La auténtica historia del “Venceréis, pero no convenceréis” de Unamuno

unamuno-posadoLos sucesos acaecidos el 12 de octubre de 1936 en la Universidad de Salamanca han sido ampliamente discutidos por multitud de especialistas e historiadores. La postrera inclinación de Miguel de Unamuno hacia los sublevados de Franco levantó, igualmente, no pocas ampollas que aún no han cicatrizado, si bien es sabido que el autor vasco se mostró razonadamente desencantado con algunos puntos de la ya por entonces malherida República, sobre todo con el mandato de Manuel Azaña. El 17 de diciembre de 1933 escribía en Ahora que “se llamó revolución a lo que no era más que machaqueo; se insultó al adversario y se lo calumnió”.

Algo que, si tenemos en cuenta las palabras que dirigió en carta a Giner de los Ríos en 1922, debió molestar sobremanera a su crítico talante: “Quiero decir tan sólo que no entiendo ni siento la acción social como la entienden y sienten por lo común nuestros hombres públicos, nuestros políticos. […] No creo en esta acción externa, legislativa, lo mismo que no creo en la revolución. Y por eso nunca he querido hacer política, sino espíritu“. Fiel a su pensamiento, Unamuno defendía un desarrollo intrahistórico de los pueblos, regidos por una suerte de destino inexorable. A fuerza de refugiarse en el sustantivo “república”, escribía, algunos ignoraron que lo importante era España: “No, no se puede sacrificar España a la República”, aseguraba Unamuno en El Sol el 16 de julio de 1931.

El error está […] en haber querido hacer a un tiempo una revolución y una Constitución que la encauce y la entrene; el error ha estado en haber querido hacer una revolución constitucional o una Constitución revolucionaria como si revolver sea construir (texto de 1933).

Los recursos estilísticos y literarios de Unamuno siempre estuvieron al servicio de la problemática que en cada momento pretendió abordar. Hay que recordar -muchos lo olvidan injustificadamente- que nuestro protagonista estuvo exiliado desde 1924 a 1930, confinado en primer lugar en Fuerteventura por decisión del Directorio de Primo de Rivera, desplazándose más tarde a París, hasta recabar finalmente en Hendaya. Sus Cartas del destierro, editadas por Colette y Jean-Claude Rabaté, recogen fielmente las misivas que Unamuno redactó a todo tipo de corresponsales (familia, amigos, intelectuales) durante aquel periodo –tan fructífero para él en lo que a su producción se refiere como fatídico en lo personal–, en las que asistimos como privilegiados testigos a su retórica de la paradoja: una escritura en la que importan más los interrogantes que las respuestas, y mediante la que se abre al lector un nuevo universo de sentido.

Unamuno declaraba en 1914, en carta a Emilio Martín Cáceres, que escribe “por una necesidad interna, porque tengo que echar fuera lo que me estorba adentro. Y escribo para afirmar mi personalidad ante mí mismo. Es un modo de irme conociendo e irme poniendo en claro. Porque toda mi vida íntima del hombre debe ser esto: ver claro en sí propio. Y es el modo de iluminar a los demás”. Una escritura que en su forma epistolar se convierte en vagabunda, al decir de Brigitte Diaz, presa de la espontaneidad y del impulso por eternizar los momentos fugaces de la existencia.

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En dicho epistolario, testimonio único para adentrarse en la psicología unamuniana del exilio y su posterior reacción ante la República y el incipiente franquismo, se rastrea como en pocos documentos la perpetua tensión del ser humano en su eterna búsqueda de unidad -asunto recurrente en muchas de sus obras-. A partir de aquel período, el papel de los sentimientos en la producción de Unamuno fue cada vez más palpable y enjundioso; entre ellos siempre destaca el amor y la tendencia a la acaso imposible armonía. En uno de sus innumerables artículos, bajo el título “Realismo”, expresaba que…

… la realidad, la verdadera realidad, es más sentida que concebida, se halla más en sentimientos que en ideas. Las fórmulas todas científicas no son más que abstracciones, los hechos vivos y concretos son informulables en su totalidad y en la infinita trama que los integra.

Lo que le interesa sobre todo a Unamuno en aquellos años es explotar a fondo su postura de víctima real desde la orden dictatorial que lo aleja de su añorada Salamanca. Aunque contó con la oportunidad de volver tras su confinamiento en Fuerteventura, siempre se mostró tajante en su negativa. Así lo confesaba en carta a su esposa Concha el 6 de marzo de 1924: “lo fundamental es que ni pienso huir ni pedir gracia, sino dar guerra desde aquí”. Y así fue: “Hoy el deber en España de todo hombre que sepa ser hombre, que sepa ser ciudadano –y esto es saber y lo demás abyección y cuquería–, es acabar con el desorden de la tiranía, con la anarquía del poder”.

¿Que de eso no se puede hablar? ¿Que herimos sentimientos? Hay que herir sentimientos para despertar sentidos. Hay que herir el sentimiento -resentimiento más bien- de la particularidad para despertar el sentido de la universalidad. Y ahora que los pedagogos nos empiezan a hablar tanto de la escuela única, hay que hablar de la patria única. De la patria única española. Española universal (texto de 1931).

La idea -y el deseo- de inmortalidad -que tanto atormentó a Unamuno durante toda su vida, y que se tradujo en la tremenda crisis que sufrió en 1897- encuentra su contrapartida en el ahínco por dotar al hombre de carne y hueso de un aparato crítico que le permita pensar por sí mismo en este mundo y le faculte para desterrar de sí y de su entorno la mala sangre de quienes pretenden imponer, por la fuerza, un régimen en el que se priva a los individuos de su bien más preciado: la libertad.

Del tiempo en la corriente fugitiva / flotan sueltas las raíces de mis hechos, / mientras las de mis cantos prenden firmes / en la rocosa entraña de lo eterno.

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Unamuno llegó a dirigirse a sus conciudadanos en las Cortes de la República el 25 de septiembre de 1931, recién declarado el nuevo modelo de Estado, donde dejó patente su siempre polémico y en ocasiones ácido verbo: “La discordia es tan necesaria para la civilización como eso que, mentirosamente, suele llamarse concordia. Es mejor luchar claramente y con verdad que abrazarse con mentiras y engaños”. ¿Palabras proféticas que anunciaban el desastre de la guerra civil de 1936? Más llamativas incluso resultan las siguientes, pertenecientes a 1903:

Porque España está muy necesitada de una nueva guerra civil, pero civil de veras, no con armas de fuego ni de filo, sino con armas de ardiente palabra, que es la espada del espíritu.

Unamuno defendía una república no revolucionaria (el debate pro/contra bolchevique estaba muy en boga), una república de carácter moderadamente liberal -pero burgués- que abogase por una sistema aderezado a partes iguales por un cristianismo cordial (no dogmático) y un contenido liberalismo. Una exigencia que, a sus ojos, la segunda República española no satisfizo. Aunque, hay que notar, ya en 1936 Unamuno escribía que “La barbarie contrarrevolucionaria no es menor ni mejor barbarie que la otra, y a la inversa. Es la misma barbarie”. Los bárbaros excluyen por sistema, sin poder -ni querer- dar nunca su brazo a torcer. Y bárbaros, atestigua nuestro protagonista, había en ambos bandos.

El diagnóstico del autor vasco era por entonces claro: un desbarajuste de tamaña magnitud sólo podría solucionarse con la irrupción de algún “mesías” que diera salida a la “holgazanería mental” en la que el pueblo español se había estancado: “Porque hay que ver su espantoso vacío ideológico. Que no encumbren las tonterías rimbombantes y retumbantes de sus guiones. Y ¿qué remedio? ¡Aguantar y aguardar!”. Hasta que, casi inevitablemente, llegó aquella guerra “incivil”.

vencereis-unamuno-978849439358A mediados de 1936, visiblemente desencantado con la deriva republicana de Azaña, Unamuno aseguraba que él no estaba “a la derecha ni a la izquierda. Yo no he cambiado; es el régimen de Madrid el que ha cambiado”. En este caldo de cultivo tan conflictivo e incómodo llegamos a aquel 12 de octubre en la universitaria ciudad de Salamanca. El filólogo Pollux Henúñez ha publicado un valioso libro en Oportet Editores que ofrece mucha luz a la hora de dilucidar los sucesos de tal día. Sucesos que, como apunta atinadamente Hernúñez, acabaron por granjear a Unamuno “el título de traidor por los dos bandos enfrentados”.

Unamuno llegó a ser nombrado rector vitalicio de la universidad salmantina por la República en 1934, tan sólo dos años antes del oprobioso acontecimiento. En 1936, sin embargo, se mostraba propenso a apoyar el alzamiento militar, lo que despertó todo tipo de controversias, dimes y diretes. Pero a partir del 12 de octubre y hasta el final de su vida, acaecido el 31 de diciembre de ese mismo año, la biografía de Unamuno se convirtió en un desagradable calvario de persecución. Como asegura Hernúñez, “Quizá nunca sabremos exactamente qué sucedió aquella mañana, pero no parece que fuera una simple anécdota sino el violento choque de dos concepciones muy distintas del sentido de lo humano: civilización y barbarie”.

A través de páginas excelentemente documentadas, Pollux Henúñez reconstruye con pelos y señales lo que pudo haber ocurrido. Lo que parece claro es que Unamuno “se sintió incitado a responder” a sus compañeros de mesa (una mesa que él mismo presidía en sustitución nada menos que de Franco), “y fue anotando a lápiz una serie de ideas que son las que expondría en su alocución”, de la que saldría aquel célebre “venceréis, pero no convenceréis”, una expresión que, muy posiblemente, no saliera de su boca de manera literal, aunque en aquella anotación leemos claramente el binomio “Vencer y convencer”, lo que apunta a que, desde luego, en la mente de Unamuno se barajó al menos la posibilidad de decir algo al respecto.

Hernúñez traza una obrita tan amable como enjundiosa en términos históricos y hermenéuticos, que ayuda a comprender la difícil tesitura en la que Unamuno debió encontrarse durante la mañana del 12 de octubre de 1936, rodeado de correligionarios de Millán Astray y por numerosos gerifaltes del alzamiento militar (además de por Carmen Polo, esposa de Franco). Junto al estudio histórico y la completa bibliografía, el autor se atreve -y lo consigue- a elaborar una reconstrucción muy verosímil de lo que debió acontecer, lo que hace del volumen una pieza clave para entender al más postrero Unamuno y un episodio que nunca deja de poner los pelos de punta, tan abierto a la interpretación, tan complejo de catalogar.

Esta es una guerra de odio. Sólo se oyen voces de odio y ninguna de compasión. El nuevo ciudadano que se quiere formar me da miedo. Pues el bolchevismo y el fascismo son las dos formas -cóncava y convexa- de una y misma enfermedad colectiva. Miedo meda que el régimen futuro lo dicte un partido único tras absorber a los demás […]. Hacen falta otros métodos de lucha. Vencer no es convencer. Conquistar no es convertir.

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