La extraña lógica de la crueldad

Lógica de la crueldad Mélich

“En toda moral opera una lógica de la crueldad”, asegura Mélich

Escribía Arthur Schopenhauer en numerosos textos, a raíz de una temprana experiencia en Lyon, cuando pudo conocer de primera mano la terrible existencia con la que cargaban los condenados a galeras, que el motor de su reflexión filosófica se remonta a la extrañeza frente al modo en que los humanos encaramos el sufrimiento ajeno. Aquella visión produjo en el joven Arthur una suerte de iluminación, a través de la cual se propuso desarrollar un sistema de pensamiento que pudiera hacerse cargo del “espectáculo” del mundo. Ningún atisbo de felicidad o beatitud justifica, a su juicio, el sufrimiento de un solo ser.

El universo supone así el escenario donde una inconsciente e incansable voluntad se despliega; una voluntad que, a la vez, pone en confrontación a unos seres con otros, en una lucha eterna, presidida por la Eris griega (divinidad de la discordia), cuya finalidad nos es desconocida. En el primer volumen de El mundo como voluntad y representación exponía que “por todas partes de la naturaleza vemos disputa, lucha y alternancia en la victoria, y precisamente en ello conoceremos con mayor claridad la esencial escisión de la voluntad respecto de sí misma. Cada grado de la objetivación de la voluntad disputa a los demás la materia, el espacio y el tiempo” (§26).

El filósofo alemán planteará la evolución de una manera similar a la que Charles Darwin recogerá decenas de años más tarde (1859) en El origen de las especies (Cap. III, “The Struggle for Life”). Y es que no existe victoria sin lucha (kein Sieg ohne Kampf), los fenómenos superiores sólo nacen del eterno conflicto entre los fenómenos inferiores. Si bien en el mundo podemos rastrear una multiplicidad de causas (en el orden físico, biológico y científico en general), el mundo mismo es incausado, no posee una justificación de la que podamos dar cuenta; el conjunto de la naturaleza actúa conforme a un plan que nos resulta insultantemente desconocido.

Riña_a_garrotazos Goya

“Riña a garrotazos”, de Goya

La editorial barcelonesa Herder cuenta en su catálogo con un interesante libro del profesor Joan-Carles Mèlich (Universitat Autònoma de Barcelona) que puede ayudarnos a entender cómo opera la crueldad y cuáles (y cuántos) son sus rostros. Un ensayo de gran altura en el que el profesor Mèlich horada con experta y amena pluma las profundidades más siniestras y -en ocasiones- olvidadas de la naturaleza humana.

Como escribe al comienzo del volumen, su enfoque persigue dilucidar la naturaleza ontológica de la crueldad, sin caer en una laxa casuística: “Está claro que puede existir crueldad en nuestros actos, pero de lo que trataremos no es de eso sino de algo muy distinto, de la crueldad que vive inscrita en nuestro modo de ser y de pensar”. Pues, como leemos en la cita que inaugura el primer capítulo, perteneciente a la obra beckettiana Esperando a Godot, “El aire está lleno de nuestros gritos. Pero la costumbre ensordece”.

Crueldad

“Second stage of cruelty”, uno de los conocidos grabados publicados William Hogarth (1751)

Mèlich sostiene que cualquier lógica moral encierra, en su seno, un principio de la crueldad. Si bien aquella lógica contiene cuanto puede ser hecho o realizado, a la vez, y de la mano de tal clasificación, también excluye y delimita. Una estigmatización propia de la cultura occidental, en la que “todo se contempla bajo el signo de la presencia -el Uno, el Logos, la Idea, la Sustancia, la Objetividad, la Legalidad”. Un todo que, en última instancia, se convierte en un Absoluto. Por eso estima Mèlich que “una lógica moral es un lobo con piel de cordero”, en tanto que se presenta como “una capa protectora cuando realmente sólo protege a los que encuentran cobijo bajo su propio manto categorial, mientras que legitima la eliminación de los que han sido excluidos de ese mismo manto”. Como escribía Foucault en Las palabras y las cosas:

El orden es, a la vez, lo que se da en las cosas como su ley interior, la red secreta según la cual se miran en cierta forma unas a otras, y lo que no existe a no ser a través de la reja de una mirada, de una atención, de un lenguaje; y sólo en las casillas blancas de este tablero se manifiesta en profundidad como ya estando ahí, esperando el momento de ser anunciado.

En no otra cosa insistía Nietzsche cuando aseguraba que “Temo que todavía no podemos desembarazarnos de Dios porque seguimos creyendo en la gramática”. Es así como hace acto de presencia la crueldad, que se da en todo su esplendor en el momento en que una determinada “lógica” se impone con toda su fuerza y determinación. Como apunta Mèlich, “la lógica no soporta ni la contingencia ni el azar. Para ella todo está decidido ab initio“. Los desterrados de la lógica quedan convertidos en seres errantes y, al final, en objetos: “La mirada cruel dice lo que uno ‘es’… y, en mayor medida -asegura el autor- incluso dice si es, si existe, si tiene derecho a ser, si tiene derechos y qué derechos tiene”.

Cruelty3

Otro de los elocuentes grabados de William Hogarth

Mèlich desea estudiar la moral (y en particular, la crueldad) como un asunto cuya más honda raíz es ontológica. Su contundente y enjundioso ensayo desea atender al modo de ser de la crueldad para comprobar si, más allá de prácticas y circunstancias concretas (más allá, también y por tanto, de la antropología), podemos llegar a caracterizar ese mismo ser. Y de nuevo topamos con Nietzsche (Aurora): “En presencia de la moral, como ante cualquier autoridad, no está permitido reflexionar ni, aún menos, discutir. Aquí sólo cabe obedecer”.  O en Genealogía de la moral: “El imperativo categórico [de Kant] huele a crueldad”.

En toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad (Foucault en El orden del discurso).

Desde este prisma ontológico, casi metafísico, que Mèlich imprime al volumen, el autor se propone inmiscuirse en las fauces de la crueldad y comprobar si, más allá (o más acá) de los sucesos a los que el mundo se halla sujeto y de las acciones de los seres humanos, podemos dar con su fundamento (con su lógica). De la mano de Freud, Dostoievski, Nietzsche, Judith Butler, Kant, Nussbaum, Vasili Grossman, Philip Roth, Zizek, Kundera o Judith Shklar (entre muchos otros autores), Mèlich se adentra en los entresijos de la moral occidental y examina las razones de que la crueldad se haya establecido de una manera tan inocentemente natural en nuestra cotidianidad. Un texto magnífico que abre en toda su plenitud, y nos expone a, las consecuencias sobre la pregunta si cabe alguna alternativa a la lógica totalizadora de la razón moral.

No hay moral sin lógica, no hay lógica sin crueldad. Muchas veces, de forma imperceptible, escondida tras un velo de naturalidad y de normalidad, y sin apenas dramatismos, la crueldad aparece en nuestro lenguaje, irrumpe y permanece sutilmente en la forma de organizar el mundo. Es una lógica que nos administra. […] En esta visión, en este modo heredado de ver el mundo nacido en el propio mundo, la moral domina y, con ella, una lógica de lo que somos, una forma de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos, de integrar y de excluir, de respetar y de exterminar. En toda moral opera una lógica de la crueldad.

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