Tempus fugit: la permanente huida del tiempo. Una reflexión a partir de Leopardi y Baudelaire

LeopardiSi algo caracteriza al ser humano es la posibilidad constante de parar mientes en los acontecimientos pasados y trazar planes futuros. Entre ambos extremos se sitúa un presente que muy a menudo se nos escapa en tanto que hacemos de lo que no existe materia de nuestra reflexión. En uno de sus poemas más conocidos (“Le ricordanze”), Leopardi hacía hincapié en la añoranza de las fantasías juveniles, siempre seductoras desde la perspectiva de la madurez. El poeta, que más tarde influyó en la mirada trágica de Schopenhauer y Unamuno, dejaba anotado en sus cuadernos que “ciertas ideas, ciertas imágenes de cosas sumamente bellas, fantásticas, quiméricas, imposibles, nos deleitan al máximo, o en la poesía, o en nuestro propio imaginar, porque traen a nuestra memoria los recuerdos más remotos, los de nuestra infancia, cuando esas ideas e imágenes y creencias nos eran familiares y ordinarias”.

No es que Leopardi guardara el propósito de recuperar –al modo de Proust en su célebre y monumental novela En busca del tiempo perdido– los momentos ya pasados y por tanto irrecuperables, sino que más bien intenta, a través de sus poemas, evocar una imagen convertida en recuerdo del tiempo juvenil, con el objetivo de transitar de lo cercano en el espacio a lo ya lejano en el tiempo, poniendo de manifiesto el sentimiento de la perpetua caducidad de nuestra condición humana. A través de esta dinámica, el genio italiano instauró en sus escritos todo un modo de tratar con los recuerdos, con nuestra memoria, a través de la imaginación.

¡Oh, esperanza, esperanza: ameno engaño / de mi primera edad!. Siempre yo, hablando, / retorno a ti; pues por pasar el tiempo, / por mudarse de afectos y de ideas, / olvidarte no sé. Fantasmas, veo, / son la gloria o el honor; deleite y bienes, / mero deseo; en la vida no hay fruto, / inservible miseria. Y si vacíos / están mis años, si desierto, oscuro / es mi estado mortal, poco me quita / la fortuna, lo sé. Ay, pero cuando / en ti yo pienso, esperanza pasada, / y en mi primera, amada, fantasía; / y luego veo mi vida tan mezquina / y tan doliente, y que la muerte solo/ de tantas esperanzas hoy me queda; / siento un dolor, siento que plenamente / consolarme no sé de mi destino.

Leopardi, “Le ricordanze”.

En otro de sus poemas, quizás uno de los más hermosos (“Canto notturno di un pastore errante dell’Asia”), Leopardi establecía un diálogo entre un pastor y la luna, a la que interroga desesperado por la inanidad de nuestra existencia. Si en “Le ricordanze” el poeta intentaba posar su atención en las ilusiones personales y en un pasado siempre mejor, concentra aquí su investigación en el ser de las cosas en general. Ya en sus pensamientos redactaba su terror al verse rodeado por la nada, “yo mismo una nada. Sentía como que me ahogaba, al pensar y sentir que todo es nada, sólida nada”. Más allá de la mera constatación del dolor y la vacuidad que a su juicio todo lo gobiernan, indagó en la relación que a une a ambos misterios, el nexo entre la conciencia de la nada y el dolor que su descubrimiento nos procura.

Nace el hombre con pena, / y riesgo es ya de muerte el nacimiento. / Siente dolor y angustia / en el primer momento; y desde entonces / ya la madre y el padre / lo empieza a consolar de haber nacido. / Y cuando va creciendo / uno y otro le asisten, y por siempre / con gestos y palabras / intentan darle aliento / y consolarlo del humano estado: / otra misión más grata / no cumplen genitores con su prole. / Mas, ¿por qué dar al día, / por qué tener en vida / quien luego de ella consolar convenga? […] Tú, solitaria, eterna peregrina, / que vas tan pensativa, quizá entiendas, / esta vida terrena, / el sufrir nuestro y suspirar qué sean; / qué son este morir, este supremo/ demudarse del rostro, / y faltar de la tierra y alejarse / de toda amante, antigua compañía.

Leopardi, “Canto notturno di un pastore errante dell’Asia”.

El canto del pastor emana del sentimiento de que el cielo, infinito, percibe la incómoda nada que se extiende sobre nuestro ser, y que hace del tiempo una opaca cortina en la que sólo reparamos cuando no deja pasar la luz del sol. Leopardi no reduce el discurso del pastor a un penoso lamento, sino que desarrolla una reflexión dolorosa sobre la propia materia del pensar, sobre el carácter de ese sentimiento que, en nosotros, nos confirma que somos una nada en una aún más inmensa Nada. El tiempo, en este sentido, se nos escapa de entre las manos: somos víctimas de una sensación de inane repetición, cuyo único objetivo es conseguir una felicidad que siempre se encuentra en el pasado muerto o en el futuro inexistente. En realidad, nada transcurre en el tiempo, todo acontece en un intelecto repleto de ilusiones por cumplir; la ilusión por cumplir es para el hombre la única verdad que está en condiciones de sentir.

En el fondo, la mayoría de los hombres sólo quiere y ansía vivir para vivir. El verdadero objeto de la vida es la vida, y el ir y venir por el mismo camino arrastrando un carro muy pesado y vacío.

Leopardi, Zibaldone de pensamientos, 10 de agosto de 1821

Charles BaudelairePara Leopardi, si algo revela el talante de superioridad de los antiguos no es la felicidad que alcanzaron, sino el hecho de haber creado ilusiones en las que poder habitar. Las mitologías y religiones antiguas, así como la tragedia y la cultura de los griegos antiguos reflejan un mundo en el que, a pesar de constatar el dolor y la desesperación universal, revindican al mismo tiempo una fluida circulación de ilusiones (o “errores prodigiosos”, como Leopardi los llama) que mantienen en jaque el pesado sentimiento de la nada, de la permanente huida del tiempo. Por eso el tedio, el aburrimiento, supone a ojos del poeta italiano (adelantándose a tesis que más tarde plantearía Baudelaire) el perpetuo y funesto acompañante del hombre en su vida, vástago de la razón instrumental que aprisiona y arrincona el poder del mito, de la ilusión.

Frente a la permanente huida del tiempo y la inanidad de la existencia, Leopardi reivindica el poder de la imaginación, única potencia capaz de sortear los hirientes grilletes de la verdad; la ignorancia imaginativa, que no atiende a criterios racionales, sino sentimentales, nos abre la posibilidad de pensar, desde nuestra singularidad, en el infinito, en el ahínco por desbordar la conciencia del límite, destruyendo las coordenadas que nos anclan a la mortal condición humana. En este sentido, la experiencia del olvido del límite y la creación de grietas en el tiempo queda abierta de manos de la imaginación.

Sin embargo, y a pesar de ello, siempre se producirá lo que Baudelaire llamó más tarde “la caída en el tiempo”, el reencuentro con el límite y la constatación de la imposibilidad de superar la infelicidad de la existencia. Lo que el autor francés llamo “spleen” puede ser definido como una suerte de íntima melancolía que agarrota nuestras potencias más originales, paralizando la voluntad y asfixiando el alma; nuestras ansias de elevación quedan así abortadas y nuestros sentidos embotados por un sentimiento abrumador de pesar existencial. Baudelaire lo expresaba así en una carta dirigida a su madre en 1857: “lo que siento es un inmenso desánimo, una sensación de aislamiento insoportable, una ausencia total de deseos, una imposibilidad de encontrar cualquier diversión”. Como es sabido, las obsesiones centrales en la obra y en la vida del autor francés fueron la brevedad del tiempo y el avance inexorable del hombre hacia la muerte.

Hay que estar siempre ebrio. Nada más: ese es todo el asunto. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que os fatiga la espalda y os inclina hacia la tierra, tenéis que embriagaros sin tregua. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos.

Baudelaire, Los paraísos artificiales.

Tanto Leopardi como Baudelaire constituyen los antepasados directos de los existencialistas franceses de posguerra; en ellos, por sorprendente que parezca, rastreamos ya los efectos de la Modernidad: la náusea, el tedio, la incomunicación, el ser para la muerte, la soledad, el absurdo y la angustia. A pesar del esfuerzo de ambos, nada definitivo podemos hacer contra el carácter irreversible del tiempo (que el francés, asegura en Las flores del mal, “se come la vida”), que queda convertido en auténtico verdugo del género humano. En cualquier caso, Leopardi y Baudelaire no dejan de reclamar el lugar preeminente que la imaginación ha de ocupar, así como, en general, toda potencia que nos aleje de los angostos límites de lo racional. Lo que importa en última instancia es que nuestras percepciones y pensamientos nos conduzcan, en ciertos casos, a lo oculto, porque como ya explicó Novalis, “todo lo visible descansa sobre un fondo invisible; lo que se oye, sobre un fondo que no puede oírse; lo tangible, sobre un fondo impalpable”.

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