Fiodor Dostoievski: la imposible conquista del bien

La literatura de Dostoievski, siempre de actualidad, encierra un gran contenido filosófico del que importantes pensadores como Albert Camus o Luigi Pareyson se han hecho cargo. Sin olvidar su compromiso social con los más desfavorecidos, el genio ruso nos introduce con sus obras en los más oscuros misterios del alma humana, envuelta en una inquietante incognoscibilidad        

Los primeros años de la vida de Fiodor Dostoievski (1821-1881) no fueron nada fáciles, aunque estas dificultades, que nunca olvidará, irán forjando poco a poco el genio del escritor. La infancia de nuestro protagonista, y la de sus hermanos, transcurre en un entorno poco apropiado para un niño, el Hospital de pobres de Moscú, donde su tiránico padre trabajaba. A pesar del empleo del progenitor, en la estancia que los Dostoievski ocupan en el Hospital se viven apuros económicos, e incluso, por momentos, se llega a la miseria. Quizás por tan penosas circunstancias, el médico y padre conduce la administración familiar de una forma un tanto rígida; incluso su mujer, madre de Dostoievski (Maria Fiodórovna), es tratada como una mera ama de llaves, lo que poco a poco irá minando su salud hasta conducirla a la muerte.

Cuando cumplen doce años, Fiodor y su hermano Mijaíl comienzan el colegio, largo y tortuoso camino que les conducirá por la aritmética, la gramática y el francés. Pero de nuevo aparece la sombra paterna. Como cuenta Rafael Cansinos Assens, “el terrible es el doctor Dostoievski, que, recordando sus tiempos de seminarista, se ha empeñado en inculcar a sus hijos el latín que aprendiera en el seminario. ¡Dómine autoritario y cruel, el doctor les enseña a sus hijos el latín como pudiera enseñarles la instrucción militar!”.

“Es terrible que la belleza no solo sea algo espantoso, sino, además, un misterio. Aquí lucha el diablo contra Dios, y el campo de batalla es el corazón del hombre”.

“Es terrible que la belleza no solo sea algo espantoso, sino, además, un misterio. Aquí lucha el diablo contra Dios, y el campo de batalla es el corazón del hombre”.

Pocos años más tarde, en su paso por los rigores de la Escuela de Ingenieros del ejército, Dostoievski comienza a escribir y columbra su auténtica vocación. Ya licenciado, Fiodor vuelve a Moscú tras el fallecimiento de su padre (que, en el fondo, le causa gran alivio, aunque le sume en un llamativo mutismo en lo que a sus sentimientos se refiere), donde se convierte, ora por necesidad, ora por una suerte de mímesis, en un completo vagabundo. Dostoievski, más tarde llamado el “escritor de los pobres”, conoce en las calles de Moscú la esencia de lo peor. Nace así su primera y exitosa novela, Pobres gentes, redactada con apenas veinticinco años, y publicada en 1846.

“Sin belleza es imposible vivir, porque entonces al mundo no le quedaría nada que hacer. ¡Ahí está el secreto! ¡Ahí está toda la historia!” (Imagen: cementerio nevado de Friedrich).

“Sin belleza es imposible vivir, porque entonces al mundo no le quedaría nada que hacer. ¡Ahí está el secreto! ¡Ahí está toda la historia!” (Imagen: cementerio nevado de Friedrich).

En la primera parte de Los hermanos Karamazov, Dostoievski escribía que “para la tranquilidad del alma del pueblo bajo ruso, torturado de trabajo y dolor y, sobre todo, por la perpetua injusticia y el eterno pecado, tanto suyo como del Universo, no hay más fuerte necesidad ni consuelo que encontrar un santuario o un santo, prosternarse ante él y reverenciarlo”. En sus primeros años de producción literaria, Fiodor no duda en mezclarse con todo tipo de gente, seguro como está de que la auténtica vida, el meollo de la existencia humana, no se encuentra en los salones culturales (que al principio frecuentó) ni en los palacios reales, sino en aquellos espacios donde las personas luchan desesperadamente por mantener una vida que, en muchas ocasiones, parece insoportable. En este sentido, quienes más sufren no encuentran más salida que recurrir a la oración y, en definitiva, a una trascendencia que también a veces parece olvidarse de los más desfavorecidos. A muy parecida consecuencia llegará otro de los grandes escritores rusos, Tolstoi, como podemos comprobar en su breve relato “El origen del mal”.

El propio Dostoievski describe a uno de los personajes de Pobres gentes de manera elocuente: “yo soy un hombre inculto, hasta estúpido, si usted quiere; pero, en cambio, tengo un corazón enteramente igual al de los demás hombres”. Las capas sociales menos afortunadas viven bajo el acecho de una incómoda espada de Damocles: sienten que la vida les es otorgada como la pena de un delito que nunca cometieron. Como apunta Luigi Pareyson en su estudio sobre Dostoievski, “la experiencia de la condena y de la prisión le enseñó el carácter revelador de la muerte, del dolor y del delito”.

Hasta tal punto, explica Pareyson metafóricamente, que nuestro autor “pasó en prisión el resto de su existencia”. En Recuerdos de la casa de los muertos, Dostoievski presentaba en su más pura carnalidad los horrores de la vida real, que (y en este contraste se juega mucho del pensamiento del ruso) resultan menos espantosos que las ideas “hipócritamente imaginadas por la razón universal y la conciencia moral”. En Recuerdos asistimos al último intento de Dostoievski por reconciliar ambos polos; en lo sucesivo, se mostrará mucho más tajante: el crimen y el castigo son lo único palpable, y acaso lo único real, de la vida humana. Es por eso que uno de los mayores especialistas en la obra de Dostoievski, Berdiaev, afirmara que “el mal se expía no con un castigo exterior, sino con las ineluctables consecuencias que trae consigo. La ley que culpa al criminal es solamente el símbolo de su destino interior. Los tormentos de su conciencia son para el hombre mucho más espantosos que la severidad de las leyes”.

Representar a un hombre del todo bueno. Según mi opinión no puede haber nada más difícil, especialmente en nuestro mundo.

“¿Es que puede respetarse quien está decidido a hallar placer en el sentimiento de su propia abyección?”.

“¿Es que puede respetarse quien está decidido a hallar placer en el sentimiento de su propia abyección?”

En El hombre rebelde, Albert Camus lleva a cabo un breve pero intenso y condensado análisis de Los hermanos Karamazov, en el que pone de manifiesto la actitud de uno de los protagonistas de la novela, Iván. En la primera parte (Libro II) de esta obra magistral, Dostoievski ponía en boca de uno de los personajes el siguiente discurso:

… hay en el pueblo bajo un dolor taciturno y muy sufrido: métese dentro y calla. Pero hay también un dolor que revienta: rompe a llorar, y en tal instante sale afuera en forma de salmodia. […] La lamentación consuela únicamente porque cala y penetra más hondo en el corazón. Tal dolor ni siquiera quiere consuelo: del sentimiento de su insaciabilidad se sustenta. La lamentación es solo una necesidad de enconar continuamente la llaga.

En vista de este desgarrador sentimiento, que remite a un dolor que se enquista y que se nutre de sí mismo, Iván extrae algunas consecuencias. La primera es que Dios, igual que los hombres, ha de ser juzgado. Camus lo explica magistralmente: “Iván no se remitirá ya a ese Dios misterioso, sino a un principio más alto que es la justicia. Inaugura la empresa esencial de la rebeldía que consiste en sustituir el reino de la gracia por el de la justicia”. En segundo lugar, argumenta Iván, no hay razón para pensar que solo algunos han de salvarse y recalar en la vida eterna, mientras otros han de arder ceremoniosamente en el infierno: “Solo sé que existe el sufrimiento, que no hay culpables, que todo se enlaza, que todo pasa y se equilibra”.

Goya Aquelarre

“Sí, la costumbre puede mucho. ¡Diablo, lo que puede la costumbre hacer de una criatura!”. Como en el Aquelarre de Goya, el mal concita a toda la humanidad y crea el imperio de la sinrazón

Iván representa, así, el surgimiento de una completa “revolución metafísica”, por la que el ser humano se pone en rebeldía frente a un Dios que, como vemos, no todo lo puede. Una revolución que viene auspiciada por una de las más obsesivas preocupaciones filosóficas y existenciales de Dostoievski: la omnímoda presencia del mal en la realidad. Frente al ideal positivista, generalmente optimista, que comenzaba a extenderse por Europa en el siglo XIX, Fiodor nos recuerda (en palabras de Pareyson) “que la realidad del mal y del dolor, del pecado y del sufrimiento, de la culpa y de la pena, del delito y del castigo, constituye desgraciadamente una realidad efectiva e ineludible que confiere a la condición del hombre un carácter eminentemente trágico”.

Aunque quizás exista una salida hacia un bien con el que no topamos materialmente en este mundo: la sinceridad con nosotros mismos. “Que cada uno se mantenga cerca de su corazón, que cada uno se confiese sin cesar. No temáis vuestro pecado ni siquiera teniendo de él conciencia mientras os arrepintáis”, escribía Dostoievski en Los hermanos Karamazov. Todos, en el fondo, somos culpables de cuanto ocurre, de ahí que Fiodor plantee una “solidaridad en la expiación”.

De esta manera representó William Blake la eterna pugna entre el bien y el mal

De esta manera representó William Blake la eterna pugna entre el bien y el mal

En Los demonios, Dostoievski habla de esta experiencia extramundana, que sin embargo se da en vida: “Hay segundos -solo cinco o seis a la vez- en que de pronto siente uno la presencia de la armonía eterna plenamente lograda. No es nada de este mundo. No quiero decir que sea algo divino, sino que el hombre, en cuanto ser terrenal, no lo puede sobrellevar. […] Si durase más de cinco segundos, el alma no podría resistirlo y tendría que perecer. En esos cinco segundos vivo una vida entera, y por ellos daría toda mi vida, pues lo vale”. Una sensación que muchos especialistas han atribuido a la epilepsia que sufrió Dostoievski, aunque esta “claridad extraordinaria” que “ilumina la mente” por la que se es consciente de una “armonía superior” puede adscribirse a la concepción metafísica del autor ruso.

A pesar del mal y su omnipresencia, el bien puede tener cabida, como explica Pareyson, a través de la virtud más difícil: “el sacrificio, la pureza y la puedan […]. Saber conciliar la contradicción más imposible: la que existe entre fuerza y debilidad, firmeza y compasión, constancia y paciencia, valentía y mansedumbre”, características que Dostoievski dejó plasmadas en la Sonia de Crimen y castigo, “demostración viviente -apunta Pareyson- de que los herederos del reino de Dios son los niños, los humildes, los publicanos y las pecadores. La debilidad indefensa posee una fuerza indómita comparable solamente a la humildad verdadera y silenciosa”.

Dostoievski fue un autor prolífico, creador de auténticos tipos filosóficos que han hecho correr larguísimos ríos de tinta. Por su importancia para la historia del pensamiento del siglo XIX, merece la pena destacar Memorias del subsuelo (1864), una obra en la que, a juicio de Chestov, oímos “el grito de terror del hombre que, de pronto, descubre haber mentido siempre y hecho la comedia cuando decía que el objeto supremo de la existencia es servir al último de los hombres”. En estas Memorias, que el autor escribe tras las funestas pérdidas de su mujer Maria y su hermano Mijaíl,asistimos al enfrentamiento de Dostoievski con la realidad del mal y, como dice Pareyson, “la mezquindad de los hombres”. Para Chestov, en esta suerte de confesión de un “hombre enfermo” quedan desenmascarados los grandes ideales y participamos de la sincera denuncia de la realidad llevada a cabo por Fiodor.

Portada del primer número de la versión manga de "Crimen y castigo"

Portada del primer número de la versión manga de “Crimen y castigo”

Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1880) son dos de las obras maestras literarias del siglo XIX, quizás las mejores que compuso Dostoievski. Al margen del argumento de cada una de ellas, que el lector deberá descubrir por sí mismo, nos importa señalar la presencia de algunos de los temas filosóficos que más preocuparon a Fiodor a lo largo de toda su vida: el mal, la libertad, la posibilidad del bien en el mundo, la religión (y de su mano, la fe), la sombra de la duda y el imperio del azar. Aunque ambas historias pueden ser leídas a un nivel superficial, meramente histórico (o argumental), Dostoievski abre en ellas un espacio hasta aquel momento poco explorado por los literatos: el universo interior del ser humano. Los personajes de sendas novelas (que algunos comentaristas han tachado equivocada y parcialmente de “psicológicas”), al igual que ocurre en Los demonios (1872), son tratados como auténticos espacios espirituales, como “cajas de resonancia de dramas interiores y de secretas tragedias”, al decir de Pareyson. A juicio de Dostoievski, a pesar de la aparente materialidad con que se nos impone el mundo exterior y físico, este solo adquiere verdadera realidad cuando nosotros, humanos, lo convertimos en el lugar individual donde acontecen la alegría y el sufrimiento, la esperanza y la desesperación. Y es que, como escribiera nuestro protagonista, “Los más intensos placeres se los debemos a la desesperación”.

Fiel a su espíritu omniabarcante, Fiodor también puso su punto de mira en otras temáticas como el amor (Noches blancas, 1848), la denuncia y crítica social (Pobres gentes, Humillados y ofendidos), el adocenamiento social y la política (El idiota, 1869) o la fatalidad y el destino individual (El jugador, 1867). A pesar de tal diversidad, como asegura Berdiaev, la preocupación exclusiva de Dostoievski, “el único tema al que dedicó su fuerza creadora, es el tema del ser humano y su destino. Para él el hombre es un microcosmos, el centro del ser, el sol en torno al cual todo gira. En el hombre está comprendido el enigma del universo y resolver el problema del hombre es resolver el problema de Dios”.

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