Rainer Maria Rilke o el umbral entre lo visible y lo invisible

Rilke jovenRilke es uno de esos poetas que, cuando se pega al alma, no se desprende jamás, porque, de algún modo representa la esencia misma de la poesía. Seduce princesas y embelesa a todos, pero nunca se deja atrapar. Itinerante y viajero, exhibe la fragilidad del que huye de sí. Deambula por castillos, aunque en verdad habita el mundo material desde un intersticio intangible donde sobrevive dejándose imbuir por la potencia de la palabra divina. Rilke es un poeta místico que escucha voces, como antaño los vates a las musas, pero acepta ser mundano. Nunca se permite desbarrancar en la locura, quizás porque desde pequeño se acostumbró a ceder su cuerpo como medio de expresión de ideales ajenos. Con esa mirada febril, glauca, absorta en lo desmesurado, lo vemos ya entonces sustituir a la hermana muerta para complacer a su madre desconsolada. Vestido de niña, la falda tableada y un lazo cerrándole la blusa, finge a disgusto despojarse de su identidad, como más tarde, placentero, consentirá que lo atraviesen ángeles y otros muertos, entre ellos, Orfeo, el mítico poeta que supo escapar del Hades tras el intento de recuperar a su amada. Igual que otros grandes escritores en lengua alemana, si bien nacido en la Praga del imperio austrohúngaro, añora el sol, la pasión y la espiritualidad del sur mediterráneo. Por eso, reside sobre un acantilado en la costa adriática donde se yergue el castillo de Duino, rastrea las huellas del Greco evaporándose bajo el cielo de Toledo y se abisma con la visión del primitivismo taurino, extasiado de vértigo ante el Tajo de Ronda. Se enamora del icono intelectual de la época, de Lou Salomé, por quien cambia de nombre, para entablar finalmente una profunda amistad. Y muere –según dicen– a la manera en que sólo podría hacerlo un poeta: tras pincharse con la espina de una rosa, a la que se dedican sus propios versos en el epitafio de su sepultura:

Rosa, oh contradicción pura, alegría

de no ser sueño de nadie bajo tantos

párpados.

La primera de sus Elegías de Duino es una de las cumbres de la poesía universal, donde arte y pensamiento se funden íntimamente. Ofrece una proclama estética completa, todo un programa explicativo y propositivo del arte, basado en una ontología, cercana a las de Schelling y del Romanticismo alemán temprano. Rilke interpreta el arte como reflejo de la vida misma, como un acto místico por el cual el poeta conecta con un absoluto que trasciende cualquier límite, norma o medida, hasta el punto de poder aniquilar al sujeto mismo. Así, la belleza se asimila a lo sublime y se convierte en antesala de lo siniestro, transformándose en un velo que recubre un mundo de horror, brutal y doloroso, de pasiones incontenibles y destructoras, en definitiva, una máscara, una apariencia que escamotea un abismo sin fondo cuya visión se resquebrajaría si no se lo enfocase a través de algún filtro. Esto deja al poeta en un estado de irremisible soledad, precariedad e inquietud que conecta directamente con una situación crítica de desprotección y con el deseo de retener o salvar lo efímero. No hay duda de que estos sentimientos están asociados a la condición existencial humana de desamparo, de permanente tránsito entre opuestos, de oscilante circular desde dentro hacia fuera, desde lo finito a lo infinito, de lo vivo a lo muerto, y viceversa. Sin embargo, se exacerban en tiempos bélicos o turbulentos, cuando la vida pierde valor porque se encuentra expuesta a un permanente riesgo de desaparición, como de hecho ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, época en la que el poeta inició la composición de esta obra.

¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las Órdenes

de los ángeles? Y si supuestamente alguno

me estrechara de repente contra su corazón, yo sucumbiría

ante su existencia más poderosa. Pues la belleza no es nada

sino el comienzo del horror, de lo que apenas podemos soportar

y, si lo admiramos, es porque imperturbable desdeña

destruirnos. Todo ángel es horroroso.

Rilke paseo

Como en la poesía arcaica, la invocación instaura el acto poético y lo hace desde el completo aislamiento, requisito de cualquier acto creador. El poeta se opone a la totalidad, de la que él mismo se excluye. Se enfrenta a una infinitud, en principio muda e infranqueable, dado que se sustrae a la acción subjetiva. Toda la actividad humana es concebida como un intercambio entre estas dos esferas opuestas, por lo que la existencia consiste en bordear una y otra vez un abismo, en habitar un mundo fisurado, morando precisamente en la herida, en el desgarramiento que divide y, sin embargo, también facilita el tránsito entre esos dos ámbitos. En definitiva, el hombre anida en el umbral donde se establece el paso entre lo visible y lo invisible, entre la vida y la muerte, entre la soledad clausurada de nuestro interior y lo abierto o sin fronteras, entre lo cambiante y lo eterno. Doble encrucijada, pues, ya que en ese portal también convergen el pasado y el futuro originando un presente inasible que fluye sin cesar. Así, lo propiamente humano estriba en desintegrarse y dispersarse en las diferentes dimensiones temporales, a causa de su propia imperfección. La fluencia y el permanente cambio entre lo que ya fue y lo que puede llegar a ser, entre lo necesario y lo posible, resulta de esa misma herida que mutila y acota lo finito, pero a la vez expresa la descompresión requerida de lo que aspira a completitud y ansía la ocasión de realizarla.

Invocar al Ángel, hacerlo resplandecer en la poesía, dejar que su voz se adueñe del poeta, es condición para apartar el ego del juego estético y vaciarlo de la miseria de sus intereses particulares poniéndolo al servicio de esa existencia más fuerte, a la altura de las grandes potencias universales. En verdad, la estética de lo sublime convoca a lo siniestro, a lo que ha dejado de ser íntimo, familiar y ha perdido su capacidad de acogernos. Se da cuando el misterio se desenmascara, y lo escondido, temido o prohibido se hace presente en lo real. Pero ese esplendor de la luz desveladora sólo encubre la separación y trascendencia de lo divino con la ilusión de la cercanía, de la inmanencia.

Voces, voces. Escucha, mi corazón, como antaño

sólo escuchaban los santos, de tal modo que el llamado gigantesco

los alzaba del suelo; pero ellos, los imposibles,

seguían ahí de rodillas, indiferentes:

así estaban escuchando. No es que tú puedas soportar

la voz de Dios, ni mucho menos. Pero escucha el soplo,

el mensaje incesante que se forma del silencio.

Al final, la escisión impera a todos los niveles. Primero, con la dimensión superior de los ángeles, habitantes de lo invisible, pero capaces de un saber pleno donde coexisten y se relacionan de forma esencial y sutil los opuestos: la luz y la oscuridad, lo grandioso y lo trivial, lo próximo y lo lejano, la realidad y el ensueño. Además, existe también entre los humanos, que habitan en medio de la inseguridad agazapada tras las interpretaciones, cuyo doble registro siembra la sospecha y encubre el desacuerdo o la disensión. Los animales se mantienen astutamente al margen de los pliegues del pensar, en ese mundo plano ligado al instinto, reiterando sus conductas para escabullirse del tiempo y del permanente tránsito entre los miembros de la escisión. Ante semejante estado de difracción, crece el deseo de retener lo que horada el ser y lo anquilosa. Así, se anhela lo desterrado, aquello que la misma inteligencia ha convertido en extraño. Por eso, se busca nostálgicamente la unidad con lo irremisiblemente otro, por ejemplo, en la noche o en la recuperación de lo pasado.

[…] Tal vez nos queda todavía

algún árbol en la ladera que podamos contemplar

de nuevo cada día; nos queda la calle de ayer

y la mimada fidelidad de una costumbre

que se complació en nosotros y así permaneció y ya no se fue.

Rilke escritorio

Pero esa unidad que se ansía, que se persigue agónicamente y con desesperación, por ejemplo, en el caso de los amantes, se escurre. Se deshace entre mentiras o en la ocultación mutua de la suerte de ambos, porque la soledad es, en verdad, radical. Y ello significa que en el amor nunca se da una verdadera comunicación, sino sólo coexistencia de dos soledades o intentos frustrados, que al final se revelan como autoengaños o idealizaciones. En suma, la búsqueda de la unidad, siempre infructuosa, forma parte de la condición humana, cuya esencia se encuentra inconclusa, resulta inestable y en constante movimiento. Por esta razón, la transfiguración de lo separado se impone como un deber que únicamente la poesía es capaz de cumplir de forma acabada.

En el pasado se levantaba, acercándose, una ola

o cuando pasabas tú junto a la ventana abierta

se entregaba un violín. Todo eso era misión.

Al final, sólo la poesía puede reconstruir lo ya dividido y darle una cierta permanencia, devolver lo muerto a la vida, recuperarlo para que no caiga en el olvido. Está claro que ese proceso de retención se logra mediante la interiorización de lo que se vive como externo y su transfiguración a través del lenguaje. La palabra, entonces, se convierte en una especie de varita mágica que infunde la energía de la totalidad en las partes aisladas, descoyuntadas, trashumantes, y vuelve a animarlas haciéndolas eternas. En este flujo entre lo visible y lo invisible, en el solapamiento entre lo temporal y las dimensiones de la eternidad, se manifiesta la unidad cambiante de lo real. Con ello, la existencia humana, sin dejar de ser frágil y menesterosa, queda inexorablemente conectada con la universalidad y la plenitud, liberándose y enalteciéndose ante sus carencias. De este modo, la poesía consuela y redime. Rescata al propio poeta, que experimenta el proceso de liberación de sí en su interior, salva a los que escuchan su canto y rehacen con él el proceso de desasimiento y entrega al flujo universal, y emancipa al universo entero, cuyos seres también piden ser partícipes de esta transmutación.

Sí, al parecer las primaveras te necesitaban.

Algunas estrellas te exigían que las percibieras.

Así, la heroicidad no consiste tanto en resistir, impertérritos e inquebrantables, porque, en su infinitud, lo otro terminaría por doblegar nuestra dureza. La intrepidez y la valentía están más bien en permanecer en nuestro sitio, es decir, en el umbral, dejándonos traspasar: permeables, flexibles, hechos uno con lo que alberga el mismo límite entre las dimensiones opuestas del ser. En esa batalla de energías contrarias está el riesgo y lo que hace de la vida un hecho grandioso y memorable.

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