Fernando Pessoa y la geometría de lo distinto

[…] y yo, verdaderamente yo, soy el centro que no existe en esto sino mediante una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento, sin que ese centro exista sino porque todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamente yo, soy el pozo sin muros, pero con la viscosidad de los muros, el centro de todo con la nada alrededor…

Libro del desasosiego

Pessoa libro del desasosiego

“La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida”.

Revisitar al poeta portugués Fernando Pessoa, o a cualquiera de aquellos personajes fingidos (heterónimos) que formaron parte de su propia naturaleza y de la singular obra derivada de la misma, es un arriesgado propósito que infunde una lluvia oblicua de pensamientos en espiral, cuyas gotas acaban salpicando la existencia misma del que se deja encandilar por tan enigmática y atrayente figura, tal y como es el caso.

Pero ¿por qué atrapa tanto su aura? ¿Acaso sea el motivo la consecuencia de encontrar en sus textos algo distinto? Precisamente, en ese matiz de la singularidad me gustaría centrar este breve análisis para intentar justificar la atrayente presencia de su figura. Debo apercibir a todos aquellos lectores desconocidos que la humildad de este escrito  no tiene ningún fin academicista; nada más lejos de la realidad. Mi único motivo es el  de ahondar y, del mismo modo, honrar un poco más si cabe la presencia del insigne poeta portugués.

En este paseo por toda esta amalgama de disertaciones, quiero apoyarme en las ideas del filósofo surcoreano Byung Chul-Han, un vendaval que ha entrado entre mis lecturas en tiempos recientes. Chul-Han habría que definirlo como el filósofo de lo distinto, dada su fijación en este asunto del estudio del Ser (herencia obligada del legado de Heidegger, su referencia más notable) y que nos hace entender al mundo en el que vivimos como una suerte de repeticiones de lo mismo (el infierno de lo igual, tal y como se refiere el filósofo). No obstante, existe una manera para poder liberarnos de las bridas que nos aprisionan a la uniformidad, a la continuidad de la misma cosa, a pesar de ser este mecanismo de redención un proceso de ruptura traumática que genera un miedo atroz en las personas que se atreven a adentrarse en el camino farragoso de lo inhóspito, camino por otro lado irremediable para poder llegar a lo distinto y, por lo tanto, a  alcanzar una nueva dimensión de la realidad propia que cada uno desee vivir. Sostiene Chul-Han que, para lograr tal transmutación existencial, es muy necesario abandonar el narcisismo-egocentrismo que nos afianza a la identidad ya caduca que pretendemos dejar atrás y, en paralelo, abrazar la fuerza del Eros, es decir, la voluntad de poder no poder, es decir, de eliminar nuestros límites individuales en favor del amor al prójimo, aprovechándonos de la inercia que tanto nos conmueve el corazón cuando amamos abismalmente.

La expulsión de lo distinto

Y es que, si hay un poeta que refleja esa veneración por el tedio de no ser, ese es  Fernando Pessoa. Recordemos los primeros versos de su inmortal poema “La tabaquería”:

Yo no soy nada,
nunca seré nada,
no pretendo ser nada,
aparte de esto, tengo en mí todos los sueños de este mundo.

¿Será ese sentimiento de vacío lo que contribuirá a romper la naturaleza sencilla del Ser un yo único y, por lo tanto, la manera en la que pueden convivir sin límites todos sus personajes en un mismo universo individual caracterizado por una geometría de lo distinto? Sin duda, podría ser una hipótesis a tener en cuenta, una más de las ya citadas por tantos y tantos estudiosos de la obra del poeta, los cuales, todos, se preguntan por esa capacidad supra-humana de poder desmontarse y construirse de nuevo distinto en otras muchas presencias fingidas a los que dio forma, vida, obra e incluso muerte.

Pero, para que todo esto fuera cierto, habría que encontrar un giro copernicano que nos permitiera burlar una incongruencia teórica de tan singular teoría de lo distinto, es decir, la explicación de la perpetua transformación del yo en la figura de Pessoa, y que nos permitiese argumentar que la fuerza del Eros fluye en el poeta de una manera, digamos, natural, aunque no fuese el amor nacido de esa inercia amorosa tal y como lo entendemos el resto de los mortales, lo que consiguiese propiciar tantas noches triunfales de textos escritos bajo posesiones externas ajenas al sencillo traductor de textos que realmente vivía como Fernando Pessoa.

Debemos indagar en un aspecto reseñable del pensamiento pessoano donde quizás resida la clave de este enigma. Fernando Pessoa (el ortónimo), antes que cualquiera de sus heterónimos a los que él pertenecía, es posible que llegara a ser el primer y el último de los ciudadanos del quinto imperio portugués al que con tanto anhelo se refería en el único poemario publicado en vida (Mensagem). Pessoa era, en cierta manera, un prototipo del superhombre europeo cuyos valores él mismo sostenía en su propia teoría fundamentada en la idea mística del sebastianismo, en el que cada individuo se convertiría es un ser espiritual sumido en una introspección y vida interior que suplantara la vida prosaica hacia la apariencia de lo igual, y que, inexorablemente, le obligaría a prescindir de cualquier tipo de relación amorosa al uso. Téngase en cuenta la breve relación sentimental mantenida por el escritor y la joven Ofelia Queiroz, interrumpida voluntariamente por el poeta tras decidir entregarse por entero a su obra: para Pessoa, su vida se había convertido en un sacrificio personal que le obligaba a prescindir de cualquier vínculo afectivo externo excepto aquel soñado por el propio autor dentro de un universo propio, cuyo centro era su propio Ser. Quizás este fragmento del Libro del desasosiego refleja profundamente tal sentimiento de amor en espiral en el que no hay nadie concreto ajeno a sus propias personalidades sobre el que fijar su Eros:

Nunca amamos a alguien en concreto. Amamos tan sólo la idea que nos formamos de alguien. Es un concepto nuestro -es, en suma, a nosotros mismos a los que nos amamos.

Sea como fuere, se cumpla o no se cumpla con estas  idea de lo igual y de lo distinto que aquí se presenta, la realidad es que Fernando Pessoa es una figura única y probablemente irrepetible, en la que pocas han de ser las líneas y reflexiones particulares que se inviertan para ayudar a entender una de las mentes más complejas, extraordinarias y singulares del pensamiento y de la poesía universal.

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