“El saldo del espíritu”, de Antonio Valdecantos

Der Gemeindeschreiber - Albert AnkeComo cualquier otra industria sumida en el abismo del capitalismo, el sector editorial -a pesar del trasfondo cultural y casi romántico que encierra- se encuentra expuesto como el que más a la necesidad de producir un sinfín de libros que satisfagan no sólo las necesidades de los potenciales lectores y que cubran los posibles vacíos científico-instructivos de la materia de turno; también urge llenar unas arcas cada vez más vacías debido al descenso de venta de ejemplares. Una traba comercial que repercute desde luego en la capacidad productiva de cada editorial, pero también, y esto es lo peligroso, en la calidad de las obras publicadas.

Quienes de una u otra forma nos dedicamos a la filosofía, y en general a cualquier disciplina humanística, observamos cómo a cada rato ven la luz nuevas obras que no aportan nada nuevo; el paradigma contemporáneo de calidad, así, consiste en ocupar las mesas de novedades, con independencia en muchas ocasiones del contenido del libro de que se trate. Como ya escribiera muy acertadamente Walter Hines Page en sus Confesiones de un editor en 1905, se ha olvidado en este atroz capitalismo que…

… un editor que se enorgullezca de serlo se considerará a sí mismo como un educador del público; y tiene razones comerciales y otras más elevadas para desear llegar a tantos compradores de sus buenos libros como sea posible.

El saldo del espíritu ValdecantosEs indudable que los libros son mercancías, “pero -apunta Hines Page- en el momento en el que se tratan como meras mercancías rinden una dura venganza a su autor y a su editor”. Nada menos, añadiría yo, que la venganza del descrédito. Y es que mucho tiene que ver el nuevo título del profesor Antonio Valdecantos (Universidad Carlos III de Madrid) con esta torticera dinámica que ha impuesto en nuestras vidas el amenazante -pero efectivo- imperio del capital. Su elocuente título, El saldo del espíritu (Herder, 2014), invita a pensar qué resultado ha arrojado la actividad humanística tras tantos siglos de historia (llegados al punto en el que nos encontramos), qué y a quién representa en la actualidad y si su futuro se encuentra sujeto a los estrechos límites que le circunscriben los muros -otrora seguros- de la universidad. Un título magníficamente elegido, si tenemos en cuenta que un saldo, como resultado de una diferencia, puede ser tanto positivo como negativo: y es en este sentido en el que Valdecantos intenta indagar, con una prosa muy cercana que no se anda con remilgos ni rodeos, el resto humanístico (¡si lo hubiera!) que aún hoy pueda sobrevivir. Comencemos por una constatación que habremos de comentar:

Si por algo se distingue, en la actualidad, cualquier enseñanza y estudio que merezcan la pena en el ámbito de las letras es por constituir un factor de desorden y de indisciplina, aunque no en el sentido clásico (conforme al cual se suponía que la adquisición de saber fomentaba el espíritu crítico y la conciencia social), sino porque las circunstancias presentes de estos estudios reducen a quien quiera cultivarlos a una condición semejante a la del paria (p. 29).

No es en absoluto la intención de Antonio Valdecantos desarrollar en su libro una queja. No es su tono el de alguien que pide clemencia ni desde luego perdón. El humanista ha vivido siempre, de alguna manera, a la sombra de la sociedad que le daba -frugal- cobijo. No sirven excusas que nos rediman de una vocación elegida, de una tarea acogida de buen grado por nuestro espíritu. Las humanidades han persistido por el ahínco de quien, con menor o mayor esfuerzo, ha decidido cultivarlas por la conciencia de su valor intrínseco.

Ahora bien, esto no quiere decir que las dificultades propias de quien quiere vivir de y con las humanidades hayan de convertirle en un auténtico proscrito. Tras la imposición en la universidad del plan Bolonia, numerosas disciplinas se han convertido en una suerte de adorno que parece pervivir para dar testimonio de un pasado -y hay quien diría, de un paraíso- perdido. Este carácter meramente testimonial y casi decorativo que se ha concedido a las humanidades (y digo bien, concedido, pues milagroso resulta que directamente no se haya procedido a su exterminio total) nos sume, a legos y especialistas, en una maraña indiscernible en la que en ocasiones se hace imposible definir a qué nos referimos hoy con la palabra conocimiento. Con la ironía y mordacidad propia de sus escritos, apunta Antonio Valdecantos que:

Puede que todo lo que la llamada sociedad del conocimiento dice brindar a lectores y estudiosos sea en el mejor de los casos licor de garrafa y, en el menos benigno, cicuta (de hecho, se trata, con gran probabilidad, de una mezcla de lo uno y de lo otro).

Respecto a la subsistencia de la filosofía en la sociedad, merece la pena leer las  fantásticas palabras del autor de El saldo del espíritu:

La pervivencia de la filosofía se explica por la ficción consistente en creer que esa ridícula quijotada es, sin embargo, cosa necesaria y digna de estima en virtud de razones que quien así habla no conoce del todo, o de las que tiene noticia deforme. Por regla general, la filosofía se considera una ridícula insensatez, pero tal juicio suele ir acompañado de cierto respeto supersticioso, conforme al cual eso que se muestra como insensato e irriosorio debe tener, sin embargo, razones que lo justifiquen, aunque para conocerlas haya que tomarse esfuerzos que no procede asumir.

Y es que, concluye Valdecantos, “más vale, pues, dejar las cosas quietas y no entrar en polémicas con filósofos, porque eso sería tanto como meterse en su terreno, exponerse a sus logomaquias y quizá acabar compartiendo su desdichada suerte”. Un miedo “ficcional” que convierte a la filosofía, y por extensión a las humanidades, en un asunto del que es mejor no hablar, que resulta más práctico dejar de lado para que cada cual se dedique a lo que guste. Un destierro intra terra que resulta de lo más paradigmático en nuestro tiempo: se permite al humanista consagrarse a sus quehaceres, mientras no intente imponer el canon de la disciplina que desarrolla.

Un punto que ha convertido a la cultura en un producto más de consumo, pues “al producto cultural exquisito no se lo juzga: se lo convierte en objeto de oportuna mención y referencia, y con eso basta”: “el consumo cultural -escribe Valdecantos- no produce juicio y hasta puede que lo atrofie”, una fingida inocuidad creada para no alterar gustos ni convenciones sociales -y culturales- preestablecidas, lo que deriva en una singular ordenanza respecto a los bienes considerados “culturales”:

El primer supuesto del consumo cultural es que ningún producto de cultura está en condiciones de alterar gran cosa las creencias y prejuicios del consumidor (al revés: lo normal es que los confirme y dé brillo), y el segundo que la cultura es lo más importante de la vida y hay que proclamarla constantemente como tal, en bloque y sin distingos.

Tal circunstancia es lo que, a mi juicio, impide que las humanidades se instituyan (¡vano deseo!) como una escuela de vida que enseñe “a sentir y a pensar juntos y constituya el verdadero núcleo de la educación”, como apunta un ácido Valdecantos en el contundente capítulo dedicado a “La ideología humanística”. Y si bien no cabe imaginar -desde la perspectiva de tan singular ideología- “una miopía más peligrosa que la del gobernante insensible a la necesidad de unas verdaderas humanidades”, lo cierto es que ya ni siquiera se hace necesario poner en marcha la imaginación, pues comprobamos de primera mano cada día cómo las disciplinas humanísticas son desplazadas del terreno no sólo social, sino también académico-universitario, a un plano en el que se permite su supervivencia a cambio de un luctuoso y presagioso silencio.

Un silencio que, además (así opera esta denominada por Valdecantos “ideología humanista”), en ocasiones se tiene por bueno por los propios especialistas, cuando no ven más salida que callar a cambio de sobrevivir. O aún peor, cuando a costa de mantener el estudio de las humanidades, se las hace pasar por lo que no son (dándonos a beber así un brebaje envenenado bajo capa de erudición). A este respecto, las propias humanidades -o cierto uso lúdico que se hace de ellas- se han convertido en el arma que les dará muerte. Y así, escribe incisiva y genialmente Valdecantos:

Sin la solícita presencia de las humanidades proporcionando de continuo maquillaje para la cara y pastillas para la voz, la ideología de la eficacia, de la competitividad y de la flexibilidad habría de presentarse como algo demasiado torvo, y se quedaría sin una insustituible reserva natural de belleza y virtud en la que poder respirar los ratos de ocio.

Marcus Stone - Love at first sight

“Cuando se dice ‘humanidades’, se piensa cada vez menos en un conjunto de estudios como cualesquiera otros, que pueden seguirse con mayor o menor esfuerzo y fortuna durante años para adquirir pericia en lo estudiado y poder contribuir activamente a su ensanchamiento, y cada vez más en un conjunto de complementos ornamentales que debe acompañar a cualquier clase de educación en todos sus niveles” (imagen: Marcus Stone).

Como asegura el profesor Valdecantos en una de las enjundiosas “Diez cartas sobre valores, cultura y capitalismo” con las que se cierra El saldo del espíritu -documentos que, a mi juicio, son de inexcusable lectura y que con el tiempo se convertirán en un texto clásico-, a fuerza de diseñar discursos grandilocuentes y señeras intenciones humanísticas,

En realidad, es el propio profesor quien ha diseñado y fabricado el coche que lo lleva al matadero, y es preciso reconocer que no siempre con dolor. Aprovechando la intimidad de esta correspondencia nuestra, le participaré mi convencimiento de que no pocos de mis colegas se encontrarían mucho más a gusto en cualquier otro oficio (se aburren como ostras -no hay más que verlos- y hace mucho que perdieron todo interés en lo que enseñan), de modo que estas modernizaciones les vienen muy bien para disfrutar de algo que tiene todas las ventajas de un cambio de profesión sin ninguno de sus inconvenientes.

El saldo del espíritu es un libro del que difícilmente el lector podrá extraer conclusión alguna. Y ante todo, apunto, es un libro para lectores inteligentes. Para empaparse de su contenido abiertamente crítico, nunca fingido ni forzado, no sirven los fragmentos ni las notas de prensa, tampoco los resúmenes ni las reseñas.

Se trata de una obra para degustar de manera atenta, listos para encontrar en cualquier momento un cambio de rumbo, una nueva “ficción”, un inesperado punto de fuga -en los que, por cierto, Valdecantos es maestro-. Si nuestra cultura entorpece la comprensión de la realidad, este libro viene a destapar las vergüenzas de esa misma cultura, denunciando sin pelos en la lengua qué y cuánto de verdad hay en lo que podríamos llamar “mecanismo-Humanidades”.

Todo un sistema puesto en juego para defender las disciplinas humanísticas que, a juicio de Valcecantos, no supone más que una nueva vuelta de tuerca al intento por sobrevivir en un entorno hostil. Aunque las hostilidades existieron siempre. Pero hoy, y tal es a mi juicio la tesis fuerte de Antonio Valdecantos, las hostilidades se disfrazan.

El humanismo constituye la trufa del guiso de la cultura, y tiene que servirse, como es lógico, de manera muy bien dosificada. En el meollo de lo culturalmente consumido estará siempre eso que vincula al consumidor con cualquier otro corazón humano, como si la índole medular o nuclear de la sustancia humanista del producto […] fuese una figura de la esquiva intimidad humana que todo verdadero producto cultural manifiesta y comunica. […] Alguien que se dedique a escribir, a pintar o a componer y que renuncie a ser un profesional de la cultura será como quien quiera sanar enfermedades sin ser un profesional de la medicina: un pintoresco curandero al que corresponderán nichos de mercado puramente marginales.

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