Mariano José de Larra: un romántico revolucionario

No hay demasiadas cuestiones en las que exista un amplio consenso y una opinión que comparta todo el mundo, pero el ámbito de la literatura española parece ser en ocasiones una excepción. Si un buen día nos preguntasen quién es el más eximio escritor de nuestra lengua, no cabe duda de que el nombre más repetido con diferencia sería Cervantes. Y si nos preguntasen quién es el más célebre articulista no habría mucha discusión en que se trata de Larra. Mariano José de Larra nació en el Madrid de 1809, pero la situación profesional y política de su padre, un médico al servicio de los franceses, le obligó a pasar parte de su infancia en el país vecino, entre Burdeos y París, hasta que, finalmente, con la amnistía del rey Fernando VII, su familia volvió a España en 1818.

Con tan sólo dieciséis años, Larra abandonó sus estudios para dar sus primeros pasos como periodista, compaginando esta labor con la de burocrático. En 1828 funda El Duende Satírico del Día, un periódico que, en buena medida por la censura del momento, no duró más que un año y medio. Al año siguiente se casó con Josefa Wetoret y Velasco, pero el matrimonió fracasó estrepitosamente, y de esta experiencia surgió uno de sus más célebres artículos, “El casarse pronto y mal”que aunque no es estrictamente autobiográfico, sí que inevitablemente dejó en él plasmada su triste circunstancia personal. Se ha apuntado a este hecho como una de las causas de su cambio de carácter, pues desde ese momento parece que Larra sufrió un decaimiento progresivo y amargo que se fue acrecentando con el tiempo. A partir de entonces se dedicó por completo al periodismo, firmando sus textos con distintos pseudónimos (El Bachiller Juan Pérez de Munuía, El Pobrecito Hablador, Andrés Niporesas), hasta que se consolidó con el nombre de Fígaro. En 1834 se estrenó su obra de teatro Macías, en la que el adulterio del protagonista con su amada Elvira tiene de nuevo una clara correspondencia con la circunstancia personal del autor, que mantenía un romance con Dolores Armijo, y que también, como su matrimonio, acabaría mal.

Mariano_José_de_Larra,_en_El_Museo_Universal

Una vez alcanzado el éxito como periodista y escritor, el joven Larra decidió probar suerte en política, llegando a ser diputado en Ávila, pero al caer el Gobierno pocos días después de su nombramiento su carrera política se vio truncada y fue del todo efímera. Esta circunstancia, junto con el punto y final que Dolores Armijo puso a la relación amorosa que mantenían, hicieron que Larra decidiese acabar con su vida tras una larga depresión. El 13 de febrero de 1837, con sólo veintisiete años, se infligió el fatal disparo que todavía resuena fuerte en nuestra literatura.

Junto con Ramón Mesonero Romanos y Serafín Estébanez Calderón, Mariano José de Larra fue quien definitivamente asentó en España el costumbrismo. Este género de la literatura, que no puede entenderse desligado del periodismo, recoge los rasgos propios del Romanticismo, con sus idealizaciones y su exaltación sentimental, y los mezcla con el tono realista que poco después se desarrollará ampliamente en la novela española hacia la segunda mitad del siglo XIX. A través de la sátira, con ciertas deformaciones de la realidad cotidiana, Larra lleva a cabo una crítica del mundo que le toca vivir, con una intención más reformista y regeneradora que destructiva. La preocupación por España, que trasciende las temáticas más locales o provinciales como las de Estébanez Calderón con Andaucía o las de Masonero con Madrid, hace que algún tiempo después la Generación del 98 reivindique la figura de Larra y lo enarbole como referente y precursor de su propio movimiento.

Su preocupación por la crítica literaria es otro de los rasgos que lo acercan a escritores posteriores como Unamuno, Ortega, Machado, Pío Baroja o Azorín, así como la reflexión sobre el propio lenguaje. Así ocurre en “Las palabras”, un artículo publicado en La Revista Española en 1834, en el que Larra pone al descubierto la vanidad humana, fruto de creernos superiores al resto de seres de la naturaleza por la capacidad del lenguaje. Empieza diciendo:

No sé quién ha dicho que el hombre es naturalmente malo […] el hombre es un infeliz […] He aquí precisamente la razón de la superioridad del hombre, me dirá un naturalista; y he aquí precisamente la de su inferioridad, según pienso yo.

Esta afirmación recuerda a las formas de Unamuno, y en ella podemos ver la influencia que en él tuvo Larra, cuando en Del sentimiento trágico de la vida afirma:

El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado.

Esa infelicidad que señala solamente es posible en el hombre porque ningún otro animal, sin la capacidad de usar las palabras y elaborar discursos, puede dudar de su indefectible naturaleza. El lenguaje es lo que en última instancia confiere al ser humano su voluntad, que junto a la conciencia es la condena que arrastra, como Sísifo y su piedra, y le convierte en un ser infeliz. En estos planteamientos también está de fondo la idea de la libertad como un castigo. Vemos por tanto que Larra apunta a lo que un siglo después dirán desde la corriente existencialista autores como Camus, con El mito de Sísifo, o Sartre, cuando escribe su célebre sentencia “el hombre está condenado a ser libre”. Este sufrimiento al que conducen las palabras y su consecuente conciencia dolorosa del mundo será formulado tres décadas después por Fiodor Dostoievski en su obra Memorias del subsuelo, en la que la infelicidad del anónimo protagonista tiene más que ver con la enfermedad:

Soy un hombre enfermo… soy un hombre rabioso […] No sé absolutamente nada de mi enfermedad ni conozco a punto fijo la dolencia que me aflige.

Y llega a decir:

Tener exceso de conciencia es una enfermedad […] cualquier dosis de conciencia es una enfermedad.

También en estas ideas, en las que se opone la naturaleza a la cultura (algo que asientan filósofos como Herder o Fichte) encontramos algunos de los rasgos más característicos de su obra y de su tiempo. El Romanticismo, como movimiento artístico y literario, regresa a los entornos salvajes e idealiza la naturaleza, para construir un espacio de huida del mundo en el que refugiarse de las adversidades y desde donde observar la sociedad y ejercer su crítica. Dice Larra: “Los animales, como no tienen el uso de la razón ni de la palabra, no necesitan que les diga un orador cómo han de ser felices”. Y añade más adelante: “¿Qué manada de lobos se contenta con un manifiesto? Carne pedirán, y no un manifiesto”. Obsérvese en estas dos frases el ataque que dirige también hacia los sofistas y la vacuidad del discurso. También Schopenhauer, filósofo paradigmático del Romanticismo, entiende que el ser humano es un ser inclinado al sufrimiento y la infelicidad, por ser consciente de la voluntad que lo determina y lo hace desear inagotablemente, de forma omnímoda, cualquier objeto que sea susceptible de ser deseado. “El hombre […] cree en la felicidad…”, dice Larra mordazmente. “Hasta en la verdad cree”, añade después, mostrando buenas dosis de escepticismo, consecuencia del desengaño por la tensa situación política del momento. Eso es en lo que ha consistido según él la historia de los pueblos y de los hombres, recordando aquí otra vez a Unamuno, y eso es lo que podría ser según Larra su sentido trágico, pues paradójicamente, pese tener capacidad del lenguaje, este sólo es la causa del ruido y la confusión. Negando la inclinación que tenemos los seres humanos a creernos los seres más importantes del universo, en una cura de humildad colectiva, concluye Larra: “¡Bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden!”.

Larra

Otro de los artículos en los que Larra reflexiona sobre el lenguaje y el discurso es “Lo que no se puede decir, no se debe decir”. En él lleva a cabo una reflexión con una enorme carga irónica sobre los mecanismos de represión y la censura, y, alineado con el artículo anterior, sobre cómo el lenguaje es siempre susceptible de sufrir las consecuencias de nuestro desorden, de ese ruido y esa confusión que mencionaba. El título del artículo recuerda a algunas fuentes de la literatura de masas actual, que es en ocasiones donde encontramos más “verdad verdadera”, usando las palabras del propio Larra, porque allí donde la mayoría se ve reflejada podemos encontrar, de forma más o menos velada, cuáles son las inquietudes y  los intereses mayoritarios del momento. “Lo que no se puede decir, no se debe decir” recuerda inmediatamente a la oración del Dios Ahogado de Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin, que reza así: “Lo que está muerto no puede morir”. Porque si algo no pudiera decirse, por las amenazas y las leyes que regulan las publicaciones y la prensa, entonces esas palabras e ideas estarían muertas desde el principio. Pero, al mismo tiempo, precisamente por estarlo, en otro sentido no podrían sufrir hasta las últimas consecuencias la censura, porque esa represión es la que las hace más verdaderas al intentar negarlas. El grado con que se las aplaca demostraría la proporción de su vigor. Así lo entiende Larra, y eso es por lo que encuentra el modo de abordar el asunto y darle la vuelta (como tantas veces hará después Chesterton), haciendo de lo que no se puede decir un ave Fénix que resurge para decirse más fuerte.

Larra nos demuestra sagazmente que la censura sirve para aguzar el ingenio, y que lo que no se debe decir solamente podría acallarlo la autocensura. Para señalar este síntoma tan propio de la llamada posverdad, que parece disolverse sólo a veces bajo el anonimato que procuran las redes sociales, podemos acudir de nuevo a la literatura de masas. Recordemos cómo los personajes de J. K. Rowling se refieren al malo (utilizando esa expresión tan extendida como maniquea) con esa especie de epíteto épico de “el que no debe ser nombrado”, que solamente se atreve a romper el protagonista. Como vemos, Larra no asume la censura ni externa ni interna. “Y que me ocurriría investigar los fundamentos de todas las cosas más fundamentales. Pero me llamo aparte, y digo para mí: ¿No está clara la ley? Pues punto en boca”. Aquí Larra parece que asume de forma implícita El discurso del método de Descartes, y su moral provisional, pero apréciese de nuevo su ironía. El escritor madrileño utiliza genialmente la sibila para hacer lo contrario de lo que dice, y con una lengua tan viperina como honesta ataca la soberbia del censor, que se ve reflejado en cualquier texto que se le ponga por delante. Por eso Larra escribe que no escribe nada, para que así, dice, “encuentre alusiones en lo que no escribo”. Bien podría soltar duras críticas contra el Gobierno y llevárselo al extranjero, como ya hiciera Calderón con su reino de Polonia, pero prefiere escribir que no escribe y así atacar elegantemente a la censura, concluyendo en círculo con las palabras que titulan el artículo: “Lo que no se puede decir, no se debe decir”.

5 comentarios en “Mariano José de Larra: un romántico revolucionario

  1. El lenguaje ha generado más paradojas e incertidumbre que certezas. Ni siquiera la ciencia escapa de estas paradojas, pues casi toda ella es utilitarista, un medio de lucro. Toda comunicación consiste en obtener modificar el comportamiento del otro para obtener alguna ventaja o conservar cierta autonomía, que al poco tiempo ya se encuentra amenazada por la crítica o el vituperio. En el vuelo de la lechuza encontramos un consuelo pasajero a estas amenazas cotidianas y disfrutamos sabiendo que mucho otros también padecen por falta de los malos entendidos construidos por el lenguaje.

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  2. Con tan sólo 27 años Larra ha conseguido pasar a la historia de la literatura. Interesante artículo como casi todos los que recibo de EL VUELO DE LA LECHUZA.
    Gracias a todos los que hacéis posible su existencia.

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