El filósofo idiota: una interpretación de un clásico de Dostoyevski

Las grandes obras encierran insospechadas interpretaciones. Lo que las hace grandes no es tanto su calidad indiscutible, su originalidad o su atemporalidad, sino la capacidad de hacer grandes a sus lectores. Es decir, uno es mejor después de haber leído, por ejemplo, El idiota de Dostoyevski, porque el autor le llena de emociones, de ideas, de pasiones que a él le eran desconocidas y le incita a plantearse lo que no se hubiera planteado si no se hubiera asomado a la inmensidad de la obra.

El personaje que crea Dostoyevski, quizá el más autobiográfico de su producción, ha sido considerado como la personificación de la bondad candorosa, quizá la encarnación del hombre bueno, «en el buen sentido de la palabra», por utilizar la expresión de Antonio Machado. Se llama Lev Nikoláievich Myshkin, un joven ruso de veintiséis años, con el tratamiento de príncipe, descendiente de un antiguo linaje de la nobleza rusa, que ha pasado cuatro años en una clínica suiza tratándose la epilepsia. Cuando muere su benefactor, se ve obligado a volver a San Petersburgo con el fin de conocer a Lizaveta Prokofyevna, una pariente lejana casada con el general Yepanchin.

El príncipe Myshkin llega a la casa del general la mañana de un 27 de noviembre. Yepanchin lo interroga sobre sus intenciones y le pregunta sobre de qué piensa vivir. El joven responde que «de cualquier cosa», a lo que el militar exclama: «¡Ah, veo que es usted un filósofo!». Se interesa por algún talento específico que pueda tener y que le permita ganarse el pan de cada día. «No –responde Myshkin–, no creo ni tener talento ni capacidad especial para nada. Más bien lo contrario, ya que soy un enfermo y no he tenido una educación normal» (cap. 3). La única virtud del joven es su excelente caligrafía, de la cual es examinado por el general. A continuación, éste lo presenta a su esposa Lizaveta Prokofyevna y a sus tres hijas: Alexandra, Adelaida y Aglaya, con quienes mantiene una larga conversación. Ahora, la generala y las tres hermanas ponen a prueba sus dotes de narrador. Con sincera inocencia por su parte y sin sentirse examinado, como en verdad lo estaba por parte de las cuatro mujeres, habla de su enfermedad, de la vida y de la muerte, de la pena capital, del arte, de los burros… todo ello con aparente incoherencia, y cuenta a la madre y a las hijas sus experiencias durante su estancia en Suiza.

En el capítulo sexto de la Primera Parte habla sólo Myshkin. Relata la relación que tuvo con los niños y el maestro del pequeño pueblo donde transcurrió su estancia en Suiza durante cuatro años. También explica la relación con una mujer llamada Marie, de la que no queda del todo claro si estuvo o no enamorado.

El Sócrates ruso

Allí, en aquel pueblo suizo, no había más que niños, comienza diciendo el príncipe Myshkin, por lo que pasaba todo el tiempo con ellos. Pero no les enseñaba, porque ya tenían un maestro, llamado Jules Thibaut. Refiere que «les contaba todo y no les ocultaba nada», lo que ocasionó que los padres y el maestro se enfadaran con él y se convirtieran en sus peores enemigos, mientras que los chiquillos le comenzaban a tomar estima.

Incluso el director del sanatorio, Schneider, le llamaba la atención por interferir en la educación de los niños, pues, aunque no les enseñaba nada reglado, les hablaba de las cosas de la vida, algo que los adultos creían que no se debería revelar a los pequeños.

Sin embargo, Myshkin tiene otra idea, piensa que…

a un niño se le puede decir todo, ¡todo! Siempre me ha chocado –confiesa– lo mal que las personas mayores conocen a los niños, lo mal que los padres y las madres conocen a sus hijos. A los niños no se les debe ocultar nada so pretexto de que son pequeños y de que es demasiado temprano para que conozcan algunas cosas. ¡Qué idea tan triste y nefasta! ¡Y qué bien se dan cuenta los niños mismos de que los padres los consideran demasiado pequeños e incapaces de comprender nada, cuando en realidad lo comprenden todo!

Las ideas pedagógicas de Myshkin son realmente novedosas por cuanto considera que para educar a los niños hace falta conocerlos y confiar en ellos. A un niño se le puede decir todo, absolutamente todo, porque está preparado para aprenderlo todo. El pretexto de que son demasiado pequeños es un subterfugio de los adultos para no ofender su pueril inocencia. El príncipe, sin embargo, al margen de lo que establecen las normas sociales y contraviniendo a la autoridad académica, encarnada en el maestro Thibaut, y la moralidad establecida, representada por el anonimato de los padres y madres y encabezada por el director del sanatorio, dialoga con los niños. Ni él ni el maestro les enseñaban nada, sino que, confiesa, «eran ellos los que nos enseñaban a nosotros».

Por lo dicho hasta ahora y por lo que se verá más adelante, el príncipe Myshkin –por lo menos en este capítulo de El idiotase comporta socráticamente y bien se le puede otorgar el calificativo de filósofo. La sociedad de ese pequeño pueblo suizo donde se encuentra el sanatorio psiquiátrico de Schneider y donde enseña el maestro Jules Thibaut es una imagen del ambiente sofístico de la Atenas del siglo V a.C.; los niños, una metáfora de los jóvenes con los que dialogaba Sócrates a soslayo de sus padres, y el príncipe Lev Myshkin la reencarnación rusa del pensador ateniense.

«Las personas mayores –dice el Sócrates ruso– no saben que un niño, hasta en un asunto difícil, puede dar un consejo muy bueno. ¡Ay, Dios mío! Cuando ese pajarillo tan bonito nos mira confiado y feliz, ¿no sería vergonzoso engañarle?». Myshkin aprecia la inocencia de los niños, su no-ciencia, la ignorancia de la que puede nacer, como por arte mayéutica, el conocimiento, ese incluso que creemos inaccesible a los más pequeños. Por eso, no hay nada mejor en el mundo que un pajarillo, que es como él llama a los niños.

La sabiduría vilipendiada

Entre la Apología de Platón y el Evangelio de san Mateo, Myshkin afirma: «Es con los niños con lo que se cura el alma». Confiesa que al principio ellos no le tenían afecto, porque era feo, extranjero e iba desmañado, se reían de él e incluso le lanzaron piedras cuando vieron que besaba a Marie, una joven del pueblo un tanto especial.

Las oyentes de su relato se ríen de lo que ha dicho y por eso, el príncipe se apresura a decir que en ello no había ni una pizca de amor, sino de compasión, pues Marie era una criatura desgraciada. Vivía con su madre muy anciana y enferma en una casucha cedida por el ayuntamiento donde vendían cintas, hilo de coser, tabaco y jabón. Marie tenía unos veinte años, era débil y muy delgada, con principios de tisis. Trabajaba limpiando casas. «Un viajante de comercio francés que por allí pasó –cuenta Myshkin– la sedujo y se la llevó; ocho días más tarde la abandonó y desapareció, dejándola desamparada». Ella regresó al pueblo limosneando por los caminos: llegó llena de harapos y medio descalza con un fuerte resfriado. Nunca fue bonita, pero «sus ojos eran dulces, bondadosos, inocentes». Marie era terriblemente taciturna.

Cuando llegó al pueblo, entró en su casa y se tiró al suelo a los pies de su madre. Todos fueron a verla, sucia, despeinada, deshonrada: «los viejos la condenaban e insultaban, los jóvenes se reían de ella, las mujeres la injuriaban también, la condenaban y la miraban con el desprecio con que se mira a una araña».

Marie cuidaba de su madre enferma hasta que esta murió. Entonces, todo el mundo comenzó a despacharla de sus casas, nadie quería darle trabajo. «Los hombres dejaron incluso de considerarla mujer y le decían toda clase de obscenidades», y se reían de ella. Desde su regreso anduvo siempre descalza y desde la muerte de su madre vivió en las afueras.

A Marie no la quería nadie. Nadie se acercaba a ella y nadie quería darle trabajo. Sólo un vaquero permitió que fuera con el ganado, como una vaca más, y le daba las sobras de su comida. Durante el funeral de su madre, fue cruelmente despreciada por el pastor que oficiaba, un «hombre todavía joven, cuya principal ambición era llegar a ser un gran predicador», el cual la señaló con el dedo y dijo:

Ahí está quien ha sido la causa de la muerte de esta mujer respetable y ahí está ante vosotros sin osar levantar los ojos porque ha sido marcada por el dedo de Dios; ahí la tenéis, descalza y harapienta, ¡una advertencia para aquellas que pierden la virtud!

El príncipe Myshkin se limita a comentar que ella no fue la causa de la muerte de su madre, porque ésta llevaba dos años enferma, y que esa acusación cruel y vil «agradó a casi todos». No dice nada de lo que Marie representa; quizá Dostoievski se lo guarda para sí. Porque no es difícil interpretar que la joven desahuciada es la encarnación de la sabiduría, sí, la sabiduría de la que, como Lev Myshkin la aman a su manera los filósofos y la desprecian los sofistas. Marie simboliza la sabiduría en sus horas más bajas (la decadencia de Occidente, según la interpretación «oficial»), vilipendiada por los nuevos sofistas, representados por el viajante de comercio francés y el joven pastor lleno de ambición y vacío de amor, quien la acusa de la muerte de «lo respetable», a saber: la moral establecida, la religión, el orden social, y a quien señala como la responsable de la pérdida de la virtud sofística, esa que fortalece la opinión de la mayoría y las convenciones sociales.

La sabiduría, que para los filósofos era hermosa y amable, a la cual sólo se podían acercar de modo contemplativo, de la que estaban enamorados, como dice el príncipe, pero no osaban amarla, es decir, poseerla completamente, la encuentra Dostoyevski, en el relato de Myshkin, llena de harapos, abandonada, rechazada, marginada, debilitada, vilipendiada, odiada incluso. La sabiduría (la «sofia», la joven Marie) necesita de un filósofo que la recoja, la cuide, la cure, la proteja, la ame… por encima de los convencionalismos sociales y culturales, porque la filosofía es un asunto más antiguo, independiente o anterior a lo social y cultural. Y ese filósofo tiene que ser idiota, a saber, no un «sofós» de alta alcurnia, sino uno que, como Sócrates, tenga la humildad, o idiotez, de reconocer su ignorancia; uno que, como Sócrates, rompa los esquemas cristalizados por el orden establecido como un jovenzuelo un farol de una pedrada; uno que, como Sócrates, no tenga otra autoridad que la de plantear las cosas de otra manera; uno que, como el príncipe Lev Myshkin, no sea sospechoso de albergar otra ambición que no sea la de cuidar a una joven pobre y enferma. La falta de filosofía, parece denunciar el escritor ruso, ha llevado a la sabiduría a la situación en la que se encontraba en su tiempo –y se halla también en el nuestro–, perfectamente personificada en Marie. Y reclama la emergencia de un filósofo idiota, que, como el niño en el cuento de El traje nuevo del emperador, haga ver lo que todo el mundo ve, pero nadie quiere ver por miedo a los sofistas.

El rescate de la sabiduría

La acusación del pastor contra Marie en mitad del funeral agradó «a casi todos», pero… «entonces –continúa contando el príncipe– se produjo un incidente singular: los niños salieron en su defensa porque ya entonces estaban de mi parte y habían empezado a tener afecto a Marie». ¡Cómo deben de estar las cosas, debía de pensar Dostoyevski, para que la sabiduría tuviera que ser rescatada por los niños! Porque no hay peor ciego que el que no quiere ver, la sociedad desprecia la sabiduría y, aun viendo que el emperador va desnudo, aplauden su exquisito vestuario. Pero los niños no saben ver lo que no ven –por eso les hacen mirar hacia otro sitio–, no están todavía hechos a las convenciones y, aunque están estudiando para entrar en la sociedad, aún no han aprobado el examen de ingreso.

Pero, al principio, comenta Myshkin, los niños, que estaban siendo preparados por su maestro para aprobar ese examen, se pusieron en su contra. Así, cuando un día el príncipe quedó con Marie detrás de un árbol para entregarle los ocho francos que le dieron por un alfiler con diamante que valía cuarenta por lo menos, la besó sin malas intenciones porque le tenía mucha lástima y nunca la había juzgado culpable, sino desgraciada. Ella por su parte le besó la mano y cuando él quiso besar la suya, la retiró al momento. «Fue entonces –explica el príncipe– cuando, de pronto, los niños nos vieron» y comenzaron a gritar y silbar y a reír. Comenzaron a tirarles piedras y Marie salió corriendo. Aquel día toda la aldea «se revolvió» contra Marie e incluso querían llevarla ante el juez.

Myshkin, el filósofo idiota, sólo tenía una forma de proteger a Marie, la sabiduría rechazada, que era ganarse a los niños. Y para ganárselo solo halló un modo: hablar con ellos. «Poco a poco empezamos a conversar; yo no les oculté nada, les dije todo». Esta fue la razón de su éxito, no ocultar nada y decir todo, algo que, parece, no hacía el maestro Jules Thibaut. Como Sócrates en Atenas, a escondidas de los mayores, Lev Myshkin dialogada con los niños del pueblo, les contaba cuentos y les hacía reflexionar sobre todas las cuestiones. Y ellos comenzaron a sentir cariño por Marie e incluso la buscaron y le dieron de comer. Eso ocurrió un par de semanas antes del funeral y, por eso, los chiquillos salieron en su defensa en mitad de la iglesia.

Como era de esperar, ya le ocurrió a Sócrates, Myshkin fue acusado «de hablar a los niños como si fueran personas mayores sin ocultarles nada» y «de corromper a los pequeños», por supuesto, la acusación añadía subrepticiamente que tampoco honraba a la religión porque, desde aquel día del sermón en la iglesia, los niños comenzaron a tirar piedras a las ventanas de la casa del pastor. Pero Thibaut y Schneider, el maestro y el dueño del sanatorio mental, no llevaron la acusación tan lejos como Meleto y Anito: simplemente prohibieron a los niños acercarse a Marie y a Myshkin lo dieron por loco. Pero los pequeños de la aldea visitaban a escondidas a la joven, la cuidaron, la vistieron y la calzaron. «¡Qué delicados y tiernos –exclama Lev Myshkin– eran sus pequeños corazones!».

Pero la joven abandonada estaba cada vez más débil y enferma, a duras penas salía con el ganado, casi siempre tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en una roca. Se adormecía respirando con fatiga y no se dejaba ver por nadie. ¡Así se hallaba la sabiduría entre las gentes de aquel pequeño pueblo! Solo se sentía feliz cuando los niños y el filósofo idiota la visitaban, y ella con profundo agradecimiento le besaba las manos, temblaba y lloraba. Pero «cuando nos íbamos –cuenta Myshkin–, Marie volvía a quedarse sola, inmóvil como antes, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la roca; quizá soñase con algo».

«Quizá soñase con algo», quizá con volver a ser la joven bella que fue, la mujer deseada pero no tomada, amada y respetada. Pero al final, sola y abandonada, cayó gravemente enferma. Entonces, las viejas del lugar fueron a cuidarla y en la aldea comenzaron a compadecerse de ella. No dejaban, sin embargo, que los niños asistieran a su final, pero ellos la saludaban por la ventana y le decían: «Bonjour, notre bonne Marie!», «Nous t’aimons, Marie!». Y a ella ese saludo la reconfortaba. Y gracias a ellos, a los niños, aunque «en el último momento se consideró como una gran pecadora», Myshkin dice que «murió casi feliz».

Al funeral de Marie acudió poca gente. Y sólo los niños cubrieron su féretro de flores y lo acompañaron al cementerio. Fue entonces cuando se inició la persecución del filósofo idiota, quien tenía a los niños de su parte y, según Schneider, les aplicaba un nocivo sistema de educación. Pero Myshkin no tenía otro sistema que el de escucharlos y hablar con los chicuelos. «Yo mismo –afirma– era un verdadero niño, un niño en todos los sentidos». Y cuando estaba con ellos «experimentaba una sensación muy fuerte de bienestar» y se olvidaba de su melancolía.

No le gustaba, sin embargo, estar con los adultos, quienes le tomaban por un idiota. Myshkin es consciente de ello y lo acepta, acepta que en otro tiempo estuvo enfermo y parecía un idiota, pero ahora se pregunta: «¿qué clase de idiota puedo ser ahora cuando yo mismo comprendo que me toman por idiota?». Como si dijera: ¿qué clase de ignorante puedo ser si reconozco que no sé nada, si he sido testigo del olvido, del maltrato y de la muerte de la sabiduría? ¿Qué clase de idiotez es esa? La respuesta no puede ser otra que la idiotez del filósofo, la despreocupación absoluta de lo útil, lo mundano, lo funcional, lo ventajoso, lo establecido, y un amor casi misericordioso por la sabiduría, esa que, en su tiempo, y también en el nuestro, se halla vilipendiada, ninguneada, despreciada, cuando no sepultada. El filósofo idiota habla con humildad y sencillez, como un niño; no sabe nada, por eso, ama la sabiduría y la reconoce, porque, como dice a la generala y a sus hijas al final del capítulo: «Quizá también tenga yo mi idea».

3 comentarios en “El filósofo idiota: una interpretación de un clásico de Dostoyevski

  1. Gracias, gracias, gracias por recordarme la lectura de esa inolvidable obra de Dostoievsky y más que todo por su aguda interpretación de la misma. Queda mi bolsa de aprendizaje feliz por esta nueva visión de ese gran escritor que me ha enseñado que las obras que tienen el color, el olor y las vivencias personales son memorables y valiosas y este escritor tuvo el genio de saber contarlas!

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  2. TERRIBLE y muy triste 😞 como escriben generalmente los escritores 😞poetas y filósofos rusos😢tal cuál se comporta la sociedad consumista y materialista

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