La última partida de ajedrez entre Hannah Arendt y Walter Benjamin

La imagen de Bertolt Brecht y de Walter Benjamin jugando al ajedrez en Svendborg, a la sombra de un peral, en un exilio suspendido durante el tiempo que dura una partida, pertenece ya a la memoria universal de los instantes perfectos. Porque, para muchos de nosotros, nada puede resultar más perfecto que dos mentes privilegiadas retándose de manera amistosa, queriendo ganar casi tanto como queriendo que gane el otro con su jaque a la descubierta. La palabra alemana que designa el juego de ajedrez, Schach, procede etimológicamente del persa schah, que significa “rey”. Y, en nuestro imaginario, ahí están reflejados para siempre dos reyes del pensamiento, defendiendo hasta la extenuación aquello que la historia quiso, y no pudo, arrebatarles. De esto dejó constancia Brecht en el poema dedicado al amigo, al alfil caído, y titulado: “A Walter Benjamin que se quitó la vida huyendo de Hitler”:

Cansar al otro era tu táctica preferida
en la mesa de ajedrez a la sombra del peral
el enemigo que te echó de tus libros
no se deja cansar por alguien como nosotros.
El tablero de ajedrez está huérfano. Cada media hora lo recorre un temblor de recuerdo: ahí siempre movía usted.

De Hannah Arendt y de Walter Benjamin jugando al ajedrez no tenemos una de esas imágenes perfectas, pese a que ella también fue testigo paciente y “padeciente” de aquella técnica de agotamiento que ponía a prueba la resistencia del adversario pero que, sobre todo, dejaba al descubierto una labor de reflexión tenaz e incansable. Arendt, amiga muy cercana al pensador, sobre todo en los años del exilio parisino, de 1934 a 1935, quiso llamarle “el pescador de perlas” por esa tendencia a alejarse del lugar presente del juego para recorrer otras profundidades, volviendo más tarde, cuando ya nadie lo esperaba, sorprendiendo, en fin, por el sedimento de pensamiento que trajo consigo de los lugares visitados durante la ausencia.

De estas partidas de ajedrez entre Benjamin y Arendt no hay fotos, pero sí quedan alusiones literarias, escasas cartas, felicitaciones de cumpleaños, postales de vacaciones como aquella en la que Benjamin confiesa a Arendt: “Mis caballos relinchan ya de impaciencia por morderse con los suyos” (D. Schöttker, E. Wizisla [eds.], Arendt und Benjamin. Texte, Briefe, Dokumente, Frankfurt a. M., Suhrkamp, 2006, p. 34.), y numerosos artículos, así como la edición de una selección de ensayos benjamianos, Iluminaciones, publicada en 1961 por Arendt en la editorial Suhrkamp. Todo este testimonio deja constancia de un enfrentamiento perseverante con la obra del otro desde ambos flancos. En el caso de Arendt, catorce años más joven, la fascinación por el pensador fue evidente y marcó ideológicamente una parte importante de su primera obra, Los orígenes del totalitarismo, en donde retomó algunas de las ideas que circulaban en las tertulias celebradas en el austero alojamiento de Benjamin, en la Dombasle n.º 10 de París. También Benjamin, en una carta dirigida a su buen amigo Gerschom Scholem el 20 de febrero de 1939, no escatima en alabanzas del trabajo de la señora Stern sobre la salonière judía del Romanticismo, Rahel Varnhagen: “Siguiendo la fuerza de su propia corriente, va a contracorriente del judaísmo apologético y edificante” (D. Schöttker, E. Wizisla [eds.], Arendt und Benjamin. Texte, Briefe, Dokumente, op. cit., p. 34). El primer marido de Hannah Arendt, Günter Stern, era primo segundo de Walter Benjamin. Cuando Arendt y Benjamin se conocieron en París, ésta seguía llevando el apellido de casada. Lo que no pudo intuir en aquel entonces el siempre incauto Benjamin es que, años más tarde, sería justo ese apreciado movimiento “gegen den Strich” (a contracorriente) el que haría que Scholem abominara de las tesis esbozadas por Arendt en Eichmann en Jerusalén. Pero esa ya es otra historia…

En otra de esas cartas a Scholem, convertido a la fuerza en lector de una amistad, Arendt describe así los días que pasó junto a “Benji” en Lourdes, en junio de 1940, poco tiempo después de su huida del campo de concentración de Gurs: “Benji y yo jugamos al ajedrez desde la mañana hasta la puesta de sol. En las pausas leíamos los periódicos que encontrábamos” (ibid., p. 153.). Jugar, pensar, leer… La imagen no podría ser más perfecta si no fuese por una ficha que se coló de improviso en la mesa de ajedrez en la que los amigos planeaban sus derrotas. En esa misma carta, Arendt confiesa que fue entonces cuando Benjamin comenzó a hablar del suicidio de forma continuada, afirmando que era una forma lícita, es más, preferible, de llegar al final. Según Arendt, el “estereotipo” de la idea del suicidio ya no le abandonó. Y, en efecto, allí seguía, el 20 de septiembre de 1940, cuando ambos amigos volvieron a encontrarse en Marsella. Benjamin, enfermo, al borde del delirio y con prisa por llegar cuanto antes a EEUU, no quiso atender la recomendación de esperar con ella y con Heinrich Blücher, su nuevo marido, el momento adecuado para cruzar por Lisboa, y no por España: “Un día antes y Benjamin hubiese pasado sin ningún problema; un día después…

… la gente de Marsella habría sabido que en ese momento era imposible atravesar España. Sólo en ese día en particular era posible la catástrofe.

H. Arendt, “Walter Benjamin. I. El jorobado”, en Hombres en tiempos de oscuridad, Barcelona, Gedisa, 2001, p. 179.

El “jorobadito”, como también lo llamaba Arendt de forma cariñosa, cargado tan sólo con un enigmático maletín repleto de morfina, cruzó a pie durante siete horas los Pirineos, llegó el 26 de septiembre de 1940 a Port Bou, la ciudad más triste del mundo si no fuese por su estación de tren, y se quitó la vida, o “se la tomó”, según la traducción literal del alemán. En otra de esas carta-testigo, Arendt informó a Scholem de la muerte de Benjamin a modo telegráfico, como el epitafio de un absurdo inenarrable: “Los judíos mueren en Europa y son enterrados como perros” (Arendt und Benjamin. Texte, Briefe, Dokumente, op. cit., p. 145).

En una partida de ajedrez ordinaria, la diversión acaba con el jaque mate al rey. Sin embargo, en el juego de la historia, son otras las reglas que rigen, como bien lo intuyó Benjamin en sus tesis Sobre el concepto de la historia, imaginando la figura de un “enano jorobado que era un maestro en el juego del ajedrez y que guiaba mediante hilos la mano del muñeco” (M. M. Andrade, Walter Benjamin aquí y ahora, Colombia, Universidad de los Andes, 2018, p. 50). En esta última partida, Arendt y Benjamin jugaron con las mismas fichas, las negras, para más detalle. Con las blancas jugaban el olvido y aquellos otros que deseaban apropiarse del legado del pensador, obviando y distorsionando aquellas facetas que consideraban menos ortodoxas; entre ellas: el materialismo empírico-marxista y su relación esencial con Bertolt Brecht.

La jugada maestra de contraataque de Arendt se presentó en los tres artículos publicados en 1968 en la revista Merkur, provocando que las autoridades de la intelectualidad se llevasen las manos a la cabeza por el atrevimiento de considerar a Benjamin no sólo un filósofo, sino también un poeta, es más, alguien que supo unir el “Dichten und Denken”; esto es, que se lanzó a pensar poéticamente. Estos artículos, en su maniobra intimidadora, también buscaron ruborizar a Theodor W. Adorno y a Max Horkheimer, calificados jocosamente por Arendt de “Schweinebande” (ibid., p. 146), algo así como “pandilla de cerdos”, por haber permitido que Benjamin viviese en la más indignante precariedad, dependiendo al completo de la exigua beca del Instituto de Investigación Social de Nueva York, mientras que ellos se “daban la gran vida en California” (ibid., p. 159). En semejante desamparo económico y moral, a Benjamin le fue difícil, si no imposible, llevar a cabo la gran obra a la que estaba destinado.

El final de la historia es evidente si consideramos que Walter Benjamin es uno de los pensadores más leídos y citados de nuestro tiempo. Arendt y Benjamin, como no podía ser de otra forma, ganaron la última partida y la historia se encargó de ponerlos a los dos en su lugar. Incluso el Angelus Novus de Paul Klee, que Benjamin tuvo que vender para financiarse el viaje nunca realizado a EEUU, retornó a su dueño, a su lugar en las portadas de Sobre el concepto de historia, una obra que cayó durante demasiado tiempo en el silencio, pese a los intentos fallidos de la politóloga por publicarla… Pero esa ya es otra historia. Ahora toca “ir desalojando las hileras”, como pide Arendt en el poema dedicado a su contrincante preferido de ajedrez (Hannah Arendt, Poemas, Barcelona, Herder, 2017, p. 35).

8 comentarios en “La última partida de ajedrez entre Hannah Arendt y Walter Benjamin

  1. Curiosa forma de frecuentar, jugando al ajedrez. Es curioso, pues este juego requiere de mucísima concentración, cualquier distracción arruina sin apelación alguna y resulta frustrante, por eso hay muy pocos cultores de este juego ciencia, con múltiples variantes desde el inicio. Más curioso todavía es encontrar a personas atormentadas por una existencia caótica dedicado a jugar solo para retener y complacer a su oponente con quien comparte no solo la amistad, también una vocación intelectual, filosófica existencialista.

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  2. Arendt tampoco es que viviera en la pobreza, y al menos Horkheimer ayudó a mucha gente desde USA para poder entrar; por ejemplo el caso de su intimo amigo Landsberg, que fue detenido en Hendaye con la documentación con la que debía viajar a USA después de pasar a España.
    En cuanto al ajedrez, es un juego social, no es una ciencia, ni un deporte. Es en esencia un juego, el más complicado de la versión simple de un juego (dos personas), Un juego basado en alcanzar el conocimiento del otro, como muestra su presencia en toda negociación comercial durante milenios, hasta que se popularizó en el sur de Europa tras el 1500.

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  3. iluminador, iluminante? suena mejor…
    esa lucha por la que ambos llegaron a quitarse la vida—
    ella critica a otros por no ayudar a Benjamin, pero no se dice si ella, repito, hizo algo por él…
    se casó dos veces con tipos de apellido sonoro, de monedas, pareciera…
    antes de antojarse con Heidegger, el nazi, que nuna se dice, pero influyó en la conciencia de Hanna..hasta quitarse la vida… no sin antes de escribir “Eichmann y el Holocausto”…sobre la tan citada “levedad del mal”.

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