Rimbaud, un ángel de alas rotas

Rimbaud niñoLas palabras no se escriben, se transitan. Nomadismo y literatura han sido expresados por una misma voz que intenta escapar y proyectarse dentro del absoluto de la inmanencia. ¿Contradicción? No, no la hay. En él acontece el milagro de una grandeza que camina por el lodo. Es Rimbaud, el ángel de alas rotas.

En los caminos, el fango hace parte de las maneras en que se poetiza el peregrinaje. La belleza puede transfigurar cualquier expresión, inundar de plenitud el más mínimo e insignificante instante. La perfección se alcanza cuando la sensibilidad bendice la música del silencio, cuando el alma acoge totalmente la abundancia del vacío.

La poesía ha logrado decir con él lo que Platón hacía manifiesto en el Ion. El poeta está poseído, está entusiasmado, habitado por un dios. Habría que decir me piensan. Rimbaud no pudo expresar de mejor manera, en su carta del vidente, lo que el ateniense había señalado ya, por supuesto, de manera peyorativa en su invectiva contra la poesía. Recupera el poder que hace vidente a quien recorre el desarreglo de todos los sentidos. Esta videncia, este poder, no son propiamente accesos a utopías, sino configuraciones de una posibilidad en la que el espíritu humano se permite entrar más allá de las márgenes en las que suele concebir su probidad y su exégesis propia. No por otra razón los poetas fueron expulsados de La República, han de estar más allá de la Razón, han de bogar por corrientes que le son ajenas.

No es suficiente leer a Rimbaud para comprender el sentido, o los sentidos, de su poesía. La letra es el mundo en el que se proyectan sus sueños, la existencia es la ruta múltiple en la que se definen sus encantamientos verbales. Si el verbo se hace carne es en Rimbaud, este logos encarnado, esta acción que deviene inmensidad, oquedad, superficie, marginamiento, amplitud, estímulo y, también por supuesto, muerte.

Rimbaud Poesía AlianzaNos es posible identificar la magnificencia de una alquimia que ha encontrado su más puro elixir en el desplazamiento, y la profundidad de una mirada que no permite sucumbir ante la ambición de la banalidad poética cuando Rimbaud se deja perder en los horizontes que el cénit funde. Renunciar a la poesía hace parte de la amplitud poética misma, abandonarse entre la abundancia de los días que postergan la muerte. Es esa la continuidad que ilimitadamente descubre la extensión del espíritu que, al negar su comodidad, declara el hondo sentido de la caída y el hundimiento.

La sacralidad postergada de un dios que en su ritual anuncia la ruina. Los besos de la noche sobre el cuerpo enfermo. Rimbaud deja palpitar su corazón sobre el desierto que calcina su alma. Las cartas que escribió desde su exilio exponen el derrotero de quien anuncia su inmersión en la opacidad de toda búsqueda, de todo afán por conquistar un firmamento que está siempre negado. Esas cartas en las que se condensa la exégesis de un réprobo que lucha contra su propia condena.

Cada paso dado puede asimilarse a un verso. No actualizaremos lo suficiente nuestra comprensión de esta particularidad si no acreditamos la presencia poética de su inmersión en los desiertos de Harar. Para expresarse no es necesario estar convencido de la suficiencia de las palabras. Sus viajes son renacimientos y ocasos, metáforas y presencias; en el alma humana la belleza se instaura a partir de mil formas, también mil vacíos. Esos equívocos dan forma al sendero por el cual se vive, esto es, se realiza un peregrinaje cuyo fin se desconoce. Rimbaud en territorios que le son adversos. ¿Habitó sin embargo alguno que no lo fuera?

Los pasos de un poeta suelen ser leves. Recorren búsquedas infructuosas, hacen manifiesta la correspondencia del hombre con la casi totalidad de sus carencias. La poesía de Rimbaud no se agota en sus palabras, en ella es más importante abrirse paso hacia una vida que no culmina, porque tampoco ha definido un inicio. Así es identificable la desaprensión de quien pudo sentar la belleza en sus rodillas para morar un instante, sin exigir prerrogativas que le otorgaran la posibilidad de instaurar un dominio sobre sí en el terreno propio de su marcha. De acuerdo a innumerables páginas escritas sobre el genio de Charleville, la transitoriedad de su poesía no parece culminar con el abandono de la literatura, hecho que ahora nos parece anecdótico, si a él paralelamente contraponemos la perspectiva de su destino errante, sin límites. Los caminos trazados no tienen realmente una meta, lejos de especificar un interés expresan la irrelevancia de una existencia condenada, cuyo ostracismo autoimpuesto permite constituir un proceso vital comparable al del solitario de Sils María.

Rimbaud Infierno AlianzaLa correspondencia de Rimbaud es quizá uno de los manifiestos más excesivos en donde sea posible identificar el papel que logró jugar su constitución errante. A la penumbra de su nombre en Abisinia como mercader, contrabandista, traficante de armas, amante, amigo, poeta de sus pasos, corresponde tan sólo la concentración del delirio representado en la exigua significación que para él tenían las palabras que alguna vez escribiera. Los procesos que el poeta vive a lo largo del periodo en que la literatura se había convertido en algo gris, difuso, y decididamente insoportable, excluyen la palabra poética para reemplazarla por la actividad poética. Esta última, mucho más directa, se ha vuelto carne, ha transfigurado el fenómeno poético en sucesión de acontecimientos, plena vitalidad, esbozo y finalidad simultáneos que no toleran la indulgente presencia de la palabra. Así, el poeta se ha vuelto un exiliado del ser, habitante obcecado del vacío que configura toda vida. Rimbaud es de esta manera un nuevo héroe trágico. Libre, altivo, y al mismo tiempo, vencido por un destino que somete al yugo de su inmensidad, la mortalidad sólo redimida por la memoria.

Es el ángel que vuela hacia el abismo. Dentro de una condición despojada de toda suntuosidad y altivez, cae, desciende construyendo un enigma, porque justamente tal descenso implica una experiencia solemne. Es el poeta que abre la significación y el sentido hacia la infinidad, es el hombre que culmina su siempre infructuosa búsqueda, es la disonante conclusión de una vida en la que se justifica el silencio, en la que se instaura la ruptura y el vuelo libre de un espíritu hacia la nada, legándonos todo.

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