La importancia social de la divulgación y la cultura científicas

Johannes_Vermeer_-_The_Astronomer_-_WGA24685.jpgA estas alturas, cuestionar las aportaciones con las que la ciencia –en general– y la química –en particular– han contribuido a mejorar nuestro estado del bienestar, carece de sentido alguno. Basta mirar a nuestro alrededor para descubrir que todo, absolutamente todo lo que nos rodea, es química.

Podemos definir nuestro propio cuerpo como un gran tubo de ensayo, un laboratorio andante, donde simultáneamente se están sucediendo una infinidad de reacciones químicas, todas necesarias para mantenernos vivos. Para que dichas reacciones se lleven a cabo necesitamos aportar alimentos, respirar el oxígeno del aire y que los rayos de la luz del sol incidan, de forma moderada y controlada, sobre nosotros.

Nuestra cocina es, igualmente, otro gran laboratorio: ¿somos verdaderamente conscientes de la gran cantidad de reacciones químicas que tienen lugar mientras cocinamos un alimento? Esas reacciones pueden transcurrir con cambios de color, gracias a la formación de pigmentos que se originan durante, por ejemplo, los calentamientos a los que sometemos a dichos alimentos. A su vez, durante esos procesos se generan sustancias responsables de aromas y sabores que los consumidores “exigimos” en nuestros platos, así como las texturas deseadas en los mismos. Todos estos aspectos contribuyen a que se adquiera el flavor característico de cada alimento.

Pero volvamos a las aportaciones que esta disciplina ha hecho a la humanidad, y planteémonos qué sería de nosotros ante un día sin química. Ese día no tendríamos acceso a agua potable, alimentos, agroquímicos, medicinas, cosméticos con los que asearnos, así como a miles de materiales presentes en una infinidad de objetos cotidianos.

A pesar de lo anteriormente expuesto, las connotaciones negativas asociadas a la palabra química han ido creciendo en los últimos años. A ello han contribuido las drogas, los venenos, los explosivos y un lamentable largo etc., y son estos últimos los que parecen dominar la percepción que la sociedad tiene de esta rama de la ciencia, mientras que el resto de disciplinas científicas son vistas bajo una perspectiva mucho más amable.

Todo ello ha llevado a los grandes divulgadores a acuñar el término quimiofobia, referido al miedo que suscitan las sustancias químicas. Los medios de comunicación y las estrategias de marketing de algunas empresas se han encargado de agravar esta situación: de hecho, decenas de spots publicitarios hacen uso del reclamo “100% natural”. ¿Acaso no conocemos que todos los alimentos, de procedencia natural o no, contienen, en mayor o menor medida, carbohidratos, lípidos, proteínas, vitaminas y minerales? ¿Y qué decir del agua, que no es sino un compuesto químico?

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Ante tal panorama, en las Naciones Unidas (2008) se decidió reconocer los logros en química y sus contribuciones a la humanidad, celebrando, en 2011, el Año Internacional de la Química. Durante los múltiples eventos celebrados bajo el lema “Química: nuestra vida, nuestro futuro”, se puso de manifiesto cómo esta rama contribuía, de forma vital, a alcanzar los objetivos de la Década de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible (2005-2014). Dichos objetivos iban encaminados a integrar los principios, valores y prácticas del desarrollo sostenible en todos los aspectos de la educación y el aprendizaje, con el fin de fomentar cambios de comportamiento necesarios para preservar la integridad del medio y la viabilidad de la economía, de modo que las generaciones actuales y venideras gocen de justicia social.

Por fortuna, esa fobia a la que anteriormente aludía tiene curación, aunque sólo se consigue adquiriendo cultura científica, labor que va de la mano de la divulgación. Si la sociedad, que por cierto paga sus impuestos, reconoce la importancia no sólo de la química sino de la ciencia en general, podrá exigir a sus gobiernos que se invierta más en investigación, ya que un país sin ciencia, sin avances científicos, es un país que termina anquilosado.

Además, esa cultura es la que nos permite opinar con cierto criterio sobre temas de rigurosa actualidad como la investigación con células madre, la energía nuclear o los alimentos transgénicos y ecológicos, entre otros.

Asimismo nos aporta argumentos para discernir entre ciencias y pseudociencias. Es lamentable que en pleno siglo XXI haya personas que malgasten su dinero en sesiones de numerología, astrología, grafología y, aún peor, que pongan su salud en manos de las medicinas alternativas, absolutamente carentes de rigor científico alguno. No olvidemos que muchas enfermedades erradicadas hace años en Europa están volviendo a emerger debido a los movimientos antivacunas. Nuevamente, la medicación ante estos movimientos sociales vuelve a ser la cultura científica.

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La importancia de la divulgación se centra, además, en el despertar de vocaciones científicas. Las materias de ciencias no gozan de excesiva popularidad entre los niveles académicos de Secundaria y Bachillerato, posiblemente debido a que son consideradas materias aburridas y especialmente complejas. ¿Percibe verdaderamente la sociedad la utilidad de la ciencia? ¿Está justamente reconocida la figura del científico?

En este sentido, los científicos tenemos mucho que aportar, si bien nuestras principales labores se centran en la docencia e investigación, debemos ser conscientes de que en nuestras manos está una labor social tremendamente importante a la vez que subestimada, y consiste en dedicar una parte de nuestro tiempo a la divulgación.

En los últimos años y gracias al auge de las redes sociales y los blogs de divulgación, el mundo 2.0 se está convirtiendo en uno de los principales medios divulgativos. El uso de estas estrategias permite que la información llegue, con un lenguaje sencillo y sin el uso excesivo de tecnicismos, a miles de personas, con la consiguiente ganancia en cultura científica.

De igual modo están cambiando los escenarios empleados para la transmisión del conocimiento; así, lejos de los arcaicos salones de actos, ahora se divulga en lugares tan variopintos como parques o bares. En este contexto cabe destacar la importancia de la iniciativa del festival Pint of Science, cuyo objetivo es ofrecer charlas sobre las últimas investigaciones de cada científico participante, en un formato accesible al público como puede ser un bar, brindando de este modo una plataforma que permite a los asistentes discutir sus inquietudes con los propios investigadores.

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Una experiencia tremendamente humana y gratificante es la que algunos divulgadores hemos tenido el honor de vivir, y consiste en divulgar en centros penitenciarios, concretamente bajo el formato de entrevistas realizadas por los propios internos, quienes deben preparar un tema con pocos días de antelación y con escasos recursos bibliográficos, ya que desde la prisión no pueden acceder al mundo de la información y la comunicación.

Igualmente gratificante es llevar ciencia a niños hospitalizados, una entrañable vivencia difícil de borrar de la retina de quienes hemos tenido la suerte de experimentarla. De este modo se consigue aliviar el dolor de estos niños y alegrar sus días de ingreso, fomentar vocaciones científicas y transformar su tristeza en diversión mediante la realización de talleres educativos y terapéuticos.

Quienes piensen que estas tareas divulgativas son recientes y que están restringidas sólo a personas con formación científica, están muy equivocados. En el mundo de la literatura encontramos varios autores quienes, bien de forma consciente o bien desde el más absoluto desconocimiento, pero con ciertas dotes visionarias, han conseguido despertar el interés científico social. Cabe destacar, entre otros, la figura del novelista francés Julio Verne (1828-1905), quien en muchas de sus obras anticipaba algunos avances como es el caso del sistema de comunicaciones a través de Internet (La jornada de un periodista norteamericano en el 2889) o bien los viajes submarinos (20.000 leguas de viaje submarino). Junto a él, H. G. Wells (1866-1946), aludía a conceptos aún no descritos de la física relativista einsteniana en su obra La máquina del tiempo. En la misma línea, el escritor británico Aldous Huxley (1894-1963) en Un mundo feliz, una de las obras cumbre de la literatura del subgénero distópico, disertaba sobre nociones en genética. Otro escritor consagrado y autor de la emblemática novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que posteriormente inspiraría la película de rigurosa actualidad Blade Runner, Philip K. Dick (1928-1982), nos introducía en el apasionante mundo de la biorrobótica.

 

En el ámbito filosófico existen divulgadores visionarios igualmente reseñables, como es el caso del filósofo Arthur Schopenhauer (1788-1860), cuyo interés por la divulgación científica queda patente en todos sus ensayos. Así, en su obra El mundo como voluntad y representación (1818), donde describe un modelo orgánico de la explicación del mundo, bien parece haberse apoyado en contribuciones darwinianas o einstenianas, o incluso de neurocientíficos actuales, cuyas teorías han sido descritas con bastante posterioridad.

Arthur-Schopenhauer

galatea-de-las-esferas.jpgTambién en el mundo del arte pueden apreciarse importantes pinceladas de divulgación científica; así, Salvador Dalí (1904-1989), hombre del todo inquieto, sentía una verdadera pasión por la ciencia, como así se refleja en sus obras. En la década de los cincuenta, influido por las teorías atómicas, comienza la pintura corpuscular, que posteriormente desembocaría en la mística nuclear. Tal era su obsesión por las ciencias, y concretamente por la física nuclear y la biología molecular, que llegó a escribir a Watson mostrando su interés por su recién descrito modelo tridimensional del ADN. Dos obras emblemáticas que reflejan tal pasión son La galatea de las esferas, un retrato de su musa, Gala, en la que la figura de la mujer estaba compuesta por átomos, y también El gran masturbador en un paisaje surrealista de ADN, en donde se observa el modelo de la doble hélice formado por mariposas.

Entonces, si ellos pudieron, ¿cómo no lo vamos a hacer quienes tenemos una cierta trayectoria científica a nuestras espaldas?

Un gran inconveniente que nos encontramos aquellos profesores/investigadores a los que nos apasiona este mundo de la divulgación, es que nuestra labor está subestimada por algunos miembros de la comunidad universitaria, y todo ello a pesar de que la actual Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación contempla, entre otros aspectos, la promoción de las labores de divulgación. Sin embargo, mucho me temo que hasta que éstas no sean reconocidas a nivel curricular, hasta que no se diseñe una propuesta para alcanzar el reconocimiento de la divulgación científica como mérito en la carrera docente e investigadora, seguiremos siendo sólo unos pocos los que dediquemos parte de nuestro tiempo a esta importante, a la par que gratificante, labor.

Mientras tanto habrá que insistir, resistir y persistir, pero nunca desistir.

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