Nietzsche: el despertar de una nueva aurora

NietzscheFriedrich Nietzsche no sólo fue un gran filósofo y escritor; también ha pasado a la historia como una suerte de poeta e incluso como un profeta que hizo del pensamiento asistemático y aforístico una de sus máximas −siempre a través de un estilo cautivador y atractivo, con una presencia masiva de metáforas, narraciones e imágenes diversas−.

Este genio alemán nació en Röcken un 15 de octubre de 1844, en el seno de una familia de pastores luteranos. Desde muy pronto estuvo íntimamente ligado a su padre, cuya pérdida, años más tarde, le causó gran impresión. De él nos cuenta el propio Nietzsche que fue un hombre “dotado de espíritu” con “un corazón ardiente, adornado con todas las virtudes de un cristiano, vivió una vida pacífica, simple y feliz, siendo amado y admirado por todos los que lo conocieron”.

En sus años de infancia y adolescencia, el joven Nietzsche se vio atraído hacia el arte, una faceta que nunca dejó de atender a lo largo de su existencia. Como explica R. J. Hollingdale, biógrafo del pensador, “el artista que había en Nietzsche fue su salvador. Puesto que era un artista a la vez que un pensador, evitó los vicios de la filosofía alemana”, es decir, los propios del mero profesionalismo: “una atmósfera cerrada −prosigue Hollingdale−, libros en lugar de vida, incapacidad para comunicar descubrimientos al mundo en general, desprecio del buen estilo, endogamia, falta de cultura general, seriedad espantosa”.

El apellido Nietzsche suele asociarse unívocamente con la célebre sentencia, proclamada en La Gaya ciencia, de que “Dios ha muerto”. Sin embargo, pocos saben que en sus primeros años nunca cuestionó −ni deseó cuestionar− su educación religiosa. En Aus meinem Leben (Sobre mi vida), documento autobiográfico de forma y contenido poco usuales (si tenemos en cuenta que fue redactado en su más tierna adolescencia), leemos: “He experimentado ya muchas cosas −alegría y dolor, situaciones agradables y dolorosas− pero en todas ellas Dios me ha conducido sabiamente como un padre que guía a su débil y pequeño hijo […] He decidido firmemente dedicarme para siempre a Su servicio”. Pocos datos hacían presagiar que, años más tarde, esa misma cabeza fuera la artífice de las siguientes palabras:

Despertar del sueño. Antiguamente hombres nobles y sabios creyeron en la música de las esferas; hoy hombres nobles y sabios continúan creyendo en el “significado ético de la existencia”. ¡Pero algún día esta música de las esferas dejará de ser perceptible a sus oídos! Despertarán y notarán que su oído había estado soñando (Nietzsche, Aurora, §100).

Ya en su período en Pforta, donde acusó diversas crisis existenciales debido al opresivo ambiente, su interés principal se cifró en la poesía, que rivalizaba con su perenne e insaciable sed de conocimiento. Su primer poema conocido fue redactado el 10 de agosto de 1859, donde se habla del poeta como de un apátrida. Por esa razón, precisamente, el poeta se siente libre:

Cabellos veloces me llevan, sin temor ni desaliento, a través de lejanos lugares. Y todo el que me ve me reconoce, y todo el que me conoce, me llama hombre sin patria [heimatlosen Herrn]. Nadie se preocupa se preguntarme dónde está mi casa: tal vez yo no haya estado nunca encadenado al espacio ni a las fugaces horas, soy tan libre como el águila.

nietzsche-hollingdaleQuizás sea la vida el motivo último de su pensamiento, que ya encontramos en su primer ensayo netamente académico: El nacimiento de la tragedia. Nietzsche interpreta la historia de nuestra cultura occidental como una suerte de proceso de decadencia: la explicación que hasta ahora se ha ofrecido del mundo y de la existencia del hombre es equivocada y se encuentra viciada desde sus orígenes. El fundamento divino (o trascendente) del sentido de la vida terrena es, en realidad, una crasa mentira que ha de ser desenmascarada. De tal manera que Nietzsche intenta, a lo largo de toda su obra, destapar un fundamento nuevo e inmanente: terrenal, humano. En el conjunto de su producción, Aurora supone el resultado de los primeros meses de “filósofo errante” que nuestro autor pasó tras abandonar de modo definitivo su puesto docente en Basilea. Una filosofía errante que mucho se asemeja a aquel sentimiento de libertad que reclamaba el poeta sin patria.

Aunque hasta la redacción de Aurora debió transcurrir una transformación paulatina y, podemos decir, dolorosa. La rebeldía de Nietzsche fue alimentada año tras año gracias a su rápido y voraz desarrollo intelectual. En una carta de 1862 declaraba a dos amigos que “el cristianismo es esencialmente un asunto del corazón. […] Lograr la felicidad mediante la fe no es nada más que mostrar la antigua verdad de que sólo el corazón, y no el conocimiento, es lo que puede hacernos felices”. Casi en la misma época, aseguraba que “la ilusión de un mundo supraterrenal ha colocado al espíritu del hombre en una falsa relación con lo terrenal”, pensamiento muy cercano a algunas sentencias de Zaratustra. Finalmente, en el mismo 1862, apunta en su ensayo Fatum e Historia que “desde nuestros primeros días nos encontramos bajo el yugo de la costumbre y el prejuicio y entorpecidos respecto al desarrollo de nuestro espíritu por la impresión de nuestra infancia”. Nietzsche ensayará durante toda su vida un intento por deshacerse de tales cadenas, que le llevarán, precisamente, al cuestionamiento y crítica de los cimientos de la moral occidental judeocristiana.

Pero son las siguientes palabras, también de 1862, donde se expresa definitivamente el carácter agónico de aquel que se adentra en la senda del pensamiento. La incertidumbre sobre nuestras convicciones es condición necesaria para desarrollar sanamente la inteligencia:

La lucha es el alimento perpetuo del alma, que sabe muy bien cómo extraer la dulzura de ella. El alma destruye y al mismo tiempo alumbra nuevas cosas […]. Lo que el espíritu desea es avanzar hacia mayores alturas y mayores profundidades.

Para Nietzsche, con Aurora se abría una nueva vida, libre de las ataduras institucionales y, en paralelo, libre también de los amarres simbólicos que hasta aquel momento lo habían ligado a Wagner y el esteticismo. Nietzsche presenta esta obra como el “monumento de una crisis”, negando a su través que el mundo pueda tener un sentido ético. El objetivo último de Aurora es, como el filósofo asegura en Ecce Homo, “abrir su campaña contra la moral”. En el prefacio de 1886 Nietzsche declara convencido que su intención es socavar nuestra confianza en la moral, analizando para ello sus funciones y fundamentos tradicionales: el deber kantiano, la felicidad, la compasión (siempre caracterizada bajo la rúbrica de Schopenhauer), así como las morales supuestamente altruistas.

El nuevo despertar que se anuncia en Aurora supone el anuncio de la inversión definitiva de todos los valores, capaz de otorgar confianza a todo lo hasta el momento despreciado, prohibido y maldito, analizando el origen de tales términos y poniendo sobre la mesa su contingencia y arbitrariedad. Frente a las morales de la renuncia voluntaria y la culpa, Nietzsche propone una moral aristocrática centrada fundamentalmente en la vida (entendida incluso fisiológicamente) y el cuerpo. Toda moral existente se ha encargado, al contrario, de desviarse de la propia vida, llegando a declarar al cuerpo como un invitado efímero y despreciable.

Pues al postraros entusiasmados y ofreceros en sacrificio, disfrutáis aquella embriaguez del pensamiento de ser uno con el poderoso, ya sea un Dios o un hombre, al que os consagráis: os consumís en el sentimiento de su poder, atestiguado una vez más por un sacrificio. En realidad sólo aparentáis sacrificaros, mientras con el pensamiento os transformáis en dioses y os deleitáis como tales (Nietzsche, Aurora, §215).

En Aurora (cuyo subtítulo reza “Pensamientos sobre los prejuicios morales”) los lectores de Nietzsche podrán dar con tres temáticas principales: la genealogía de la vida contemplativa; la idea de un nuevo despertar de la humanidad que facilitará la salida (nunca fácil) de las viejas morales basadas en tradiciones y costumbres, así como el viaje hacia la nueva moral, construida por una nueva raza de creadores; y, por último, el descubrimiento de una nueva pasión, la pasión por el conocimiento que no niega los instintos y que, lejos de ello, se basa en ellos; un conocimiento, por tanto, basado en los valores de la vida, una pasión por la verdad hasta sus últimas consecuencias. La compasión es una debilidad que aumenta el daño y el dolor en el mundo, por lo que ha de ser repudiada: el cristianismo sólo produjo una religión muy rica en espíritu a partir de hombres hambrientos de sumisión y de entusiastas de la devoción, pero carentes del sentimiento de poder. Al ligar la infelicidad con la culpa, el sufrimiento se ha añadido al sentimiento de verse reprobable y reprobado: “Para la nueva educación del género humano. Vosotros, serviciales y bienintencionados, ¡colaborad ya en la obra única de erradicar el concepto del castigo, que tanto ha proliferado en el mundo entero, hasta anegarlo! ¡No hay hierba más maligna!”.

En este libro se encontrará a un “subterráneo” en plena labor, a un perforador, un horadador, un socavador. […]Entonces emprendí algo que no podría ser asunto de cualquiera: descendí a la profundidad, horadé el fondo, comencé a explorar y a socavar una antigua confianza sobre la que nosotros los filósofos llevamos unos cuantos milenios construyendo como si del suelo más firme se tratara, una y otra vez, a pesar de que hasta ahora todos los edificios se han derrumbado. Comencé a socavar nuestra confianza en la moral. ¿Es que aún no me entendéis? (Nietzsche, Aurora, “Prólogo”).

La vida de Nietzsche siempre estuvo encabezada por la ambición de encontrar la verdad, y así, él mismo explica en una carta de 1865 dirigida a su hermana Elizabeth (escandalizada por los comentarios hirientes del hermano hacia la religión cristiana) que “la inseguridad siempre acompaña a la independencia. […] ¿Acaso lo que buscamos cuando investigamos es sólo el descanso, la paz, la felicidad? En modo alguno; es sólo la verdad lo que nos interesa. […] Y es aquí donde los hombres se dividen: si lo que deseas es mantener la paz del alma y la felicidad, entonces cree; si lo que ansías es ser un discípulo de la verdad, entonces investiga”.

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