Yourcenar: la música de las palabras. Desde la primera etapa hasta “Memorias de Adriano”

Marguerite_Yourcenar-Bailleul-1982.10.04.Bernhard_De_Grendel_(9)Marguerite Yourcenar nació el 8 de junio de 1903 en Bruselas, en el seno de una familia artistocrática y acomodada, y quedó inmediatamente huérfana de madre.

No muchos saben que el nombre de Marguerite Yourcenar era Marguerite de Crayencour. Desde los inicios de su carrera literaria tuvo empeño en ocultarlo y, así, cuando publicó sus primeras obras, El jardín de las quimeras (1921) y Los dioses no han muerto (1922) –dos libros de poemas autoeditados con el dinero de su padre, Michel de Crayencour–, firmó con el nombre de Marg Yourcenar, nombre que muy pronto transformaría en el definitivo anagrama, casi igual que su apellido y que después adoptaría oficialmente.

Con estas dos obras Marguerite inicia y revela su decidida vocación literaria fruto de sus extensas lecturas (sabido es que nunca se escolarizó y que su formación estuvo sólo a cargo de diversos profesores particulares y de los libros que compartía con su padre, que abarcaban desde Platón y Virgilio a Romain Rolland pasando por Proust, Shakespeare, Goethe, Ibsen, Nietzsche, Lagerlöf, Saint-Simon y tantos otros, con lo que bien puede decirse que a los doce o trece años Marguerite, que ya sabía griego, latín e italiano sin pasar por la escuela, contaba con una sólida formación clásica de la que casi todos los niños carecían).

A estos dos tomos de poemas seguiría la novela Alexis o el tratado del inútil combate (1929), muy influenciada por Rilke, según confesó la propia autora, y por Gide, según los críticos, cuyo tema fundamental es la homosexualidad de un joven músico.

Si quisiéramos agrupar la producción literaria de Marguerite en tres grandes bloques corresponderían a esta época La nueva Eurídice; El denario del sueño; La muerte conduce a la trama; Fuegos; Los sueños y las suertes; Cuentos Orientales y El tiro de gracia, obras escritas entre 1931 y 1939 y que incluyen tanto poemas como novelas y en las que Yourcenar va depurando su personal estilo, su palabra exacta y la sutil combinación de sus frases hasta convertirlas en una sonoridad musical inequívoca e inconfundible.

Después llegaría el gran hito de Memorias de Adriano y, tras él, sus obras posteriores como la impresionante Opus nigrum o todos los relatos sobre la vida de su familia, por enumerar sólo algunos de sus escritos, que culminarían en Una vuelta por mi cárcel.

No vemos dos veces el mismo cerezo ni la misma luna sobre la que se recorta un pino. Todo momento es el último porque es único. Para el viajero, esa percepción se agudiza debido a la ausencia de rutinas engañosamente tranquilizadoras, propias del sedentario, que nos hacen creer que la existencia va a seguir siendo como es por algún tiempo.

Es este un periodo, además, de continuos viajes –afición heredada de su padre, muerto en 1929– a Italia y Grecia, nación que siempre considerará su verdadera patria espiritual y en la que, con su amigo Dimaras, traducirá al francés los poemas de Cavafis y se enamorará tanto de Lucy Kyriakos como de André Fraigneau, tiene que traducir, también, como ayuda económica –dado que sus obras no eran ni mucho menos éxitos de ventas– a Virginia Wolf , Henry James o a su admirado Yukio Mishima.

Pero esta etapa de viajes y escritura se cerraría en 1939, año en que su amiga Grace Frink –a quien Marguerite había deslumbrado cuando se conocieron en 1937– la invita por segunda vez a Estados Unidos, en esta ocasión para que escapara de la guerra europea.

Como el dinero de la herencia familiar toca a su fin y ve la imposibilidad de regresar a Europa, comienzan para ella la serie de lo que su biógrafa, Josyane Savigneau, llama “los años negros”: pequeñas traducciones, dictados de conferencias, clases de francés o de historia de arte, en fin, varios pequeños trabajos para no tener que depender de Grace; carecía de proyecto literario alguno, como si la pasión con su amiga, la falta crónica de dinero o la lejanía de Europa le hubieran vaciado la mente o la ilusión; periodo negro, sí, pero gracias al cual nacerán sus principales obras.

Yourcenar

Marguerite encuentra, al fin, en 1942, poco después de descubrir con Grace la isla de los Montes Desiertos, donde transcurrirá toda su vida, un contrato permanente de media jornada en Sarah Lawrence, universidad progresista en la que permanecerá hasta 1953.

Pero hasta que, por una suerte de carambola providencial (como tantas veces sucede), Marguerite recobra la ilusión por el trabajo, esta es la descripción que la biógrafa antes citada nos hace de este período:

Marguerite es de esas personas que pueden permanecer solas y serenas en cualquier parte siempre que tengan un proyecto intelectual que llevar a cabo. Sentada a su mesa de trabajo, jamás sentía impresión de soledad. Pero a principio de aquellos años cuarenta… su actividad intelectual le parece obstaculizada, obligada a repetirse… por primera vez en su vida, siente diluirse su ambición literaria, su convicción de ser ante todo una escritora. Ella que, desde la edad de veinte años, conservaba en la cabeza todas aquellas historias sin terminar: la de Zenón de A la manera de Durero, la del emperador Adriano…, con la certidumbre de que sólo realizaría su destino si realizaba el de ellos. Ella, que, en el fondo, sólo tenía un deseo verdadero y un verdadero designio: ser útil a la comunidad de los hombres dejando unos cuantos escritos que les permitiesen, igual que se lo permitían a ella, pensar más profundamente sobre su libertad; esta mujer que había atravesado los años treinta con una altivez envidiada por muchos, se encontraba de pronto atrapada en el más temible de los engranajes, aquel que, de dulzuras compartidas en deserciones consentidas, conduce a la banalidad. […]

Lo cierto es que llegó a tocar fondo en su desesperación, ante la idea de que podía dejar de ser escritora. A partir de 1942, cuando gracias a su empleo de profesora su vida material es menos preocupante, aunque no acomodada, su interrogación sobre el futuro se hace todavía más acuciante. ¿No irá a verse “atrapada” por una vida profesional de la que siempre huyó con toda su energía, por miedo a no tener tiempo ni disponibilidad para escribir?… (Josyane Savigneau, Marguerite Yourcenar. La invención de una vida, Alfaguara, 1991, pp. 168-169).

O como la misma Marguerite nos dice en sus Notas a Memorias de Adriano:

Hundimiento en la desesperación de un escritor que no escribe.

De esta situación no la salvan las pequeñas obras literarias que en esta época se empeña en escribir como defensa de su situación. Aunque, poco a poco, su ánimo va recuperándose: “… conservó hasta su muerte, es decir, durante cuarenta y ocho años, la voluntad inquebrantable de preservar su propia lengua… que constituía para ella una especie de insularidad segunda dentro de esa insularidad primera que había elegido al instalarse en Mount Desert” (Savigneau, p. 192).

Pero, al fin, por esa providencial carambola del destino llega a manos de Marguerite un baúl abandonado en el hotel Meurice de Lausana antes de su viaje a Estados Unidos. Contenía papeles familiares, cartas antiguas… que se dedicó a quemar, hasta llegar a unas páginas que comenzaban: “Querido Marc…”, y recordó que aquel Marc era Marco Aurelio y que aquellos papeles eran el comienzo de la primera versión de Adriano, iniciada en 1927, cuando tenía veintiún años, porque había encontrado en la correspondencia de Flaubert una frase que no olvidaría jamás: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. Como ella dice: “Desde aquel momento, lo único que me importó fue reescribir aquel libro, costara lo que costara”. Y lo hace con su estilo, imbuyéndose por completo de la realidad del siglo II y en la de aquel hombre que era para ella, como escribiría a Joseph Breitbach, “un gran individualista y, por esa misma razón, fue un gran hombre de leyes y un reformador. Un gran voluptuoso y también (no digo pero también) un ciudadano, un amante obsesionado por sus recuerdos, diversamente comprometido con varios seres, pero al mismo tiempo y hasta el final una de las mentes más capaces de dominarse que han existido”.

No es que me dijera: “hay que escribir sobre Adriano e informarse de lo que pensaba”. Creo que jamás se consigue nada de esa manera. Pienso que hay que impregnarse por completo de un tema hasta que brote de la tierra, como una planta regada con esmero.

Esto lo hace Marguerite durante diez años: investigando sin decaer, escribiendo sin decaer. ¡Y cómo se adentra en estas personales confesiones del emperador!, hasta el punto de que, publicada al fin la obra en 1951 y tras su inmediato éxito, muchos críticos se preguntaron si bajo Adriano no estaría escondida la propia Marguerite, al estilo de la conocida frase de Flaubert: “Madame Bovary soy yo”. Pero ella, cuyo temperamento atisbamos en muchos pasajes, siempre lo negó rotundamente.

Aunque ¿podríamos encontrar algo de Marguerite, dada su conocida vida, en estas frases (cuya traducción debemos a la inestimable pluma de Julio Cortazar)?:

 … todo movimiento sensual –dice Adriano– nos pone en presencia del Otro, nos implica en las exigencias y las servidumbres de la elección. No sé de nada donde el hombre se resuelva por razones más simples y más ineluctables, donde el objeto elegido sea pesado con más exactitud en su peso bruto de delicias, donde el buscador de verdades tenga mayor probabilidad de juzgar la criatura desnuda. Partiendo de un despojamiento que iguala el de la muerte, de una humildad que excede la de la derrota y la plegaria, me maravillo de ver restablecerse cada vez la complejidad de las negativas, las responsabilidades, los dones, las tristes confesiones, las frágiles mentiras, los apasionados compromisos entre mis placeres y los del Otro, tantos vínculos irrompibles y que sin embargo se desatan tan pronto. El juego misterioso que va del amor a un cuerpo al amor a una persona me ha parecido lo bastante bello como para consagrarle parte de mi vida.

No soy de los que afirman que sus acciones no se les parecen. Muy al contrario, pues ellas son mi única medida, el único medio de grabarme en la memoria de los hombres y aún en la mía propia…

Nada me explica: mis vicios y mis virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad, y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios, y sobre todo por él mismo. Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes… [¿Nacerían de esa necesidad todos sus escritos posteriores sobre su familia?]

Y ¿es sólo Adriano el que considera males verdaderos los que enumera, o también piensa igual Marguerite?:

… Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros ensueños –todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas.

Y la alabanza de la felicidad nacida de sus viajes con su amado Antinoo, no se aleja del concepto de amor de la propia Marguerite, es éste el que verdaderamente da las alas al trabajo:

Más sincero que la mayoría de los hombres, confieso sin ambages las causas secretas de esa felicidad; aquella calma tan propicia para los trabajos y las disciplinas del espíritu se me antoja uno de los efectos más bellos del amor…

Hablando de sus lecturas y de su interés en recopilar y conservar los volúmenes antiguos, Adriano desemboca en la forma de construir la propia obra, tan esforzadamente como la misma Margarite:

Revisé mis propias obras… Llegaría un día en que alguien tuviera deseos de leer todo eso. Un grupo de versos obscenos me hizo vacilar, pero acabé por incluirlos. Nuestros poetas más honestos los escriben parecidos. Para ellos son un juego; yo hubiera preferido que los míos fuesen otra cosa, la exacta imagen de una verdad desnuda. Pero ahí, como en todo, los lugares comunes nos encarcelan; empezaba a comprender que la audacia del espíritu no basta para librarse de ellos y que el poeta sólo triunfa de las rutinas y sólo impone su pensamiento a las palabras gracias a esfuerzos tan prolongados y asiduos como mis tareas de emperador.

Marguerite había reiniciado la escritura de Adriano en 1949, finalizada la II Guerra Mundial, las palabras que escribe Adriano no serían muy distintas a las que la propia autora podría suscribir, e incluso su juicio llega claramente hasta nuestros días.

Me repetía que era vano esperar para Atenas y para Roma esa eternidad que no ha sido acordada a los hombres ni a las cosas… Esas formar sapientes y complicadas de la vida, esas civilizaciones satisfechas de sus refinamientos del arte y la felicidad, esa libertad espiritual que se informa y que juzga, dependen de probabilidades tan innumerables como raras, de condiciones imposibles de reunir y cuya duración no cabe esperar. Destruiríamos a Simeón; Arriano sabría proteger a Armenia de las invasiones alanas. Pero otras hordas vendrían después y otros falsos profetas. Nuestros débiles esfuerzos por mejorar la condición humana serían proseguidos sin mayor entusiasmo por nuestros sucesores; la semilla del error y la ruina, contenida hasta en el bien, crecería en cambios monstruosamente a lo largo de los siglos. Cansado de nosotros, el mundo se buscaría otros amos; lo que nos había parecido sensato resultaría insípido, y abominable lo que considerábamos hermoso… Veía volver los códigos salvajes, los dioses implacables, el despotismo incontestados de los príncipes bárbaros, el mundo fragmentado en naciones enemigas, eternamente inseguras… continuaría el juego estúpido, obsceno y cruel, y la especie, envejecida, le incorporaría sin duda nuevos refinamientos de horror…

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No es difícil conjeturar que en sus solitarias horas de escritura, bajo la piel del emperador, regresaran a ella tiempos más felices, como las largas estancias en Grecia antes de la guerra y los amores vividos en ellas, y no le resulta complicado ponerse en la piel –como, por otra parte, hace en todo el libro–, de un hombre casi de su misma edad pero que en el siglo II se acercaba ya a la vejez:

… llegaba a la edad en que cada lugar hermoso nos recuerda otro aún más bello, donde cada delicia se carga con el recuerdo de delicias pasadas. Aceptaba entregarme a esa nostalgia que llamamos melancolía del deseo.

¿Es ésta quizá una de las actitudes de Marguerite frente a los Otros? Adriano está hablando de Lucio y, de pronto, hace esta revelación:

Mi opinión sobre él se modificaba de continuo, cosa que sólo sucede con aquellos seres que nos tocan de cerca; a los demás nos contentamos con juzgarlos en general y de una vez por todas.

Como resumen del propio juicio de Marguerite sobre su obra, nos remitimos a su cuaderno de notas y los azares que la hicieron retomarla y reconquistarla a sus cuarenta y seis años:

… me inspiraba el deseo de presentar a través de Adriano el punto de vista de alguien que no renuncia, o que renuncia en un lugar para aceptar en otra parte. Por lo demás, es evidente que ese ascetismo y ese hedonismo son actitudes intercambiables…

Y para finalizar:

Los que hubieran preferido un “Diario de Adriano” a las Memorias de Adriano olvidan que el hombre de acción muy rara vez lleva un diario; no es sino mucho después, al llegar a un período de inactividad, cuando se pone a recordar, anota y por lo común se asombra.

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