Vivir sin arte es morir en vida: la necesidad de crear

Niebla Unamuno.jpgPorque la mudez puede acarrear la indecible soledad y el agudo sufrimiento de la locura, pero dejar de leer es la muerte instantánea. Sería como vivir en un mundo sin oxígeno.

Rosa Montero, El amor de mi vida

Como para Rosa Montero vivir sin libros sería morir, aquí nos atrevemos a decir que vivir sin arte, en cualquiera de sus manifestaciones, sería morir. Morir en su sentido absoluto, es decir: dejar de existir. Fue Descartes quien sentenció “pienso luego existo”, el cual, por otro lado, se ha transformado a lo largo de la historia en múltiples variantes, entre las que cabría destacar “amo luego existo” –muy comentada por Unamuno en sus nivolas–. Sin embargo, equiparar pensar a existir sería otorgar a la capacidad racional el poder sobre todas las cosas, la cúspide de la pirámide, o en el segundo caso, al amor. Y aquí no estamos de acuerdo con ninguna de las dos posibilidades. Quizá sería bueno ir un paso más allá: el arte nos da la oportunidad de pensar y amar a través de una sola y la misma cosa. No hay separación entre el cogito y el corazón, se funden, se hermanan, y sólo así cobran sentido, nos mueven, nos hacen existir. Por tanto, la sentencia cartesiana se transformaría irremediablemente en un verso, una metáfora, un cuadro o una melodía. Ya no habría “pienso luego existo”. Y en lugar de eso Descartes se habría puesto a bailar sobre sus meditaciones. Es evidente que esto no es sino una exageración, o, por seguir su propia corriente, un sueño. Aunque ¿qué línea divide el sueño de la realidad? ¿Dónde encontramos la separación entre la ficción, el arte propiamente dicho, y la vida en su sentido más material? Hace unos días, durante una clase un alumno me comentó que Don Quijote había sido un personaje histórico. Es cierto que en un primer momento me escandalicé, e intenté explicarle entre risas que Don Quijote era “tan sólo” un personaje de una novela. Pero ahora que lo pienso seriamente –¿o no?, pues ¿qué es “seriamente”?–, ¿quién podría decir a estas alturas que Don Quijote no existió? ¿De qué manera catalogamos lo que existe y lo que no existe? Unamuno lo retrata a la perfección en su conversación final con el protagonista de Niebla, Augusto:

–No sea, mi querido don Miguel –añadió–, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto… No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo…
–¡Eso más faltaba! –exclamé algo molesto.
–No se exalte usted así, señor Unamuno –me replicó–, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia…
–Dudas no –le interrumpí–; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.
–Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que Don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?

Sísifo.jpg

Sísifo (detalle, Tiziano)

El propio Unamuno cae en sus propias redes ficcionales. El propio autor se desdibuja a la sombra de su personaje. ¿Dónde está la ficción? ¿Quién es ficción? Es lógico que para Augusto sea precisamente el hombre de carne y hueso el que es ficcional. Si la existencia se redujese a poseer un cuerpo, ¿no estaríamos cayendo en un argumento simplista? ¡Y nada más lejos de nuestra intención! También Descartes habló del alma, como casi todos los filósofos a lo largo de la historia del pensamiento. Incluso para negarla necesitaban nombrarla. El dualismo platónico acompaña al ser humano como el oxígeno del que nos hablaba Rosa Montero al comienzo del artículo. El alma es el aire inefable que llena el vacío de nuestros pulmones, es el movimiento del péndulo del absurdo, la rugosidad hiriente de la roca de Sísifo. Una vez más las metáforas se han adueñado de mis palabras, pero ¿no sirven éstas, precisamente, igual que hace el alma, para dar forma a lo que no tiene forma? Volviendo de nuevo al tema principal, ¿cómo, entonces, podríamos atrevernos a decir que existimos tan sólo porque tenemos cuerpo? ¡Como si eso fuese la condición necesaria y suficiente! No es posible afirmar seriamente tal cosa. Por tanto, suponiendo que hemos aceptado que hay algo así como el alma, y que eso es un ingrediente principal en la existencia, ¿qué, en definitiva, podría llevarme a afirmar que Don Quijote, como Augusto, no tiene alma?

Dice Fernando Pessoa en El libro del desasosiego:

Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso. Y “carne y hueso” en efecto, las describe bien: parecen cosas recortadas puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran como vidas, piernas y chuletas del Destino.

Y así lo sentimos. Carne y hueso no puede ni debe ser la causa principal de la existencia. Y he aquí que entonces no podemos afirmar que los personajes ficcionales no existan. Si bien es cierto que estamos jugando con el lenguaje y estamos olvidando –a posta– lo más importante: definir existencia. Si deseamos ir al quid de la cuestión, no podemos seguir evitando la pregunta: ¿qué es existir? Sin embargo, escucharemos una vez más a Pessoa, quien nos dice que:

Como nunca podemos conocer todos los datos de una cuestión, nunca podemos resolverla. Para llegar a la verdad nos faltan datos suficientes, y procesos intelectuales que agoten la interpretación de esos datos.

Y aún más:

La mayoría de la gente supone que definir es decir lo que los demás quieren que se diga, que no lo que es preciso decir para definir.

9788491042136.jpgAsí que, ¿para qué malgastar palabras intentando definir algo que, sabemos de antemano, no podremos resolver? Quizá sea mejor seguir insistiendo en la distancia difusa entre ficción y realidad. Quizá sea mejor seguir insistiendo en la necesidad vital de lo difuso de esa distancia, y seguir manteniéndonos así en lo inefable, en los recovecos escondidos de la vida –que no son sino sus tesoros–.

¿Qué seríamos sin arte? Y modificamos la pregunta inicial de ¿Quién es ficción? por ¿Quién seríamos sin ficción? A lo que podemos responder sin atisbo de duda: nadie. Sin libros, nos dice Rosa Montero, no existiríamos. Y aquí regresamos a la postura inicial, a esa que va un paso más allá: sin arte no existiríamos. Fue Oscar Wilde quien llevó esta tesis hasta las últimas consecuencias, y Unamuno utilizó esa débil frontera para dar rienda suelta a su genialidad creando una obra maestra como es Niebla. Se llama así porque no podría llamarse de otro modo: la ficción y la realidad se confunden bajo el efecto onírico y fantasmal de la niebla. Una niebla existencial, podríamos decir por continuar con la metáfora de la existencia ¡ya denominamos metáfora a existir!. Y Pessoa, en su lucidez desgarradora, y su desgarro lúcido en múltiples yo, aborda la cuestión por cada flanco, no haciendo otra cosa que contradecirse –como debe ser:

¿Quién sabe si la novela será una realidad y vida más perfecta que Dios crea a través de nosotros, que nosotros –quién sabe– existimos sólo para crear? […] ¿Por qué no serán esas figuras extrahumanas verdaderamente reales? Me duele malamente en la existencia mental pensar que esto pueda ser así…

Así como…

El mundo exterior existe como un actor en un escenario: está allí pero es otra cosa.

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Sólo en el plano artístico se convierte el ser humano en creador. Sólo en este papel, en aquel lienzo, en el tacto frío de un instrumento y la calidez de los sonidos que éste emite, puede el ser humano sentirse dueño. ¿De qué? De sí mismo no. ¡De sus creaciones! Dueño y creador de sus creaciones. Ni más ni menos. Y en ese instante fugaz, incluso su existencia, efímera, cobra sentido gracias a la existencia, eterna, de la ficción. Sólo en ese instante la eternidad puede rozarse con los dedos, puede respirarse. Y volvemos al oxígeno de Rosa Montero. El arte es oxígeno porque el arte es la vida que existe, el arte es la vida que se vive en el instante, es el presente cargado de gerundio, el ahora sobre el que se posa, etéreo, lo trascendente, para desaparecer después en un pasado y un futuro. Porque el arte sólo existe en el presente. El significado, la interpretación, es un hacerse, como la vida. No hay pasado ni futuro en El Quijote, y sin embargo todo el tiempo permanece en él, dispuesto a colmar nuestra sed, dispuesto a darle un sentido a esa sed. Y es que, al final, esto que somos se sustenta en ese vete-a-saber-qué que nos diferencia de ser mero pellejo y huesos. Y ese vete-a-saber-qué vuela libre en las palabras, y despliega su ser en la casa sin puertas, sólo ventanas, que es el arte.

Y, entonces, si verdaderamente somos en el arte, si existimos en el arte, ¿cómo podría yo, volver a repetir seriamente a ese alumno que Don Quijote no existió? ¡Qué equivocada!…

Los libros son la presencia más constante de mi existencia. Mi mayor apoyo. En muchos sentidos, el amor de mi vida (Rosa Montero).

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5 comentarios en “Vivir sin arte es morir en vida: la necesidad de crear

  1. Leyes o unn fragmento, me ha recordadoalgo que dije al respecto: alo que salió como frase esclarecedora: «el estuche de un violín es un ataúd lleno de oxigeno» Ya me diréis
    Federico.

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