Enrique Lihn: poesía de lucidez y crudeza

Ah, poetas, no bastaría arrodillarse bajo el látigo
ni leernos, en castigo, por una eternidad los unos a los otros.
En cambio estamos condenados a escribir,
y a dolernos del ocio que conlleva este paseo de hormigas
esta cosa de nada y para nada tan fatigosa como el álgebra
o el amor frío pero lleno de violencia que se practica en los
puertos.

Enrique Lihn, “Mester de juglaría”, fragmento

“El poeta siempre tiene razón”, declaró Anna Ajmátova. La tiene porque el poeta, durante toda la vida, mantiene la extrema sensibilidad que le permite (o más bien le obliga) a trascender lo cotidiano y ver el sentido último y verdadero de las cosas, y de la misma manera le impulsa a cargar las palabras de ese sentido. 

La desmesurada sensibilidad, la capacidad de ver la esencia está condicionada por una extraña imposibilidad de olvidar, superar las impresiones de forma pragmática. De ahí, quizás, nace la naturaleza retrospectiva y melancólica del artista: siente la vida como si fuera una herida que no termina por cicatrizarse jamás. Los artistas, los poetas son los que habitan en el seno de la herida, en la desolación de la verdad, convirtiéndose en sus portadores, en la voz de la eternidad que suena desde el fondo de la vida, trascendiendo lo efímero, lo pasajero. Como decía Heinrich Heine, cuando el mundo se rompe por la mitad, la grieta pasa por el corazón del poeta.

Todo ello es perceptible en la figura del chileno Enrique Lihn, artista polifacético: aparte de poeta, fue novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista, dibujante… Él mismo, según los testimonios de Óscar Hahn, expresó: “Si no estoy dibujando, escribiendo o embarcado en algún proyecto, no puedo vivir en paz”. Integrante del grupo de los artistas bohemios de Santiago, fue amigo de Nicanor Parra y Alejandro Jodorowsky, con quienes realizó varios proyectos como El Quebrantahuesos, un “diario mural” a modo de poesía surrealista. 

Lihn-1.jpg

A pesar de las numerosas esferas de actividad de Enrique Lihn, hoy nos gustaría abrir una puerta hacia su obra poética, una obra rica, intensa y capaz de hablar por sí misma. En parte, tales características se deben a la concepción que le dio su autor: poesía “situada” que no se encuentra al margen, en un aislamiento intelectual y artificioso, sino que se escribe desde el epicentro de la vida, captando su ímpetu, sus ansias y tormentos.

Nada tiene que ver el dolor con el dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas
No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a sus nuevos amantes
acicalada hasta la repugnancia, y los médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios
la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen
porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto
todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas
y éste no es más que otro modo de viciarlas

Enrique Lihn, “Nada tiene que ver el dolor con el dolor…, fragmento.

Como dijo Arseni Tarkovski, poeta y el padre del célebre cineasta, “En último lugar, la poesía es literatura; ante todo, es una manera de vivir y morir“. La reflexión sobre la persona de Lihn hace que sea imposible separar la palabra “poesía” de la palabra “vida”. Fue así hasta el último momento: incluso cuando la muerte comenzó a apoderarse del poeta, él siguió creando, dando origen a Diario de muerte, un libro verdaderamente asombroso donde se puede sentir cómo se extingue la vida, pero no la poesía. 

La enfermedad imita a la vida. Este fenómeno se patentiza, hasta la alucinación, en el llamado… La vida no puede imitar a la muerte, por mucho que agonice patéticamente, menos en tal caso.

De los dos, la imitación de la vida es el mejor espectáculo.

Enrique Lihn, “¿No sería deseable recibir una comunicación…”, fragmento 

Escrito y corregido hasta los días finales, Diario de muerte supone una especie de crónica poética del camino hacia el fin, haciendo de este modo un curioso paradigma de la figura de Kafka (éste trabajó en su último libro hasta la víspera de su muerte), presente en las obras anteriores de Enrique Lihn: 

Soy sensible a este abismo, me enternece
de otra manera la lectura de Kafka:
pruebo, con frialdad, el gusto de la muerte

Enrique Lihn, “Kafka”, fragmento 

La poesía no abandonó a su creador en la muerte y, de la misma forma, fue su fiel compañera de ruta a lo largo de toda su vida, resultando en varias decenas de publicaciones (aparte de obras ensayísticas, novelas, etc.). La obra de Lihn está impregnada de una excepcional lucidez que, en combinación con el carácter tempestuoso de los temas, deriva hacia una aguda crudeza. Roberto Bolaño, un gran admirador de Enrique Lihn, expresó que “frecuentar su poesía es enfrentarse con una voz que lo cuestiona todo”. Ciertamente, la visión personal del poeta sumerge todo bajo la duda, incluso la crítica, que se origina en el corazón y evoluciona hasta tomar la forma de versos de una despiadada precisión y autenticidad.

Casi cruzo la barrera
del espejo para ver
lo que no se puede ver:
el mundo cómo sería
si la realidad copiara,
y no al revés, el espejo
llena, por fin, de su nada.

Enrique Lihn, “Casi cruzo la barrera” 

La totalidad de las ideas y las cosas son percibidas por el poeta con una perspicacia inconfundiblemente personal que las examina y reinterpreta desde el núcleo. Incluso los fundamentos existenciales del propio Lihn se convierten en víctimas de su juicio, de modo que la poesía y la condición del poeta son cuestionadas de forma constante.

Se juega al ajedrez
con las palabras hasta para aullar.
Equilibrio inestable de la tinta y la sangre
que debes mantener de un verso a otro
so pena de romperte los papeles del alma.
Muerte, locura y sueño son otras tantas piezas
de marfil y de cuerno o lo que fuere;
lo importante es moverlas en el jardín a cuadros
de manera que el peón que baila con la reina
no le perdone el menor paso en falso.

Quienes insisten en llamar a las cosas por sus nombres
como si fueran claras y sencillas
las llenan simplemente de nuevos ornamentos.
No las expresan, giran en torno al diccionario,
inutilizan más y más el lenguaje,
las llaman por sus nombres y ellas responden por sus
nombres
pero se nos desnudan en los parajes oscuros.
Discursos, oraciones, juegos de sobremesa,
todas estas cositas por las que vamos tirando.

Enrique Lihn, “Se ha de escribir correctamente la poesía”, fragmento 

Lihn biblioteca libros escritor chileno Enrique Lihn.jpg

Con la característica agudeza que se puede hallar en toda la obra del poeta chileno, se refleja uno de los mayores asuntos relativos al lenguaje: su capacidad conceptual. A menudo, el poder expresivo se pierde en el enfrentamiento con sus límites semánticos. Las palabras se vuelven vacías, se convierten en un “símbolo del símbolo” desprendido de su concepto original. No obstante, es precisamente la desconfianza, la mente activa del poeta lo que permite reinventar las palabras, dotarlas de una precisión y claridad que les da un peso casi tangible y les permite trascender su carácter simbólico, plasmando la verdad. 

Hablar cansa: es indecible lo que es
Como se sabe: la realidad no es verbal
(cansa el cansancio de decir esto mismo)
De las palabras se retira el ser
como de la crecida inminente del río
los animales que, realmente, lo saben
a diferencia de los orilleros humanos
Somos las víctimas de una falsa ciencia
los practicantes de una superstición:
la palabra: este río a cuya orilla
como el famoso camarón nos dormimos
virtualmente ahogados en la nada torrencial
Incapaces, incluso, de saber qué corriente
y hacia dónde nos lleva
si todavía cabe pensar en un sujeto
el verbo ir y como complemento
un lugar que no hay —aunque se diga—
en el adverbio donde y el hacia qué denota
en el hablar de nada (siempre se habla de nada)
—lo dice la gramática— la dirección del movimiento
reducido, también, a un simulacro.
Tú y yo hablamos del amor.

Enrique Lihn, “La realidad no es verbal”

La sensibilidad, unida a la franqueza, irremediablemente redundan en una visión pesimista de las cosas. La verdad duele, y es en la poesía donde se hace punzante. El tedio y el sinsentido se vuelven una parte inseparable de la creación, del amor y de todos los aspectos que conforman la existencia humana hasta la muerte. Así, los versos de Enrique Lihn se cargan de una atmósfera de angustia y desilusión que se extiende a todos los ámbitos, estremeciendo al lector.

No quieres comprenderlo ni yo puedo decírtelo; por las
palabras empieza mi temor por ellas que me he
servido demasiado tiempo para orillar este silencio al
que me siento ligado como un loco a los tormentos
del mar, en los malecones.
Es una asfixia hablar, dar las explicaciones que nunca aclaran
nada, destruir con la palabra lo que se ha construido
sin ella: el poema
de circunstancia la alegría de un momento es una asfixia
Se vive en esto cuando se ha perdido la vocación de lo eterno
y el alma pasa a convertirse en un malestar más en un
bienestar pasajero o en una tempestad para orillarla en
los momentos de locura

Enrique Lihn, “Alma bella”, fragmento

Su tratamiento de los temas roza una especie de nihilismo, un desánimo y abatimiento expresados con nitidez y sinceridad que, a pesar de sí mismos, emiten una ligereza resultante de una perspectiva más amplia. Se trata de una especie de amor fati que plácidamente acepta los fallos humanos: nuestros temores, nuestra incomunicación, nuestra desesperación –todo lo que soportamos con un silencio desolador e inútil–.

Nada se pierde con vivir, tenemos todo el tiempo del tiempo por delante
para ser el vacío que somos en el fondo.

Enrique Lihn, “Monólogo de un padre con su hijo”, fragmento

La angustia que te despierta tiene un aire de falsedad
Desistes de anotar en tu cuaderno de sueños
esa cosa de nada que llenaría cien páginas
el análisis para qué
una interpretación de rutina

Enrique Lihn, “Autocine”, fragmento

“… y el amor era el beso de otro mundo en la frente, / con que se reanima a los enfermos, / una lectura a media voz, / la nostalgia de nadie y nada que nos da la música”. Con una lucidez insolente, Enrique Lihn se lanza a hablar del amor y todas las penas que éste aporta. Su sensibilidad y su ingenio alcanzan una magnitud inconmensurable, resultando en versos extremadamente bellos y sobrecogedores que respiran la misma fatalidad cósmica.

Tendría que empezar a ser de nuevo
para aceptar el mundo como si no fuese
solamente lo único que conservo de ti,
tendría que olvidarme
como se olvida lo más negro de un sueño,
soplar en mi conciencia hasta apagar mi imagen,
cerrar los ojos frente a los espejos,
deshacerme y hacerme, soñar siempre con otro,
morirme de mí mismo
para no recordarte a cada instante
como el ciego recuerda la luz y el condenado a muerte
la vida, toda ella, en un abrir y cerrar de ojos,
porque estás más adentro de mí que yo mismo
o existo porque existes
o yo no sé quién soy desde que sé quien eres.

No es lo mismo estar solo que estar sin ti, conmigo
con lo que permanece de mí si tú me dejas:
alguien, no, quizás algo: el aspecto de un hombre, su retrato
que el viento de otro mundo dispersa en el espacio
lleno de tu fantasma desgarrador y dulce.

Enrique Lihn, “Celeste hija de la tierra”, fragmento 

No obstante, incluso el amor no es capaz de sobrepasar la poesía en su valor para Enrique Lihn. La poesía: la única salida de la angustia, el sentido de la vida, la razón del ser  –”porque escribí estoy vivo”, dice el último verso de un poema que podría constituir la declaración de intenciones del autor–. Al mismo tiempo que constituye el objeto de sus mayores dudas, críticas y pensamientos (“Todavía confunden la poesía con el baile […] o la confunden con el sexo o la confunden con la muerte”), la poesía es el centro de su universo. Las palabras, que el mismo poeta denuncia como vacías, se convierten en abismos bajo su pluma. Cada una adquiere su significado, su trayectoria, y en común, bajo la apariencia de poemas, forman un microcosmos: en las palabras de Lihn, “la musiquilla de las pobres esferas”. 

No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.

Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.

Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.

Enrique Lihn, “Musiquilla de las pobres esferas”, fragmento

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