Emil Cioran, un habitante del sinsentido

Con el título Abandonar Costa Boacii (Ediciones del subsuelo, 2022) se nos presenta el último ensayo en español acerca del quejumbroso y meditabundo Emil Cioran, de quien de un tiempo a esta parte se habla en términos que, sin duda, le habrían supuesto un motivo de disgusto. Su autor, Oriol González Fàbregas, se distancia afortunadamente de esta tendencia que lo idolatra y convierte sus libros en meros breviarios de consuelo, y aborda al pensador rumano con un respeto mayor, logrado mediante un compendioso volumen de fragmentos que salva las conclusiones apresuradas.

A lo largo de sus páginas, jalonadas por recuerdos, citas librescas y, como no podía ser de otra manera, reflexiones filosóficas, el lector tendrá la oportunidad de intimar con muchas de las irreductibles facetas personales y filosóficas de Cioran, en las que simultáneamente trabará amistad, por ejemplo, con un espíritu beodo y apátrida, enloquecido con el siglo dieciocho francés; un espíritu filosófico —pues, aunque hiciera mucho por desmentirlo, fue tan filósofo como el marqués de Vauvenargues o La Rochefoucauld, quienes, entre chanzas envenenadas, similares a las del propio Cioran, deslizaron también palabras muy razonables— y, en fin, con un espíritu tortolito que bebe los vientos por sus jóvenes admiradoras.

Presa de la desesperación, una vez se abalanzó sobre un policía que se cruzó por la calle y le preguntó si el mundo, si él mismo existían. No sabemos qué contestó el agente.

Abandonar Costa Boacii. Cioran. Una época en fragmentos es un libro sencillo en su forma pero ambicioso en su propuesta: pintar una imagen representativa de aquel ser contradictorio, retorcido, contrahecho, cínico, fascinante y genial que, de niño, «jugaba al fútbol con calaveras», de joven «albergaba grandilocuentes sueños de emancipación, nacional o personal», de adulto «vivió en hoteles de estudiantes durante más de veinte años» y que, ya viejo, habiéndose pasado la mayor parte de sus días imprecando contra quienes seguían respirando en lugar de matarse («No avergonzarse de respirar es una canallada», decía), recomendaba a sus amigos con verdadera preocupación comer solamente verdura ecológica.

Apenas adolescente, la perspectiva de la muerte me horrorizaba; para huir de ella corría al burdel o invocaba a los ángeles. Pero con la edad nos acostumbramos a nuestros propios terrores, no hacemos nada por quitárnoslos de encima, nos aburguesamos en el Abismo.

Visitó y frecuentó durante un tiempo los tribunales, donde admiraba a los criminales reincidentes, «su desapego, su superioridad sobre las leyes, su victoria sobre la opinión». Y fantaseaba como un metafísico con esas dotes: «Qué saqueo de los misterios…».

Tarde o temprano, cada deseo debe encontrar su fatiga: su verdad…

La solvente alternancia entre anécdotas que vinculan a Cioran con la mentalidad de un niño malcriado y lúcidos aforismos extraídos de sus obras, a veces de un fulgor doloroso, que compromete la salud de los ojos y aun así obliga a mirar, encantando y extasiando con la brillante razón que emana de ellos, es la mayor virtud de este libro y lo que mueve a recomendar la adquisición de esta novedad editorial a quienes estén interesados en la obra de este genial pensador. Abandonar Costa Boacii se opone a los exaltados laudatorios que al alzar tanto a sus nimbadas figuras sobre la tierra las pierden en las alturas. Aquí Cioran mantiene sus atributos a la vista, tanto los buenos (que nos conmueven y nos sacuden) como los malos, que hacen a los buenos todavía mejores —ese es, en realidad, el gancho que arroja a sus lectores, quienes se hallan entretenidos incluso ante sus más mezquinas reflexiones en previsión del brillante desenlace que, por lo general, les sigue—. Hay que destacar asimismo que entre fragmento y fragmento se cuelan voces ajenas que no entorpecen la lectura, sino que la refuerzan, dejando en ocasiones la sensación de que expresan sin vergüenza a lo que Cioran alude tímidamente por razones de estilo, y en otras sencillamente disipando el hechizo de seducción que nos impide enfadarnos con él. «¡O la transfiguración histórica o la nada!».

A pesar de todo, continuamos amando; y ese «a pesar de todo» cubre un infinito.

Una vez me pidieron que hiciera un resumen del pensamiento de Cioran; me pilló de improviso. Creo que balbuceé algo sobre su ineptitud para acomodarse a las corrientes intelectuales de su época y su estupendo manejo del diccionario francés. Pocas palabras seguidas de un silencio terrible. Algo torpe. Tan torpe que no supe salvar la situación de otra manera que por medio de la vieja treta disuasiva de recitar el primer fragmento que acude a la memoria y que suele reconducir la conversación por donde uno quiere. Por suerte, vino uno en mi ayuda que retuve con claridad de la lectura de De lágrimas y santos: «El único argumento contra la inmortalidad es el aburrimiento», y que, por lo visto, surtió el efecto deseado, pues después de escupirlo, para mi alivio no tuve que darle más vueltas al asunto. Mi interlocutor asintió, esbozó un gesto severo, entrecerró los ojos y me espetó que ya entendía de qué iba la cosa. Pues bien, Abandonar Costa Boacii está lleno de citas similares, escogidas perlas de cianuro ideales para quien busque acercarse a Cioran sin violentar demasiado el tono, la cadencia y, en general, la fisiología de su pensamiento.

Gracias a la melancolía escalamos desde nuestro lecho todas las cumbres y soñamos en lo alto de todos los precipicios. Aburrirse es mascar el tiempo.

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