojos de Rosa Luxemburgo, sólo será posible como revolución anticapitalista. Para llevarla a efecto se hace necesaria, a su vez, una revolución social que puje por tomar el poder político. Aunque el éxito nunca queda garantizado, pues toda revuelta, si bien planeada previamente, está sujeta a numerosas vicisitudes imprevistas, imprevisibles. Luxemburgo tiene claro, en todo caso, que el movimiento social es la única fuente de la actitud revolucionaria y el elemento clave de la teoría política.

La gran cruzada de Luxemburgo contra los bolcheviques (también contra Lenin) fue la de defender a capa y espada una serie de derechos políticos y civiles que ninguna instancia, ni siquiera revolucionaria, podría ni debería destronar. Como apunta Hannah Arendt en su texto sobre Luxemburgo, ésta “criticó la táctica de Lenin en la Revolución rusa, pues, desde el principio hasta el fin, se negó a ver en la guerra otra cosa que el desastre más terrible. No importaba el resultado final: el precio en vidas humanas, en particular en vidas proletarias, era demasiado alto. Es más, iba en contra de la naturaleza de Rosa el comparar la revolución con una usurera que especula con la guerra y la masacre, algo que a Lenin no le molestaba en absoluto”.

Los derechos sociales deben garantizarse más allá de toda ideología, más allá de la realización revolucionaria; unos derechos que, sin embargo, no pueden quedar nunca garantizados al amparo de un sistema capitalista, antítesis del socialismo. Fue de hecho Rosa Luxemburgo una de las primeras teóricas en vislumbrar la aparición de un “Tercer Mundo”, aparición provocada, precisamente, por las ansias desmedidas de acumulación de capital: “Cuantos más países capitalistas se lanzan a esta caza de zonas de acumulación y cuanto más van escaseando zonas no capitalistas susceptibles de ser conquistadas por los movimientos de expansión del capital, más aguda y rabiosa se hace la concurrencia entre los capitales, transformando esta cruzada de expansión en la escena mundial en toda una cadena de catástrofes económicas y políticas, crisis mundiales, guerras y revoluciones”.

Arendt aboga finalmente, y en este sentido, por la opción “moderada” o social de Luxemburgo, y no por la de Lenin: “¿Y acaso los acontecimientos no le dieron la razón? ¿No es la historia de la Unión Soviética una larga demostración de los temibles peligros de las ‘revoluciones deformes’?”. El terror acabó por desmoralizar a las fuerzas revolucionarias, acaudilladas por un poder absoluto y con un programa alejado del que propugnaba Rosa Luxemburgo: “escuela de la vida pública, democracia y opinión pública más amplia e ilimitada”.

Rosa Luxemburgo

La historia no ha dejado de dar la razón a esta clarividente autora, que no dudó en afirmar que “el capital camina hacia el momento en que toda la humanidad se compondrá exclusivamente de capitalistas y proletarios asalariados, haciéndose imposible, por tanto, toda nueva expansión” del socialismo. El imperialismo actual no es más que un sistema en el que…

… los hilos se van entretejiendo con la necesidad de una ley natural, hasta que la red fuertemente tejida de la política mundial imperialista haya atrapado a los cinco continentes; un enorme complejo de fenómenos históricos cuyas raíces alcanzan las profundidades infernales de la actividad económica, mientras que sus ramas más altas señalan a un mundo que emerge y cuyos vagos contornos apenas pueden vislumbrarse.

En definitiva, Luxemburgo aboga por un socialismo comprometido, en el que el proletariado, la clase trabajadora, se hace consciente de su papel histórico, lo asume, lo hace suyo, lo actualiza a través de la acción, único camino viable para la revolución. Lejos de pensar el papel del proletariado sujeto a una estricta ley histórica, lo concibe como un movimiento intencional, provocado deliberadamente, con la vista siempre puesta en una nueva y más esperanzadora posibilidad histórica.

El socialismo se ha convertido en una necesidad, no solamente porque el proletariado no acepte ya vivir en las condiciones que la clase capitalista ha dispuesto para él, sino porque todos estamos condenados a la destrucción a menos que el proletariado cumpla con su deber como clase y haga del socialismo una realidad.

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