El pintor de la oscuridad: aforismos inéditos de J. H. Füssli

JF107445Son muchos los pintores que, a lo largo de la historia del arte, sintieron la necesidad de poner por escrito sus pensamientos acerca de la existencia humana. Johann Henrich Füssli (1741-1825), artista de origen suizo, es mundialmente conocido por algunas de sus creaciones más abismáticas e inquietantes. Aunque su obra ha sido catalogada de numerosas formas, puede decirse de él que prefigura algunos temas clave del posterior Romanticismo y, a la vez, retoma otros de trasfondo clásico (Homero, Dante, Milton, Robert Burton o Shakespeare son algunos de los autores en los que se apoya). Su más célebre cuadro, La pesadilla (1781), supuso un golpe de efecto y desde muy pronto se convirtió en uno de los baluartes de la cultura romántica, aunque, a la vez, supo acercarse –a través de un fino simbolismo– a las capas más populares de la sociedad de su tiempo.

Se dice de Füssli que oía voces que lo asediaban de manera constante, que su vida estuvo plagada de trastornos psicológicos y que su manera de dar rienda suelta a tales desórdenes no fue otra que la pintura. Lo tenebroso, el mundo de la noche y la oscuridad fueron su continua inspiración. En todas sus obras asistimos al encuentro del ser humano con lo otro de sí, con lo totalmente ajeno (más tarde Fichte hablaría del no-Yo), con un material, en definitiva, que invita a reflexionar sobre las capas más hondas y desconocidas del alma individual y social. Sin duda podemos referirnos a él como uno de los más preclaros precursores del estudio, si bien pictórico, del inconsciente. El terror y el erotismo, por otro lado, son dos de sus señas de identidad.

En Füssli se produce de forma permanente el encuentro con lo desconocido, entretejiéndose a veces de tintes fantásticos, alegóricos, maravillosos, y sus pinturas no dejan de recordarnos a genios de corte profético como el sueco Emanuel Swedenborg o el inglés William Blake. Füssli es sin duda el pintor de lo sublime, el retratista de las emociones humanas que, en su desarrollo, acaban por desbordar(se): el miedo, la pasión en toda su amplitud, la sexualidad, el amor, el pánico o el horror son algunos de los asuntos principales que frecuentó en sus reflexiones pictóricas.

Füssli pesadilla.jpg

Por primera vez en español, presentamos algunos de sus aforismos, en traducción de Carlos Javier González Serrano y Magdalena Cabello Palomino:

La vida se desliza rápidamente. El arte, por el contrario, procede lentamente. La inspiración, en efecto, no siempre nos acompaña, la experiencia a menudo engaña y nuestros juicios, por inoportunos, corren el riesgo de ser erróneos.

Los genios son inconfundibles, pues aquello que los distingue es su vocación.

Sólo una inagotable fatiga puede llevar hacia la perfección; sólo el solemne e imparcial fluir del tiempo abre las puertas de la inmortalidad.

El genio tiene ante sí dos caminos: una lleva al descubrimiento de aquello que la naturaleza nos había ocultado hasta aquel momento; la segunda lo impulsa a conjugar la tradición con la revelación.

La intuición está al servicio del genio; el talento es necesario para poner orden en la rica oferta de las intuiciones.

La mediocridad es siempre presuntuosa. La ostentación es el refugio de los mediocres.

La abundancia raramente logra comunicar el sentido de la grandeza.

El genio, inspirado por la fantasía, rasga el velo que separa la existencia de la posibilidad; busca en la oscuridad y captura en el rayo reflejado una sombra, un fragmento, un color.

La creación genera la vida, pero la invención es indispensable para reencontrar la vida.

La realidad terminará siempre por desilusionar y herir el alma de quien ha refinado su propia sensibilidad en los Elíseos de la poesía.

La belleza, aislada de cualquier otro aspecto, puede desembocar fácilmente en la banalidad, saciándonos como nos sacia la posesión.

El genio revela el más íntimo significado de todo lo que roza sus infinitas rutas creativas.

Es particularmente digno de aprecio el autor que logra representar en sus obras los significados más profundos que la vida cotidiana esconde.

Cuando se renuncia a la perfección no será nunca posible lograr la excelencia.

El gusto es el hijo legítimo y espléndido de la naturaleza, crecido en el decoro; la moda es a su vez la hija ilegítima de la vanidad, camuflada con trajes robados del arte.

Muchas obras maestras, como también muchos principios respetados en el interior de una sociedad, se fundan en criterios discutibles.

Las circunstancias pueden obstaculizar o ayudar a los dones naturales, pero no crearlos; pueden ser comparadas con el viento que, o bien apagan una luz, o bien transforman una chispa en llama.

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