Karoline von Günderrode y la rebeldía inconmovible

Karoline_von_guenderodeDebió de ser un templado día de julio con aciagos presagios escritos en el cielo y un intenso aroma a riberas llenas de fatalidad, cuando Karoline von Günderrode decidió arrojarse al río cuyas aguas habían custodiado el mítico tesoro de los nibelungos. La romántica alemana más célebre de aquella época –con permiso de su amiga Bettina von Arnim– que había transitado toda su vida a contracorriente, se clavaba una daga en el pecho para después dejarse llevar inerte por el fluir incesante del Rin. Un destino surgido de una profunda decepción amorosa que ya parecía encontrarse preconizado en el último verso de su poema “Ariadna en Naxos”: “la herida del corazón se envuelve gustosa en la noche de las tumbas”. En el momento de su suicido contaba con tan sólo 26 años.

Es probable que Günderrode sea conocida sobre todo por su presencia en la famosa novela de Christa Wolf titulada En ningún lugar, en parte alguna. De todas formas, nos encontramos ante una poeta que tiene méritos de sobra para ser destacada a partir de su propia obra y figura.

Nacida en 1780 en el precario seno de una familia aristocrática venida a menos, aquella joven, cuyo único vestigio que conservaba de su ascendencia noble era el “von” que precedía a su apellido, viviría una infancia de escasez y orfandad al perder a su padre a temprana edad. Ante esta situación, Günderrode sería enviada a una residencia caritativa para aristócratas empobrecidas donde se consolidaría su voracidad lectora y su crítica hacia la discriminación social que sufrían las mujeres.

Siendo consciente de las limitaciones educativas que tenía que soportar, Günderrode se entregó durante aquel tiempo a la lectura de una gran variedad de disciplinas que, además de literatura y filosofía, incluían teología, mitología, geografía y química. Asimismo, quien más tarde sería denominada como la Safo del Romanticismo, comienza a escribir pequeños dramas, poemas y cartas. Ni mucho menos la escritura de estas misivas puede ser infravalorada dada la calidad de su contenido, pues durante el Romanticismo las cartas van a constituir una especie de género en sí mismo que proporcionará un marco excelente para el tratamiento de temas de todo tipo. Esto no es de extrañar si tenemos en cuenta el impulso innegable que tiene la novela epistolar durante este tiempo, siendo Las penas del joven Werther de Johann Wolfgang von Goethe el mejor ejemplo.

Así, la temperamental a la par que melancólica Günderrode crecía intelectualmente y tomaba contacto con algunos de los integrantes del círculo romántico de Heidelberg, como Clemens Brentano y su hermana Bettina von Arnim, amiga por excelencia de Günderrode. Tampoco tardaría en conocer a Friedrich Karl von Savigny, quien a la postre fundaría la Escuela histórica del Derecho y que se convertiría en su primer amor. Muy a su pesar, el aún desconocido jurista se casaría con una de las hermanas de los Brentano debido a su recelo hacia el altísimo intelecto de Günderrode.

Precisamente, el amor va a gozar de un especial protagonismo en el pensamiento y la obra de Günderrode. Para la poeta, el amor constituye la esfera donde se unifican los contrarios, es decir, aquellos elementos separados que estructuran la realidad. Será en el amor, por tanto, donde Günderrode sitúe el siempre perseguido Absoluto, pues en éste se encuentran en armónica unión los opuestos. Para ilustrar esta concepción compartida por otros muchos románticos alemanes, nada mejor que acudir a su poema titulado “Amor”, que expone la siguiente definición del vínculo amoroso: “Muerte que vive, vida venturosa en la unión, / alborozo en la falta, resistencia rendida, / gozo en la languidez. / Contemplar sin saciarse, / vida de sueño que es dos veces vida”. Poco más puede decirse que no aparezca aquí nítidamente expresado.

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En perfecta consonancia con su idea del amor, Günderrode acuña su propio principio llamado “lo espléndido”, que retrata el movimiento hacia la integración del individuo en la naturaleza conformando una unidad entre él y ésta. Como se puede apreciar, tanto el amor como este proceso se dirigen hacia la restitución de la unidad primigenia pérdida, es decir, de la unión original cuyas raíces se adentran en las regiones más oscuras de la metafísica. Otro autor, por poner sólo un ejemplo, en el que encontramos una concepción casi idéntica a lo aquí expuesto como “lo espléndido” sería Friedrich Hölderlin y su idea de “lo aórgico”, la cual se proyecta con gran lucidez en su primera versión del Empédocles y sobre todo en su Fundamento para Empédocles.

Además de su contacto directo con los miembros del círculo romántico de Heidelberg, Günderrode también conocía el importantísimo círculo romántico de Jena a través de la lectura, siendo Friedrich Schelling y Novalis algunos de sus autores predilectos. Su inmersión en el ambiente romántico que resplandecía en Alemania era total, así como su consciencia de la pertenencia a dicho movimiento opuesto a la tiranía de la razón ilustrada, tal y como se advierte en su poema “Tiempos antiguos y modernos”: “De la fe las alturas ahora están derribadas. / Sobre la llana tierra pasea la razón / y va midiendo todo por brazas y por pies”.

 

Otro aspecto digno de ser destacado en relación a Günderrode fue su pensamiento feminista. El feminismo encontró en el Romanticismo alemán un baluarte desde el cual pudo dar sus primeros pasos en Alemania. El carácter atípico de Günderrode, señalado por varios de sus coetáneos, llevó a que desease y envidiase las oportunidades a las que sólo podían acceder los hombres por aquella época. En una de sus cartas escribía que “la masculinidad y la feminidad, tal y como son entendidas normalmente, son obstáculos para la humanidad”. Su crítica hacia los modelos de género impuestos por la sociedad va a ser constante, pues Günderrode sabía que el papel reservado a las mujeres del momento sólo podía conllevar insatisfacción para alguien con sus inquietudes intelectuales aunadas a un carácter indómito como pocos.

Friedrich Creuzer

Ya en 1804 Günderrode conocería a Friedrich Creuzer (imagen de la izquierda), quien se convertiría en el gran amor de su vida. Aquel filólogo y arqueólogo alemán, que ese mismo año había comenzado a trabajar como profesor en la prestigiosa Universidad de Heidelberg, estaba casado con una mujer bastante más mayor que él conformando lo que muchos creen que era un mero matrimonio de conveniencia por motivos económicos. Günderrode y Creuzer encontraron el uno en el otro el alma gemela que tanto tiempo habían estado buscando. Ambos tenían intereses comunes y un carácter parejo, lo que les llevó a plantearse seriamente un futuro en común. Creuzer y su mujer incluso parecían haber llegado a acordar su pertinente divorcio. De todas formas, él temía un escándalo que hiciese peligrar su estatus.

Ante la indecisión de Creuzer, la esperanzada Günderrode acrecentó también su faceta más melancólica y encontró tanto en la noche como en el sueño un lecho donde poder descansar de la hostilidad que le presentaba la realidad. En la primera estrofa de su poema titulado “El beso en sueños” confiesa lo siguiente: “Se me ha inspirado vida con un beso, / aquietando las ansias más hondas de mi pecho. / ¡Ven, tiniebla, y envuélveme en noche confiada / y que liben mis labios renovado placer!”. La evasión onírica se convierte así en un remedio ante los vaivenes de su vida que comienzan a empujarla hacia un precipicio que poco a poco se va definiendo en el horizonte.

Incapaz de afrontar esta situación, Creuzer pide consejo a sus amigos, quienes le recomiendan no relacionarse maritalmente con ella. Creuzer resolverá entonces pedir a Günderrode que escriba una carta donde se comprometa por escrito a ser una buena esposa y dejar de leer las obras de Schelling. Sin duda, la propuesta es cuando menos llamativa. Günderrode se negará a semejante petición y, finalmente, Creuzer se despedirá definitivamente de ella mediante otra carta. La dolida poeta recibirá la misiva mientras está en la localidad suiza de Winkel, donde, incapaz de soportar el rechazo, caminará hasta la orilla del Rin para abrazar su último y eterno sueño, aquel que transcurre al margen de la vida.

 

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