Sexo, amor y deseo en la Roma de Ovidio

Pompeii_-_Casa_del_Fauno_-_Satyr_and_Nymph_-_MANVirgilio, uno de los poetas más sabios y atentos a los requerimientos del espíritu romano, personificó en Eneas la lucha esencial del hombre, “desgarrado entre la voluntad y la carne, entre el orden del mundo y los imperativos de su existencia, entre lo divino que no alcanza a comprender y los sentimientos capaces de transportarle más allá de sí mismo”, como apunta Pierre Grimal en El amor en la antigua Roma.

Ovidio, otra de las plumas romanas más privilegiadas, decide muy pronto, a los veintitrés años, entregarse enteramente a la poesía, su auténtica vocación, lo que no impidió que en diversos textos lamentara sin tapujos la situación de los poetas en Roma, añorando los tiempos de la Grecia arcaica, cuando el poeta cumplía la función de educador y guía espiritual de la comunidad. Su vida queda definitivamente trastocada cuando, en el año 8 d.C., es desterrado por Augusto a los confines del Imperio. Es en la actual Constanza (por entonces llamada Tomos), rodeado de “bárbaros” (extranjeros) que apenas chapurreaban algo de latín, donde pasa la última etapa de si vida. En Roma había dejado a su tercera esposa, a su hija y todos sus bienes.

Si para ti no es algo necesario

vigilar a tu amada, necio, al menos

procura vigilarla

por mí, para que yo la quiera más.

Ovidio, Amores, 2, 19

En aquellos momentos de transición cultural y social (desde antiguo el amor de las cortesanas por parte de los hombres casados había estado permitido en Roma), Augusto promulgaba una severa ley contra el adulterio (Lex de adulteriis coercendis), mientras que Ovidio no dudó en defender la relación extramatrimonial en dos de sus obras más afamadas: AmoresArte de amar. Las obras del poeta fueron entonces excluidas de las bibliotecas públicas y, por precaución, no era recomendable la posesión de las mismas por riesgo a ser denunciado frente a las autoridades públicas.

Lo curioso de este caso es que, a ojos de los especialistas, Ovidio fue siempre fiel a sus mujeres (inmerso en una vida familiar muy honorable), y mediante la redacción de sus poemas sólo pretendía pasar por uno de aquellos jóvenes a los que les eran perdonadas sus aventuras amorosas. Es por ello que el poeta no se inspira en su propia experiencia personal, sino que más bien intenta representar con fidelidad la opinión que sus contemporáneos tenían sobre el amor. Como explica Grimal en la obra mencionada, “para Ovidio, el amor es, antes que nada, deseo. En latín, amare, amar, significa en primer lugar ser el amante o la amante de alguien, y el Arte de amar será el libro donde se encontrarán los consejos más eficaces para obtener los favores de una mujer”.

Lo que está permitido, desagrada.

Lo prohibido nos quema con más fuerza.

De hierro es el que ama lo que otro le permite.

Tengamos los amantes

un tanto de esperanza, otro de miedo,

y que deje un lugar para el deseo

de vez en cuando alguna negativa.

¿Para qué quiero yo una buena suerte

que nunca se preocupa por fallarme?

Yo no siento ningún amor por algo

que no me da ninguna vez molestias.

Ovidio, Amores, 2, 19

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Más allá de los curiosos consejos que Ovidio nos ofrece a la hora de conseguir el objeto de nuestro deseo en Arte de amar (cuidado del cuerpo y belleza –tintes, pelucas y peinados–, el vestido, la higiene, la utilización de cosméticos e incluso una lista de los poetas que la mujer “debe leer”), es llamativo el papel dominante que ostenta la mujer a lo largo de estas composiciones: es ella quien se alegra del poder que los dioses le han otorgado de poder atraer e los hombres, lo que exige ante ella una rendición sin condiciones. Por eso define Ovidio la tarea del amante como “una especie de servicio militar” (militiae species amor est).

Otro de los más sobresalientes poetas romanos, Lucrecio, se refería de este elocuente modo a la insaciabilidad del amor:

Se agita en nosotros este semen que robustece nuestros miembros en la edad adulta. […] Tan pronto como éste sale arrojado de sus asientos, a través de miembros y órganos, se retira de todo el cuerpo reuniéndose en determinados lugares de los nervios y excita al punto las partes genitales mismas del cuerpo. […] Al fin, cuando se ha precipitado fuera de los nervios la pasión acumulada, se produce una pequeña pausa del violento ardor por poco tiempo. Luego vuelve la misma locura y retorna aquel furor, cuando ellos mismos se preguntan qué desean alcanzar, y no pueden encontrar el medio que venza este mal: hasta tal punto inseguros se consumen en su herida oculta.

Catulo, por su parte, nos recomienda olvidar nuestros apasionados sentimientos cuando el objeto de nuestro amor resulta inaccesible:

Brillaron de verdad para ti soles luminosos. / Ahora ella ya no quiere ; tú, no seas débil, tampoco, / ni sigas sus pasos ni vivas desgraciado, / sino endurece tu corazón y mantente firme. / ¡Adiós, amor!

Pero, a la vez, el propio Catulo no duda en exponer lo inevitable de un flechazo, lo imposible que resulta no caer en las arteras trampas de Afrodita:

En cuanto te miro, Lesbia, mi garganta queda sin voz, mi lengua se paraliza, sutil llama recorre mis miembros, los dos oídos me zumban con su propio tintineo y una doble noche cubre mis ojos.

Y es que los sentimientos, en muchas ocasiones, resultan contradictorios: “Odio y amo. ¿Por qué es así, me preguntas? No lo sé, pero siento que es así y me atormento”.

Sexo Roma

Para entregarse al amor, Ovidio exige al hombre una absoluta disposición positiva de su voluntad, que debe rendirse y tornarse esclavo de la pasión. En épocas más antiguas, la mujer sólo era respetada en el caso de que hubiera contraído matrimonio. Sin embargo, Ovidio explica cómo los hombres libres se vuelven esclavos de su soñada compañera que, ahora, cobra un papel de ser todopoderoso: basta un simple gesto para hundir al aspirante en la desesperación, o bien, para colmarlo de la más excelsa felicidad. Recomienda incluso que el amante pase por alto las infidelidades de su dama, que puede (y debe, para mantener la pasión) permitirse pasajeros antojos. Eso sí, explica Ovidio, “que vuestra falta se lleve con disimulo y que guarde el decoro” (Arte de amar).

No vi nada que no fuera elogiable, y / desnuda la apreté contra mi cuerpo. / ¿Quién desconoce el resto? Fatigados / los dos nos entregamos al reposo (Ovidio, Amores, 1, 5).

A pesar de los posibles escarceos y diversos juegos eróticos que surgen entre los amantes, de repente, casi de manera inesperada, aparece el amor. Ovidio recalca que no es sólo el placer lo que se perseguía, sino sobre todo aprender a compartirlo. Así lo muestra en el siguiente texto de Arte de amar:

Detesto el abrazo que no deja jadeantes a uno y otro, y ésta es la razón por la cual soy menos sensible al amor con un joven muchacho; detesto a la mujer que se deja hacer porque debe dejarse hacer, que parece de piedra y que durante esos momentos está pensando en su rueca de hilar; el placer que se entrega por cortesía no me resulta nada agradable; no me agrada que mi amante sea refinada conmigo. Lo que me gusta es oír palabras que confirmen su goce, que me pida que vaya más lento y que me retenga. ¡Oh, que pueda ver yo los ojos de mi amante abandonados de la conciencia; que se sienta sin fuerzas y que me impida, largo rato, volverla a tocar!

El placer queda convertido en amor, y éste, en ternura, que acaba por unir a los amantes en un olvido de sí mismos. Explica Grimal que “poco a poco, Ovidio descubre y revela a sus lectores que al amor, si sabe conjugar armoniosamente la ternura y el reconocimiento, basta para llenar toda una vida y para crear entre dos seres un vínculo perdurable”. Dicho brevemente: la felicidad es finalmente alcanzada por el hecho de amar y sentirse amado.

Ordenas, Lesbia mía, que mi pene esté siempre a tu disposición: créeme, una minga no es como un dedo. Aunque tú la estimules con manos acariciadoras y con palabras, tu rostro imperioso actúa en contra tuya (Marcial, epigrama erótico).

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