Filosofía para tiempos revueltos: la fuerza de Simone Weil

Simone WeilEl mal es ilimitado, pero no infinito. Sólo lo infinito limita lo ilimitado.

La corta vida de Simone Weil (1909-1943) se vio muy pronto entregada al quehacer filosófico: desde los catorce años, cuando es víctima de una profunda crisis personal, comienza a preguntarse por el sentido de la existencia humana, un interrogante que no le abandonará hasta su muerte (de la que en 2013 se cumplían 70 años). Su indudable implicación moral con el devenir de los tiempos y de los acontecimientos sociales que vivió le hizo tomar por bandera de sus reflexiones el siguiente dictado: “Para que tu mano derecha ignore lo que hace la izquierda, habrá que esconderla de la conciencia”. Fue profesora de filosofía entre los años 1931 y 1938, y se introdujo sinceramente y de hecho en la lucha a favor de los obreros y campesinos más desfavorecidos, convirtiéndose voluntariamente en uno de ellos.

En 2009, con motivo de la conmemoración del nacimiento de la filósofa francesa, se celebró un congreso internacional, organizado por el Seminario Filosofia i Gènere, bajo el título Lectoras de Simone Weil. Uno de los más brillantes resultados de aquel encuentro fue un completo y muy recomendable volumen, coordinado por las profesoras de la Universitat de Barcelona Fina Birulés y Rosa Rius Gatell (ambas profesoras de dicha Universidad), en el que además de estudiar en profundidad la figura y el pensamiento de Weil, se hace hincapié en la relación que ésta mantuvo (efectivamente o en diferido, a través de sus textos) con distintas personalidades femeninas de la época, como Hannah Arendt, Cristina Campo, María Zambrano, Jeanne Hersch, Ingeborg Bachmann o Elsa Morante. Redactado por especialistas en la obra de Weil y el devenir de la historia de la filosofía del siglo XX, este libro se erige como puerta privilegiada de acceso al pensamiento de Simone y, más importante incluso (puesto que como ya explicó André Gide, no existe un auténtico conocimiento de una obra sin el conocimiento del contexto en el que se fragua), al meollo cultural, político y social en el que se desarrolló su intensa vida personal y su actividad filosófica.

El conflicto y el ensañamiento de los humanos con sus semejantes, de mano de la muerte, fueron algunos de los temas centrales que Weil abordó y en el que tanto influyó a numerosos autores. Así, escribía en el estudio que dedicó a La Ilíada de Homero:

Llega un día en que el miedo, la derrota, la muerte de compañeros queridos hacen que el alma del combatiente se doblegue bajo la necesidad. La guerra deja entonces de ser un juego o un sueño; el guerrero comprende al fin que existe realmente. Es una realidad dura, demasiado dura para ser soportada, pues contiene la muerte. El pensamiento de la muerte no puede ser sostenido, sino por destellos, desde el momento en que se siente que la muerte es, en efecto posible.

Simone_Weil guerra

Simone Weil en la guerra civil española, en 1936

Lectoras de Simone Weil no sólo indaga en la actividad filosófica de la autora de El amor a Dios y la desdicha (quizás la obra más conocida, aunque no por ello la más representativa de la producción de Weil), sino que también se hace cargo de toda una “tradición oculta” –como indica Fina Birulés en el artículo introductorio– que debe ser tenida en cuenta si no se desea omitir gran parte del desarrollo filosófico del siglo XX. Un periodo repleto de figuras femeninas en muchas ocasiones silenciadas –o, peor incluso, obviadas–, de imprescindible conocimiento para investigar el decurso de la más reciente historia del pensamiento.

La violencia aplasta a los que toca. Termina por parecer exterior al que la maneja y al que la sufre; nace entonces la idea de un destino ante el que los verdugos y las víctimas son igualmente inocentes, vencedores y vencidos hermanados en la misma miseria. El vencido es causa de desdicha para el vencedor, como el vencedor lo es para el vencido.

Y es que, como también apunta la profesora Birulés, “al hilo del trabajo en torno a Simone Weil, se ha ido haciendo patente que la mayoría de las autoras de la primera mitad del siglo XX habían leído la obra de esta filósofa francesa y que, a pesar de haberlo hecho de formas bien distintas, para todas ellas la figura de Weil parece ser fuente de autoridad”. Aunque gran parte de la obra de Weil fue publicada póstumamente y numerosas autoridades de las mencionadas no lograron tener un contacto directo con ella, sí es cierto que en los escritos y biografías de Zambrano, Arendt, Hersch o Iris Murdoch, por mencionar sólo algunos ejemplos, la sombra (a veces alentadora, a veces aleccionadora) de la pensadora francesa permanece muy presente.

Weil

En sus años de docencia activa, Simone Weil siempre incitó a sus alumnas a que intentaran pensar por sí mismas; con tal objetivo les recomendaba escribir sobre asuntos de la más diversa índole. Su filosofía estuvo ligada desde el primer momento a la realidad que le tocó en suerte vivir. Como ella misma escribió: “la auténtica libertad no se define por una relación entre el deseo y la satisfacción, sino por una relación entre el pensamiento y la acción”. Weil, a diferencia de otras autoras contemporáneas (como en el caso de Edith Stein), se manifestó muy temprano en el apartado político. Una filosofía que no practica –y que no lucha por llevar a la realidad– sus convicciones está herida de muerte. Así, explicaba sin pelos en la lengua que:

El poder encierra una especie de fatalidad que se abate tan implacable sobre los que mandan como sobre los que obedecen; más aún, en la medida en que subyuga a los primeros, se sirve de ellos para aplastar a los segundos. […] Para obtener de los esclavos la obediencia y los sacrificios imprescindibles para un combate victorioso, el poder debe hacerse más opresivo.

Su sobresaliente implicación en el esfuerzo por pensar su tiempo le condujo, incluso, a trabajar deliberadamente en una fábrica, y fue de este modo como comenzó a cuestionarse algunos asuntos capitales que siempre mantendrían un denominador común: la dignidad humana y las relaciones de los humanos entre sí. “El factor social es esencial”, aseguraba en una de sus obras, pues “no existe realmente desdicha donde no se produce degradación social en alguna de sus formas o conciencia de esa degradación”.

Tal dedicación a la causa obrera repercutió muy negativamente en su salud, ya naturalmente maltrecha (sufría dolorosas migrañas a causa de su crónica sinusitis). Toda la obra y la vida de Weil fueron un denodado combate por conseguir la ansiada justicia social. En 1942 confesaba a uno de sus interlocutores epistolares que “tenía el alma y el cuerpo hechos pedazos; el contacto con la desventura había matado mi juventud. Hasta entonces no había tenido experiencia de la desventura. […] Recibí para siempre la marca de la esclavitud”. Hubo de exiliarse de Alemania el mismo año que Arendt, en 1940, debido al nazismo, pasando por Marsella, Nueva York, Londres o Casablanca (entre otros muchos destinos). Tras una existencia plagada de desdichas, en la que sólo encontró consuelo en el pensamiento comprometido y la filosofía, muere en 1943 por inanición en un sanatorio de Ashford, después de sufrir una grave tuberculosis y presa de una absoluta lucidez.

Sus contundentes reflexiones sobre el poder, la opresión, el pacifismo, la coacción y las razones de la lucha social, así como su pensamiento más metafísico (tildado en no pocas ocasiones de místico) sobre la relación del ser humano con la divinidad, pertenecen hoy al patrimonio de la filosofía occidental, que aún ha rendido pocos e insuficientes honores a esta mujer de férreo carácter, endeble salud y decidida voluntad que entregó su vida para comprender el mundo que vivió.

No hay dominio de sí mismo sin disciplina, y no hay más fuente de disciplina para el hombre que el esfuerzo requerido por los obstáculos interiores. […] Son los obstáculos con los que tropezamos y que debemos vencer los que nos dan la ocasión de superarnos a nosotros mismos.

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