Historia de una revuelta embozada: Nadia Anjuman y la poesía femenina en Afganistán

La reciente entrada de los talibanes a la ciudad de Kabul ha hecho que en Occidente se vuelva a prestar atención al humillante estado de sometimiento y abuso que sufren las mujeres afganas, cuyo recrudecimiento se espera tras la llegada de los próximos gobernantes y la implementación de las veintinueve prohibiciones que ellas deberán cumplir para escapar a la pena de muerte. Desde entonces, las redes se llenaron de fotografías del aeropuerto internacional de Hamid Karzai, donde se ve a multitud de personas, en medio del caos y entre tiroteos, pugnando desesperadamente por subir a los aviones para salir del país y escabullirse de la represión que impondrá la nueva dictadura. A modo de denuncia y de recordatorio, también se hizo viral el conmovedor poema “No deseo abrir la boca” de Nadia Anjuman, la escritora y periodista afgana que murió asesinada a golpes por su marido en 2005, cuando tenía 25 años:

No deseo abrir la boca.
¿A qué podría cantar?
A mí, a quien la vida odia,
tanto me da cantar que callar.
¿Acaso debo hablar de dulzura
cuando es tanta la amargura que siento?
Ay, el festín del opresor
me ha tapado la boca.
Sin nadie a mi lado en la vida
¿a quién dedicaré mi ternura?
Tanto me da decir, reír,
morir, existir.
Yo y mi forzada soledad,
con mi dolor y mi tristeza.
He nacido para nada,
mi boca debería estar sellada.
Ha llegado, corazón, la primavera,
el momento propicio del festejo.
Pero ¿qué puedo hacer
si un ala tengo ahora atrapada?
Así no puedo volar.
Llevo mucho tiempo en silencio
pero nunca olvidé la melodía
que no paro de susurrar.
Las canciones que brotan de mi corazón
me recuerdan que algún día
romperé la jaula.
Volando saldré de esta soledad
y cantaré con melancolía.
No soy un frágil álamo
sacudido por el viento.
Soy una mujer afgana.
Entiéndase pues mi constante queja.
Estoy enjaulada en este rincón
llena de melancolía y pena…
Mis alas están cerradas y no puedo volar…
Soy una mujer afgana y debo aullar.

El poema refleja la situación que sufrió la poetisa en carne propia. En efecto, Nadia nació en Herat en 1980, siendo la sexta hija de una extensa familia, y ya en su adolescencia vivió bajo el poder de los talibanes. Aunque no la hemos visto enfundada en la prisión de tela de un burka azul celeste, tuvo que acatar la violencia de las prescripciones impuestas a la población femenina en un país con un importante retraso tecnológico, horadado por la guerra, el terrorismo, el fanatismo religioso y la misoginia. Precisamente por eso, su voz en lengua pastún representa a toda la población femenina de Afganistán que, además de engendrar y cuidar a numerosos hijos, tradicionalmente está obligada a realizar los trabajos domésticos más duros, a atender el ganado, urdir la lana, coser la ropa, moler los granos, cocinar el pan, ir a buscar el agua y ayudar al hombre en los trabajos estacionales, sin recibir ninguna clase de reconocimiento, tan sólo el desprecio y el sojuzgamiento moral de los hombres, quienes incluso se niegan a comer con las mujeres por considerarlas seres inferiores, simples objetos a poseer.

Como muchas otras, Nadia tuvo prohibido trabajar fuera de casa, estudiar y reírse en voz alta, pero aprovechó que se le permitía coser o bordar y, bajo esa excusa, participó con otras jóvenes en los Círculos de costura de Herat, en los que estudió literatura en secreto, guiada por el profesor Rahyab, arriesgando su vida para leer autores prohibidos como Shakespeare, Tolstói o Joyce. Durante años consiguió eludir el matrimonio infantil, pero finalmente sus padres la obligaron a casarse con un empleado administrativo de la Facultad de Literatura de la Universidad de Herat, licenciado en Filología y también conferenciante. Logró estudiar en la universidad, donde publicó su primer libro de poemas, Flor Ahumada, que alcanzó una notable popularidad a pesar de su carácter contestatario, pues hacía hincapié en la opresión sufrida por sus compatriotas. Al poco tiempo murió —según confesión de su marido— porque se había suicidado con veneno después de que él la abofeteara. Lo cierto es que tardó cuatro horas en llevarla al hospital con una herida en el cráneo y que tanto sus propios parientes como su esposo impidieron que se le hiciera una autopsia que permitiese establecer las causas de su fallecimiento. Sus compañeras informaron que todos ellos estaban indignados por considerar un oprobio familiar que una mujer escribiese sobre temas como el amor y la belleza. En definitiva, fue una mártir de la poesía, inmolada por el mero hecho de ser mujer.

En Occidente suele creerse que las afganas están resignadas a la vida opresiva generada por una sumisión patriarcal tan extrema y que incluso contribuyen a la difusión de los valores masculinos porque no les queda otra alternativa ante el abrumador poderío del varón. Como consecuencia, se piensa que precisan no sólo de la solidaridad de las feministas extranjeras —la cual sin duda es necesaria— sino de la iluminación que éstas pudieran proporcionarles. La aclamada Nadia Anjuman, sin embargo, nos muestra que el último requerimiento resulta superfluo, porque su figura encarna el símbolo de rebeldía de un tipo de mujer que soporta las normas masculinas cumpliendo los mandatos sólo en apariencia, y esta actitud de rechazo o de desobediencia encubiertos está presente en las tradiciones culturales de la etnia pastún, a la cual ella perteneció.

Según el poeta y filósofo afgano Sayd B. Majrouh (1928-1988), la protesta femenina en dicha sociedad suele asumir dos formas: el suicidio y el canto. De ahí que la declaración del marido sobre la muerte de la poetisa pudiera resultar veraz para su entorno inmediato, aunque evidentemente la desprestigiaba porque el suicidio está prohibido por el Corán y es visto como un acto de cobardía. Más bien parece que Nadia siguió la segunda opción, la del canto, que tradicionalmente se concreta entre los pastunes a través de composiciones populares conocidas como landays, breves poemas formados por 22 sílabas aleatoriamente distribuidas, oficialmente vetados a las mujeres. Por este motivo, su autoría y ejecución se mantienen en el anonimato, circunscritas a espacios estrictamente femeninos, como la recogida del agua o las bodas, en cuya celebración se separan los dos sexos. Esto permite a las mujeres cantar y crear libremente sin temer el castigo de los varones, ya que la declamación pública y la divulgación de dichos versos constituye un tabú que provoca represalias sociales y legales. Los asuntos preferidos de tales landays son el amor, el honor y la muerte, abordados siempre a través de una perspectiva crítica, que tiene de fondo una sociedad en constante estado de guerra entre países, culturas y sexos. Pero la condena y la denuncia no sólo se efectúan desde el sufrimiento sino desde la risa, porque las composiciones femeninas ridiculizan la imagen que estos impenitentes batalladores se forjan de sí mismos a fin de justificar tanto las absurdas demandas que ellos se imponen como sus atropellos hacia las mujeres. De hecho, la palabra landay significa “serpiente venenosa de cortas dimensiones”, y la mítica lengua viperina de las mujeres pastunes se dirige principalmente a escarnecer a los arrogantes varones en sus propios valores, reunidos en un código de honor religioso y cultural preislámico, conocido como pashtunwali, donde la valentía en el combate ocupa un lugar destacado:

¡Oh, amor! Si tiemblas tanto en mis brazos,
¿qué harás cuando de las espadas
cruzadas broten mil relámpagos?

¡Mi amor! Date prisa y alcanza las
trincheras
que aposté tu cabeza con las chicas del
pueblo.

En definitiva, frente a las virtudes patriarcales, que producen una profunda frustración al privilegiar el éxito social y material mediante el enfrentamiento, la segregación, la competencia y una pertinaz actitud agonista, las afganas reivindican, igual que las occidentales, los principios maternales de afecto, acogimiento, solidaridad y cuidado de los demás. Se burlan de la furia del guerrero que lo capacita para aguantar el fragor del combate ante su ineficacia para resistir una noche de amor dejando satisfecha a su amante. Y como las occidentales, si bien a su manera, irónicamente, exigen respeto y reclaman el derecho al placer sexual, aunque sea mediante otro amante o a través de la masturbación:

A tu lado soy hermosa, boca tendida,
brazos abiertos.
Y tú, como un cobarde, te dejas mecer por
el sueño.

¡Vete, amigo mío, y buen viaje!
Eres sólo uno de mis amantes, hallaré cien.

Desafortunado tú que no me visitaste
anoche,
confundí el duro poste de madera de la
cama con un hombre.

Incluso en Afganistán, donde la violencia machista alcanza máximos planetarios hasta el punto de obligar a las mujeres aterrorizadas a someterse calladamente, ellas son conscientes de su situación, y sus demandas de trato respetuoso e igualitario se identifican con las de las féminas del resto del mundo, sin que las últimas puedan enseñarles nada al respecto. Por el contrario, esa forma soterrada de expresar las quejas que instauran los landays, dentro de una asamblea de pares, frente a un núcleo exclusivamente femenino, al margen de los victimarios y contando con la complicidad de las otras damnificadas, hace que la protesta adquiera la sinceridad propia de la confesión y una honestidad mayor a la que a veces alcanza en Occidente. Éste es el caso de las parejas en que existe una diferencia de edad abrumadora a favor del hombre.

Aunque la ley islámica autoriza el casamiento de varones adultos con las menores de edad, legitimando la pedofilia en base al hecho de que Mahoma contrajo matrimonio con Aisha cuando ésta tenía unos seis años, las afganas rechazan los contratos matrimoniales porque implican la venta de la novia, sobre todo, los que se realizan atentando contra los derechos de las niñas o con hombres viejos, tal y como revelan muchos de estos poemas populares:

Me vendiste a un hombre viejo,
padre.
Que Dios destruya tu casa, yo era tu
hija.

Que esta roca me aplaste con su peso,
Pero que nunca me roce la mano de un marido
viejo.

Pero precisamente porque son obligadas a casarse sin contar con su opinión y porque es la familia, y no ellas, la que recibe el beneficio de la dote, se expresan con mayor sinceridad sobre lo que representa el hombre viejo para la mujer joven. Las occidentales, en cambio, salvo que caigan en redes de prostitución, pueden venderse a sí mismas sin necesidad de la intervención de terceros, como sí ocurre en el caso de las musulmanas con sus padres. Por eso, de una manera menos evidente, realizan matrimonios o mantienen relaciones sexuales pura y exclusivamente por interés con la esperanza de obtener una posición económica y social más elevada. Y, dado que los hombres ricos no suelen ser jóvenes, en una sociedad como la actual, tan materialista, tan abocada al consumo, la figura del hombre viejo se ha ido mitificando, no por su sabiduría —como ocurría antaño— sino por su dinero. Y esto ha repercutido en la consideración de su aspecto físico. Así, resulta verdaderamente denigrante que las nuevas generaciones de mujeres aspiren a casarse con un señor que, dada su edad, podría ser su padre o su abuelo, haciéndole creer que están enamoradas y que incluso su cuerpo de anciano les resulta seductor. También es lamentable que ellos acepten semejante mentira, convencidos de que la riqueza los hace eternamente jóvenes y atractivos, cuando únicamente se trata de un factor externo que hoy poseen y mañana puede llegar a agotarse o desaparecer. La consideran como una cualidad indeleble que forma parte de ellos, de su esencia misma, con la cual no sólo compran mujeres, estimulantes sexuales o tratamientos estéticos, sino una seguridad y una autoestima que podría derrumbarse al más mínimo tambaleo. Porque esta actitud está muy generalizada en el mundo entero, el inigualable desparpajo, la acritud y la ironía de la poesía femenina pastún al tratar este tema, le confiere una valentía muy digna de ser tenida en cuenta:

Hacer el amor con un hombre viejo
es como cogerse un arrugado tallo de maíz
ennegrecido por el moho.

Enrollaste un grueso turbante alrededor de tu
cabeza calva para ocultar tu edad
¿Para qué, si ya casi estás muerto?

¿No te da vergüenza con tu barba blanca?
Acaricias mis cabellosy yo me río para mis adentros.

4 comentarios en “Historia de una revuelta embozada: Nadia Anjuman y la poesía femenina en Afganistán

  1. Causa indignación e impotencia cada vez que nos enteramos de la condición femenina en sociedades misíginas y teocráticas. No creo que haya peor infortunio que esta vida de las mujeres en las sociedades islamicas.

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  2. Pingback: Historia de una revuelta embozada: Nadia Anjuman y la poesía femenina en Afganistán — El vuelo de la lechuza – Espacio M. Liliana Herrera A. 🇨🇴

  3. Es una pena que solo volvamos la cara cuando suceden cosas como la acontecida en Kabul. Muy agradecida con El vuelo de la lechuza por estos testimonios de mujeres que aunque sus vidas hayan sido truncadas por temas tan terribles como la misoginia y el fundamentalismo religioso, lograron trascender a su encierro y nos dejaron sus sentimientos mas intimos, plasmados en esta poesia tan descarnada y dolorosa, pero por lo mismo tan sensible y conmovedora. Paz a los restos de Nadia Anjuman, y todo nuestro amor por su valentia y entereza. Estoy segura que muchas mujeres en todo el mundo, seguiran estos ejemplos.

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