Melancolía, el auténtico infierno

La editorial barcelonesa Acantilado publicó un fascinante e hipnotizador ensayo del autor polaco Marek Bieńczyk en el que, a caballo entre la filosofía, la psicología y la literatura, asistimos al despliegue del sí mismo humano como un auténtico Kampfplatz o campo de batalla. El título, tan sugerente, reza Melancolía. De los que la dicha perdieron y no la hallarán jamás; un volumen al que el lector quedará enganchado desde las primeras líneas, gracias no sólo a la atractiva prosa de Bieńczyk, sino también y sobre todo por la agradable sencillez -sólo al alcance de los grandes escritores- mediante la que hilvana el apabullante bagaje histórico que tras de sí encierra el concepto de melancolía.

Bieńczyk posee el encanto de los clásicos, que tan bien endulza con las formas de expresión contemporáneas. Pero a la vez, no se deja embaucar por la engañosa retórica de lo melifluo: a este polaco no le tiembla el pulso cuando el tema requiere seriedad, pulcritud argumental y sequedad en la expresión. Tal combinación de erudición, dominio de la prosa ensayística y virtuosa capacidad de llegar al público sin artificios lingüísticos hace de Melancolía un tratado que, con sus apenas 160 páginas, regala al lector momentos de inigualable altura intelectual pero, también, de brillante calidad literaria. Pues no nos engañemos: si bien es cierto que esta obra atesora un docto y sabio acervo, también lo es que Bieńczyk, en el desarrollo histórico-crítico que pergeña en Melancolía, pone igualmente en juego todas sus armas narrativas. De manera que podría decirse que no es el propio Bieńczyk quien se dirige al lector, sino la misma Melancolía, que personificada a través de la pluma del autor, nos relata su más personal odisea a lo largo de los siglos; odisea que ha vivido desde un lugar singular: el corazón humano.   

“El que ha nacido melancólico extrae tristeza de cualquier acontecimiento”, afirma Freud. Todavía lo define mejor Fernando Pessoa: “Una nada que duele”. Esa “nada” es tan soberana que parece perdurar a pesar de todo como una indefinición pura: da lugar a un no sé qué, que ha salido de no se sabe dónde. Un “no sé qué” que no surge directamente del infortunio, sino que es un sentimiento de infortunio universal, una experiencia de la tristeza tan generalizada que, tras sepultar sus fuentes, nunca se refleja en el marcador de la existencia como un luto transitorio sino que se sitúa siempre en el denominador de la eterna duración.

Desde muy pronto, el ser humano intentó buscar explicación a una característica desazón que, sin razón aparente, se adueña desde fechas inmemoriales de nuestro ánimo, aprisionándonos en un universo de una finitud apabullante en la que el yo no es capaz de sobrepasar sus propios límites. Tal desazón crea así una laberíntica cerrazón en la que el individuo se sabe presa de un sentimiento de pesadumbre grundlos, sin fundamento. En vista del vasto y despótico dominio de tal sensación,  y sin haber siquiera dado con aquella ansiada explicación, científicos, filósofos y conocedores de la magia trazaron diferentes caminos para poner coto a lo que, al menos desde tiempos de Aristóteles, se dio en llamar “melancolía”. Ésta convierte el lenguaje, en expresión de Foucault, en una “sintaxis arruinada” que no permite al yo decirse a sí mismo.

Bieńczyk configura en este libro toda una genealogía de la melancolía que, como él indica, tiene por cometido poner sobre la mesa los efectos de esa “nada que duele” de la que Pessoa hablaba refiriéndose al desasosiego. En los individuos melancólicos, asegura Bieńczyk con palabras magistrales,

desaparecen todos los puntos de referencia que le unen con el mundo exterior, pero la negación apunta sobre todo al propio sujeto melancólico. En la melancolía aguda se llega incluso a negar el cuerpo […]. Freud, en su teoría, habla del melancólico como “caníbal”. Ese caníbal devora el objeto amoroso perdido, lo convierte en parte de sí mismo, pero al hacerlo se devora también a él mismo […] y si se acuerda de sí mismo, es sólo para hacerse pedazos con más ahínco.

Pero si por algo se caracteriza la melancolía, al fin, es porque no existe una trascendencia, un más allá que nos redima de este yo voraz que se ha hecho carne dentro de nosotros: no hay “una escatalogía melancólica. Su lugar lo ocupa una visión del mundo barroca, ‘horizontal’, que da cuenta ceremoniosamente de todos los seres y formas terrestres, animadas o inanimadas”, escribe Bieńczyk. Una afirmación que nos acerca mucho al tratado de la también ensayista Ana Carrasco Conde Infierno horizontal, que lleva por elocuente subtítulo “Sobre la destrucción del yo”.

Aunque sin saberlo, Marek Bieńczyk y Carrasco Conde entablan un implícito, interesante y sustancioso diálogo cuyo desarrollo arroja un mismo resultado: la capacidad del yo para devenir (auto)destructivo. Como asegura la autora de Infierno horizontal,

Sin afuera. La conciencia extrema desemboca en obsesión: es opresión, aplastamiento contra un muro. Mismidad opaca que atrapa al yo. La conciencia extrema es la conciencia de la imposibilidad de salida, no del afuera […]. Y ése es el infierno: cuando no hay salida ni nada que hacer, cuando lo que hay es yo y sólo yo.

A juicio de Bieńczyk, la melancolía nos hunde en una reflexión autorreferencial sobre las fronteras del yo, de manera que cualquier pensamiento acaba por convertirse en un espejo (speculum) que sólo es capaz de reflejar una mismidad cortocircuitada. Así, el individuo “permanece en un terreno entre la desesperación de no ser otro y la imposibilidad de ser uno mismo. Se produce entonces una especie de renuncia silenciosa, una renuncia directa al ‘yo’ que sólo se reconstruirá gracias a un trabajo circular de préstamos”, de forma que el yo melancólico, si por algo se caracteriza es a la vez por “la indefinición” y el “sentimiento de estar aprisionado”. O como escribe, en un sentido parecido, Carrasco Conde:

El yo se vuelve opaco, oscuro, aprisionado en sí y atrapado en el eterno bucle de la repetición. Y desespera porque sabe también que nada cambiará, que lo que él es coincide con su sufrimiento. No hay lugar para el olvido porque el condenado vive en el eterno presente del dolor. Nada pasa. Nada cura. Nada puede ser superado. Locura del ahora. Imposibilidad de cicatrización.

¿Existe medicina que acabe con la melancolía, o, como ya sugirió Nietzsche en su tercera intempestiva, existe el riesgo de que al investigar nuestro propio yo sucumbamos a una enfermedad de la que ningún médico pueda ya redimirnos? Como apunta la profesora Nuria Sánchez Madrid,

Lo peor que podría ocurrirnos sería quedar prisioneros de la espiral infinita del movimiento reflexivo, “quedar -cita a Carrasco Conde- inscrito en los surcos del tiempo de la mismidad sin afuera”. El fármaco más conveniente para salvarguardar la experiencia y el trato constructivo que el sujeto mantiene con las formas de la exterioridad es, sin lugar a dudas, la narración, que con su exigencia de producir siempre un tiempo nuevo, rompe con el bucle del sufrimiento inaugurando en todo momento nuevas perspectivas sobre uno mismo.

La melancolía nos sumerge, escribe Bieńczyk, en la más pura animalidad, o en palabras de Carrasco Conde, en el más tangible e insoportable presente, sin que haya lugar para la trascendencia. La “horizontalidad” que proponen ambos autores para describir la melancolía y el proceso autodestructivo del yo declina la posibilidad de ampararse, al final del camino -como ya hiciera Kierkegaard-, en el consuelo de un más allá inescrutable. Al final de su ensayo, Bieńczyk confiesa que

soy ajeno a la metamorfosis kierkegaardiana provocada por la idea trascendental, por mucho que ésta haya sido alcanzada por la experiencia de una melancolía tan auténtica, sentida y pensada hasta el final, que llegó a formar parte del filósofo de la pequeña joroba. Prefiero la melancolía cuando permanece aquí abajo y nos ofrece una representación alegórica del mundo; cuando no logra encontrar lo que ha perdido, cuando no se dispersa en el flujo de una personalidad que nos obliga a ser nosotros mismos y a ocuparse de nuestra propia forma y de nuestros propios deseos.

Y es que, si un lenguaje entiende la melancolía, es el de la pérdida y el extravío. Un sentimiento que el sujeto melancólico acoge como fulminante, pero -ya se ha dicho- carente de sentido o aparente razón. Aquella “nada que duele” de Pessoa se vuelve así tan familiar como extraña, y es el propio yo, extenuado, el que ha de buscar respuestas en una cárcel de la que él mismo es carcelero, pues “en la repetición -anota Carrasco Conde-, el yo ya no es libre”, pues se ha “encapsulado” en sí mismo y el infierno ha terminado por enquistarse en un más acá muy real. Quizás, el más real de todos.

Si el infierno no es un lugar, sí hay, en cambio, un lugar para el infierno: uno mismo. El mundo deja de ser el que era […]. Para llegar al infierno no es preciso ningún viaje, ni ningún traslado: sino que, para caer en el propio infierno, es necesaria una transformación desde el interior. El yo que se era queda atrás. Todo es ahora abismo […]. El infierno antes era uno común a todos. Ahora hay tantos como individuos creen estar en él. (Ana Carrasco Conde)

Dos ensayos para leer a la par, muy actuales, en los que la erudición deja paso al ardid literario de ambos autores, y que sin duda ayudarán al lector a comprender un fenómeno que, ni siquiera quien lo siente lo conoce, o como ya dejara escrito Kierkegaard, a quien Bieńczyk interpela constantemente:

Si se le pregunta a un melancólico de dónde procede su melancolía, qué es lo que la profundiza, nos responderá que no lo sabe, que no es capaz de expresarlo. Esta respuesta es de todo punto cierta, ya que en el momento en el que se descubre la causa, la melancolía se desvanece.

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5 comentarios en “Melancolía, el auténtico infierno

  1. siempre me atrapa el saber de uno, de ese ser o no ser, su lectura me transporta a lugares de la mente insospechado, agradezco a estos Seres, permitirme, sin ser especialista en estas lecturas que inspiran y me llevan de viaje a lugares no turísticos……..

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  2. Es una visión muy romántica y claro, filosófica . Hay varios errores, al menos desde lo que nos muestra el autor de los autores. Uno, aclarar desde qué postura hablan de yo. Por como lo leo, es un yo, como persona total. Por ende se comprende la reflexión. Sin embrago, desde las experiencias psicoanalíticas relacionales, es un error decir que el yo es el culpable, no, el yo está profundamente afectado en casi todas o en todas las funciones, pero la génesis no es allí: es un daño profundo en el sí mismo (self en kohut) que al perder donde ubicar a libido, sin objeto, ataca al yo…, y si no logra fijar luego esta libido en otras cosas, energizar nuevamente la vida, termina por aniquilar a la persona, y entra todo eso que describen en este texto muy bien en el proceso.

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  3. Y esta parte está fantástica. Completamente de acuerdo con ella: “Lo peor que podría ocurrirnos sería quedar prisioneros de la espiral infinita del movimiento reflexivo, “quedar -cita a Carrasco Conde- inscrito en los surcos del tiempo de la mismidad sin afuera”. El fármaco más conveniente para salvarguardar la experiencia y el trato constructivo que el sujeto mantiene con las formas de la exterioridad es, sin lugar a dudas, la narración, que con su exigencia de producir siempre un tiempo nuevo, rompe con el bucle del sufrimiento inaugurando en todo momento nuevas perspectivas sobre uno mismo.”

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  4. Espero leer ambos ensayos, aunque después de leer “Melancolia” de L. F. Foldenyi, veo difícil que se pueda profundizar más.
    Pienso que la más acertada aproximación a la la melancolía es como la “enfermedad del tiempo”, por eso está tan asociada al taedium viate y al sentimiento de la repetición.
    La web me parece una maravilla para los espíritus melancólicos y reflexivos como un servidor.
    Enhorabuena.

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