“Narciso y Goldmundo”: la ignota obra maestra de Hermann Hesse

Narziss und GoldmundGeneralmente poco conocida, Narciso y Goldmundo (Narziss und Goldmund) pertenece a uno de los últimos períodos de creación de Hermann Hesse, aunque representa, sin embargo, una de las lecturas que mejor nos permite acercarnos a la biografía y al pensamiento de su autor. Obras anteriores como El lobo estepario (Der Steppenwolf, 1927), Siddharta (1922) o Demian (1919) copan de manera habitual los anaqueles de los aficionados a la narrativa, dejando de lado en algunas ocasiones otros títulos de gran importancia. Es sin duda en Narciso y Goldmundo un promontorio del todo adecuado desde el que observar la profundidad a que Hesse conduce numerosos puntos comunes que desarrollará a la largo de su carrera, y que se concentran de manera magistral en la confección de los dos personajes principales.

La historia puesta en juego gira en torno al descubrimiento mutuo, lucha y conciliación final entre dos realidades –en principio– antagónicas: lo erótico-sensitivo y lo ideal-espiritual. En un diálogo que mantienen aún siendo jóvenes, Narciso explica a Goldmundo: “Vuestra patria es la tierra y la nuestra la idea. El peligro que os acecha es el de ahogaros en el mundo sensual; a nosotros nos amenaza el de asfixiarnos en un recinto sin aire”.

Y digo “la historia puesta en juego” porque en este caso la narración cobra el papel de mero continente de lo realmente valioso de esta novela. En ella asistimos al choque frontal, y a la posible reconciliación, entre dos formas distintas y extremas de entender la vida –de dos cosmovisiones presuntamente opuestas–. Lo que pasa y lo que hace que las cosas pasen (el orden de lo histórico y el orden del sentido) se sitúan en planos de importancia muy distintos, primando el segundo aspecto sobre la mera acción.

“Ahora veo con claridad, por vez primera, que hay muchos caminos para el conocimiento y que el del espíritu no es el único y acaso no sea el mejor”, confiesa Narciso a Goldmundo al final de sus respectivos viajes vitales, transidos de una experiencia tan divergente como enriquecedora y avasalladora. Ambos personajes llevan hasta las últimas consecuencias sus propios ideales, libre y deliberadamente asumidos: Narciso, como noble y puro varón alejado de la vida terrenal, de la que huye por propia convicción; Goldmundo, como hombre apegado a los goces sensitivos, para quien incluso las palabras y los pensamientos llegan a carecer en algunos momentos de su biografía de utilidad u hondura alguna: “Sentía con claridad –se dice– todo lo que era importante y hermoso, el vigor juvenil y la sana, sencilla belleza del cuerpo femenino, su enardecimiento y su apetencia”, mientras que, por su parte, Narciso puja por apearse de un universo, el carnal, que estima a la larga insulso y del todo insuficiente. Al contrario, reflexiona Hesse sobre uno de los capítulos más trascendentes de la vida de Narciso:

Y, sin embargo, lo hacía y lo sufría [todo], lo sufría de buen grado y, en el fondo, se sentía feliz. Era necio y arduo, complicado y trabajoso, amar de esa manera, pero era maravilloso. Era maravillosa la tristeza oscuramente bella de aquel amor, su locura y su desesperanza; eran hermosas aquellas noches sin sueño llenas de cavilaciones y de temores del corazón; era hermoso y exquisito todo aquello…

Ambos son conscientes del componente polémico, conflictivo y violento que contiene la vida, y siempre, fieles a sí mismos, luchan por situarse “allí donde pueda servir mejor –apunta Narciso–, donde mi modo de ser pueda servir mejor, mis cualidades y dotes puedan encontrar terreno más propicio, el mejor campo de acción. No hay ningún otro objetivo”. Pues todo cuanto vive, finalmente, ha de enfrentarse a la experiencia del fin, momento en el que habrá que valorar si las acciones han servido a un ideal pleno, al que poder entregarse sin miedo a negar la propia voluntad. Bajo la negrísima sobra de tan irremediable dictum, replica de este modo Goldmundo a su amigo:

¿Tienes miedo, Narciso –le dijo–, te horripilas, has advertido algo? Sí, mi estimadísimo amigo, el mundo está lleno de muerte, lleno de muerte; sobre cada vallado aparece sentada la pálida dama, escondida detrás de cada árbol, y de nada vale que edifiquéis muros y dormitorios y capillas e iglesias, porque atisba por la ventana, y se ríe, y os conoce a todos, y en medio de la noche la oís reírse ante vuestras ventanas y pronuncia vuestros nombres. ¡Seguid cantando vuestros salmos y encendiendo hermosos cirios en los altares y rezando vuestras vísperas y maitines y coleccionando plantas en el laboratorio y libros en la biblioteca! ¿Ayunas, amigo? ¿Te privas del sueño? Ella ha de ayudarte, la amiga segadora, te despojará de todo, te dejará los huesos mondos. Corre, querido, corre veloz, que por el campo va la atolondrada, corre y cuida de mantener juntos los huesos porque quieren irse cada cual por su lado, no conseguiremos retenerlos. ¡Ah, nuestros pobres huesos, ah nuestro pobre gaznate, nuestro pobre estómago, ah nuestra pobre miaja de cerebro metido dentro del cráneo! Todo se irá, todo se irá al diablo, y en el árbol aguardan los cuervos, los negros frailucos.

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Los personajes se conocen cuando Goldmundo, obligado por su padre, ingresa en el convento en el que Narciso ejerce como preceptor. Las largas y muy bellas conversaciones que mantendrán, incluso cuando se encuentran separados, dejan traslucir el enjundioso núcleo de la obra: por caminos opuestos llegan a captar igualmente el ser de la vida (tan maravilloso, tan nefasto, tan repleto de paradojas insondables). Este acercamiento y alejamientos paulatinos caracteriza el componente más íntimo en la existencia de ambos hombres, que se veneran tanto como se reprueban, y cuya posible reconciliación será posible sólo en la medida en que logren poner paz en la eterna lucha de los contrarios. El postrero conocimiento que alcanzarán mutuamente viene dado por la continua confluencia y diálogo entre ambas posiciones (la erótico-sensitiva de Goldmundo, y la ideal-espiritual de Narciso); el centro de la novela, de este modo, estriba en el desvelamiento de la verdad a partir de la aceptación del sí mismo, de lo que uno es, y del hacer que de tal aceptación se deriva. Pues, como explica Narciso a Goldmundo, “Nuestro objetivo no es el cambiarnos uno en otro sino el conocernos y acostumbrarnos a ver y venerar cada cual en el otro lo que él es, la pareja y el complemento”. Aunque a veces los extremos se tocan de manera llamativa:

La expresión de intenso dolor en un rostro era, en verdad, más violenta y más afeadora que la expresión de intenso placer… mas, en el fondo, no difería de ella; era el mismo contraerse, un tanto sardónico, el mismo encenderse y apagarse. Sin que supiera por qué, le resultaba en extremo sorprendente que el dolor y el placer pudieran ser tan semejantes como hermanos.

Hermann Hesse despliega en esta novela, auténtico tratado filosófico en forma de narración y sin duda una de las más ricas en contenido filosófico de cuantas escribió el autor alemán, la particular controversia que nace del corazón de los hombres: la pretensión de poner orden en el sí mismo a partir de la aceptación de lo que uno mismo es. Un sí mismo que siempre se halla en lucha, en conflicto, en permanente búsqueda de un sentido que aparece tan pronto como se oculta. Pues, como dejó escrito Hesíodo en los primeros versos de la Teogonía, “En primer lugar existió el Caos…”.

La vida, evidentemente, llevaba en sí una especie de culpa… ¿por qué, si no, un hombre tan puro y sabio como Narciso había de someterse a ejercicios de penitencia como un condenado? ¿O por qué tenía él mismo, Goldmundo, que notar en el fondo de su alma esa sensación de culpabilidad? ¿Por ventura no era feliz? […] ¿Por qué tan a menudo se veía sumido en meditaciones, en cavilaciones, a pesar de saber que no era un pensador?

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