Nietzsche, Cioran y Borges frente a la muerte

Como es difícil aprobar las razones que invocan los existentes, cada vez que se separa uno de cualquiera de ellos la pregunta que viene al espíritu es invariablemente la misma: ¿cómo será que no se mata? Pues nada más natural que imaginar el suicidio de los otros. Cuando uno ha atisbado, por una intuición devastadora y fácilmente renovable, su propia inutilidad, es incomprensible que cualquier otro no haga los mismo. ¡Suprimirse parece un acto tan claro y simple! ¿Por qué es tan raro, por qué todo el mundo lo elude? Es que, si la razón desautoriza el apetito de vivir, la nada que hace prolongar los actos es sin embargo de una fuerza superior a todos los absolutos; explica la coalición tácita de los mortales contra la muerte; no solo es símbolo de la existencia, sino la existencia misma; es el todo. Y esa nada, ese todo no puede dar un sentido a la vida, pero la hace al menos perseverar en lo que es: un estado de no-suicidio

Emil Cioran, Breviario de podedumbre.

Si cegados por la razón occidental sistematizadora, que todo lo ordena y estructura, intentáramos encorsetar bajo parámetros de un todo coherente el pensamiento desplegado de este gran pensador, Emil Cioran, estaríamos asfixiando el espíritu de un librepensador, de un espíritu desahuciado por sí mismo que sólo se sostiene bajo el supuesto de una indagación continua, perturbadora y, por honesta, a veces contradictoria o vacilante, al menos.

Cioran es, a su modo particular, un Nietzsche derrotado; su obsesión por la búsqueda de algún sentido o alguna certeza sobre la valía del humano, fracasa sin alternativa -¡como si lo hubiese logrado el pensador al que se atribuye haber anunciado “la muerte de Dios”!-. ¿Cuál es el punto que bifurca la singladura de uno y otro?

Mientras que Nietzsche se limita a decir lo que estaba aconteciendo, y con esa profética clarividencia es capaz de identificar ese horizonte -que no destino fatal- que se despliega ante el ser humano, el cual no es más que un dejarse atrás a sí mismo, para dar paso al superhombre, es decir, aquel sujeto activo, que desde una actitud nihilista, construye nuevos valores desde los que sea posible la vida –o la afirmación de su doble vertiente, el dolor y el placer, como la única forma posible de no negarla, y caer en las redes de una cultura que la desnaturaliza-, Cioran personifica aquel nihilista pasivo o negativo que, según el propio Nietzsche, se siente impotente ante el desafío de ser él su propio dios y gestar un presente que es ya en sí mismo la condensación del pasado y el futuro, ese eterno retorno del instante, como rito metafórico de quien posee la fortaleza de querer  lo que ya sucede, aunque eso se reprodujese por toda la eternidad. El pensador de origen rumano es un abatido por la lucidez, por entender que en el humano hay fundamentalmente deseo, y no voluntad propiamente.

El deseo arrastra a la acción y ese distractorio nos impide pensar -nos esconde la verdad-; la voluntad quiere, y en el caso de su antecesor quiere poder, autoafirmarse, sostener la vida con todo su desgarro y brutalidad, sin amagos ni lenitivos. Para el franco-rumano, por el contrario, desear nos mantiene vivos porque la frustración continua es el motor que no nos permite dejar de desear. Si el deseo se cumple, llega a su fin ya no es por naturaleza deseo, sino tendencia a la desaparición del sujeto, y por ello el querer definitivo.

Esta diferente perspectiva de lo humano impele, quizás a su pesar, a Cioran al abismo; pero a una oquedad llena de nada, en la que, al igual que vislumbró Camus, no queda más que plantearse con seriedad y hondura lo que el filósofo francés calificó del único y auténtico problema metafísico de la filosofía: ¿por qué no me suicido?

Sin embargo, Cioran no tiene respuesta: “¿Por qué no me mato? Si supiese exactamente lo que me lo impide, no tendría ya más preguntas que hacerme puesto que habría respondido a todas” (El aciago demiurgo). A pesar de lo irresoluble de la cuestión, y tal y como se muestra en el texto introductorio, todos somos capaces de forma externa y objetiva de observar el sufrimiento, el padecimiento ajeno y sorprendernos de que el otro no se mate, aunque aplicado el interrogante a uno mismo, reconozca que no puede responderse de forma convincente.

No obstante, acaso por sustentar su propia incoherencia con cierta dignidad, aduce que es la nada -desautorizada toda justificación racional- la que con su fuerza superior nos conduce a prolongar los actos, como si fuesen impulsos irrefrenables, que nos permiten entender este pacto entre la existencia o la nada y el no-suicidio. La nada como objeto de deseo es mera insatisfacción, y el deseo se define propiamente por tener un objeto de posible consecución. Parece que ese único objetivo alcanzable del desear sea la propia muerte, de ahí que Cioran argumente que el estar deseando nada nos lleva a una acción continua. De alguna manera, la nada que constituye existir es la misma que me llevaría a no-existir, a la autodestrucción. Ante una carencia de razones internas y subjetivas contundentes para cometer el suicidio, la alternativa de mantener la vida no parece menos razonable. Nuestro continuo desgarro vital es tan continuo y a menudo contradictorio entre sí que unas desgracias parecen equilibrarse con las otras, y, por ende, poseemos los mismos motivos para vivir que para no vivir.

En contraposición, y precisamente fortaleciendo la creencia de Cioran de que no puede construirse un sistema de pensamiento sin verse abocado a la mentira y a la falsedad, en cuanto lo que hay es fluctuante, inaprehensible y se resiste a totalización alguna, el autor de afirma contundentemente en otra de sus obras fragmentarias: “No hay posición más falsa que la de haber comprendido y permanecer vivo” (Del inconveniente de haber nacido). Y es que la ceguera, muy común y extendida, nos mantiene al margen de la intensidad y del desgarro que implica la lucidez. La iluminación -curioso juego lingüístico que remite a Heráclito, Platón y una parte significativa de la tradición griega- es “decepción fulgurante, otorga certeza que transforma al desengañado en liberado”, ya que no espera lo imposible, no se siente acuciado por la tragedia, sabe que llegará en su momento sin necesidad de impacientarse.

Aquí la pregunta que cabe interponer a Cioran es: ¿de qué se ha liberado el iluminado? ¿Es la certeza de que la vida es dolor, sufrimiento y desgracia una auténtica liberación? Lo es si aceptamos que, siendo lo que hay como es, la actividad más honesta es acometer contra toda falacia; hacer de destructor total -incluso de uno mismo- precipitando todo al vacío que amaga, encarnizándose con cualquier idea que pueda esclavizarnos y cegarnos, para asumir que la nada, el nihil, es la desvinculación de cualquier estrategia de evasión, no estar apegados o adheridos a nada, porque todo es la nada.

Visto esto, no podemos más que sospechar que el filósofo franco-rumano careció de la valentía suficiente que él atribuye al suicida:

Se mata uno, no dejan de repetir, por debilidad, para no tener que afrontar el dolor o la vergüenza. Tan sólo no se ve que son los débiles precisamente los que, lejos de intentar escapar, se acomodan a ello por el contrario y que se precisa vigor para arrancarse de todo de una manera decisiva.

Emil Cioran, El aciago demiurgo.

Al contrario, pues, de lo que acostumbra a enjuiciarse cuando se habla de actos suicidas, Cioran reconoce que el valor es propio de quien asume el acto final, definitivo, el gesto absoluto (como lo denominó López-Petit), y que acaso sea el que carece de él quien se mantiene existiendo ante, como referíamos anteriormente, motivos contundentes que infrinjan el coraje necesario para destruirse por fin.

Aun así, parece cierto según el autor que:

El que no ha pensado nunca en matarse se decidirá a ello mucho más prontamente que quien no cesa de pensar en ello. Como todo acto crucial es más fácil de cumplir por irreflexión que por examen, el espíritu virgen de suicidio, una vez que se sienta impulsado a él, no tendrá defensa alguna contra este impulso súbito; se verá cegado y sacudido por la revelación de una salida definitiva, que no había considerado antes; en tanto que el otro podrá siempre retrasar un gesto que ha pesado y vuelto a pesar indefinidamente, que conoce a fondo y al que se resolverá sin pasión, si es que alguna vez se resuelve a ello.

Emil Cioran, El aciago demiurgo.

Es decir, nuevamente la falta de reflexión y de indagación llevan a actuar con más prontitud e impulsión aquello sobre lo que no se ha pensado. Aquí, deberíamos hacer referencia a todo aquel que los pesares y encrucijadas de la vida, le llevan por desesperación a suicidarse. La falta de referentes, de sentido, pero también las circunstancias socioeconómicas y las relaciones humanas complejas llevan a muchos a ese gesto final arrostrados por un impulso, un deseo de muerte, que según Cioran deja de ser deseo para ser querer, sin la profundidad de un análisis pausado de qué implica seguir existiendo en oposición al no-existir.

El suicidio, ese tabú que, al menos de las culturas occidentales, silencian con la mísera justificación de no provocar el denominado “efecto Werther”, pero que sospechamos es desterrado de todo debate público con el fin de no asumir la parte de responsabilidad que la sociedad y su estructura tienen en estos actos autolíticos.

Finalizamos con un poema de Jorge Luis Borges, al que tanto admiró Cioran, y que constituye la guindilla de la cuestión abordada.

El suicida

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.

16 comentarios en “Nietzsche, Cioran y Borges frente a la muerte

  1. Pingback: EL VUELO DE LA LECHUZA: CIORAN, NIETZSCHE Y BORGES ANTE LA MUERTE – FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTO

  2. Ødradek pasó por aquí, pero despierto, mientras sigo viéndolos dormir y me pregunto si algún día el hombre podrá despertar, es decir, escogerse a sí mismo.
    …y no se suicida porque sabe que no puede acabar con la Vida, pues sabe que a pesar de suicidarse la vida sigue, pretende con la idea del suicidio acabar con la vida y no con su vida.
    y lo que llamas iluminación no es iluminación.

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  3. Pienso , que las reflexiones de los filósofos aludidos, reflejan las convulciones del mundo en que han vivído. Un mundo destrozados por las guerras y los conflictos , sin salida y sin esperanzas. Han enfrentado, el vacío y la nada y el sufrimiento. Sin escapatoria!! ¿El derrumbamiento de su mundo?. No existe pensamiento sin contexto, creo quem de esa forma hay que comprenderlo.

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    • Gracias Gloria, de acuerdo contigo. Sin embargo cuando hablamos de autores clásicos es precisamente porque se han sustraído al contexto que los determinaba planteando en sus obras y literariamente obras que parecen no perder nunca la vigencia….

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