Anarquismo metodológico: Feyerabend y los límites de la ciencia

P. K. Feyerabend.jpgLa crítica contemporánea al cientificismo más desbocado ha centrado gran parte del desarrollo filosófico del siglo XX y del XXI. Deleuze, Foucault, Bataille, Derrida, Sloterdijk, Žižek o Vattimo, por sólo citar unos pocos nombres, han lanzado todo su potencial crítico, en varias de sus obras, contra esa hegemonía que se atribuye (a) la explicación científica, cuando de lo que se trata es de abordar la realidad. Simplificando mucho la cuestión, que un discurso pretenda reducir un acontecimiento, sea del orden que sea, a la presencia más o menos velada de leyes universales, y que evidentemente están aguardando el acecho de los científicos de turno, les parece a estos autores, como poco, delirante. Razón no les falta, podría pensarse. Encofrar la riqueza ontológica en unos pocos teoremas, limitar lo real a la ley, en definitiva, es algo difícil de asumir desde diferentes posiciones filosóficas. Uno de los más críticos más desatados, y por qué no decirlo más lúcidos, respecto a este imperialismo cientificista es, sin duda alguna, P. K. Feyerabend (1924-1994).

Como es bien sabido, Feyerabend niega la existencia de cualesquier leyes o regularidades que tengan una entidad eterna y universal. Es decir, no hay ninguna sola regla, por plausible que parezca o que sea, que no se pueda infringir en una determinada ocasión. La firmeza de los teoremas es un sortilegio más resultado de los delirios e inseguridades de la disciplina en cuestión, que no de una presunta robustez ontológica de los mismos. Pero es que verdaderamente, tal y como enseñó por ejemplo Karl Popper a lo largo de su obra, las infracciones son fundamentales para el devenir de cualquier tradición científica. Y Feyerabend asumió ese punto (el único, por cierto) de su gran rival epistemológico. Como afirma en su Contra el método, las infracciones de teoremas, las rupturas de las presuntas leyes son el combustible necesario del transcurso de cualquier ejercicio científico (o no). Por ello,

… considerando cualquier regla, por “fundamental” o necesaria para la ciencia, hay siempre circunstancias en las que se hace aconsejable no sólo ignorar la regla, sino adoptar su opuesta.

Si cualquier regla tiene una existencia fugaz efímera, frágil, se deberá, en consecuencia, apostar por un método que se ajuste a esta fugacidad. De ahí la necesidad de adoptar un método anarquista en el que toda tesis, por increíble que parezca, tenga o pueda tener una importancia decisiva cuando expliquemos cualquier fenómeno. En particular, el desarrollo del anarquismo metodológico se fundamentará, principalmente, en la naturaleza contrainductiva de su dinámica. Debe renunciarse a todo empirismo ingenuo, como veremos más adelante, y defender un procedimiento contrainductivo en el que proliferen el mayor número de tesis, teorías e hipótesis posibles, todas ellas antagónicas a la hegemónica para finalmente contrastarla y, de esta manera, garantizar la puntual validez de la existente. Puntual validez, debe recordarse. Nada de “perduraciones  deslumbrantes” que nos acerquen presuntamente a la eternidad.

Volvamos a la cuestión de la contrainducción y a las dificultades el empirismo. Siguiendo las premisas de uno de sus maestros, Imre Lakatos, Feyerabend asegura que no existe ni una sola teoría que sea capaz de adecuarse y concordar completamente con la facticidad que pretende tipificar. Dicho en otras palabras, siempre existe un décalage, un excedente o desajuste que imposibilita la relación armoniosa y absoluta entre teoría y realidad. Esto, que nos recuerda ciertas prerrogativas de Lacan o Derrida, Feyerabend la desarrolla estipulando dos tipos de desacuerdos: en primer lugar, existe un desacuerdo numérico ya que, en palabras de nuestro autor, “una teoría hace una cierta predicción numérica y el valor que se obtiene en realidad difiere de la predicción que se ha hecho, por encima del margen de error”. Y, en segundo término, hay toda una serie de fallos cualitativos en los que…

… una teoría es inconsistente no con un hecho recóndito que deba ser descubierto y sacado a la luz con la ayuda de complejos aparatos y que sea conocido solamente por los expertos, sino con circunstancias que puedan ser advertidas sin más ayuda que los sentidos y que son familiares a todo el mundo.

Con este segundo tipo de desajuste, Feyerabend apunta que las aproximaciones ad hoc del cientificismo no dejan de ser un intento de superar, o bien de ocultar, estas dificultades cualitativas que van emergiendo cuando estudiamos un fenómeno. De esta forma, de manera un tanto pedestre, a juicio de nuestro autor se crea la falsa impresión de que mediante la excelencia de la disciplina científica se superarán todo tipo de dificultades, quiebres o fracturas posibles. Así, apelando a esta magnificencia un tanto abstracta, se afirma, en última instancia, la absoluta capacidad científica para abordar cualquier fenómeno de lo real. Engañosa omnipotencia, falacia delirante al no tener en cuenta que…

… el material que un científico tiene realmente a su disposición, sus leyes, sus resultados experimentales, sus técnicas matemáticas, sus prejuicios epistemológicos, su actitud hacia las consecuencias absurdas de las teorías que él acepta, ese material, en efecto, está indeterminado de muchas maneras, es ambiguo, y nunca está completamente separado de la base histórica.

P. Feyerabend.jpgEl material con el que el científico trabaja está siempre contaminado de principios, prejuicios y presupuestos que el propio científico desconoce y que, en caso de que fuesen conocidos, su contrastación resultaría prácticamente imposible. Dicho en términos psicoanalíticos, el científico tiene un inconsciente que le determina y que, a su vez, se le escapa por completo. Además, más allá de este elemento inconmensurable de su personalidad, y tal y como afirman autores como Dilthey, Foucault, Gadamer o Arendt, el discurso científico se asienta en una tradición, entronca con una historia, y si cualquier descripción o tipificación que se quiera hacer reniega de dicho vínculo histórico, estará cometiendo un error estructural. La historia, se quiera o no, determina cualquier construcción teórica, la tradición perfila toda teoría que se pretenda edificar y que, en otro orden de cosas y como ya se ha dicho, siempre será incompleta para describir el dinamismo de lo real.

La ciencia, con sus prerrogativas, cree que puede dominar hasta los elementos más imponderables de la naturaleza. La exigencia es clara: explicar es dominar. Y es que, evidentemente, hay ideología en la ciencia. Lo queramos o no, la ciencia no es ajena a los valores dominantes que moldean toda sociedad. Tal y como lo observamos también en los análisis de Marcuse, Adorno o Horkheimer, para Feyerabend el discurso científico se halla vertebrado por los valores que impregnan la sociedad capitalista en la que se inserta y desarrolla. De ahí que, tal y como asevera en su Adiós a la razón,

… los argumentos a favor de la ciencia o del racionalismo occidental emplean siempre ciertos valores. Preferimos la ciencia, aceptamos sus productos, los atesoramos porque están de acuerdo con dichos valores. Ejemplos de valores que nos hacen preferir la ciencia a otras tradiciones son la eficiencia, el dominio de la naturaleza, la comprensión de ésta en términos de ideas abstractas y de principios compuestos por ellas.

Por todo ello, no es de extrañar que haya un mandato de obediencia respecto a los postulados científicos. En el fondo, responden a las órdenes de las ideas dominantes de nuestro sistema, como nos recuerda constantemente Feyerabend en su Adiós a la razón. Es decir, y para nuestro autor,

… según Kant, la ilustración se realiza cuando la gente supera una inmadurez que ellos mismos se censuran. La Ilustración del siglo XVIII hizo a la gente más madura ante las iglesias. Un instrumento esencial para conseguir esta madurez fue un mayor conocimiento del hombre y del mundo. Pero las instituciones que crearon y expandieron los conocimientos necesarios muy pronto condujeron a una nueva especie de inmadurez. Hoy se acepta el veredicto de científicos o de otros expertos con la misma reverencia propia de débiles mentales que se reservaba ante obispos y cardenales, y los filósofos, en lugar de criticar este proceso, intentan demostrar su “racionalidad” interna.

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