Mujer y filosofía: cuentas pendientes con la historia

Marie Le Jars de Gournay, mujer culta y ampliamente respetada en su tiempo (aunque más tarde fuera olvidada), gran seguidora de los escritos de Montaigne, aseguraba en su obra Sobre la igualdad de hombres y mujeres que “estrictamente hablando, el ser humano no es ni masculino ni femenino: los sexos distintos no están ahí para establecer y señalar una diferencia, sino que sirven solamente para la reproducción. La única característica esencial radica en el alma dotada de inteligencia”. Marie decidió permanecer soltera y, producto de su gran cultura y tesón para el estudio, fue artífice de uno de los salones franceses más eminentes en el que se reunían intelectuales de diverso calado donde se hablaba sobre literatura, política o filosofía. El mismísimo cardenal Richelieu fue un confeso admirador de Marie.

gournayApoyándose en algunas tesis del mencionado Montaigne (que llegó a tratar a nuestra protagonista como a una “hija adoptiva espiritual”), de Gournay centró su pensamiento en la reflexión sobre la muerte y en la necesidad de imprimir un sentido a nuestra vida. Pero, sobre todo, puso sobre el tapete la cuestión del género, al afirmar que si bien hombre y mujer se diferencian físicamente, en su interior, sin embargo, albergan una característica idéntica: poseen un alma. Y es que no dudó en denunciar que si las mujeres no alcanzaban puestos más destacados en el panorama cultural de la Francia que le tocó en suerte vivir, era debido a la carencia de posibilidades para formarse. Por esta razón nunca dejó de animar a sus amigas y conocidas, a través de sus libros y en las reuniones que ella misma organizaba, a emplear su intelecto y a adquirir el aprendizaje necesario para situarse al mismo nivel intelectual que los hombres para, con el tiempo, demostrar la igualdad de los sexos a este respecto. En un breve texto, titulado Quejas de las mujeres, harta de las falsas acusaciones que sobre ella se cernían (brujería, prostitución, demencia, “vieja solterona”, etc.) llegó a escribir que “más de uno dice treinta tonterías y todavía triunfa, por su barba o por el orgullo de sus supuestas capacidades”.

Como explica el profesor mexicano Marco Arturo Toscano Medina, cuando la historia de la filosofía se ha hecho cargo de la mujer (aunque haya sido colateral y parcialmente), “da la impresión que se ocupa de una realidad que no es completamente humana”. Si tenemos en cuenta que la filosofía responde a la universal y perentoria necesidad humana de dar solución a los grandes interrogantes de la existencia, es difícil entender cómo hay quien ha intentado hacer de esta disciplina un campo destinado exclusivamente a los hombres. El problema es que, cada vez que las mujeres han pujado por hacerse un hueco en la filosofía, prosigue Toscano Medina, han sido “condenadas a ser y existir en un mundo construido por el varón”, por lo que escapar de los fuertes prejuicios arraigados en la sociedad en cuestión ha supuesto un esfuerzo en ocasiones insuperable.

El ser humano no fue tan sólo creado como hombre sino también como mujer. Hombres y mujeres son una misma cosa. Si el hombre es más que la mujer, entonces la mujer es, del mismo modo, más que el hombre.

Marie Le Jars de Gournay.

lady kantImmanuel Kant, por ejemplo, inmerso de lleno en el complejo contexto de la Ilustración, declaró en una clase del curso 1790-1791 que “las mujeres son siempre niños grandes, es decir, no se fijan nunca un objetivo, sino que se dejan caer ahora aquí, ahora allá, pero no contemplan objetivos importantes; esto último es tarea del hombre”. En aquella misma época, sin embargo, en la que el acceso de las mujeres a la cultura seguía sujeto casi por completo a la condición de que sus familias ostentaran un alto nivel económico, o que se decantaran por la vía religiosa de un monasterio, existían auténticas filósofas que se vieron condenadas a vivir bajo la sombra de las grandes figuras masculinas (el propio Kant, Fichte, Schelling o Hegel, entre otros).

Es el caso de Olympe de Gouges (1748-1793), autora de la primera declaración de los derechos de la mujer en el año 1791. En ella acusaba a la Asamblea Nacional de París de haber publicado una Constitución dirigida en exclusiva a los “hombres y ciudadanos”, en la que, como cabe suponer, quedaban excluidas las mujeres. Después de un matrimonio forzado con un viejo empresario, y tras quedar viuda, adujo sin temor que el casamiento supone “la tumba de la confianza y el amor”. En sus escritos, que tuvieron gran repercusión, trataba diversos temas (religión, matrimonio, celibato, sociedad, etc.). A pesar de que la revolución fuera acogida como un soplo de aire fresco por gran parte del pueblo francés frente a los abusos del Antiguo Régimen, bajo el estandarte del famoso lema revolucionario “Libertad, igualdad, fraternidad”, Olympe pensaba que la situación de las mujeres, a pesar de todo, no había cambiado ni un ápice. Con una voluntad férrea, reclamó un trato de igualdad en cualquier aspecto para hombres y mujeres. Lo importante, pensaba, no es demostrar que la naturaleza de ambos sexos no difieren en lo esencial, sino obligar al Estado a que la ley les sea aplicada de igual forma: los derechos no son un privilegio que puedan dispensarse aleatoriamente. En su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, Olympe llamaba la atención a sus compañeras de esta forma:

Mujer, ¡despierta! La campana que toca la razón resuena por todo el universo; ¡conoce tus derechos! El reino poderoso de la naturaleza ya no está rodeado de prejuicios, fanatismo, escepticismo y mentiras. Solo la ley tiene derecho a poner límites a esta libertad cuando degenera caprichosamente, pero debe ser igual para todo el mundo.

El punto clave de la libertad, aseguraba la enérgica Olympe, reside en que la sociedad admita que cualquier ciudadano, sea cual sea su condición o su sexo, pueda progresar sin impedimentos artificiales mediante la libre ejercitación de sus capacidades. Olympe de Gouges murió ejecutada en defensa de esa misma libertad, tras oponerse frontalmente a la represión jacobina que por aquel entonces comandaban Marat y Roberspierre. La acusación del tribunal revolucionario: reaccionaria.

La antorcha de la verdad ha dispersado las nubes de la estupidez y de la arrogancia… Parece que hay una mano divina que esparce por todas partes la herencia del ser humano, la libertad.

Olympe de Gouges.

olympe de gougesSi viajamos por un momento hasta la actualidad descubrimos, tras la aparición de los grandes grupos feministas del siglo XX, que lo que llamamos “masculinidad” y “femineidad” no son notas esenciales de la naturaleza humana, como pensaban Kant, Rousseau o Schopenhauer, sino constructos sociales o culturales que pueden ser modificados con el esfuerzo de una sociedad. Aquella expulsión premeditada de las mujeres del mundo de la cultura, afirma la profesora Rubí de María Gómez, “se expresa como omisión histórica que ha borrado los rastros dejados por mujeres. Afirmarse como mujer no significa dejar de ser parte de la humanidad”. Desde muy pronto, en mitos difíciles de fechar, el Sol fue identificado con el varón, junto a las características de la fuerza, la actividad y la responsabilidad, mientras que a la mujer se le adscribían notas más oscuras (Luna), como la falta de creatividad o la irracionalidad. Hasta bien entrado el siglo XX, escribe María Rosa Palazón, “el principal negocio femenino fue, pues, seducir para engendrar”.

Para evitar estridencias que pudieran afectar al tranquilo devenir masculino de la historia de la filosofía, la estrategia a seguir fue clara: silenciar el ejercicio intelectual de las mujeres. “Ha llegado el momento –continúa Palazón– de no seguir esgrimiendo la igualdad abstracta, inmersa en los marcos teóricos y la praxis en uso. Poco habremos avanzado si nuestro único objetivo es que las mujeres ocupen los oficios y los puestos de mando antes reservados para los hombres, respetando el mismo status opresor, injusto, enajenante y enajenado”.

Hedwig DohmYa en el siglo XIX existieron algunas mujeres que, tras la aventura ilustrada en la que la filosofía prosiguió su recorrido eminentemente masculino, fueron conscientes de su condición y decidieron tomar parte activa en ella a través de la política y la filosofía. Hedwig Dohm, que vivió cerca y conoció de primera mano la élite intelectual de Berlín, fue una de ellas. Es necesario que se escriba menos teoría sobre las mujeres; ya era hora de que los postulados que quedaban expuestos en los libros se pusieran en práctica: lo relevante es examinar la vida cotidiana de cualquier mujer para darse cuenta de que su situación no es comparable a la de los hombres. El período de la Ilustración no debía pasar en balde, sus principios debían aplicarse sin excepción a todos los seres humanos: el derecho a la educación solo puede ser universal, la desigualdad es producto de la diferencia existente en el proceso de socialización entre mujeres y hombres. Sólo de este modo, a través del desarrollo intelectual, pueden aquéllas interesarse por la política e intervenir, así, en los temas que incumben a los miembros de cualquier sociedad. Para ello, sin embargo, era necesario el sufragio universal. A este respecto, Dohm escribía en uno de sus tratados (La naturaleza y el derecho de las mujeres):

Exigimos el derecho al voto como nuestro derecho. Pero, ¿por qué tengo que demostrar primero que tengo este derecho? Soy un ser humano, pienso, siento, soy ciudadana del Estado. ¿Por qué se equipara a la mujer con los idiotas y los criminales? No, con los criminales no. Al criminal se le priva de sus derechos políticos sólo temporalmente; tan sólo la mujer y el idiota pertenecen a la misma categoría política.

Anne Lefebvre DacierNo fue hasta finales del siglo XVII cuando se publicó por vez primera un libro bajo el título de Historia de las mujeres filósofas (podéis encontrarlo en Herder), escrito por Gilles Ménage y dedicado, según el autor, a “la más sabia de las mujeres actuales y del pasado”: Anne Lefebvre Dacier, una intelectual francesa, editora y traductora de clásicos griegos y latinos. Cuando Umberto Eco echó un vistazo a la obra, explicó que tras haber hojeado al menos tres enciclopedias actuales sobre filosofía no encontró ninguno de los nombres que cita Ménage en su llamativo libro. El autor italiano aseguró tras este análisis que “no es que no hayan existido mujeres que filosofaran. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, tal vez después de haberse apropiado de sus ideas”.

Lo cierto es que Eco no andaba desencaminado. Una de las primeras mujeres conocidas bajo el título de scientific ladies (apelativo surgido en Inglaterra en el siglo XVII), fue Anne Finch Conway (1631-1679), quien a pesar de sus achaques crónicos de migraña y de las dificultades económicas familiares se dedicó fervientemente al estudio. Sólo se conserva uno de sus escritos, Principios de la más antigua y más moderna filosofía, donde presenta la naturaleza (en oposición al sistema de Descartes) como un gigantesco organismo vivo, y no como una inerte máquina. Todos los cuerpos están repletos de vida, de manera que la oposición cartesiana de cuerpo y alma es, a ojos de Anne, innecesaria y superflua. El cuerpo es una suerte de espíritu concentrado, mientras que el espíritu, a su vez, es un cuerpo etéreo. Llamativamente, Conway llamó a cada una de estas sustancias vivas que pueblan el universo y que actúan en la naturaleza de un modo que nos resulta muy familiar: “mónadas”, cada una de las cuales son indivisibles y que, además, encierran en su totalidad la complejidad del mundo. Sin embargo, el concepto de mónada ha pasado a la historia de la filosofía como un concepto propio del sistema de Leibniz, quien no tuvo reparos en explicar en distintos lugares de su obra que las ideas de Conway le habían influenciado hondamente.

Otro ejemplo del influjo que las mujeres han tenido en la historia de la filosofía es el de Harriet Hardy Taylor Mill (1807-1858), esposa de uno de los pensadores más estudiados en las facultades de Humanidades y Ciencias Económicas: John Stuart Mill. Éste,  concienciado de la injusta situación que vivían las mujeres casadas, renunció a todos los derechos que el contrato matrimonial le otorgaba sobre Harriet. Ambos se influyeron mutuamente y de su trabajo conjunto emanaron algunas de las tesis más importantes del pragmatismo de John: todos los seres humanos albergan el mismo derecho a su realización personal para, así, obtener la felicidad; la lucha por la igualdad y la emancipación de las mujeres; el derecho de autodeterminación, etc. En uno de los escritos de Harriet leemos:

Por qué cada mujer tiene que ser mero accesorio de un hombre, sin que se le permita tener intereses propios: la única razón que se puede dar es que así lo quieren los hombres. Los que tienen el poder consiguen que los súbditos consideren durante mucho tiempo como sus virtudes apropiadas aquellas cualidades y aquella conducta que agradan a los gobernantes.

Matrimonio MillAunque hemos repasado solo algunos de los ejemplos menos conocidos, es indudable que el campo de la filosofía realizada por mujeres está repleto de ejemplos aún por descubrir esperando a que alguien les dé voz. A modo de homenaje y como invitación para la investigación de los lectores de esta página, también debemos mencionar por su importancia a Hipatia, Fintis, Marguerite Porète, Christine de Pizan, Teresa de Ávila, Margaret Cavendish, Emily Dickinson, Rosa Mayreder, Rosa Luxemburgo, Alexandra Kollontai, Lou Andreas-Salomé, Simone Weil, Indira Gandhi, Simone de Beauvoir, Sarah Kofman, Natalia Ginzburg, Victoria Camps o Martha Nussbaum, sin olvidar a aquellas que, con la ayuda de la literatura, hicieron del mundo un lugar más habitable, como las hermanas Brönte, Safo, Jane Austen, Gabriela Mistral, Flora Tristán, George Sand, Ana María Matute o Virgina Woolf. Y es que “un día existirá la muchacha y la mujer cuyo nombre no signifique meramente una oposición a lo masculino, sino algo por sí, algo que no se piense como un completamiento y un límite, sino solo vida y existencia: la persona femenina” (Rilke).

Seis mujeres imprescindibles para la historia de la filosofía

Teano de Crotona

Teano de CrotonaFue una de las pitagóricas más eminentes de su época (ca. 550 a.C.), nacida en la ciudad de Crotona (al sur de Italia). Fue una de las discípulas más destacadas del propio Pitágoras, quien, con el tiempo, se convertiría en su marido; juntos tuvieron cinco hijos. Como explica Ingeborg Gleichauf en su libro Mujeres filósofas en la historia, “Teano era partidaria de una forma de vida que tiene como lema la medida y la prudencia. La finalidad de su filosofía es entender mejor al alma, que es inmortal y se reencarna después de la muerte”, mientras que el cuerpo, por su parte, es una suerte de prisión para el alma. A su juicio, no encontramos nada aislado en el mundo, todo está relacionado con todo. Siguiendo a su maestro, pensaba que el elemento unificador de la naturaleza era el número. En Sobre la piedad, la filósofa escribía: “Pitágoras no dijo que todas las cosas nacían del número, sino que estas estaban en armonía con el número, ya que en el número reside el orden esencial, y si dividimos el orden en primero, segundo y así sucesivamente, las cosas, que son contables, participan de este orden”. A Teano se le atribuye, además, el teorema de la proporción áurea. Tras la muerte de Pitágoras, Teano dio clases y orientó espiritualmente a sus pupilos en la virtud y la honradez.

Aspasia de Mileto

Aspasia de MiletoNace aproximadamente en el 470 a.C. en Mileto, actual Turquía, y durante gran parte de su vida fue maestra de retórica. El propio Sócrates recomendaba a Jenofonte en los diálogos platónicos consultar su sabiduría. Aspasia era una hetera, mujeres de gran cultura y muy respetadas que vendían su cuerpo a cambio de dinero. Llegó a dirigir una escuela de mujeres y regentó un burdel al que asistían los hombres más importantes de la ciudad. Pericles quedó enamorado de Aspasia y, en vista de su inteligencia, la convirtió en una de las mujeres de confianza de su gobierno. Nuestra protagonista daba gran importancia al poder de las palabras. Aseguraba que “con un discurso bellamente expuesto sobreviene el recuerdo de las acciones gloriosamente efectuadas y el homenaje para sus autores parte de los que las escuchan”. Plutarco se refirió en Vidas paralelas de esta manera a Aspasia, en uno de los mejores retratos que nos quedan de la filósofa: “Algunos son de opinión que Pericles se inclinó a Aspasia por ser mujer sabia y de gran disposición para el gobierno: pues el mismo Sócrates con sujetos bien conocidos frecuentó su casa; y varios de los que la trataron llevaban mujeres a que la oyesen”. Su intención fue animar a todo el mundo a filosofar más allá de los muros de las academias, objetivo que consiguió ampliamente a través de su influencia política en los años de mandato de Pericles.

Germaine Necker

Germaine NeckerGermaine Necker, más conocida como Madame de Staël, fue una niña precoz que deslumbró desde muy pronto a familiares y amigos por sus atrevidas intervenciones en tertulias en las que participaba el más alto copete de las luces francesas: Diderot, Helvétius, Mably o D’Alambert. Fue mujer de carácter difícil e imponente; sabedora de que el barón de Staël suponía un impedimento para la consecución de su felicidad, y si tenemos en cuenta que el marido doblaba en edad a la joven Germain (además de que el matrimonio fue casi una imposición de los padres de esta) nuestra protagonista no tuvo reparos en mantener numerosas relaciones extra conyugales en las que el propio barón nunca se inmiscuyó. Con estas palabras se refería Madame de Staël al que fuera su primer marido: “perfectamente honesto, incapaz de decir o hacer tonterías, mas estéril y sin nervio: si no me hace infeliz, es porque no osa inmiscuirse en mi felicidad”. Necker aseguraba que la libertad era la única vía posible para obtener la felicidad, tanto en el ámbito político como en el personal. Vivió en primera persona los ecos prerrománticos alemanes que se dejaban escuchar en Francia (Novalis, los hermanos Schlegel, Schiller, Tieck o Wackenroder). En uno de sus más importantes obras, De la influencia de las pasiones, leemos: “Nada hay más penoso que el instante que sucede a la emoción: el vacío que deja tras sí nos causa una mayor infelicidad que la privación misma del objeto cuyo deseo nos excitaba. Lo más difícil de soportar para un jugador no es haber perdido, sino dejar de jugar”.

Edith Stein

Edith SteinDe origen judío y discípula de Edmund Husserl, Edith Stein (1891-1942) fue consciente desde muy pronto de su vocación pedagógica. Sin embargo, a causa de las trabas que su propio maestro puso a la hora de ingresar como profesora de universidad (aseguraba que “no es una cosa apropiada para las damas”), se vio obligada a realizar su destino filosófico por cuenta propia. Dedicó su tesis doctoral a investigar sobre la empatía, que obtuvo la más alta calificación. En este sentido, para Stein tenemos que poner el énfasis en la comunidad, y no tanto en el constructo abstracto que denominamos “sociedad”. Al igual que para otros autores del momento, como Sartre o Heidegger, somos seres arrojados al mundo y obligados a otorgar un sentido a nuestra existencia. En Ser finito y ser eterno escribía: “yo, a pesar de esta fugacidad, soy y soy conservado en el ser de un instante al otro; en fin, en mi ser efímero, yo abrazo un ser duradero. Yo me sé sostenido y este sostén me da calma y seguridad”. Su vida estuvo plagada de difíciles decisiones que le condujeron a convertirse al cristianismo (lo que le reportó diversos problemas con su familia), e incluso, a los cuarenta y dos años, decidió decantarse por la vida religiosa e ingresar en la orden de las carmelitas de la ciudad alemana de Colonia.

Hannah Arendt

ArendtPensadora alemana de origen judío (1906-1975), constituye una de las contadas excepciones femeninas que por méritos propios ha logrado introducirse en los anales de la historia de la Filosofía. Para Arendt, el mundo en el que vivimos es el escenario propio de la acción, mundo al que se incorporan de manera constante una infinidad de acontecimientos que son juzgados por sus propios espectadores. Al agente, sin embargo, le está vedado el completo conocimiento de la relevancia de su acción; mediante nuestra conducta iniciamos y ponemos en marcha un mecanismo cuyas consecuencias desconocemos. Cualquiera de tales acciones queda insertada en un espacio común, un lugar en el que los seres humanos convivimos; con aires aristotélicos, Arendt señalará que lo propio de la ciudad es preocuparse por la vida buena, allí donde se ponen en común palabras y acciones de seres dotados para iniciar acontecimientos. La reflexión sobre el poder que Arendt lleva a cabo tiene como contexto principal las atrocidades cometidas por el III Reich. Lo que esta pensadora llamó la banalidad del mal abarcaba a una comunidad que no solo asimiló, sino que también aceptó sin perturbaciones la eliminación sistemática de personas que hasta hacía poco habían sido vecinos y conciudadanos. Los alemanes que no se rebelaron frente a aquellos sucesos se refugiaron, a su juicio, en la esfera de su vida privada, concentrando la competencia de su responsabilidad en su trabajo y avatares propios de la vida diaria. Arendt escribía las siguientes líneas en Los orígenes del totalitarismo: “El retiro filisteo a la vida privada, su devoción sincera a las cuestiones de la familia y de su vida profesional, fueron lo último y ya degenerado producto de la creencia de la burguesía en la primacía del interés particular”.

María Zambrano

María ZambranoPara esta autora (1904-1991) poetas y filósofos son casi gemelos, si es que no son la misma cosa. Zambrano reivindica el poder cognoscitivo de la metáfora como herramienta original mediante la que nos es permitido percibir el complicado entramado de relaciones presentes en la realidad. La metáfora, rica en sentido y extraña a la abstracción, se opone al hieratismo y sequedad del mero concepto. Lejos de excluir o dejar a un lado el logos del que el concepto se halla repleto, Zambrano logra situar en nuestra potencia imaginativa o creativa (mitopeica) el origen del pensamiento: en última instancia, cualquier discurso racional se encuentra colmado de una interpretación previa de la realidad, interpretación que es siempre simbólica, sentimental. En Para una historia de la Piedad escribía: “El sentir, pues, nos constituye más que ninguna otra de las funciones psíquicas, diríase que las demás las tenemos, mientras que el sentir lo somos”. La pensadora malagueña lleva a cabo toda una defensa del pathos, del orden pático (siempre previo al meramente teórico) como una puerta de acceso privilegiada a la realidad y al sí mismo. Sentirse siendo, sentir el acto de ser, supone la primera forma de autoconciencia y de descubrimiento de uno mismo.

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6 comentarios en “Mujer y filosofía: cuentas pendientes con la historia

  1. Reblogueó esto en filosofia con cuchillo y tenedory comentado:
    Ni las ideas ni el pensamiento tienen sexo. ¿Qué importancia tiene la firma de un hombre o de una mujer más allá de la propia argumentación que suscribe? El hombre, vanidoso, ha detentado y ostentado los párrafos de las enciclopedias, pero ni uno solo de ellos ha llegado hasta ahí sin el apoyo, no ya de una mujer, sino de la humanidad entera que le ha precedido. Curioso, la palabra humanidad además de rotunda es femenina. Felicidades: Carlos Javier González Serrano.

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