Teodicea: la enciclopedia del pensamiento de Leibniz

Leipzig_Leibniz

Estatua en Leipzig en homenaje a Leibniz

Los Ensayos de Teodicea (sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal) fue la única obra filosófica que Leibniz publicó en vida, un dato curioso si tenemos en cuenta que este egregio pensador dejó escritas más de veinte mil páginas sobre muy diversos temas a lo largo de su biografía. Este extenso y fundamental texto, más conocido comúnmente como Teodicea, vio la luz en la ciudad de Ámsterdam en el año 1710 sin mención a su autor, que sólo apareció en ediciones posteriores.

Originalmente redactado en francés, este enciclopédico libro supone una aproximación “popular” a los asuntos filosóficos más importantes del siglo XVIII, dado el interés universal de su temática: la existencia de Dios, la libertad del ser humano y la aparente omnipresencia del mal en el mundo (así como su posible justificación). De hecho, Leibniz escribe esta obra a instancias de la princesa Sofía Carlota de Hannover, quien sin embargo murió cinco años antes de la publicación de su publicación. El propio Leibniz asegura en su prólogo que ha “intentado en todo ser edificante, y si he concedido algún lugar a la curiosidad es porque he creído que hacía falta amenizar una materia cuya seriedad puede desalentar”.

Es conocido que Leibniz desarrolló una extensa correspondencia con personalidades como Newton, Descartes, Locke o Spinoza, entre muchos otros, pero por su sencillez y cercanía merecen una mención especial las cartas que remitió a tres princesas de su tiempo: Sofía de Hannover, su hija Sofía Carlota, y la amiga de ésta, la princesa de Anspach y Gales, Carolina. En ellas encontramos todo un compendio de la filosofía de Leibniz, y un resumen de las ideas (filosóficas, políticas) que preocupaban a las más altas esferas de los siglos XVII y XVIII: el amor (“Amar sobre todas las cosas es encontrar tanto placer en las perfecciones y en la felicidad de alguien que los restantes placeres ni se toman en cuenta con tal de disfrutar de él”), la teología (“aunque el Reino de Dios advenga por sí mismo y sin nosotros, sin embargo nuestra buena intención y nuestra voluntad ardiente de obrar bien es lo que nos permite participar en mayor medida de él”), la teoría del conocimiento (“advertimos en nosotros que a menudo el cuerpo obedece a la voluntad del alma, y que el alma se apercibe de las afecciones de los cuerpos; y sin embargo no concebimos ninguna influencia entre ambas cosas”) o la sabiduría de la vida (“En pocas palabras, hay que sentirse contentos del pasado, gozar del presente y velar por el porvenir, sin afligirse ni de lo uno ni de lo otro, al menos en lo que dependa de nosotros. Pues reconozco que una resignación completa es más fácil de predicar que de practicar”).

La buena disposición natural, la educación favorable y el trato con personas piadosas y virtuosas pueden contribuir mucho a situar a las almas en un bello equilibrio, pero lo que más las vincula a él son los buenos principios. Es menester unir la luz al fervor, es menester que las perfecciones del entendimiento complementen a las de la voluntad.

Ensayos_de_Teodicea_Sobre_la_bondad_de_Dios,_la_libertad_del_hombre_y_el_origen_del_mal_-_Portada_(423)La Teodicea supone un hito en la historia de la Filosofía, por cuanto Leibniz recoge gran contenido de la tradición heredada para revisarlo, desarrollarlo o acotarlo, y numerosos serán los autores que, a su vez y en lo posterior, reaccionen frente a la titánica y magnífica erudición e inocencia del artífice de la “armonía preestablecida”. Uno de los mayores genios de la historia del pensamiento: G. W. Leibniz.

La Teodicea encierra un compendioso tesoro donde se dan cita todas aquellas preocupaciones a las que, desde los albores de la filosofía en Grecia, inquietaron al ser humano en su relación con el mundo y con sus semejantes: el nexo entre fe y razón, la libertad, la creencia en Dios, la verdad, la relación entre cuerpo y espíritu, la existencia del mal, la dialéctica entre naturaleza y gracia, la predestinación y la providencia, la felicidad, la moralidad, etc.

Pero si por una temática hubiéramos de decantarnos, es sin duda la Teodicea un esfuerzo por pensar el mal en el mundo: ¿qué sentido tiene nuestra vida cuando, haciendo el bien, podemos ser víctimas del mal? ¿Cómo puede el mal trazar su deslumbrante imperio a lo largo y ancho del mundo, si a la vez existe un Dios omnipresente y bondadoso?, pues “hay que confesar, además, que hay disfunciones en esta vida que se hacen notar particularmente en la prosperidad de muchos malvados y en la infelicidad de muchas gentes de bien”. Así, escribe Leibniz:

Dios ha hecho al hombre a su imagen; lo ha hecho recto; pero también lo ha hecho libre. El hombre ha hecho un mal uso de esta libertad y ha caído, aunque queda siempre cierta libertad tras la caída. […] Cuando [la gracia] se vuelva victoriosa, será de antemano cierto e infalible que cederemos a sus atractivos, bien porque tenga su fuerza en sí misma, bien porque encuentre el medio de triunfar a la congruencia de las circunstancias.

Esta edición de Abada Editores presenta el texto en versión bilingüe (francés-español), traducido y comentado por Aurora Freijo Corbeira, Ángel Hernando Domingo y Enrique Romerales Espinosa. Sin duda, estamos ante la más completa edición en español del más célebre escrito de Leibniz.

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Un comentario en “Teodicea: la enciclopedia del pensamiento de Leibniz

  1. Yo estudié TEODICEA como una asignatura de la especialidad de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Murcia, allá por los años 50. Eran tiempos en los que la Religión católica estructuraba nuestras mentes, el nacional-catolicismo era la ideología política del régimen. No se planteaba el problema de la existencia de un Dios bueno, pero si, como consecuencia, el problema de la existencia del mal en un mundo creado por ese Dios bueno. “¿Qué sentido tiene nuestra vida cuando, haciendo el bien, podemos ser víctimas del mal? ¿Cómo puede el mal trazar su deslumbrante imperio a lo largo y ancho del mundo, si a la vez existe un Dios omnipresente y bondadoso?, pues “hay que confesar, además, que hay disfunciones en esta vida que se hacen notar particularmente en la prosperidad de muchos malvados y en la infelicidad de muchas gentes de bien” . El problema lo hacíamos nuestro. Porque ¿cómo explicar en el sistema de Leibniz el caos de las infinitas mónadas incomunicadas entre sí?. Y para evitar el caos la idea de una “armonía preestablecida” desde un principio por parte de Dios, parecía lo más la solución mejor.
    Estos eran los problemas o pseudo-problemas que asumíamos como propios en aquella época, ya en pleno siglo XX. El despertar de nuestro”sueño dogmático” nos encontró ya con todos estos saberes de los que no me arrepiento.

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