El alma de Edith Södergran

Edith Södergran poesía.jpgJag är eld och vatten i ärligt sammanhang på fria vilkor

[Yo soy fuego y agua en comunión libre y leal]

Vierge Moderne, de Dikter (1916)

Nieva antes de lo esperado. La bruma del bosque blanco delante y la huella de la Gran Guerra sobre Europa. En 1918 la escritora fino-rusa Edith Södergran (1892-1923) escribía en sueco desde un pueblecito de la frontera entre Rusia y Finlandia una carta abierta con el sugerente título de Individuell Konst [Arte individual]. Era la época de los manifiestos y las vanguardias, de Nueva York y París como centros de todos los movimientos artísticos. Era el nuevo siglo, la década de la Revolución rusa, de los cambios sociales, el dinamismo…

En este manifiesto, Södergran defendía un nuevo concepto de arte, un arte individual y audaz que pretendía llevar a cabo por su cuenta: “yo misma sacrifico cada átomo de mi poder para mi elevada meta, llevo la vida de un santo, me empapo del espíritu humano más elevado, rechazo cualquier influencia de una especie inferior”. Al final del manifiesto, con el estilo elevado que había mantenido durante todo el escrito, Södergran apelaba al lector para que se le uniera en aquella ambiciosa hazaña: “espero no encontrarme sola con la grandeza que he de descubrir”.

Y, sin duda, supo atrapar toda aquella grandeza que latía entre sus manos. Aquella grandeza ha pervivido más de un siglo y ahora Nórdica publica, en edición bilingüe con la maravillosa traducción de Neila García Salgado, la poesía completa de esta interesantísima autora, elevada y sencilla a la vez, llena de fuerza y de una delicadeza casi dolorosa.

Södergran, nacida entre la aristocracia fino-sueca de San Petersburgo, no entiende de fronteras. A los diez años entró en la Petri-Schule alemana de su ciudad natal, donde aprendió francés, inglés y alemán, y se dejó imbuir por completo en la poesía de Henrich Heine y de Goethe. Más tarde, abandonaría el idioma alemán y escribiría en sueco –algo, por otro lado, bastante común en la sociedad finlandesa de la época, que acostumbraba a leer su literatura en este idioma–.

Cuando Södergran tenía dieciséis años, su padre murió de tuberculosis y ella la contrajo. Así, marcada por la enfermedad, se trasladó al hospital de Davos, en Suiza, el mismo pueblo donde Thomas Mann había situado La montaña mágica. En la biblioteca del centro podía contemplar la obra de Dante y los clásicos occidentales, el nacimiento de las vanguardias italianas y la filosofía de Steiner, Schopenhauer y Nietzsche, el cual marcaría la línea central de casi toda su obra. En 1916 Södergran, por su enfermedad, se marcha junto a su madre a un pueblecito casi aislado del istmo que une Rusia y Finlandia. Así fue la vida de Södergran, fronteriza, dinámica, marcada por la enfermedad y la muerte, delicada y dolorosa, impulsiva y eterna. Giordano Bruno afirmaba que “para el verdadero filósofo, todo terreno es patria” y en la vida y obra de Södergran la patria era la belleza, la maravillosa embriaguez de contemplar el mundo y saber atraparlo.

Ese mismo año publica su primer libro: Dikter [Poemas]. Con este volumen adelantaba aquel arte individual que dos años después defendió en su particular manifiesto, ya mencionado. En esta primera obra despuntaba aquel fervor, paradójicamente, tan frío que seguirían con frecuencia las líneas de su poesía. En Jag [Yo], uno de sus poemas más conocidos, afirmaba:

Jag är frammande i detta land, / som ligger djupt under det tryckande havet / […] Man sade mig atte jag är fodd i fångenskap– / här är intet ansikte som vore mig bekant.

[Soy forastera en esta tierra que yace / bajo las profundidades de este mar apremiante / […] Me dijeron que nací en cautividad – / que ninguna cara aquí me sería conocida.]

Edith_Södergran_with_a_bird_hat_and_Totti..jpgLa palabra de Södergran supuso una ruptura profunda con toda la poesía escandinava de la época; el verso libre, sin rima, y el estilo casi lapidario de las líneas llevaban a un enfrentamiento directo no sólo con las poéticas escandinavas, sino también con las corrientes decadentistas ya desdeñadas por aquella década. La autora se contemplaba a sí misma como una extraña, una forastera en esta tierra, ajena a las corrientes literarias que imperaban y de las que, por supuesto, no se sentía parte. Sin embargo, ese distanciamiento que describe no es algo deseado por ella: tras ese principio admite “och luften flyter mellan mina händer” [Y el aire flota entre mis manos], ese aire que flota en las manos de la poeta es el intento de hacer propio un entorno, cercano en cambio, que a menudo resulta hostil.

En esa primera colección aparece “Dagen svalnar…” [El día refresca…], un poema dividido en cuatro partes cuyo penúltimo verso da título a la colección editada. En cada parte, Södergran parece dirigirse a un interlocutor en apariencia distinto, que va modificándose según avanza el poema.

En la primera parte, el narrador se dirige a una segunda persona que sin embargo sólo hace presente por el imperativo: “Drick värmen ur min hand / min hand har samma blod som våren” [Bebe el calor de mi mano, / mi mano tiene la misma sangre que la primavera]. Es una poética del cuerpo maravillosa, donde la calidez de la sangre es la misma que la de la primavera, un calor que se puede beber y que nutre. Por supuesto, como dice Elena Medel en el prólogo a esta edición,

… porque el árbol de Södergran significa “el árbol”, el gato significa “el gato” y la estrella significa “la estrella” y, sin embargo, al escribirlos ella y pronunciarlos nosotros el lugar que ocupan se amplía, y el árbol significa “el árbol” y al mismo tiempo “la felicidad” al mismo tiempo “la poesía”, al mismo tiempo “Edith Södergran”.

Para Södergran, por tanto, los ecos de las palabras apuntan mucho más lejos que la propia palabra. Las manos en sus líneas cobran especial importancia: es en las manos donde se desarrolla toda la capacidad del ser humano para crear –y destruir– el mundo, son las manos las que modelan y revuelven la realidad, con todo el placer y angustia que conlleva. En “Instikt” [Instinto], poema que forma parte de su cuarto y último volumen publicado en vida Framtidens skugga [La sombra del futuro] (1920), la autora es perfectamente consciente de aquella capacidad nietzscheana que tiene entre sus manos para crear, destruir y superarse:

Då jag ligger trött på mitt läger, / vet jag; i denna tröttnande hand är världens öde.

[Cuando cansada me tumbo en la cama / lo sé: en esta mano agotada se encuentra el destino del mundo.]

Edith_Södergran_-_14150403530.jpg

Aquella capacidad que reside en su mano agotada y que anhela siempre la superación, una superación que fue la espina central de la vida y obra de Södergran, no es otra que la poesía: la propia actividad creativa. Fuertemente influenciada por la filosofía de Nietzsche, Södergran se guía por un fervor inagotable hacia la actividad creadora como elemento de superación, como la salvación del propio género humano, o al menos de sí misma; unas manos itinerantes, que se movieron constantemente entre fronteras y contemplaron en sus carnes la hegemonía y caída de la aristocracia rusa, que arrastraron la enfermedad y la muerte a lo largo de toda su vida, no tenían sino la capacidad de crear y superar un Mundo que se derrumbaba.

La cuarta parte del poema es quizás una de las más contundentes y difíciles de interpretar. Aquí el du [tú], que no aparecía en la primera parte, adquiere nueva presencia:

Du sökte en blomma / och fann en frukt / du sökte en källa / och fann ett hav. / du sökte en kvinna / och fann en själ – / du är besviken.

[Buscabas una flor / y encontraste un fruto. / Buscabas una fuente / y encontraste un mar. / Buscabas una mujer / y encontraste un alma -/ estás decepcionado.]

Casi a modo de reproche, el narrador habla con su interlocutor, quien parece estar buscando un tipo de mujer ideal, un concepto de mujer que ha estado presente en el imaginario poético desde la Antigüedad Clásica. La segunda persona busca una mujer como fuente de inspiración, una mujer que sea el poema, y sin embargo se encuentra con una mujer que no es el poema, sino que lo crea. Aparecen entonces lugares comunes de la poesía amorosa: la flor, la fuente y la mujer, que Södergran inmediatamente rechaza. El interlocutor buscaba una fuente, pequeña y manipulable de la que servirse, y encontró sin embargo la vasta extensión de un mar, con toda su belleza inaprensible y su salvaje eternidad natural.

El género y el cuerpo femenino son uno de los pilares fundamentales de su obra, de una concepción y una reivindicación tremendamente actuales. Así comienza y acaba Vierge moderne, uno de los poemas más famosos y controvertidos de Södergran:

Jag är ingen kvinna. Jag är ett neutrum / jag är ett barn, en page och ett djärvt beslut, / jag är en skrattande strimma av en scharlakanssol // […] Jag är en flamma, sökande och käk, / jag är ett vatten, djup men dristigt upp till knänna, / jag är eld och vatten i ärligt sammanhang på fria vilkor.

[No soy una mujer. Soy un neutro, / Soy un niño, un paje y una decisión valiente /
soy un rayo risueño de un sol escarlata// […] Soy una llama, buscadora e insolente, /
soy agua profunda pero atrevida hasta las rodillas / soy fuego y agua en comunión libre y leal]

Edith_Södergran_in_her_sickbed,_Arosa.jpg

El primer verso es una destrucción contundente que suena y llega para quedarse. El narrador es una decisión valiente, una llama, que tiene, alejada de cualquier concepción preestablecida, la intención de subvertirla. En el último verso se contempla a sí misma como la unión entre el fuego y el agua, entre dos extremos de cuyas aristas surge el centro, indiferente a sus creadores, alejada de los cánones, en perpetuo movimiento, y con la ambición de superarse continuamente.

En 1917, tras la Revolución rusa, la familia de Södergran pierde todas sus posesiones. El grave período depresivo que sufrió la autora sin embargo no trabó la publicación de un segundo libro: Septemberlyran [La lira de septiembre] (1918). En este volumen la influencia de Nietzsche se hizo todavía más patente, las opiniones se dividieron y Södergran contaba los mismos detractores que admiradores. Tres años antes de su fallecimiento, en 1920, vería la luz Framtidens skugga [La sombra del futuro], una sombra, efectivamente, que acogería todas sus concepciones artísticas y vitales.

Los últimos tres años de su vida los pasó escribiendo esporádicamente hasta su muerte por la tuberculosis que le había marcado desde la infancia, un 24 de junio de 1923, en un pueblecito, casi aislado, en la frontera fino-rusa. Así fue la vida y obra de Edith Södergran, altiva y contradictoria, silenciosa y reivindicativa. Una vida escrita en sueco, vivida en tres países y rodeada de prosperidad y miseria, de árboles opacos por la niebla y cielos azules, de rosas en pechos blancos y anhelos de superación. Así fue Södergran, un alma enérgica, la hija libre del fuego y el agua.

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