Hasta bien entrado el siglo XX, la tradición filosófica occidental tuvo como objetivo hacer coincidir el mundo con nuestro concepto del mundo. Todo aquello que parecía quedar fuera de la racionalidad fue puesto en entredicho o, sin más, desechado: lo mistérico, lo emocional y lo afectivo, así como nuestro trato con lo divino o con los mitos. Fue María Zambrano, en Filosofía y poesía (1939), quien nos puso sobre la pista de que el pensar racional, cuando consiste en un devorador afán de conquista que pretende develar el Misterio para apropiárselo, excluye todo un saber subterráneo, de las entrañas, donde mora y emerge una Verdad que no se deja poseer, sino únicamente presentir. Escribió con brillantez la filósofa de Vélez-Málaga: «La razón como esperanza. Pero a costa de cuánta renuncia. Y quién consolará al poeta del minuto que pasa, quién le persuadirá para que acepte la muerte de la rosa, de la frágil belleza de la tarde, del olor de los cabellos amados, de eso que el filósofo llama ‘las apariencias'». Ya sugirió Spinoza que “los ojos del alma […] son las demostraciones mismas” (Ética, V, Prop. XXIII), pues «el alma humana no puede destruirse absolutamente con el cuerpo, sino que de ella queda algo que es eterno».
Simone Weil, coetánea de Zambrano, pertenece a una singular estirpe de escritoras y filósofas (como Etty Hillesum, Dorothy Day, Jeanne Hersch o Edith Stein, entre otras) que entendieron que el pensar no alcanza su cénit cuando el mundo queda reducido a categorías racionales, sino más bien cuando aprendemos a recibirlo, cuando quedamos persuadidos de que la más excelsa actitud vital es la entrega, el servicio, la receptividad. Estas Intuiciones precristianas no exponen una arqueología teológica ni mucho menos se trata de un ejercicio de erudición comparada. Weil ensaya en estos textos redactados entre 1941 y 1942 una escucha de los ecos humanos que, desde tiempos inmemoriales, claman por una atención hospitalaria en acercamiento cordial, si bien asintótico –nunca definitivo– a la Verdad. Un caminar errabundo, mas siempre en disposición (aventurado, diría María Zambrano), hacia el Misterio.
Somos como náufragos aferrados a unos tablones de madera en el mar, zarandeados de un modo absolutamente pasivo por cada movimiento de las olas. Desde lo alto del cielo, Dios nos lanza a cada uno una cuerda. Aquel que atrapa la cuerda y no la suelta, a pesar del dolor y del miedo, está tan sometido a los envites de las olas como los demás; sólo que esos envites se combinan con la tensión de la cuerda para formar un conjunto mecánico diferente.

Como explica en su prólogo Mercedes López Mateo, encargada de la edición del volumen (aparecido en Alianza Editorial), se da además en esta obra de Weil «una voluntad social de dar a conocer aquello que, de lo contrario, quedaría como un saber privilegiado de unos pocos», y, por ello, «acercar la cultura clásica a los obreros no constituía un mero gesto rupturista frente al elitismo y el prestigio social que ésta concede, sino que, a ojos de la filósofa, era un servicio a su comunidad y al bienestar espiritual de quienes la conformaban, y eso debía estar por encima de cualquier clase social». Lo fundamental es, pues, hacer «sensible al corazón».
En esta sugerente recopilación de textos, glosados por ella misma, Simone Weil una continuidad histórica y una constante en la disposición espiritual del ser humano: que el Misterio no acontece en su grandeza a quien amenaza con apresarlo; el Misterio sólo comparece ante quien se desposee de su mismidad. Así, escribe Weil que «toda la vida humana –la vida más común, la más natural–, cuando se la analiza, está hecha de un entramado de misterios absolutamente impenetrables para la inteligencia». Como apuntó Platón (República, VII, 518b-d), todos tenemos vista, mas no todos la dirigimos correctamente ni miramos hacia donde debemos. Argumenta Weil que la atención intelectual del ser humano se compone por «la intersección de la parte natural y la parte sobrenatural del alma», y que, en la medida en que nos sea posible, debemos añadir a esa atención «un orden todavía superior que es la aceptación, el consentimiento, el amor».
Es esa educación de la mirada, tan necesaria hoy en las aulas, la que atraviesa las páginas de este libro, en el que se dan cita textos de Homero, Platón y Aristóteles o de los trágicos griegos, fragmentos evangélicos y presocráticos. No es el Misterio lo develado, sino el ser humano, allí donde este aprende a ver y atender sin voluntad de dominio: «La belleza es un misterio; es lo más misterioso que existe en este mundo. Pero es un hecho».





