Guía escéptica de supervivencia: la tranquilidad del “nada hay seguro”

Estamos acostumbrados a que la filosofía intente ofrecer soluciones, o al menos acercamientos e hipótesis, a problemas dados. Pero ¿qué ocurre cuando, por convicción, el pensador decide no avanzar en sus posturas porque, precisamente, no ve ningún suelo seguro en el que apoyarse? Sexto Empírico (ca. 160-210) fue uno de los más destacados filósofos que defendió el escepticismo, doctrina fundada por Pirrón de Elis (ca. 360-270 a.C.) y que cuestiona, al contrario de lo defendido por PlatónAristóteles, que se pueda llegar a ahondar y conocer los primeros principios que rigen la naturaleza.

Nos centramos ahora en el Doctrinal del escéptico, escrito de Sexto Empírico, donde encontramos las claves pirronianas para ser un buen escéptico. El autor llama “dogmáticos” a quienes creen haber dado con lo verdadero, grupo en el que incluye a los aristotélicos, los epicúreos, los estoicos “y algunos otros”. Mientras tanto, aduce, los escépticos nunca dejan de investigar, nunca detienen su curiosidad, al contrario que aquellos dogmáticos y los filósofos académicos, entre los que cuenta a Clitómaco y Carneades.

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El escéptico es aquel que no asegura nada (sea en sentido positivo o negativo) sobre lo que se dice, y sólo plantea posibles “narrativas” que pueden encajar de manera aproximativa con los sucesos que observamos en el mundo. Tres son las características que reúne un escéptico: inquisitiva, porque indaga y sólo especula; “abstintiva” (en tanto que se abstiene), porque no asegura nada; y, por último, aporética o dubitativa, porque duda de todo.  Empírico define la “escepsis” como la facultad para situarse frente a las hipótesis defendidas a favor y en contra de lo dicho de los fenómenos (y de los noúmenos, tomados como verdades absolutas) y abstenerse para no decantarse por unas o por otras, es decir, el escéptico es el filósofo que emplea como herramienta de trabajo la epojé (o abstención), que define como “el estado de la mente en que ni negamos ni establecemos cosa alguna”. Y añade una nota moral: el fin del escéptico es alcanzar la ataraxia, “la tranquilidad y serenidad del alma”. Ambos momentos están unidos, pues “a la epojé sigue la ataraxia”.

Lejos de lo que erradamente suele pensarse, el escéptico no es el individuo que se queda inerme o en suspenso, paralizado, aquel que no puede vivir porque no lograría decantarse por una opción u otra frente a una situación dada, sino que, sabiamente, como declara Sexto Empírico, “el principio de constitución de la escéptica es, con prioridad, que a toda razón se opone otra razón equivalente“, y que por tanto habría tantos argumentos para apoyar una opción que la otra. La finalidad del escéptico es negar, con todas sus fuerzas, los contraproducentes efectos del más cerrado dogmatismo, callando las bocas de aquellos que creen haber alcanzado la verdad.  Es por tanto una doctrina eminentemente relacionada con el uso del lenguaje (y, por supuesto, con el alcance de nuestro conocimiento). En palabras de Empírico:

Los que dicen que los escépticos rechazan los fenómenos paréceme no haber entendido nuestras razones. […] Cuando inquirimos si es tal el sujeto cual aparece, concedemos lo que aparece e indagamos, no acerca del fenómeno, sino acerca de aquello que se dice del fenómeno; mas esto difiere de indagar acerca del fenómeno mismo. Por ejemplo: nos aparece que la miel sabe dulce (concedemos esto, porque nos sabe dulce sensiblemente), mas indagamos si es asimismo dulce según el razonamiento, lo cual no es el fenómeno, sino lo que se dice del fenómeno.

Dicho de otra manera: los escépticos no niegan la realidad ni los sucesos que en ella se dan, pues éstos acontecen y pueden ser constatados a través de los sentidos. Ahora bien, cosa muy distinta es atribuir propiedades o relaciones a eso que ocurre, de manera que se establezcan verdades sobre lo que es en sí mismo, es decir, sobre la presunta verdad que esconde la realidad. Que las cosas ocurran no quiere decir, sin embargo, que podamos decir la verdad sobre lo que ocurre. Por añadidura, a cualquier tesis se opone una antítesis que encierra el mismo peso.

El escepticismo se convierte, así, en una útil guía de supervivencia, no sólo en lo referido al conocimiento –al suspender todo juicio definitivo sobre la realidad–, sino también y sobre todo en lo tocante a nuestra actitud y disposición con el mundo, es decir, con su componente ético. Como el escéptico sospecha que resulta imposible llegar a verdad alguna, su fin no es otro que el de la ataraxia y la metropatía (moderación de las pasiones). Fueron los filósofos dogmáticos, a juicio de los escépticos, los que cargaron el mundo con responsabilidades que no nos atañen a los seres humanos: no encontraremos jamás ni en lugar alguno la certeza absoluta, la verdad más honda que rige el mundo. Podemos, y ya es mucho, plantear relatos (o, como se dijo más arriba, narrativas), ficciones que nos guían a lo largo de la vida como posibles explicaciones de lo dado, pero en ningún caso debemos creernos dueños de la verdad. Leamos a Sexto Empírico:

Tomamos el “me abstengo” por el “no puedo decir qué conviene creer ni qué no creer de lo que se propone”, manifestando que nos aparecen iguales las cosas en cuanto a crédito y desconfianza. […] Mas también la epojé [abstención] se dice del abstenerse la razón, epéjeszai, a fin de no establecer ni proscribir cosa alguna por el equilibrio de lo que se indaga.

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Pirrón de Elis

El escepticismo se nos presenta como una cuerda y muy atinada teoría filosófica que aboga por no determinar nada de manera concluyente o definitiva, pues todo, a fin de cuentas, encierra alguna “cosa obscura”. Añade Empírico que no se le podrá tener al escéptico por dogmático, pues ni siquiera el “nada determino” es seguro, sino sólo una expresión de una “afección nuestra”. En otras palabras: el escepticismo es un talante ético frente a la realidad, que reconoce nuestra incapacidad para decir qué sea verdad o no de cuanto ocurre: “Cuando diga, pues, el escéptico ‘nada determino’, dice esto: ‘de tal modo yo afectado ahora, que nada establezco ni deniego dogmáticamente de lo que ha caído bajo esta indagación'”.

Concluye Empírico su tratado explicando que el escéptico es, ante todo, un amante de la humanidad, un filántropo, que “desea curar al discurso en lo posible de la arrogancia y precipitación de los dogmáticos”. Y lo aclara mediante una analogía muy elocuente:

Así como los médicos de las enfermedades corporales tienen remedios diferentes en intensidad y aplican de ellos los vigorosos a los gravemente enfermos, los leves, a los levemente; así también el escéptico arguye razones diferentes en fuerza, y emplea las firmes y que puedan vigorosamente disipar la enfermedad de la arrogancia de los dogmáticos para los atacados gravemente por la precipitación; las más débiles, para los que tienen superficial y fácilmente curable la enfermedad de la arrogancia y se les puede abatir por verosimilitudes más débiles.

La doctrina escéptica resulta terriblemente actual, y puede enseñarnos a paliar los duros –y siempre estrechos de miras– dogmatismos (filosóficos, políticos, religiosos, científicos) que planean sobre nuestra urbe de conocimientos. Una corriente que, además, aboga por la tranquilidad de ánimo y por aminorar nuestras pasiones en la medida de lo posible. El escéptico, a fin de cuentas, no es más que un médico del alma que nos ayuda a sobrevivir en medio de los dogmáticos, de aquellos que creen haber alcanzado, de una vez para siempre, la verdad.

5 comentarios en “Guía escéptica de supervivencia: la tranquilidad del “nada hay seguro”

  1. Tenemos aquí dos tendencias contrapuestas: el determinismo dogmático y el indeterminismo popperieno. Que se resuelve mediante tendencias o propensiones, confiar en nuestros conocimientos provisionales estando muy atentos a corregirlos en cuanto la sucesión ininterrumpida de los acontecimientos nos refuten, es decir, contrastándolos permanentemente…

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  2. El escéptico nunca debería buscar la “verdad”, no existe, es subjetiva, siempre contiene ideología, credo, o sesgo. Se limita a pensar en lo que cree conocer, una infinita mente aporética que lo hace vagar en el instinto. De existir una “verdad” no la alcanzaremos nunca, y si esa “verdad” es la que la ortodoxia intelectual esgrima como la más real, no me interesa en absoluto. Me encanta la frase “el escepticismo es un talante ético frente a la realidad, que reconoce nuestra incapacidad para decir qué sea verdad o no de cuanto ocurre”. Ya no me pregunto qué hago aquí, o de dónde vengo, o hacia dónde iré, o si hay una razón superior por la que soy como soy… solo me reconozco ante y dentro de esa duda eterna.

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