Sophie von La Roche: la “grande dame” de las letras alemanas

Era una mujer maravillosa, no conocí ninguna otra que se le pudiera comparar. Con un porte esbelto y delicado, más alta que baja, mantuvo hasta sus últimos años una elegancia que, de manera encantadora, se movía entre el comportamiento de una gran dama y el de una burguesa (J. W. von Goethe).

Esas fueron las palabras con las que Goethe decidió describir a la escritora Sophie von La Roche en el tomo decimotercero de su Dichtung und Wahrheitun cuarto de siglo después del fallecimiento de ella.

Maria Sophie Guttermann von Gutershofen nació en Baviera el invierno de 1730. La estricta y exigente mentalidad de su padre hizo que recibiese una amplia formación en lenguas extranjeras, literatura y arte, una educación digna de la clase social ilustre a la que pertenecían, pero siempre teniendo en cuenta los límites a los que se veían sometidas las mujeres en aquella época.

Sophie-von-la-roche-scanSu vida, incluso en lo personal, estuvo inevitable y afortunadamente ligada a la literatura. Cuando tenía sólo 20 años mantuvo un sonado romance con el también escritor Christoph Martin Wieland, llegando a afirmar éste que, de no ser porque el destino le unió a Sophie aquel verano de 1750, nunca habría llegado a ser escritor. El compromiso entre ambos no llegó a formalizarse, por lo que ella, tiempo después, contrajo matrimonio con Georg Michael Frank La Roche, que sería el padre de sus ocho hijos. La primogénita, Maximiliane, se dice que fue, junto con Charlotte Buff, la mujer que inspiró el personaje de Lotte en el famoso Werther de Goethe y, a través de la descendencia fruto del matrimonio de la primera con Pietro Antonio Brentano, Sophie von La Roche se convirtió en la abuela de Clemens y Bettina Brentano (posteriormente Von Arnim). El clan La Roche-Brentano fue, sin duda, una de las grandes referencias en la vida cultural de aquellos tiempos pero, independientemente de su vida y circunstancias familiares, lo que más caracteriza a Sophie von La Roche es que fue una  mujer pionera en muchos y muy diversos aspectos.

Décadas antes de que las grandes novelistas europeas como Jane Austen o las hermanas Brontë comenzasen a escribir sus obras, ella ya había publicado en el año 1771 su novela Die Geschichte des Fräuleins von Sternheim (de la cual, lamentablemente, no existe traducción al castellano, aunque sí al inglés como The History of Lady Sophie Sternheim y al francés como Mémoires de Mademoiselle de Sternheim), siendo así la primera mujer que redactó una obra de estas características en lengua alemana y una de las primeras en toda Europa.

Cuando su marido fue trasladado por motivos laborales a Coblenza, La Roche se convirtió en una destacada e influyente salonière al decidir fundar un salón literario en Ehrenbreitstein, por el cual se dejaron ver figuras tan célebres del mundo intelectual germano como, entre muchos otros, el mismo Wieland, Wilhelm Heinse, los hermanos Jacobi, Johan Caspar Lavater y un jovencísimo Goethe, quien, admirado por la escritura de La Roche, la tomó como referente para la creación de Die Leiden des jungen Werthers.

Sophie también creó y dirigió, aunque por un breve periodo de tiempo, la revista Pomona für Teutschlands Töchter, que, a diferencia de otras revistas para mujeres del siglo XVIII, ofrecía a sus lectoras textos filosóficos, literarios y formativos. Se dice que incluso la por aquel entonces emperatriz de Rusia, Catalina la Grande, conocida por su interés en los postulados de la Ilustración y por su labor como mecenas, se interesó en esa publicación y quiso que las mujeres de su corte tuvieran acceso a ella.

Tras el fallecimiento de su marido, Sophie decidió ganarse la vida como escritora y, gracias al dinero ganado con esta labor, emprendió numerosos viajes por Alemania, Inglaterra, Francia, Suiza y Holanda, los cuales le permitieron, a su vez, redactar los primeros libros y cuadernos de viajes firmados con pluma femenina.

Su faceta como escritora y su amor por la literatura no pueden ser abordados, sin embargo, sin tener en cuenta su interés y compromiso con la posición de la mujer en la sociedad. Bien es sabido que el siglo de las luces, la Ilustración, se había negado a iluminar la esfera privada a la que había sido relegada la mujer.  A finales del siglo XVIII, muchas intelectuales y escritoras lucharon para que le fuesen concedidos a la mujer los mismos derechos civiles y políticos que la Revolución francesa había otorgado al hombre. Las más destacadas fueron la francesa Olympe de Gouges, que redactó su Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne en 1791, y la británica Mary Wollstonecraft, que escribió en 1792 su famosa obra A Vindication of the Rights of Woman. De lo que muchos no son conscientes aún hoy en día es que fueron escritoras como Sophie von la Roche las que, a través de su actitud, su forma de vida y, especialmente, su literatura, plantaron la semilla de lo que germinaría años después en la primera ola de feminismo.

Que mi propio sexo me disculpe si trato a las mujeres como criaturas racionales en vez de hacer gala de sus gracias fascinantes y considerarlas como si se encontraran en un estado de infancia perpetua, incapaces de valerse por sí solas (Mary Wollstonecraft).

Sophie_von_La_Roche_Mein_Schreibetisch_TitelSophie von La Roche fue una mujer que se valió de su posición social privilegiada y de su condición de escritora para intentar procurar a la mujer una educación y una formación a las que entonces no tenía acceso. Ella misma fue, de hecho,  una personificación de esa época de transición que vivía: a medio camino entre la Ilustración y el Romanticismo, espectadora directa de esa pugna entre la razón y el sentimiento, Sophie aunaba los dos ideales femeninos que existían en la Europa dieciochesca: por un lado, el ideal que Jean Jacques Rousseau había promovido con su obra Émile ou De l’éducation, el ideal de mujer pasiva, sumisa, débil, con unas cualidades innatas que la desplazan a la esfera de lo privado (probablemente consecuencia de la educación religiosa pietista que recibió de su familia) y, por otro lado, el nuevo ideal burgués, que defendía una mujer, en cierta medida, más independiente, culta, formada y que podría tener relevancia en la esfera pública.

Todo esto se ve claramente reflejado en la novela que Wieland le ayudó a publicar y que se convertiría en la obra cumbre de su carrera: la anteriormente mencionada Die Geschichte des Fräuleins von Sternheim. Se trata de una novela epistolar en la que Sophie, la protagonista y alter ego literario de la escritora, narra su vida con voz femenina y a través de cartas en primera persona (lo cual ya suponía un gran avance para este tipo de novelas). Algunos lectores la consideran una digna heredera de otra de las grandes referencias del género epistolar, La Nouvelle Héloïse de Rousseau, pero lo cierto es que las mujeres que aparecen en una y otra obra distan bastante. A través de Sophie, La Roche defiende ese nuevo ideal burgués que intenta alejarse, en cierto modo, de la misoginia ilustrada que luego intentarían recuperar y justificar algunos románticos, y la novela, en general, se convierte en una defensa a ultranza de la importancia de la educación en la vida de la mujer.

Esta increíble mujer tiene en mí un efecto muy particular. Tanto en sus pensamientos como en sus pequeños comentarios y en su visión misma de la vida… en todo esto es única y significa más para mí que Clarissa, con todas sus lágrimas y sus forzadas situaciones (J. G. Herder, sobre Sternheim en comparación con la Clarissa de Samuel Richardson).

Por desgracia, los escritos de La Roche se encuentran entre ese grupo de obras, casi siempre redactadas por mujeres, a las cuales la historia de la literatura occidental se ha empeñado en negar la canonicidad necesaria para codearse con los “grandes popes” de su tiempo como fueron Goethe, Schiller, Wieland o Lenz. Pese a todo, es obvio que a Sophie le sobran méritos y motivos para ser erigida como una de las grandes dames de las letras europeas.

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