Séneca, o sobre cómo prevenir la cólera

Séneca De la cóleraAunque son muchos los autores que dudan sobre la fecha exacta en que vio la luz (entre el primer y tercer año antes de Cristo), es seguro que Lucio Anneo Séneca nació en Córdoba (Hispania), hijo de Marco Anneo (sospechoso de seguir ciertas costumbres pitagóricas perseguidas por la época) y de Helvia, a quien dirigió numerosas de sus célebres cartas consolatorias. Desde joven recibió una excelente educación que lo condujo por numerosos lugares del mundo conocido, aunque muy pronto su familia se establece en la deslumbrante Roma de Augusto. Desde temprano, la vocación del filósofo cordobés se decanta hacia la oratoria, aunque también estudia gramática, lógica y filosofía. De hecho, ejerció la abogacía poco después de cumplir la veintena, oficio ligado a dicha vocación.

Víctima de algunas dolencias corporales, viaja a Alejandría con un familiar cercano a fin de recuperarse, si bien vuelve pronto a Roma, donde comienza a redactar sus primeros escritos y empieza su vertiginosa escalada laboral y social, en primer lugar como cuestor. Apenas con 35 años se convierte en miembro del senado, donde sus colegas reconocen la habilidad de Séneca con la palabra. Tras algunos cambios en el poder (muerte de Tiberio y posterior asesinato de su sucesor, Calígula), Claudio toma las riendas del imperio: la carrera de Séneca da un vuelco y, acusado de stuprum (una suerte de violación cuya consumación nunca quedó clara), es desterrado a Córcega, donde redacta sus primeras consolaciones y algunos de sus escritos más recordados. Después de siete largos años lejos de Roma, regresa (gracias al influjo de una poderosa mujer, Julia Agripina) en calidad de preceptor del futuro emperador, Nerón, que llegaría al poder poco después.

Tras la muerte de su principal valedora, Agripina, y bajo las cada vez más férreas leyes de Nerón, la privilegiada posición de Séneca se ve en peligro. Finalmente es acusado de conspiración (una conspiración del todo cierta, aunque no se ha mostrado que Séneca estuviera implicado de hecho en ella) y el sabio cordobés es condenado a quitarse la vida.

Los únicos que gozan del ocio se dedican a la sabiduría, y sólo ellos son los que viven; porque no sólo aprovechan su tiempo, sino que le añaden todas las edades, haciendo propios todos los años que transcurrieron antes de ellos […]. ¿Cómo, pues, en este breve y caduco tránsito de tiempo no nos entregamos de todo corazón a aquellas cosas que son inmensas y eternas y nos comunican con los mejores?

A 3715

Alianza Editorial reedita, a hombros de la pluma experta de Enrique Otón Sobrino, uno de los textos más contundentes, polémicos, actuales y prácticos de los que Séneca redactara: De la cólera (en latín, De ira), redactado en su juventud con una intención ejemplar y en el que se debate nada menos que con Aristóteles. Como apunta en su muy completa introducción Otón Sobrino, “interesa a Séneca el delinear un comportamiento cabal. Leal al estoicismo, plantea la cuestión del carácter natural o no de la cólera […]. El rasgo moral prevalece en el conjunto de los tres libros”.

Fiel a su manera de hacer filosofía, Séneca no se enreda en complejas disquisiciones y, en todo momento, se muestra apegado a –y comprometido con– la condición terrenal del ser humano, a la perentoria necesidad de tratar con sus semejantes y con un mundo que, en muchas ocasiones, parece haber sido diseñado en su contra. Aunque el asunto central de la obra es el estudio de la ira (o cólera), como telón de fondo se desarrollan y analizan algunos de los temas que más preocuparon al cordobés durante toda su vida: la muerte, la amistad, la relación hombre-naturaleza, el amor, la apatía o el deseo. Sin embargo, es la ira (y de su mano, la Eris griega de la discordia) la que hace fenecer a los pueblos y, de su mano, a los individuos.

Contempla los cimientos, apenas reconocibles, de nobilísimas ciudades: las asoló la cólera; contempla las soledades a lo largo de muchas millas desiertas sin poblador: las vació la ira; contempla a tantos caudillos, legados a la historia como ejemplos de calamitosa muerte: a uno la ira dentro de su cuarto lo despachó, a otro durante los sagrados ritos de la mesa lo mató, a otro en el ámbito mismo de las leyes y a la vista del atestado foro lo despedazó…

Esta obra de Séneca, aún escasamente conocida, supone todo un manual de pedagogía edificante. El pensador estoico revela en ella la manera en que debe educarse a los hijos para no desvirtuar sus dotes naturales pero, a la vez, para saber reconducirlos por la senda de la calma y la ecuanimidad. Teniendo siempre en cuenta que, como asegura, “hacia la ira se marcha como un tropel”, pues “a las primeras de cambio nos hacemos a las armas y se declaran guerras a los vecinos o se libran con los ciudadanos”.

Muy mucho, afirmo, aprovechará que los niños sean instruidos sanamente desde el principio; a decir verdad, arduo es su gobierno, puesto que debemos aplicar nuestro esfuerzo para no alimentar en ellos la cólera o para no reprimir su carácter

Un libro fundamental, escrito sin tapujos y repleto de ejemplos, en el que el incipiente y germinal estoicismo de Séneca hace frente a uno de los impulsos antropológicos más naturales, la cólera, y en el que se muestra particularmente cercano a las necesidades más acuciantes del corazón humano.

Nada hay más violento que las rivalidades: las granjea la cólera; nada hay más calamitoso que la guerra: hacia ella prorrumpe la cólera de los poderosos; pero también la cólera de la plebe y del particular es una guerra sin armas y sin ejércitos.

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