Thomas Hobbes: la noción de poder político

Hobbes LeviatánPodemos rastrear desde tiempos antiguos una concepción, que denominaremos “fuerte”, sobre la relación entre la moralidad y la ley: aquella que explica que ambas evolucionan tan sólo como formas de control frente a la desmedida ambición individual de los seres humanos. Uno de los baluartes de esta posición fue Thomas Hobbes (1588-1679), autor de absoluta vigencia cuyos escritos pivotan sobre la reflexión al respecto de la medida en que el individuo ha de ser sometido a la sociedad o al Estado, asegurando finalmente que la ética debe desaparecer en beneficio de la praxis política. Hemos de imponer, a su juicio, un sistema social que salve al hombre de su propia individualidad. Algo similar a lo que, más tarde, propondría Arthur Schopenhauer en su férrea teoría del Estado.

Como ciudadano del siglo XVII, en Hobbes encontramos una fuerte dualidad y enfrentamiento entre las pasiones y la razón: los seres humanos son animales que, si bien poseen un potente aparato intelectual que les permite convivir gracias al despliegue de un sistema político, se hallan sin embargo sometidos a los avatares del mundo físico. La sociedad es una consecuencia no natural de nuestra evolución: los Estados responden a una creación racional humana, basada en un pacto entre iguales que beneficia a todos sus componentes.

Este carácter de creación, de artificialidad, otorga al hombre una formidable libertad para moldear la sociedad en la que vive, mientras que en su faceta estrictamente natural, por el contrario, no puede modificar su idiosincrasia (procurarse alimento, reproducción, nacimiento y muerte, etc.). Ante esta desvalida condición frente a la inamovible physis (la inamovible naturaleza), nuestro único poder estriba en la puesta en marcha de una realidad paralela y autónoma, independiente de cualquier dictado natural: el Estado. Al precio de someterse a la ley, el ser humano gana con ello una seguridad que le aleja del peligroso y amenazador estado de naturaleza, tesis que chocará frontalmente con las ideas de Rousseau, para quien, al contrario, es el aparato político y social en general lo que alimenta la definitiva degeneración de la condición humana, que originariamente tiende a hacer el bien. Hobbes, como vemos en la siguiente caracterización del estado natural, se sitúa en las antípodas del pensamiento de Rousseau:

La condición del hombre [en el estado de naturaleza] es una condición de guerra de todos contra todos, en la cual cada uno está gobernado por su propia razón, no extiendo nada, de lo que pueda hacer uso, que no le sirva de instrumento para proteger su vida contra sus enemigos. De aquí se sigue que, en semejante condición, cada hombre tiene derecho a hacer cualquier cosa, incluso en el cuerpo de los demás. Y, por consiguiente, mientras persiste ese derecho natural de cada uno con respecto a todas las cosas, no puede haber seguridad para nadie (por fuerte o sabio que sea).

La noción de poder que emplea el inglés implica un volverse hacia sí del propio hombre, una búsqueda que no va más allá de él mismo: “el poder de un hombre (universalmente considerado) consiste en sus medios presentes para obtener algún bien manifiesto futuro”, definición antropológica que no se extrapola más allá del alcance propiamente humano. El poder no lo es sino con respecto a los hombres.

De esta definición de poder emanan a su vez dos subespecies: el poder natural, representado por las características del cuerpo y de la inteligencia (como la honestidad, la sinceridad, la afabilidad, etc.); y el poder instrumental, adquirido mediante las anteriores virtudes –aunque también pueda ser alcanzado mediante el azar y la suerte–. Inmediatamente después, Hobbes expresa que el mayor de los poderes al que puede aspirar un hombre es aquel que se obtiene a partir de la unión con sus semejantes, nexo que se llevará a cabo bajo el consentimiento de una persona natural o civil. He aquí el poder del Estado o de las asociaciones entre seres humanos. De ello se sigue, como asegura Hobbes, que hechos como el de tener siervos constituye poder, así como tener amigos y todas y cualquiera de las relaciones que puedan existir entre semejantes.

Hobbes

Un Estado por adquisición es aquel en el que el poder soberano se adquiere por la fuerza. Y por la fuerza se adquiere cuando los hombres, singularmente unidos o por la pluralidad de votos, por temor a la muerte o a la servidumbre, autorizan todas las acciones de aquel hombre o asamblea que tiene su poder sus vidas y su libertad.

Recordemos, en paralelo, que “Leviatán” es un término utilizado en distintos libros de la Biblia para referirse a un “monstruo escamoso y enorme”. Algunos especialistas lo identifican con el cocodrilo; otros, con ballenas o delfines (lo que, quizás, podría conducirnos a un análisis de la masa en términos parecidos al que llevó a cabo Elias Canetti). Pero ¿de qué manera y bajo qué mando han de asociarse los hombres? Es en este punto donde las teorías políticas de Hobbes adquieren su auténtica fuerza.

El argumento de este obstinado inglés expresa que el poder de los hombres reside en que deben poseer los medios adecuados para obtener un bien al cual desean acceder. Por otro lado, los seres humanos pueden coaligarse para sacar partido positivo de su unión. La cuestión es, a fin de cuentas, escrutar el modo de conseguir adeptos.

Para ello, Hobbes despliega una lista de facultades o características que inspiran y crean poder, entre las que se encuentran la popularidad, el éxito, la afabilidad, la prudencia, la nobleza, la elocuencia, las buenas maneras y las artes de utilidad pública. La ciencia, sin embargo, por estar sus descubrimientos sujetos a la corruptibilidad que otorga el tiempo, no sería dadora de poder. En una palabra: las virtudes catalogadas como atemporales son las que otorgan un poder efectivo al hombre, mientras que aquellas otras que se someten a las reglas del tiempo no son las más adecuadas para conseguirlo. Para entender del todo la noción de poder en Hobbes debemos retornar a la introducción del Leviatán, donde leemos:

La Naturaleza (el arte con que Dios ha hecho y gobierna el mundo) está imitada de tal modo, como en otras muchas cosas, por el arte del hombre, que éste puede crear un animal artificial. […] El arte va aún más lejos, imitando esta obra racional, que es la más excelsa de la Naturaleza: el hombre. En efecto: gracias al arte se crea ese gran Leviatán que llamamos república o  Estado (en latín civitas) que no es sino un hombre artificial, aunque de mayor estatura y robustez que el natural para cuya protección y defensa fue instituido; y en el cual la soberanía es un alma artificial que da vida y movimiento al cuerpo entero.

El hombre quiere poder, es más, el hombre es poder en potencia, siempre y cuando se cumpla el único requisito material que pone Hobbes: la asociación entre hombres. El requisito formal sería la configuración que han de adoptar aquéllos respecto de esa asociación. De esta manera, si bien el poder no es una cualidad innata del hombre, sí podemos decir que en el Leviatán todo hombre se sitúa bajo su halo; el pacto inicial con el que se confecciona el Estado o Leviatán precisa del acuerdo de los hombres que están sometidos a su Poder, con mayúsculas. Un poder que, en el Estado, ha de ser absoluto:

El poder soberano, ya radique en un hombre, como en la monarquía, o en una asamblea de hombres, como en los gobiernos populares y aristocráticos, es tan grande, como los hombres son capaces de hacerlo. Y aunque, respecto a tan ilimitado poder, los hombres pueden imaginar muchas desfavorables consecuencias, las consecuencias de la falta de él, que es la guerra perpetua de cada hombre contra su vecino, son mucho peores.

Leviatán

Por su parte, la estimación entre hombres queda definida como el precio que tiene un ser humano para los demás (precio relativo en tanto que depende de juicios ajenos y efímeros). No ha de importar la propia estima que un hombre tenga de sí, sino únicamente lo que somos para los demás. Por su parte, el Leviatán evitará que seamos, al menos, una amenaza para nuestros semejantes; es un medio para eliminar el miedo innato del hombre hacia el propio hombre, hacia la siempre temible opinión que desarrollamos y publicamos los unos de los otros. Un pesimismo antropológico que se traduce en la necesidad de forjar un Estado sin fisuras:

La condición del hombre en esta vida nunca estará desprovista de inconvenientes; ahora bien, en ningún gobierno existe ningún otro inconveniente de monta sino el que procede de la desobediencia de los súbditos, y del quebrantamiento de aquellos pactos sobre los cuales descansa la esencia del Estado. Y cuando alguien, pensando que el poder soberano es demasiado grande, trate de hacerlo menor, debe sujetarse él mismo al poder que pueda limitarlo, es decir, a un poder mayor.

De cive HobbesEl honor no es más que la manifestación del valor que mutuamente nos otorgamos, es decir, la estima que nos declaramos mutuamente. El honor se define en función de la estimación: a quien proporcionamos un alto precio trataremos de honrarle, mientras que ocurrirá lo contrario en caso de que tal precio descienda. Muy al compás del honor, damos con la definición de dignidad, a saber, la estimación pública de un hombre, que es el valor conferido a él por el Estado. Hay pues un reconocimiento de prestigio privado o particular, identificado con el honor, y un reconocimiento de prestigio público, siendo este la dignidad.

En relación al precio de los hombres, decidiremos si honrarles o deshonrarles; y nos dice Hobbes que obedecer es honrar, porque ningún hombre obedece a quien no puede ayudarle o perjudicarle. Para Hobbes lo que verdaderamente cobra importancia es lo que el Estado ve con buenos ojos; las opiniones particulares de los otros hombres son puramente subjetivas y no ofrecen ningún tipo de privilegio. Por el contrario, ser honrado por el Estado es signo de honorabilidad, lo que capacita a una persona, familia o asociación a disfrutar de títulos como los de conde, barón o marqués, y representarse a la vez por blasones o escudos: “reputación de poder es poder”, sentencia Hobbes”, pues “con ella se consigue la adhesión y afecto de quienes necesitan ser protegidos”.

En definitiva, el hombre es importante para el propio hombre en cuanto es susceptible de asociarse con sus semejantes; por lo demás, el Estado, o dicho de otra manera, el resultado de la asociación entre hombres (atemorizados por el mal que puedan causarse entre sí), este poder resultante, es el que en verdad cobra verdadera importancia en el contexto de la obra de Hobbes.

Porque aunque un hombre (cosa frecuente) se estime a sí mismo con el mayor valor que le es posible, su valor verdadero no es otro que el estimado por los demás.

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