Melancolía y suicidios literarios

Melancolía y suicidios literariosExisten volúmenes con los que, por una extraña afinidad, uno se encuentra en una librería y que, al igual que un imán, ejercen una poderosa atracción hacia el lector. En este caso, esta obra que Fórcola puso a disposición del público a mediados de 2014, Melancolía y suicidios literarios, de Toni Montesinos, además de presentar un extraño y sugerente título, funciona como un poderoso brebaje cuyo contenido puede resultar agridulce pero que, una vez probado, no se puede prescindir de él. Las líneas que encontrará quien se acerque a este libro encierran, en palabras del autor, una investigación que “busca encontrar puertas que comunican la reflexión y creación literaria, filosófica y artística sobre el hecho de darse muerte con las decisiones finales de los autores que llevaron su idea a término”.

El suicidio –la cuestión del sentido y de si la vida merece ser vivida o no–, explicaba Camus en las primeras páginas de El mito de Sísifo, es o debería ser el principal y único problema de la filosofía. El propio Tolstoi, en una anotación de su diario correspondiente al 13 de julio de 1852 escribía que “el suicidio es la expresión y la prueba más evidente de la existencia del alma; y su existencia es la prueba de su inmortalidad”. En esta página no es la primera vez que tratamos el asunto, de gran actualidad en una sociedad, la occidental, que lucha por salir adelante bajo la amenaza siempre acechante del voraz apetito capitalista. Un aspecto al que Montesinos llama la “incultura de la muerte”:

Hoy, en contraste con [algunas] citas grecolatinas, se percibe cómo las sociedades asumen de forma traumática todo cuanto rodea al suicidio, relegado aún a acto deshonroso o susceptible de ocultación, parcela marginal también reservada al depresivo-melancólico. Probablemente, no resultaría exagerado afirmar que Occidente vive de espaldas a la mortalidad y, muy particularmente, a lo que significa el suicidio.

En una línea similar, Juan Carlos Pérez Jiménez apunta en su libro La mirada del suicida, que:

Todo periodista aprende en sus años de formación que el suicidio no es noticia, a menos que el fallecido tenga una dimensión pública o el hecho adquiera, por algún otro motivo, relevancia social. […] La cuestión es que esta bienintencionada cautela informativa ha derivado en un silencio sepulcral en torno a una de las cuestiones que mayor atención requiere en nuestros días.

¿Se da, como ya anunciaran el propio Mainländer o Albert Caraco, una tendencia natural a la autodestrucción en la naturaleza? Mucho tiene que ver, en opinión de Montesinos, el suicidio con uno de los sentimientos que en mayor o menor medida a todos nos asalta en algún momento de la vida: la melancolía. Y es que, como ya escribiera Burton en su clásico tratado sobre ésta, “llamamos melancólico al que está embotado, triste, huraño, torpe, indispuesto, solitario, de alguna forma enternecido o descontento. Y de estas disposiciones melancólicas no está libre ningún hombre vivo”, pues “nadie es tan sabio, nadie tan feliz, nadie tan paciente, tan generoso, tan divino, tan piadoso que pueda defenderse; nadie está tan bien dispuesto que en uno u otro momento no sienta su dolor, más o menos. La melancolía, en este sentido, es una característica inherente al hecho de ser criaturas mortales”.

Durero melancolía

El individuo melancólico se caracteriza por una exacerbada conciencia de la realidad, que se le antoja como un permanente fracaso: un exceso de sensibilidad que ya Séneca describió como un “mal que nos roe y que se adueña de nuestro fuero interno: “Nos encontramos sin fuerzas para soportar nada, incapaces de sufrir el dolor, impotentes para gozar el placer, impacientes de todo. Cuántas gentes llaman a la muerte –prosigue Séneca–, cuando, después de haber ensayado todos los cambios, se encuentran con que vuelven a las mismas sensaciones, sin poder experimentar ninguna nueva”. Un sentimiento de tedio (auspiciado por el continuo y pesado pasar del tiempo) que tan elocuentemente describió Schopenhauer en toda su obra y que, tal vez, sólo encuentre salida a través del desasimiento eckhartiano. En palabras de Földényi en su libro Melancolía, de quien Montesinos se ocupa permanentemente y a quien toma como referencia al referirse a la maldición que sobre los suicidas ha recaído a lo largo de la historia:

Si no queremos exponernos a la tentación de la melancolía, debemos aceptar no sólo la existencia de Dios, sino también el carácter inequívoco del mundo garantizado por Él, y resignarnos al hecho de que compartimos el pecado, compartimos la salvación y compartimos también la gracia. Desde un punto de vista físico, el melancólico es el más frágil, el menos capacitado para la vida; pero más miserable que su fragilidad física es su estado espiritual y la consiguiente soledad y tendencia a la perdición. El melancólico se rompe la cabeza en cosas inútiles; esta fue durante más de un milenio la opinión generalizada.

Mujer tela araña Friedrich

La inolvidable mujer con la tela de araña, de C. D. Friedrich

El alma del melancólico se atormenta por la falta de sentido, por la carencia de un afuera al que hacer referencia y al que poder acudir en busca no ya de consuelo, sino de salida de un yo trastornado, anquilosado en el sí mismo. La vaciedad se apodera del interior. La perdición o la salvación carecen de significado. Nada, en absoluto, resulta motivo suficiente para aquietar el ánimo, y entonces aparecen los quebrantos físicos, la somatización que acompaña, como desagradable compañero de viaje, a los síntomas melancólicos. “Nada estaba del todo bien en mi yo corpóreo –escribía Styron–; había tics y dolores, a veces intermitentes, a veces aparentemente constantes, que daban a impresión de presagiar toda clase de espantosos males”.

El libro de Toni Montesinos, un ensayo pluridisciplinar bien escrito que hará disfrutar a todo tipo de público, aborda la figura del suicida como quien, precisamente (al contrario de la opinión establecida a lo largo de tantos siglos), ha dado con un sentido último, con una finalidad que trasciende la vida pero que, a la vez, termina con ella, como si de lejos escucháramos los versos de Guillén: “¿No nos importa la existencia? / El suicida, gran impaciente, / con un gran celo innecesario / da a su fin valor de simiente. / ¡Qué importancia cobra la vida!”.

Montesinos se ocupa, temáticamente, de figuras inmortales tales como Greene, Pavese, Cioran, Benjamin, Quiroga, Woolf o Zweig, entre muchos otras. El libro ofrece una panorámica lo suficientemente amplia como para que el lector pueda crear un panorama vasto y competente de las motivaciones y objetivos que el suicida pone sobre la mesa cuando decide, en expresión de Améry, levantar la mano sobre sí mismo. Pues, en palabras de Montesinos, “el suicidio permite la elucubración de la trascendencia, o vulgaridad al modo de Cela, de morir; aporta la posibilidad de proyectar el gesto mortal hacia el resto de la naturaleza y sus seres en el tiempo y el espacio”. Y recuerda El suicida, de Jorge Luis Borges:

Moriré y conmigo la suma / del intolerante universo. […] Estoy mirando el último poniente. / Oigo el último pájaro. / Lego la nada a nadie.

Un volumen del que se disfruta desde la primera página (repleto de referencias ineludibles muy bien elegidas), redactado con una prosa cadenciosa que permite presenciar la agonía personal y el contexto que rodea al suicida y su relación con el más alto grado de melancolía. Sin duda, uno de los libros más interesantes y enjundiosos de los publicados durante 2014.

Ya escribió Plinio que:

Es nuestra opinión que no hay que amar la vida hasta el extremo de seguir arrastrándola a cualquier precio. Cualquiera que sea tu condición, igualmente morirás, por obscena o nefanda que fuere la vida que viviste. Pues cualquiera tiene a su disposición el más eficaz de los remedios contra los males del alma: de cuantos dones otorgó la naturaleza al hombre, ninguno es más excelso que el de poder elegir la muerte a tiempo: lo sublime de esta forma de morir es que cualquier de nosotros puede optar por ella.

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