Daredevil y Unamuno: conflictiva relación con Dios

DaredevilDaredevil es uno de los personajes menos seguidos del universo Marvel. A pesar de haber protagonizado algunos de los cómics más truculentos de la franquicia americana y numerosas tramas del más alto nivel literario, no podemos comparar el número de sus adeptos con el de otros héroes de La casa de las ideas: Spiderman, X-Men, Capitán América o Thor. La ya antigua y muy mediocre película (2003) dirigida por Mark Steven Johnson y protagonizada por Ben Affleck y Jennifer Garner no ayudó, en su momento, a crear más audiencia para las aventuras de este interesante justiciero. Sin embargo, la reciente serie producida por Netflix parece haber puesto a Daredevil en el justo lugar que le corresponde.

Daredevil nace como personaje de Marvel en 1964, en un nuevo intento de Stan Lee por ofrecer giros inesperados en la definición del superhéroe. Con la aparición de nuestro protagonista se dio un vuelco en tal concepción: a diferencia de otras figuras (fueran o no de la competencia, como Superman), en las que primaba el carácter superheroico de los personajes (fuerza, astucia, rapidez, inteligencia, etc.), Matt Mudock (abogado y alter ego de Daredevil) presenta una particular vulnerabilidad. Sus poderes emergen para paliar una discapacidad previa absolutamente humana: una ceguera provocada por un temprano accidente.

Como apunta Eduardo Serradilla en su imprescindible monográfico sobre este apasionante personaje, la idea de Stan Lee surgió “mientras leía un artículo sobre el funcionamiento del radar y el sonar, y cómo éstos le daban la información al operador de los obstáculos que se encontraban delante. Era como tener ojos en la oscuridad. Con estas ideas y las experiencias del dibujante, el futuro héroe ciego logrará moverse con total normalidad al reaccionar su ‘sentido especial’ de igual manera que un radar convencional, indicándole la posición de cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino”.

Todas las habilidades que hacen a Matt Murdock convertirse en Daredevil nacen (y en este sentido podemos notar ciertos aires de DC, en particular de Batman) de su hercúleo y constante esfuerzo: son sus años de duro entrenamiento lo que le convierten en un experto luchador y gimnasta. Más tarde, su dedicación a la justicia (también profesional, puesto que, como se ha dicho, Matt Murdock es abogado de profesión) le convertirá en uno de los superhéroes más laureados de Marvel. En 1965, en su combate contra el por entonces muy en boga Namor (el Hombre Submarino), Daredevil adopta finalmente la apariencia roja que hoy conocemos (originalmente el traje era en su mayor parte amarillo).

elektra

Elektra, creada en 1981

Por lo que toca a Elektra Natchios, amor universitario de Matt Murdock, hace su primera aparición en 1981. Elektra es hija de un diplomático griego asesinado por terroristas en busca de venganza (al igual que la Electra del mito griego, hermana de Orestes). La heroína conoce a Murdock en la Universidad de Columbia (Nueva York). Sin embargo, la muerte de su padre le sume en un fuerte proceso de depresión que la empuja a abandonar sus estudios, uniéndose al principio a una liga de asesinos llamada “Mano”. Más tarde se convierte en una mercenaria independiente, llegando a luchar contra Daredevil.

Como curiosidad que pocos conocerán, en una de las historias que Marvel diseñó para Elektra, ésta tiene un hijo con Lobezno: Salvaje. Elektra ha aparecido en dos producciones cinematográficas: la mencionada Daredevil (2003) y Elektra (2005); ninguno de estos encuentros con la industria del cine tuvieron gran repercusión, superando a duras penas el siempre delicado balance entre inversión y recaudación.

En 1982, Frank Miller (uno de los míticos guionistas y dibujantes de La casa de las ideas) hizo algo impensable: asesinar a la muy popular Elektra. La heroína era objetivo del asesino profesional (y eterno enemigo de Daredevil) Bullseye; tras un combate épico entre ambos, éste mata a Elektra con uno de sus sai (daga de tres puntas). Y como dicen que el amor todo lo supera, Elektra encontró fuerzas para ir a morir a brazos de Matt Murdock, quien más tarde venga su muerte como Daredevil. En 1983 Elektra resucita de mano de la Casta, enemigos de la Mano. Periplos propios de Marvel…

Daredevil interpela a DiosAunque en ocasiones los cómics sean erróneamente tomados como meros pasatiempos animados cuyo principal propósito es el de entretener a sus lectores, podemos distinguir –como casi siempre en todos los campos– distintos niveles o momentos de análisis.

El lector avanzado de historietas de superhéroes sabe muy bien que ante sí no tiene un simple dibujo con algunas letras que guían el argumento hacia un final que puede ser más o menos previsible, sino que más allá de cualquier consideración superficial y angosta de miras, aquel lector contempla con verdadera idolatría una obra que supera con creces el contenido de libros repletos de supercherías filosóficas y fraudulentos métodos de autoayuda, hoy tan de moda.

Algunos de los periplos biográficos de estos personajes logran alcanzar el contenido serio y riguroso de obras consideradas clásicas en el contexto del pensamiento y la literatura, con un ingrediente adicional que ensalza esta forma de contar relatos: la imagen, el retrato vivo de los protagonistas de la trama, componente que invita al lector a sumergirse en una experiencia que podríamos catalogar de artística, en tanto que participa, a la vez, del instrumento más valioso a la hora de investigar los procesos psicológicos humanos (la palabra) y la herramienta más útil para empatizar con cualquier suceso (la imagen).

En el caso de Daredevil (o Matt Murdock) nos enfrentamos al problema de la relación entre los seres finitos (y que se saben finitos) y Dios –un aspecto del todo llamativo, si tenemos en cuenta que el universo de los superhéroes pasa por ser un espacio realmente laico, por mucho que Thor o Wonder Woman sean a veces presentados como divinidades o que la relación que Superman mantenga con su destrozado planeta pueda tacharse de casi religiosa–. En cualquier caso, los creadores y redactores de los cómics que cuentan los avatares de los superhéroes no tienen como finalidad última, por regla general, desentrañar las inquietudes teológicas de los protagonistas, e incluso podemos hablar de una auténtica falta en este sentido.

daredevil

Daredevil nos ofrece en este contexto una feliz excepción. Matt Murdock toma contacto con la delincuencia muy tempranamente. Se cría en un barrio muy humilde de Nueva York, Hell’s Kitchen (la Cocina del Infierno). Su padre es un boxeador profesional que asiste al ocaso de su carrera, mientras que su madre abandona el domicilio familiar muy pronto. Aunque educado en la fe católica, nuestro protagonista vive enfrascado en continuas dudas al respecto de la providencia, el destino y la relación entre Dios y los hombres. De igual manera que el Unamuno de la crisis de 1897, Matt Murdock se declara católico, pero a ambos les une algo más que esta creencia, y tal elemento es precisamente la duda, el hecho de vivir en conflicto con los dogmas establecidos.

De igual manera que en el autor español la religión actúa como acicate para la revisión de las directrices católicas, encontramos en las aventuras de Daredevil una difícil relación con la educación religiosa recibida a medida que conoce el funcionamiento del mundo: ¿cómo un Dios providente y misericordioso puede permitir tan mayúsculo debacle moral y tan ignominioso trato entre personas? –los más atentos lectores no dejarán de notar la correspondencia de tales interrogantes con algunos pasajes bíblicos: “Miré con envidia a los impíos viendo la prosperidad de los malos” (Salmos, 73), o en el Libro de Job: “¿Cómo es que viven los impíos, se prolongan sus días y se aseguran en su poder?”, etc.–. Esta complejidad interior, que cuestiona los mandatos de la fe antes de aceptarlos asépticamente, es lo que hace de Daredevil un superhéroe tan interesante, hasta el punto de que éste llega a interpelar a Dios de la siguiente manera (y que se diga, después, que los cómics no contienen verdadera literatura):

Cada noche, haces que se represente ante mí una obra inmoral. Me muestras la disparidad entre la magnificencia del hombre y sus acciones; eones de evolución, y aún estamos buscando esquinas oscuras para satisfacer nuestros impulsos más bajos. ¡Qué decepcionante debe resultar, para ti, vernos en la peor de nuestras caras! Si es que en realidad existes (Daredevil: Guardian Devil).

La lectura de los cómics de Daredevil nos conduce a pensar, de modo similar a lo que ocurre tras el estudio de las obras ensayísticas de Unamuno, que la auténtica fe religiosa no consiste tanto en ostentar una certeza absoluta (y por tanto racional, meramente intelectual) sobre cuestiones más o menos embrolladas y de alto copete teológico, todas ellas relacionadas con Dios, sino que más bien se trata de un compromiso adquirido libremente con ciertos valores considerados como superiores.

wallup.net

Y es en este sentido en el que podemos considerar a Daredevil como un hombre de fe, en tanto que se compromete, aun sin ser desde luego un santo, con realidades eternas que sin embargo puede llegar a entender sentimentalmente: esperanza, justicia y amor. Cuando el detective Nick Manolis echa en cara a Daredevil no haber acabado con la vida de un criminal (bajo el argumento de que “lo merecía”), nuestro héroe responde de esta manera:

Nick, hombres como Bullseye gobernarían el mundo si no fuera por una estructura de leyes que la sociedad ha creado para mantener dominados a tales hombres. En el momento en que un hombre quita la vida a otro hombre con sus propias manos, está rechazando la ley y actúa para destruir esa estructura. Si Bullseye es una amenaza para la sociedad, es la sociedad la que debe hacerle pagar el precio, no tú. Y tampoco yo. Yo… Yo quisiera que él muriera, Nick. Odio lo que hace… lo que es. Pero no soy Dios. No soy la ley. Y no soy un asesino (Daredevil, 169).

Para Daredevil no son nuestros genes ni nuestros dogmas lo que nos definen en última instancia, sino las decisiones que tomamos en el mundo. Un mundo que lejos de reflejar la mano de un dios bueno y providente, puede mostrar en ocasiones una cierta luz que ilumina la gran tiniebla que cubre todo… Una luz que, si bien tenue, nos conduce hacia el único rayo que puede encaminarnos a la buena acción: la esperanza.

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